martes, 20 de diciembre de 2011

Caja de resonancia emocional

Cómo ser una caja de resonancia emocional en 4 pasos:

1) La empatía. Forzar un nivel de empatía altísimo con el entorno es de suma importancia. Hay que sentir lo que siente el otro, o, por lo menos, creer que uno lo logra. Hay que absorber los humores, sean buenos o malos, y potenciarlos. Hay que estar atento a todo, hasta al más mínimo gesto. Todo lo que hagan o dejen de hacer las personas es una señal, un mensaje inequívoco y personalizado.
Cómo ponerlo en práctica: es necesario confiar en el instinto. Pero hasta que eso sea posible, se puede preguntar todo el tiempo "¿te pasa algo?", desconfiando de las respuestas negativas y prestando especial atención a las muestras de creciente irritación que se van sucediendo a cada una de nuestras re-preguntas.

2) La potenciación. Hasta lo más pequeño debe afectarnos. Esa es la clave. Durante todo el proceso, todo estímulo debe ser magnificado y devuelto en tiempo y forma. La meta es ser una gran espiral, un violento vórtice que acelera la velocidad de cada partícula que se acerca. El mundo, allá afuera, seguirá inalterable, pero por dentro, toda nuestra atención deberá estar posada en eso que para el resto de las personas no tuvo importancia, para la mayoría ni siquiera pasó, pero nosotros estaremos allí, alimentando esa idea, fortaleciéndola, acompañando su viaje a través de nuestra vida interior, hasta que sea una bola gigantesca que arrasa con todo.
Cómo ponerlo en práctica: analizar cada palabra y cada gesto ajeno como si de ello dependiera nuestra propia vida. Si el análisis se extiende más de diez minutos, es que encontramos algo prometedor. Con algo de práctica y esfuerzo, cualquier nimiedad puede convertirse en la explicación de nuestro humor durante, como mínimo, una semana.

3) La inter-relación. Descubrir que todo está inter-relacionado. Entender que podemos explicar el mundo y cada una de sus partes, a partir de las experiencias vividas en los últimos días. Que cada idea obsesiva macerada con dedicación, esconde la clave del universo. Que todo se repite, que basta entender una molécula para entender a todas. Que todo se repite infinitamente, hacia lo micro y lo macrocósmico.
Cómo ponerlo en práctica: si los dos pasos anteriores se llevaron a cabo correctamente, este tercero se da por inercia. Tristemente, no hay manera de forzar este tipo de entendimiento si no viene solo. Cultivar el egocentrismo ayuda, como también lo hace el estudio matemático intensivo, o la investigación de teorías conspirativas a gran escala.

4) La devolución. El último paso. El más simple. Todo hasta aquí ha sido un minucioso trabajo de recolección, control y amplificación de las emociones. Ahora, sólo hay que dejarlas salir.
Cómo ponerlo en práctica: hay muchas maneras. Pero casi todas incluyen gritos, lágrimas, discursos acelerados y ciertamente ilógicos, arrebatos amorosos y/o violentos, mudanzas, llamados a las 5 de la mañana, etcétera. Pero algo debe pasar. De alguna manera, todo eso tiene que salir. De otro modo, se corre el peligro de ser... bueno... seguramente conocen a alguien que sea... así.

Y no es agradable.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Marfil de mamut

MICHELLE: Una vez más, la comunidad científica y la industria cosmética se estrechan las manos para dictar la última moda de este invierno europeo. La empresa "Daydreaming" está vistiendo los cuellos de las damas más distinguidas con unos muy curiosos, y costosos, collares. Adelante Costanza.

COSTANZA: Muchas gracias, Michelle. Aquí estamos en Ricutta, una vieja y olvidada aldea de la Italia del siglo diecinueve, donde está instalado el departamento arqueológico de la Universidad de Bosnovich, propiedad de la empresa multinacional "Groctopus", dueña asimismo de la cadena de cosméticos "Daydreaming". ¿Por qué nunca ha oído hablar de Ricutta, se estará preguntando? Es que Ricutta fue sepultada por la erupción del volcán Amanto en el año 1823, y recién hoy, más de doscientos años después, la comunidad científica está devolviendo a sus desafortunados habitantes a la historia de la humanidad, que los había olvidado. Para contarles un poco más acerca de este milagro arqueológico, hablaremos con Hedwig, la gerente general de "Daydreaming".

HEDWIG: Sí, estamos muy emocionados, Costanza, porque este descubrimiento nos presenta posibilidades totalmente novedosas para la temporada. Los cadáveres que encontramos debajo de las capas de roca volcánica eran, en su gran mayoría, niños. Los arqueólogos y antropólogos de la Universidad están tratando de averiguar el por qué, pero nosotros en Daydreaming sólo nos preocupamos en aprovechar el hecho de que contamos con muchas calaveras de bebés y niños a nuestra disposición.
 
COSTANZA: Aquí vemos las perfectas perlas que Daydreaming está desarrollando (con un método que pretenden mantener en secreto) a partir de los cráneos de los niños de Ricutta.

HEDWIG: Mira qué precioso collar.

COSTANZA: Es hermoso. Pues bien, Michelle, ni falta hace decir que estos collares tan hermosos son la última moda, ya que no sólo son bellos, exóticos y costosísimos, sino que también son una edición limitada. ¿Verdad, Hedwig?
 
HEDWIG: ¡Qué va! Pues claro, no sabemos cuántos niños puedan desenterrar los arqueólogos, pero sabemos que se acabarán algún día.
 
(Costanza y Hedwig ríen)

HEDWIG: Es por eso que muchas estrellas ya han ordenado que les preparemos collares especiales, porque no quieren perderse la oportunidad. Y algunas ya tienen el suyo. Apple Martin, por ejemplo. Aquí vemos la foto.

COSTANZA: ¡Ay, está bellísima! Bueno, pues ya sabe. A ordenar el suyo, señora. Que pronto se nos acabarán los niños muertos y quién sabe lo que haremos para conseguir más perlas calavéricas las que no hayamos aprovechado esta oportunidad.

(Costanza y Hedwig ríen nuevamente, se escucha también la risa de Michelle)

HEDWIG: No, no tendrán que hacer nada. Ya nos estamos encargando en Daydreaming.

COSTANZA: Como siempre, a la vanguardia. Te felicito, Hedwig. Esta ha sido Costanza Carpiggia, desde Ricutta, Italia. Adelante, estudios.

MICHELLE: Gracias por el muy completo informe, Costanza. ¿Qué te ha parecido, Manuel?
 
MANUEL: Pues que no puedo esperar a verte usando uno de esos collares.
 
MICHELLE: Y yo no puedo esperar a que me lo quites de un tirón. Pero no perdamos la compostura, ¿por qué no nos hablas de los próximos estrenos?

MANUEL: Pues bien, esta semana se estrena mundialmente la superproducción de Disney "La soga", basada, como todos sabemos, en el juego infantil de saltar la soga. El protagonista es Jonas, interpretado por James Franco, un corredor de bolsa divorciado y con un problema de alcoholismo...

viernes, 16 de diciembre de 2011

Negación

  Alguna vez tuve una charla acerca de mi ateísmo con una persona francamente imbécil. Una persona que, en ese momento, pretendía ser mi amigo, pero que pronto demostró su incapacidad para tal cosa. Sí, dije "imbécil" porque le tengo bronca. O le tuve bronca, no importa. El tema es que es un imbécil.
  Decía, que charlé con él explicándole qué era ser ateo. O, por lo menos, qué significaba que yo fuera ateo. Pero no pude hacérselo entender. Y lo más gracioso, es que él se enroscaba siempre en lo mismo, siempre hablándome del diablo, de si yo adoraba al diablo, de si yo era satanista, de si yo odiaba a Dios. No, I., no. Dios no existe, eso es lo que intento decirte. ¿Pero entonces creés en el diablo? No, imbécil. No.
  En fin, luego de esa estéril conversación, una de las últimas charlas amistosas con el pobre I., al que intenté ayudar de todas las maneras posibles (¿ayudar? ¿por qué siempre intentando ayudar? ¿por qué siempre creyéndome capaz, o autorizado?), pensé y escribí esto:

- Capacidad de negación
- ¿Qué es la realidad? ¿Qué lo determina?
- Perpetuación de una mentira
- Costumbres y educación
- Quiebre. Fin de estructuras
- El círculo: los opuestos que se unen, el cambio abrupto

Hilo de pensamientos: Incapacidad de I. para entender que ateísmo y Satanismo son dos cosas completamente diferentes. ¿Por qué? Impresión mía: no puede entender la idea de un Dios inexistente. El creyente niega al ateísmo. Del otro lado, el ateo niega a Dios. ¿Se puede negar algo cuya existencia es clara? ¿Alguien puede pensar que la gravedad no existe y que realmente no opera en nosotros? Ahí va el cuentito: la gravedad no existe, es una mentira que nosotros, las personas, construímos. ¿Para qué? Teoría: para coartar la libertad de movimiento de los niños, seres sin criterio. Así, cada adulto ha sido educado para caminar sobre el suelo, y eso mismo le enseña a su hijo, sin darse cuenta de que podría flotar, levitar e incluso volar con él. El que se topa con esta verdad se pregunta si no puede mostrarle a su hijo esta otra visión. Empieza a soñar con cambiar las cosas, pronto se da cuenta de que no es posible. Desencantado, toma la decisión de ser su propio conejillo de indias, y de no arriesgar la psiquis y el físico de su hijo persiguiendo quimeras. Es entonces que se pregunta si saltar de una azotea convencido de que puede desprenderse del arrastre de la fuerza de gravedad es un acto de valentía o de cobardía (claro, el suicidio, siempre lo mismo, blablabla). Los opuestos que se tocan: el escéptico que se convierte en ingenuo al desconfiar de las cosas más obvias. El que rechaza las estructuras con tanta fuerza que se construye una jaula aún más hermética y firme. La inmensa búsqueda de lo complejo que termina en lo simple. El valiente que en realidad escapa cobardemente.

Detalle extra: cómo el raciocinio mal utilizado puede justificar la más grande de las mentiras. La fuerza del convencimiento, de la negación, al servicio de probar con métodos y pruebas irrefutables algo que no es cierto. El chiste: los aviones. Los aviones vuelan porque no existe la gravedad. Aún así, hay todo un sistema de cálculos complejos alrededor de esa invención llamada "física" para explicar que la gravedad existe y que un armatoste de un peso descomunal puede, en realidad, vencer el empuje de la gravedad.

  Eso, pasados los años, se convirtió en esto otro, una ejecución totalmente torpe de una idea zonza, pero que tenía ciertos detalles simpáticos. Y donde se me presentó por primera vez de manera consciente y directa la idea obsesiva detrás de este blog, la idea obsesiva detrás de todo lo que realmente me apasiona, mi fractal personal: las ideas circulares. Los opuestos que se tocan. Las repeticiones. Los fractales, justamente. Y no sólo eso, también los condimentos que más me gustan: todo está ahí, en esa pequeña lista al comienzo de eso que me vi obligado a escribir hace ya, ¿cuánto?, no sé, quizás seis, siete años.

  Y ahora, como siempre, es hora de cuestionar lo que hago: ¿cómo puedo pensar que esto puede llegar a ser interesante para alguien? Lo único que justifica su publicación es lo mismo que la hace carente de sentido (opuestos que se tocan): el hecho de que nadie lo lee (nadie -1). Pero es ridículo, escribir algo y después escribir sobre cómo y por qué lo escribí. Aunque, lo más triste (o gracioso), es que ese texto original, la idea sola, me parece mucho más atractivo que la huevada que escribí después. Quizás debiera escribir las ideas así, solas, con las relaciones que me gustaría subrayar. Y entonces, si pudiera encontrar alguna idea interesante, convencer a alguien de que use esa idea para escribir algo interesante.
  O quizás sólo debiera cerrar mi blog.
  O quizás sólo debiera seguir escribiendo.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ley de gravedad

  ¿Qué lo llevó a esa terraza? ¿Qué cadena de pensamientos pudo colocarlo ahí? De todas las personas, a él: Ricardo Ensenada. Padre de tres hijos, esposo de una mujer amorosa, con una muy buena posición económica, ejerciendo su profesión soñada y con un cuantioso círculo de amigos. Quizás fuera todo eso. Una vida inmaculada, perfecta desde todo punto de vista, una situación envidiable que, igualmente, escondía una pequeña alarma, una especie de zumbido casi imperceptible que no le dejaba conciliar el sueño. Hay algo más en esta vida. Hay, definitivamente, algo más.
  Esa era su impresión. Ese era el pensamiento que estaba debajo de cada acción que emprendió en los últimos cinco años de su vida. En secreto, tratando de no alarmar a la gente que lo rodeaba, comenzó a cuestionar todo aquello que hasta ese entonces le pareció una certeza, una constante o una ley. Comenzó a buscar la compañía de otras personas, sin ausentarse jamás de sus compromisos preestablecidos, para no llamar la atención. No descuidó su mundo al tratar de encontrar otro, y tal cosa lo hizo sentir siempre como un héroe. Porque eso es lo que intentaba ser: un héroe. Él encontraría esa ventana al otro mundo, al mundo real, para que toda esa gente que él quería pudiera dejar esa existencia mutilada que habían aceptado como "realidad".
  Y así fue, en esa búsqueda de relecturas que conoció a Joaquín, el viejo Joaquín. Un anciano loco según la gran mayoría, pero un faro de oscuridad para él. Ahí donde no había más que luz, Joaquín podía oscurecerlo todo. O casi todo, hasta que conoció a Ricardo, un tipo con una lógica invencible que se unió a su cruzada de oscurecimiento, con todas las herramientas de la iluminación. Juntos, jugaron a derribar todas las certezas que hasta ese entonces, habían intentado morar en sus cabezas. Pero hubo una certeza en particular que Joaquín prefirió por sobre las demás. La causa de todos los problemas de la humanidad: la ley de gravedad.
  ¿Quién dice que hay una fuerza que nos mantiene pegados al suelo, cuando vemos con nuestros ojos pruebas obscenas de que no existe tal fuerza? Y no hablo de las aves, no señor. ¿Qué me decís de los aviones? ¿Eh? No, es todo una mentira. Siempre la misma historia. Los poderosos negándole la libertad al indefenso. ¿O por qué te pensás que el mundo está como está? Y no estoy echándole la culpa a los políticos, o a los tipos de guita, como haría cualquier borrachín pendenciero. Yo acepto mi culpa, la culpa que tenemos todos. Nos cortamos nuestras propias alas, Ricardo. Nosotros mismos, usando el disfraz de nuestros padres. El hombre es capaz de volar, Ricardo. Yo lo sé, lo vi. Vos también lo sabés. Lo que pasa es que somos unos cagones, eso pasa. Nuestros antepasados volaban. Pero tanta libertad de movimiento estaba en conflicto constante con esas ganas de poseer que tenemos. Poseer todo, ya sean objetos como personas. Entonces inventamos esa huevada de la "gravedad". Cínicos de mierda, eso somos. "Gravedad". Lo grave es que nos hayamos cortado las alas, y que nuestros hijos nazcan, vivan y mueran sin saber que, de quererlo, podrían surcar los cielos. Es una perrada eso que hicimos, Ricardito. Pero lo vamos a cambiar, lo vamos a cambiar.
  Cinco años manteniendo charlas como esa. Hasta que Ricardo tuvo su tercer hijo, Damián, y su vida de leyes lo reclamó con urgencia, alejándolo del viejo Joaquín. Los primeros meses de la criatura fueron complicados, y las tertulias se dieron con cada vez menor frecuencia. Y aún en esas pocas ocasiones en que Ricardo pudo acudir a Joaquín, su mente estaba en otro lado. No volaba con su viejo amigo, sino que se mantenía asustado y preocupado al pie de la cuna de su hijito enfermo.
  -No te preocupes, Ricardito -le dijo el anciano-. Cuando lo urgente deje de preocuparte, podrás ocuparte de lo verdaderamente importante.
  Y eso fue lo último que le oyó decir. Apenas dos semanas más tarde, el cuerpo de Joaquín apareció tendido sin vida en medio de la calle, luego de haber caído desde la terraza de un edificio de 26 pisos. A nadie sorprendió que un viejo loco se quitara la vida. El único que sabía que no podía ser un suicidio, era Ricardo. Seguramente porque, de creer que se había suicidado, se sabría culpable. Pero no, no podía ser un suicidio. Había sido una búsqueda desafortunada, un brevísimo instante de atropellada ansiedad. Y él no había estado ahí, para frenarlo. No había sido un suicidio, cierto, aunque algo era innegable: había sido su culpa.
  ¿Y ahora? Ahora él estaba en esa misma terraza. Incapaz de volver el tiempo atrás, incapaz de enmendar su terrible soledad, incapaz de volar. Porque ese había sido el error de Joaquín: creerse capaz de vencer todos esos años de pedestre adoctrinamiento. No, dulce Joaquín. No. Nosotros no podemos. Mucho tiempo llevamos atándonos temerosamente a la superficie de este triste planeta. Hemos alimentado con nuestros sueños a este monstruo que llamamos gravedad, y estamos sometidos a su autoridad.
  Se acercó al borde de la terraza, y extendió los brazos. Desde tan alto, nadie podía ver qué era ese bulto que tenía entre sus manos. Tomó una última bocanada de aire, y soltó a su hijo. Vuela, pequeño Damián. Que tu inocencia me muestre el camino que Joaquín no pudo encontrar.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Listas

Lista de cosas que realmente creo que me salen bien, por más que me avergüence admitirlo:
- trazar mapas y recorridos (muy útil en el día a día)
- memorizar números
- jugar videojuegos (también muy útil)
- irritar a los demás
- contener a los demás (emocional, no físicamente)
- caer antipático
- ser egocéntrico

Lista de cosas que otras personas me han dicho varias veces que hago bien, pero que no puedo aceptar como cierto (aunque me encantaría que lo fuera) porque me da mucha vergüenza:
- cantar
- besar
- escribir
- tocar la guitarra (eso es francamente ridículo)
- hacer reír a los demás
- imitar a otras personas (eso ni siquiera creo que lo digan en serio, aunque, ¿hay alguno de los otros ítems en esta lista del cual no pueda desconfiar? De eso se trata la lista...)*

Lista de cosas que no me han dicho que haga bien (por lo menos, no más de una o dos veces), que sé que no hago bien o que directamente no puedo hacer, que me encantaría saber hacer, pero que creo que francamente es imposible:
- dibujar
- silbar
- actuar (o mentir, al menos)
- jugar al tenis/paddle/ping-pong
- tocar el piano
- tocar el clarinete
- caer simpático y/o generar empatía
- hacer listas que tengan sentido
- cocinar

Lista de cosas que me han dicho que hago realmente mal, pero que no creo que sea tan así:
- tratar a los seres queridos

Lista de cosas que me han dicho que hago realmente mal, y que estoy totalmente de acuerdo:
- vivir, así, en general

  Bien. Como radiografía de mi persona, no sirve de nada. No alcanzo a ver en el conjunto de esas listas a la persona que creo ser (aunque hay ciertos rasgos muy representativos presentes: la exageración, la auto-compasión, la victimización, etc.). Como mapa de mis deseos, ahí ya es otra cosa. Se acerca un poco más. ¿Pero qué puedo sacar de provechoso? ¿Tengo herramientas como para analizar algo de esto que intenté organizar? ¿Hay alguna información útil en estas listas, o algo que se relacione de alguna manera con mi realidad? ¿O lo único que hubo fue otro breve momento de estimulación de las zonas erógenas del cerebro, para mi propio (y solitario) goce y divertimento?

  Ahora me dio sueño. Me voy a dormir.

* anexo agregado al otro día de publicado el... el... el coso este.

martes, 13 de diciembre de 2011

Elogio de la resignación

"... la vida puede que no se ponga mucho mejor que esto..."

  Hay una distancia insalvable entre lo que quiero y lo que tengo. Ese no es el problema, el presente no importa, lo que importa es el horizonte, la posibilidad del futuro, la esperanza y los sueños. El problema es la distancia insalvable entre lo que quiero y lo que puedo llegar a tener. Enfrentarme con los límites propios (o ajenos, pero de gente que, estúpidamente, intenté apropiarme) es una de las actividades más deprimentes, verme cercenando mis propias fantasías, mis propios planes, para tratar de acercarme, así, a tientas, con sangre en las manos y lágrimas en los ojos, a una idea de "realidad". Oscilando violentamente entre el cielo y el infierno, quizás, algún día, alcance a entender qué es lo que se ve desde el medio.
  ¿Pero cómo? ¿Cómo sacudirme esta furia, esta pena, al verme obligado a devorar a un Alejandro mental que no será posible, no lo fue entonces, no lo es ahora, no lo será nunca (no, nunca, eso me repito, ese es el mantra, "nunca", cada pedazo de felicidad insensata que trago va acompañado con el sonido de esa palabra), un Alejandro fantasmal que es, realmente, una ridiculez, y por suerte la poca gente que me quiere así lo manifiesta, por más doloroso y casi imposible que me resulte aceptarlo? Sigo tragando. Quisiera sonreír, por momentos lo logro. Me queda un consuelo: mi, en circunstancias normales, inexistente orgullo aparece entonces. "Estás haciendo lo correcto". "Estás siendo sincero y honesto con vos mismo". "También despiadado, es cierto, pero tu voluntad se acercará a empresas viables y provechosas".
  Siempre creí que de eso se trataba crecer. "Crecer" siempre fue, para mí, un sinónimo de "rendirse". Aceptar que te vas a morir. Sí. Ser ateo, y aceptar que no vas a vivir por siempre. Si pude hacer eso, si pude vencer el sueño de permanecer, de conservar para siempre la conciencia... ¿por qué no puedo eliminar el resto de esos sueños infantiles, egoístas, imposibles? Hacerme cargo de mis limitaciones. Limitaciones que comparto con el resto de la mediocre humanidad, tristemente. No soy especial. Ni un poquito. No voy a triunfar donde otros fracasaron. No voy a triunfar donde ya fracasé. Tengo que cambiar los conceptos detrás de "fracaso" y "triunfo". Tengo que cambiar el concepto detrás de mi persona, dejar de creermelá tanto (dejar de ponerle tilde ahí a "creermelá", por empezar). Dejar de perseguir cosas que necesito, sí, las necesito, las deseo con todas mis fuerzas, vivir sin ellas no es vivir. Y, bueno, flaco. Vivir es otra cosa. Vivir, vas a vivir igual. Buscar otras metas, otros placeres, otras batallas. Si tanto me gusta jugar a cambiar los puntos de vista, a aceptar todo como cierto y falso a la vez, tendría que poder hacerlo.
  Ya me perdí. Comencé diciendo que tenía que ser más sincero conmigo mismo, y me propongo trastocar la visión de mis ideales hasta poder adaptarla a algo que me sea realizable. En verdad, no hay realidad. No hay verdad alguna. Sólo hay que cambiar una mentira por otra.

lunes, 12 de diciembre de 2011

"An instant classic"

  Pac-man, la película

  Ha llegado a nuestros cines la esperadísima última película de Robert Zemeckis, que no es otra que la brillante adaptación del clásico videojuego de los 80 "pac-man", llamada, atinadamente, "Pac-man, la película". Tan solo dos semanas después de su estreno en los Estados Unidos, y con el antecedente de ser ya, en estos catorce días, record mundial de recaudación, el film entrega todo lo que promete y aún más.
  Firme candidata para los Oscar, la película nos cuenta la historia de Paco, un mexicano radicado en Nueva York (interpretado brillantemente por Ryan Reynolds), viudo y padre de Andrew (el ya un poco crecidito Freddie Highmore), un taciturno niño de 8 años con el cual mantiene una difícil relación. Paco lucha en la gran ciudad por criar a su hijo con amor y bondad, dos cosas que en su propia infancia escasearon, pero al mismo tiempo se ve obligado a dejar a su hijo en soledad para llevar la comida a la mesa ("No confío en las niñeras. Son, antes que nada, mujeres", dice Paco en uno de sus monólogos más emotivos), ejerciendo el único oficio que conoce: el de recolector de hojas en los parques.
  Estamos comenzando a comprender y a querer a los personajes, a los que se suman Richard, el portero del edificio en el que viven (el eterno Tommy Lee Jones); Kathy, la joven que se muda al departamento de al lado (una muy sutil Drew Barrymore); y el Capitán Bustamante, el mendigo de la cuadra (el desopilante Robin Williams); cuando la noticia de un ascenso para Paco devela la trama que nos tendrá en la punta de la butaca hasta que culminen los 156 minutos de duración de la placa. Por orden del alcalde de Nueva York (cameo de Giuliani mediante), Paco será el recolector de hojas del mítico Central Park, en el turno noche. Si bien la responsabilidad es enorme ("Es el Central Park, ¡con un demonio!"), la paga también lo es, y Paco debe entonces elegir si vale la pena ausentarse durante la noche ("No conoces el miedo a la oscuridad hasta que pasas una noche en Nueva York", le susurra sabiamente Richard) para poder asegurar el bienestar económico del pequeño Andrew. El viejo (pero jamás desactualizado) dilema del padre ausente y único sostén de la familia funciona aquí de maravillas, con duelos actorales memorables entre Reynolds y el ya establecido Highmore, cuya candidatura al Oscar es cantada.
  Así las cosas, Paco acepta el trabajo en el Central Park, y ahí es cuando la película alcanza todo su potencial. Porque junto con Paco descubriremos que las cosas no son como parecen. Que detrás de esas hileras de hojas tan prolijas que él recoge con su pincho (¿cómo pueden caer para posarse de una manera tan ordenada?), algo se esconde. Que esas hojas, marcan un camino (brillante la musicalización de Danny Elfman, con esos sutiles coros femeninos que al grito de "¡Gretel! ¡Gretel y Hansel! ¡Hansel! ¡Hansel y Gretel!" resignifican totalmente la escena, otorgándole una complejidad intertextual pocas veces explorada en Hollywood). Que el Central Park, de noche, es un laberinto. Mención especial aquí para Zemeckis, que elige, atinadamente, filmar cada una de las escenas del parque con una cámara cenital que nos permite ver el dibujo del parque en su totalidad, y adivinar, allí abajo, la presencia de Paco en su uniforme amarillo de recoge-hojas.
  No es conveniente adelantar mucho de lo que sigue después, pero vale la pena mencionar la presencia de cuatro espectros en el parque (uno de ellos interpretado por la revelación del año: Adam Levine, el vocalista de la banda de rock Maroon 5), y un complot que esconde al mejor villano que nos otorga la pantalla grande desde el temible Tony Montana: el ex-científico ruso Vladimir Ihorovitch Ponyatovski, un brillante Gary Oldman.
  ¿Podrá Paco descubrir qué es lo que esconde el Doctor Ponyatovski? ¿Podrá darle una segunda oportunidad al amor, en las tímidas manos de Kathy? ¿Podrá reconciliarse con Andrew, que mediando la película cae en las drogas y funda una pandilla de malhechores que quema indigentes (atentos al enfrentamiento entre Andrew y el Capitán Bustamante, y a las casi imperceptibles citas a cierto clásico cinematográfico de Stanley Kubrick)? ¿Encontrarán los espectros del parque finalmente la paz? Todas estas preguntas tienen sus respuestas, y están ahí, esperando a que el público las recoja, alineadas una detrás de la otra, como las hojas con las que Paco llena su bolsa de residuos...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crí(p)tica a la vergüenza

  Estaba sentado sobre la hierba de una pequeña plaza, en una noche despejada. La única luz era la de la luna, enorme, una luna que giraba sobre sí misma dejando ver una superficie interminable, con paisajes e irregularidades irrepetibles, como si fuera una cinta infinita asomándose por una ventana circular. Estaba desnudo, y una brisa estival lo acariciaba. Miraba los juegos de la plaza sin saber qué hacer a continuación. Se sentía intranquilo, como si hubiera dejado algo a medio hacer, como si estuviera faltando a una cita, como si se encontrara cerca de concretar algo deseado pero ahora olvidado. Se levantó no sin dificultad, y comenzó a caminar sin rumbo, ya que nada se veía más allá de los límites de la plaza. Podía sentir arena debajo de sus pies descalzos. Unos segundos después de haber abandonado la plaza, comenzó a oír llantos infantiles. Los sollozos lo rodeaban, y le generaban una angustia inconmensurable. Intentó escapar, pero no pudo, ya que la angustia pronto se convirtió en un dolor físico que lo derribó. Comenzó a gritar, encogido en el suelo, sintiendo que su estómago era aplastado por una poderosa prensa, convencido de que moriría allí mismo, y que ese coro de niños tendría el papel de verdugo. Sus cuerdas vocales le dolían de tanto gritar, y comenzó a sentir el gusto de su propia sangre, cuando las figuras de docenas de bebés aparecieron gateando hacia él, y lo cubrieron, siempre llorando, emitiendo terribles alaridos. Su cuerpo entumecido se inundó de rabia al entrar en contacto con esos bebés, y explotó en un violento arrebato que catapultó a la mayoría de las criaturas fuera de su vista. Entendió que el daño que les causara, el verdadero daño que ellos sufrieran, apagando así sus llantos, estaba relacionado con su dolor, de manera inversamente proporcional. Oyó el crujir de los huesos de los bebés arrojados en todas direcciones, y comenzó a sentirse aliviado. Pero todavía quedaba uno, que chillaba estridentemente, provocándole naúseas y mareos. Casi sin pensarlo lo tomó entre sus manos, lo alzó, y comenzó a estrangularlo. Los ojos de la criatura se transformaron en dos pozos de un negro viscoso, y toda su figura fue deformándose, como derritiéndose, a medida que su llanto se apagaba. Lo vio deshacerse entre sus dedos, y de los ojos brotó una sustancia pestilente, que comenzó a cubrir sus manos, y luego avanzó por sus brazos, congelándolos por completo y haciéndolos pesados como piedras. Dejó caer sus brazos y no pudo moverlos, y estos comenzaron a hundirse en la arena. Desesperado, intentó con sus piernas rechazar esa fuerza que comenzó a sepultarlo, pero ya nada podía hacer. El suelo lo tapó por completo, y comenzó a respirar arena, perdiendo un poco de su vida con cada inhalación. El pecho le ardía, sentía cómo se destrozaban por dentro sus pulmones, cómo la boca se le llenaba de arena, cómo esta se mezclaba con su sangre, y supo, por segunda vez, que estaba muriendo. Esa pasta que tenía en su boca pronto formó un bozal, y ahogó sus silenciosos gritos. Sus extremidades fueron tomadas por algo o alguien, y se encontró totalmente inmovilizado. Fue entonces que pudo verse a sí mismo, y comenzó a sentir un intenso cosquilleo en su zona inguinal, y a pesar del terror de su propia muerte, supo que eso iba a pasar, ya no había vuelta atrás, algo o alguien lo estaba estimulando, lo estaba excitando, y él, inmóvil y sometido, no podía oponerse. Sabía que esa sería su muerte, que el momento en que cediera a esa excitación, el momento en que se dejase llevar, entonces se habría rendido y su cuerpo quedaría allí, abandonado sin vida para siempre. Sintio aromas y caricias olvidadas, luchó contra ellas, pero pronto perdió la batalla, y su cuerpo se vio sacudido por violentos espasmos a medida que eyaculaba y todo indicio de vida lo abandonaba. Y siguió viéndose cuando, a medida que los espasmos se iban sucediendo, su cuerpo comenzó a deshacerse en jirones de carne, hasta que ya no quedó nada, y el último de los reflejos de esa falsa luna se apagó.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Hay que rallar el queso

  Resulta extrañísimo, pero todo empezó (o más bien terminó) con el inocente, ordinario, doméstico e intrascendente comentario "hay que rallar el queso". Eso me dijo ella, desde la cocina, donde preparaba los fideos que, finalmente, no comeríamos. Yo estaba, en ese momento, sentado frente a la chimenea, ocupado en la lectura y la relectura de "Funes, el memorioso", del enorme primer tomo de las obras completas de Borges. Un cuento brevísimo y deslumbrante, como gran parte de su obra. "Mmm", contesté, y apuré la lectura, calculé mientras atravesaba los párrafos cuánto es que me faltaba, y comparaba la hermosura de las palabras leídas con la hermosura de las que debía leer antes de terminar. La idea de rallar el queso se encontraba ahí, luego del magnífico desenlace, esperando por ser protagonista. Y ella, ella esperaba en el umbral de la puerta de la cocina. Observándome. Juntando el valor, calculo yo, para pronunciar las últimas palabras que oiría de su boca, después de siete años de... de muchas cosas, de muchos estados, de muchos modelos de relación, de muchos sentimientos, pero que se podría resumir diciendo, simplemente, que fueron siete años en que fuimos las personas más importantes tanto para uno como para el otro. Siete años de idas y vueltas, de angustia y éxtasis, pero siete años de nosotros. Palabra que ya no volvería a significar lo mismo, al igual que nuestros nombres. ¿Qué entendería ella por Alejandro, a partir de esa noche? ¿Qué entendería yo por...? Estoy perdiendo el hilo, estoy olvidando mencionar lo que ella dijo.
  "¿Te acordás cuándo comenzaste a leer a Borges? Fue cuando empezábamos a salir. Vos leías en el colectivo, y me mandabas extractos todo el tiempo, y yo te respondía, y te interrumpía, pero eras vos el que interrumpía tu lectura, porque tantas eran tus ganas de hablarme, de compartir cosas conmigo, que... ¿cómo era que me habías dicho? Algo así como que ni siquiera Borges, con todo su talento para describir tus obsesiones, podía reemplazarme en tu mundo interno. ¿Y ahora? Ahí estás. Leyendo. Yo te hablo, te pido algo, estoy acá... y vos ahí. Leyendo. Llegó el momento en que Borges es más importante que yo."
  Recuerdo haberla mirado, y sonreído. Recuerdo haber sentido una ternura y un amor incalculables, sentimientos que sólo habían ido en alza en esos siete años. Recuerdo haber abierto la boca, listo para explicarle que me sorprendía y me divertía que pudiera pensar eso, siendo otra la realidad, cuando entendí el verdadero sentido detrás de sus palabras. De mis palabras, en realidad, porque esas palabras no eran suyas. Como el imbécil egocéntrico que soy, estuve a punto de ignorar el hecho de que ella no estaba diciendo algo que pensaba, sino algo que sabía que tenía que pensar yo. Estuve a punto de ignorar que mi interlocutor, en realidad, era una parodia de mí mismo (quizás, por estar tan acostumbrado a hablar solo). Su cabeza nunca funcionó así, jamás tuvo nada que reprocharme y jamás dudó de mi amor, aún cuando, en ocasiones, intenté que lo hiciera. Esa inseguridad, ese reproche infantil, esa exageración y manipulación de cosas aisladas para convertirlas en un indicio de algo mayor e innegable, me eran propias. Esas eran mis palabras, las palabras que, habiendo pasado siete años, había elegido no pronunciar. Y entonces todo mi mundo se trastocó, todo a mi alrededor se reacomodó, remedando el efecto de esas ilusiones ópticas que revelan su naturaleza luego de pasado cierto tiempo.
  ¿Y qué vi? Mis libros. Mis libros que a ella ya no le interesaba leer. La clara división entre mis libros y los de ella, antes, parte del mismo grupo.
  Mi guitarra. Sola, apoyada contra la pared. Ya no recordaba la última vez en que ella me pidió una canción. Tampoco, la última vez que vino a verme tocar con mi banda.
  Mis cuentos. Había sabido ser su única lectora. Ahora, ya ni era la primera, y en algunos casos ni siquiera llegaba a ser lectora.
  Nada pude responder. Inmensamente triste, me levanté y comencé a juntar mis cosas. Ella se sentó mirando el suelo, sin prestarme atención. Los fideos se pasaron.
  Cuando tuve mi bolso listo con lo indispensable, me detuve, antes de partir, a contemplar el primer tomo de las obras completas de Borges. Lo tomé, y lo reuní con sus otros tres hermanos... Pensé en lo que me costó comprarlos. Pensé en cómo, entre las pocas posesiones que tenía, eran de las más valiosas. Y las tiré en la chimenea. Dejé que el fuego las envolviese, y dejé que las llamas acariciaran mi mano, para llevarme ese momento impreso en la piel, para siempre. El dolor físico consiguió igualar al dolor que llevaba en el pecho, y entonces retiré la mano, justo cuando comenzaba a escuchar sus sollozos, allí, sentada mirando el suelo. Levanté su cara con mi mano caliente, para obligarla a verme a los ojos, a través de sus lágrimas, mientras le pronunciaba mis últimas palabras.
  "Nunca más voy a poder explicarte nada. Pero espero, de corazón, que algún día entiendas lo que acaba de pasar".

domingo, 20 de noviembre de 2011

El pastor de la muerte

  Se había llamado Antonio, en algún remoto pasado, pero ya nadie lo conocía por ese nombre. Ni siquiera él se reconocía como tal, perdido entre tantos años de soledad y miseria. "El pastor de la muerte", así se llamaba a sí mismo, y era uno de los tantos apelativos con que se lo nombraba, aunque nunca en voz alta, siempre en un susurro, y únicamente los viejos sabios que ya no le temen a nada eran los que se animaban a invocarlo con esas palabras.
  El pastor siempre había sido viejo, pero Antonio alguna vez fue joven. Joven y arrogante, enamorando chicas de pueblo en pueblo, sembrando bastardos que luego cubría con el polvo que levantaba en su huída. Cuenta la leyenda, o, mejor dicho, una de las leyendas, que en Tupungato embarazó a la hija de Don Nicanor, y que la mancillada doncella intentó detenerlo antes de que huyera hacia su próximo pueblo, hacia su próximo vientre, y que Antonio lanzó su caballo sobre la pobre quinceañera, para luego escupirla al tiempo que le dedicaba estas últimas palabras: "Esa hinchazón no es mi problema, y escapa a mis soluciones. Que tu padre brujo te lave los pecados". Cuesta creer que Antonio fuera no sólo tan malvado, sino también tan poco juicioso, porque llamar brujo a un brujo y humillar a su hija al mismo tiempo es más peligroso que dormirse desnudo flotando en un río. Así firmó su condena. Nicanor lavó de pecados a su pequeña, y drenó de su barriga aquella semilla perniciosa, para luego aparecérsele a Antonio en medio de la llanura, mientras dormía, dos noches después de su huída de Tupungato. "Usted juega con cosas que no comprende, compadre. Tiene mucho que aprender antes de pagar por lo que ha hecho. Pero pagará". Así le habló Nicanor en sueños, así se selló su triste destino. Otras versiones cuentan que Antonio se convirtió en el pastor tras perder una apuesta con el mismísimo Mandinga, pero es algo inverosímil creer que el Maligno tenga tanto tiempo libre como para andar jugando apuestas y poblando la Pampa de apariciones como el pastor.
  Sea de la forma que fuere, al llegar Antonio al próximo pueblo, ya era otro. Sus ardores egoístas y juveniles fueron reemplazados por un amor colosal e inmediato por Lucrecia, una muchachita humilde de enormes ojos y expresión tímida. Antonio, porque todavía era Antonio, la enamoró de inmediato, como siempre hacía, pero se comportó de manera noble: se instaló en el pueblo, se casó con Lucrecia, y se convirtió en un hombre de bien. Quizás la brutalidad de su último asalto, o el susto de la aparición en medio de la llanura lo hubieran cambiado, pero yo soy más de pensar, si se me permite el atrevimiento, que era parte de la maldición, que la maldición sólo funciona por el hombre que Antonio pasó a ser, y que no funcionaría si siguiera siendo un villano despreciable.
  Antonio amó a su mujer, con todo su corazón, y a la que luego fue su familia. Tres hijas, dos hijos, tres nietas y dos nietos. Envejeció allí, en Sarabia, y tuvo una vida feliz. Vida que se terminó al llegar a los 63 años, cuando se convirtió, sin saberlo, en el pastor de la muerte. Fue un dos de Junio, mientras se cebaba unos mates en el patiecito, cuando volvió a aparecérsele la figura de Don Nicanor. Alto, vestido de negro, apoyado con ambas manos sobre su bastón de roble, con un sombrero desvencijado y una mirada penetrante, en una cara curtida por los años pero que conservaba todos los rasgos que Antonio no había podido olvidar. El terror se apoderó de él, y sólo pudo escapar. Recogió sus cosas, y sin explicarle nada a nadie, escapó hacia el monte, llevando como compañía sólo a su mula. Marchó por dos días totalmente alucinado, sin comprender qué pasaba, ni por qué huía. Al ir pasando las horas, el terror lo abandonó, y Antonio decidió que su huída había sido un pecado de imberbe. Volvió sobre sus pasos, entonces, mas no fue Antonio el que volvió sobre la vieja mula a Sarabia. Fue el pastor de la muerte, que ingresó en un pueblo fantasma, donde los cadáveres de todos los habitantes permanecían allí donde él los había visto vivos por última vez. Todos. Del primero al último, muertos. El pastor lloró como nunca antes en su vida, y Don Nicanor, o Mandinga, manipuló sus pensamientos para que entendiera que había sido él, Antonio, el que había llevado la muerte al pueblo. El que había amado tanto a ese lugar y a esa gente, para luego abandonarlos a la muerte. Pero el pastor no entendió. Tampoco entendió por qué no pudo colgarse esa misma noche. O por qué la sangre no brotó de su cuerpo a la noche siguiente, cuando atravesó su pecho con su facón, o por qué siguió vivo aún cuando ya no comía ni bebía. Enloquecido por el dolor, huyó por segunda vez de Sarabia.
  Cuatro días después llegó, en mula, a San Aquilino. Entro a la posada, y buscó pelea entre los bravucones del lugar. Se ganó una paliza terrible y un puntazo en el estómago, que habría sido mortal si hubiera tenido alguna vida dentro que se pudiera aniquilar. Pero no, tan solo quedó tendido sobre la tierra, sin entender por qué no podía morir, todavía sin saber por qué había muerto todo su pueblo, y sin saber qué papel jugaba Don Nicanor en toda esta historia.
  Huyó de San Aquilino. Al día siguiente, toda la población de San Aquilino pereció. De esto se enteró en Valle del moro, tres días después. No alcanzó a comprenderlo, pero lo intuyó. Supo que debía quedarse en Valle del moro, que debía olvidar todo ese dolor, toda esa locura que lo incapacitaba, porque la vida de esa gente, ahora dependía de él. Durmió en la calle, como un pordiosero. Y Don Nicanor, o Mandinga, lo despertó. "Tarde o temprano va a tener que irse, hermanito. Miresé: es un viejo loco y sucio. Esta gente lo va a echar de una patada en el culo. Yo le aconsejaría partir antes de encariñarse con alguien. Escuché que hay una chinita hermosa. Se llama Lucila. Ella lo va a querer, a pesar del olor que tiene. ¿Quiere conocerla? Se va a enamorar. Mire, allá viene...".
  - Tómese algo, abuelo.
  Lucila le alcanzó un mate, y un balde con agua para que se limpiara. Y el pastor se enamoró, porque eso formaba también parte de su maldición. Vivió allí cinco años, sin envejecer, sin encontrar placer en nada, sólo amando locamente a Lucila, pero con un amor angustiante, que nada bueno le otorgaba, ya que se sabía el causante de su muerte. No importaba cuándo, un día ella moriría, todos morirían, menos él. "Quizás pudiera burlar la maldición, quizás pudiera quedarme aquí por siempre", pensaba. Pero si hay algo común en las maldiciones, es que son eternas e inapelables. Un 11 de Agosto unos bandoleros pasaron por Valle del moro y se llevaron a Lucila. El pastor alcanzó a verlos cuando abandonaban el pueblo, y no lo dudó: tomó un caballo y corrió tras ellos. Ni bien abandonó la carretera para adentrarse en la llanura salvaje y comenzar la persecución, vio cómo los bandoleros, uno a uno, fueron cayendo sin vida de sus monturas. Todos menos uno, el que parecía el líder, el que cargaba el cuerpo de Lucila, ahora también sin vida. El jinete indemne volvió su caballo y desanduvo su camino para encontrarse con el pastor, que permanecía azorado. Era Don Nicanor, que sonreía de oreja a oreja.
  - Ánimo, compadre. En Valle del moro ya no queda quien respire, pero a sólo dos días al norte tenemos Arredondo, un hermoso pueblo con casi 600 habitantes...
  El pastor, desesperado, decidió dejarse morir. De alguna manera eso tenía que ser posible. Y en caso de no lograrlo, lo mejor sería permanecer tendido allí, en el pueblo muerto, donde ya nadie pudiera ser afectado por su triste destino. Así que se ató a un mástil de la plaza de Valle del moro, y observó la putrefacción de los cadáveres con la esperanza de que fuera contagiosa.
  Pasó allí dos meses, hasta que perdió el conocimiento, y una caravana, quizás guiada por Don Nicanor, lo encontró con vida y lo llevó a Arredondo. El pastor de la muerte despertó, entonces, en una cama, en una habitación, bajo el cuidado de una hermosa enfermera, de la cual se enamoró instantáneamente. Pasado el inicial momento de fascinación, entendió que una vez más había sido vencido, y que ya nunca encontraría la paz. Condenado a emigrar de pueblo en pueblo, enamorándose siempre, para luego ver cómo todo aquello que había amado se marchitaba por su culpa.
  - Tiene usted la fuerza de un toro- le dijo la enfermera, a modo de bienvenida.
  - ¿Cómo se llama?
  - Estela.
  "Qué irónico", pensó. "Ese debiera ser mi nombre, puesto que adonde quiera que vaya, me persigue una estela de muerte. La muerte es mi sombra, y yo soy su avanzada, su vanguardia, su más traicionero mensajero."
  - Estela. Usted será, a partir de ahora, mi esposa. Y cuidará que nunca, pero nunca, me vaya de Arredondo.
  Se casaron. No tuvieron hijos, porque ya no había vida para perpetuar dentro del pastor, pero se amaron. Ella, con total entrega, y él, con la oprimente pena de saberse su verdugo. La convenció de que estaba loco y enfermo, y se amarró al catre. Así vivieron todo su matrimonio. 30 años. Los dos sufriendo por ese amor enfermo, fruto de una venganza legendaria.
  Para ese entonces, la leyenda del pastor de la muerte ya era algo conocido en todos los pueblos. Las palabras del joven Antonio, la condena proferida por Don Nicanor en esa noche a la intemperie, la muerte de las poblaciones enteras de Sarabia, San Aquilino y Valle del moro. El viejo sin nombre, amarrado al catre, encontrado con vida entre cadáveres putrefactos. Y 30 años sin fallecimientos en Arredondo, desde el día en que el extraño llegó. Por alguna razón, la gente ya no moría. Los más viejos ya llegaban a la centuria, cansados, fatigados por una vida sin vida, como la del pastor. La gente se enfermaba, pero no pasaba de la agonía. Los accidentes sólo generaban lisiados, atados de por vida al catre. Un pueblo entero de agonizantes, todos a imagen y semejanza del pastor. Él escuchaba lo que se hablaba, se enteraba de las extrañas cosas que ocurrían, y sabía que ya nadie dudaba que él fuera el culpable. La gente comenzó a congregarse en la puerta de Estela, pidiéndole que por favor desatara a su marido, que lo dejara irse, que ya estaba bien, que no se podía seguir así. Estela lloraba y también iba muriéndose por dentro, presa de una enfermedad que, sin la influencia de la venganza de Don Nicanor, la habría liquidado pronto y con escaso dolor. Pero, en vez de eso, permanecía en pie, soportando un sufrimiento que ningún ser humano en circunstancias normales debiera conocer.
  Desde el primer día, el espectro de Don Nicanor se encontraba parado a los pies de la cama del pastor, mirándolo con su siniestra sonrisa, torturándolo con su presencia. Pero la voluntad del pastor era inquebrantable. Allí se quedaría, sin importar qué pasara.
  - Viejito- le dijo un día Estela-. ¿No le parece que ya está bien?
  Don Nicanor comenzó a reír, y desatar las ataduras del pastor.
  - ¡No, no!- gritaba el viejo, aterrado por la posibilidad de marcharse, de acabar con la agonía del pueblo entero, exceptuando la suya.
  - Vaya, viejito... Vaya...
  La voz de Estela se transformó en un silbido casi imperceptible, y la expresión de su rostro se perdió para siempre, sus ojos muertos mirando hacia ningún lado, hinchándose y deshinchándose al ritmo de una ruidosa y fluctuante respiración.
  El pastor salió a ver las calles del pueblo suyo, del pueblo que amaba, pero que jamás había recorrido. Aquí y allá, sólo había gente agonizando. Apenas algunos niños se mantenían en pie, pero lloraban desconsoladamente, por el hambre, o por la desgarradora imagen de una madre o un padre tendido en la calle y sacudido por una respiración tenebrosa. Un adolescente le cortó el paso, y lo golpeó.
  - ¡Váyase de acá, viejo infeliz! ¡Y nunca más vuelva!
  El pastor recorrió las calles, con una inmensa tristeza, hasta llegar a la entrada del pueblo. Allí lo esperaba Don Nicanor.
  - Compadre... No sabe la que le espera. Se llama Zaira, y es la dulzura misma. Y con ella sí tendrá un hijo. Y se llamará Antonio.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El amante perfecto (¿Doppelgänger #2?)

  Guillermo llegó a ser un gran amante, sin duda el mejor de su ciudad, probablemente el mejor de su país, y tal vez hasta el mejor del mundo. Es difícil medir o evaluar la capacidad amatoria de una persona, pero su caso llegó a ser tan excepcional, que llamarlo "el amante perfecto" no es una exageración. Fueron tantas las mujeres que perdieron los estribos sobre su peludo cuerpo, tantos los gemidos que arrancó de muchachas que recién con él entendieron qué era el placer, tantas las leyendas que se generaron alrededor de su misteriosa presencia, que, de hecho, el título de "amante perfecto" no le hace justicia. La perfección sólo habla de un estado de equilibrio, donde nada sobra ni falta. Pero su papel como amante era desequilibrante, obsceno, exagerado. Cada piel que tocaba se encendía, desterraba de los cuerpos cualquier señal de pudor o sensatez, para traducir en un idioma animal los deseos más profundos de la afortunada de turno. Un verdadero atleta sexual, pero también del corazón, del cerebro, del alma. No había fibra que dejara intacta, sacudía a su paso cada una de las moléculas de sus conquistas.
  Pero eso no fue siempre así. El comienzo de su vida amorosa estuvo marcado por el fracaso, un fracaso tan sobrenatural y poderoso como luego llegaría a ser su éxito. Todo empezó con Tamara, su primer y gran amor. La conoció a los diecisiete años, en uno de sus viajes en solitario, que emprendía en busca de su centro, con su guitarra al hombro, la herramienta que, en ese momento, creía que le permitiría conquistar a su primera mujer. Y así fue. Desafinando gastadas declaraciones de amor, consiguió que el corazón de Tamara se le abriese, así como también sus piernas. Y allí comenzó a manifestarse su extraño poder: Tamara, al ser tocada por Guillermo, caía inmediatamente en un sueño profundo. Irrevocablemente. Las primeras veces, Guillermo lo atribuyó a un miedo virginal por parte de la muchacha. Luego, hablando con ella sobre sus experiencias previas, comprobó que no, que Tamara no era virgen, ni siquiera pudorosa, que con sus tiernos dieciseis años ya contaba con una experiencia vasta tanto en cantidad como en calidad de amantes, y que no, ¿cuándo me quedé yo dormida, de qué estás hablando? Guillermo siguió entonces sometiéndola a su extraño y desubicado poder, siempre teorizando en la penumbra cuál podía ser el problema. Frustrado, y con incontenibles ganas de hacerla suya, comenzó a odiarse a sí mismo por esa incapacidad por mantenerla despierta, intuyendo que algo malo tenía. Ella era su primera mujer, la única que había deseado y que desearía con tanta fuerza, aún luego de más de 75 años de compartir orgasmos de todos los colores, olores, formas y estilos. Así que se alejó, la octava noche que pasaron juntos. Al dormirse ella con la lengua de su amado dentro de la boca, Guillermo decidió partir, no sin antes cubrirla con una frazada y dejarle un desayuno preparado a modo de despedida.
  Partió a saciar su sed sexual, sin importar con quién ni cómo, y así lo hizo: la suerte quiso que se encontrara con la única persona en el mundo capaz de neutralizar su poder. Se llamaba María Cristina, y le llevaba cuarenta y siete años, que escondía bajo capas y capas de costoso maquillaje. Esas mismas capas fueron las que permitieron que nunca, pero nunca, sus pieles se tocaran. Las caricias de Guillermo se deslizaban sobre esa película de hipocresía logrando que el ímpetu y la buena voluntad tuvieran una respuesta, y así él creyó que el asunto de Tamara había quedado olvidado. Habiéndose sacado ese peso de encima, Guillermo fue descubriendo, de a poco, el loco descontrol de la pasión sexual. Fue desarrollando así el idioma animal que luego perfeccionaría, ya que, para ser sinceros, María Cristina tampoco le otorgaba mucha libertad. Las luces siempre apagadas y las caricias y mordiscos siempre controlados, para que su maquillaje no se viera perturbado, y siempre sobre la cama de su habitación, mandada a construir especialmente para paliar sus problemas de cadera. Pronto estas limitaciones cansaron a Guillermo, cuyo verdadero poder comenzaba a asomar. Al ver que su virtud de perder completamente el control era pagado con reprimendas y con sopapos de madre castradora, decidió mudar de lecho, sabiendo que ahora, podía volver a elegir.
  Así conoció a Isabel, con quién se consumaría la verdadera metamorfosis. Isabel era bellísima, una voluptuosa morocha de ojos verdes, con rollizas curvas que pedían a gritos que un valiente explorador perdiera allí su aliento. Así lo hizo Guillermo. Lleno de confianza y una vez más, con una increíble sed que saciar, llevó a Isabel a un hotel diez minutos después de haberla conocido. La despojó de las ropas con toda su ternura, al mismo tiempo que las desgarraba con sus dientes (un extraño método que, años después, sería bautizado por una prostituta sueca como "la caricia del polillo"). La tendió sobre la cama, y al comenzar a tocarla, Isabel cayó en un sueño profundo. Con la guardia baja, Guillermo no se percató hasta que pasaron cinco minutos e Isabel comenzó a roncar. Y entonces ocurrió la desgracia más afortunada: Guillermo, en un estado de éxtasis total, ese estado de calentura animal que lo caracterizaría por siempre, recordó ese viejo fracaso. Ese viejo amor. Tamara, su bella durmiente. Tamara, con su rechazo inapelable. Tamara, esa mujerzuela que a todos se había ofrecido, menos a él. Con el raciocinio totalmente apagado, toda esa vorágine de recuerdos traumáticos lo volvió loco, y descargó su furia sexual en la dormida Isabel. Hizo lo que nunca con Tamara. La violó. Pero su contacto la mantenía dormida, y eso lo enfurecía aún más. Él deseaba despertarla, estaba enfrentando ese viejo fracaso para vencerlo, gritando improperios y llamándola "Tamara", "Tamara, la puta", "Tamara, la zorra", "Tamara, ¡despierta, desgraciada!". Pero Isabel no podía despertar, ya que el contacto de Guillermo, aunque tremendamente violento, la mantenía en ese coma sobrenatural. Guillermo le mordió los pezones hasta hacérselos sangrar, le tiró del pelo arrancándole mechones, pero nada, Isabel seguía dormida, en ese terremoto de furia y pasión que podría haber terminado en una tragedia. Pero allí, en la alcoba, las cosas que importan pasan por debajo de nuestra consciencia. Guillermo logró despertarla, pero no fueron sus arrebatos furiosos, sino un cambio interno, un cambio químico, o quizás metafísico, en fin, un cambio de frecuencia, algo, que hizo que de repente, su tacto no sólo la despertara, sino que despertara en Isabel sus más bajos instintos, para que respondiese a esa furia animal de Guillermo de la misma manera. Y así nació la leyenda. Esa noche, entre mechones de pelos arrancados y sangre bajo las uñas, Guillermo e Isabel se encontraron en un paraíso orgásmico, convirtiendo la más violenta y salvaje de las violaciones en una experiencia cargada de amor, que recordarían por todas sus vidas.
  Siguieron juntos varios años, mientras Guillermo aprendía a desterrar por completo su toque soporífero reemplazándolo por esa llamada a la pasión primigenia. Durante mucho tiempo, Isabel se quedaba dormida al comenzar sus sesiones, y Guillermo trataba de despertarla, cada vez usando menos violencia y menos tiempo, hasta que lograban encontrarse, paradójicamente perdidos en los laberintos de la sexualidad desatada. Hasta que Guillermo se convirtió en el amante perfecto, con su capacidad por enloquecer a Isabel totalmente naturalizada, al alcance de sus dedos, sin necesidad de despertarla porque ella ya no se dormía. Guillermo se había librado de su maldición. Y podría haber sido feliz con Isabel, si ella no hubiera conocido esos primeros momentos que vivieron, cuyo anhelo terminó por desgastar la relación. Isabel le confesó que no había mayor placer que el de despertar en medio de ese ciclón en que Guillermo se convertía, y fantaseaba con que él la tomara en medio de una siesta, o a las cuatro de la mañana, mientras ella dormía. "O quizás puedas hacer que me duerma como antes, ¿te acuerdas, querido?". Guillermo, que se había librado de su carga pero no de sus dolorosos recuerdos, se indignó, ya que esa furia que lo obligó a revertir sus poderes tenía un sabor más que amargo, y tomó las fantasías de su novia como una especie de burla. Así que huyó. Accedió a tomarla por la fuerza por la noche, pero en vez de eso, le dejó preparado el desayuno y partió, para nunca más volver. Isabel, que fue la única mujer que conoció las dos caras de su extraño don, no pudo soportarlo. Se quitó la vida, y fue la única de las 6.254 mujeres que se acostaron con él en hacerlo.
  Y así fue. Guillermo viajó por el mundo, buscando en cada mujer que estremecía a Tamara, su gran deuda. Las amó a todas, y todas lo amaron, y todas lo dejaron ir totalmente satisfechas, felices por haberlo conocido. Su don era tan poderoso que destrozaba cualquier idea de amor posesivo. Las mujeres ya no eran las mismas luego de haber recorrido su cuerpo. Tuvo relaciones más o menos estables con algunas de ellas, hasta simultáneamente con cinco o seis, y en una ocasión, en España, tuvo un harén de 86 mujeres, hasta que las autoridades lo descubrieron y lo expulsaron del país por inmoral. Sembraba la felicidad y la plenitud a su paso, y él también era feliz, aunque no podía apartar a Tamara de su mente.
  Los años fueron pasando, y en todos los continentes se hizo famoso. Cada vez que llegaba a una nueva comunidad, era recibido de manera especial. A veces, con el ofrecimiento de las doncellas del lugar, otras veces con la petición de conceder una última noche de pasión a las enfermas terminales, y algunas veces era perseguido por una turba violenta que buscaba castrarlo.
  Su incesante peregrinaje encontró su fin en su ciudad natal, donde, finalmente, encontró a Tamara. Los dos estaban viejos y sin dientes, pero notaron en sus ojos que su amor no se había extinguido. Guillermo ya se había retirado, hacía tres años que no realizaba ninguna de sus proezas, así que revivieron y enmendaron su noviazgo virginal, ahora sin la ansiedad de la carne. Pasaron tres años juntos, paseando de la mano, charlando hasta el alba, jugando a las damas y alimentando a las palomas en la plaza. Hasta que, una noche, decidieron saldar esa gran deuda. Más excitados que nunca, se despojaron de sus ropas y se observaron. El tiempo había hecho estragos en sus cuerpos, pero ninguno de los dos recordaba un espectaculo más hermoso que el que ahora tenía frente a sus ojos. Se acostaron, y Guillermo la beso y acarició tiernamente, sólo para quedarse dormido allí mismo, en ese instante y para siempre. Tamara besó sus ojos ya sin vida, derramó una lágrima en memoria de todos esos años que tardaron en encontrarse y, antes de marcharse, lo más silenciosamente que pudo, le preparó el desayuno.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Crítica a la sinceridad

  Hay cosas que no se hacen. Hay lugares a los cuales no se va. Hay verdades que no se persiguen. Hay cosas que es mejor no saber, lugares que es mejor no visitar, verdades que es mejor nunca oír. Porque no sos fuerte. Y porque no hay nada que no te afecte. Nada, por pequeño que sea.
  Todo esto empieza... ¿dónde? ¿Será en tu obstinada idea de siempre decir la verdad? Un acto de egoísmo puro, o la simple muestra de tu falta de habilidades sociales. Todo sería más simple si mintieras... O si, por lo menos, no buscaras decir la verdad todo el tiempo. Y ahí está tu característica ambigüedad: creés que es una posición noble, algo que te eleva por sobre los demás, y al mismo tiempo te hace sentir un idiota, porque la verdad es que no sabés mentir, que no hay elección en tu postura, porque no podés mentir.
  Y todo eso no es más que una molestia para tu entorno, que tiene que soportar tu poco urbana sinceridad. No te jode demasiado, aunque contribuye a edificar tu soledad. Lo que realmente te jode es la respuesta a esa tendencia: al sólo comunicar la verdad, intentás descubrir las verdades que te rodean a toda costa. Sin importar las consecuencias. Creés que aguantás cualquier cosa. Y ya ves que no. Que pequeñas y caducas palabras pueden provocarte náuseas, y tremendos dolores de cabeza, e insomnio. Como en aquellos días, en que sí tenían un significado...
  O quizás... no, quizás sea todo lo contrario. Quizás el ver cómo esas palabras nunca tuvieron un significado, cómo nunca hubo ahí una verdad, cómo la verdad siempre está escondida, inalcanzable, quizás sea eso lo que te enferma. Porque nunca vas a saber la verdad. Siempre vas a tener que elegir en qué confiar, aún cuando encuentres cosas que se contradicen, y analices y hagas cuentas y veas que los números no dan, que no puede ser. ¿Dónde mierda está la verdad? Pero esa no es la pregunta que importa. La pregunta que importa es: ¿dónde mierda estás vos, por buscarla? ¿Hasta dónde te cubriste de mierda para nunca encontrarla?

sábado, 29 de octubre de 2011

El entramado

  ¿Cuántos colectivos llenos dejo pasar apostando a que, pronto, alguno vendrá con asientos libres? Depende de muchas cosas. Hoy dejé pasar a tres, y me subí al cuarto. No estaba lleno, pero tampoco tenía asientos disponibles, así que aquí estoy, estudiando la situación. Porque si soy capaz de retrasar el arribo a mi hogar, si sacrifico mi tiempo, o, mejor dicho, lo invierto intentando mejorar mi viaje, es obvio que no soy un improvisado. No me contentaré viajando parado a la simple espera de que la providencia me regale una silla. De ninguna manera. Como cualquier otra cosa en esta vida, esto es una competencia. Una feroz competencia. Y no hay nadie aquí, más hábil que yo. Hay muchos pequeños indicios que hay que tener en cuenta. No hay que pararse nunca cerca de señoras mayores. Se sabe que los asientos liberados muy cerca de su territorio les pertenecen, por esa discriminación positiva tanto etaria como de género. Claro que no estoy de acuerdo, lo más probable es que sean viejas arrastradas, estúpidas y desagradables, y que no merezcan la comodidad más que yo, pero hay ciertas reglas que, al desoírlas, pueden ponernos en un lugar poco ventajoso. Así que, lo mejor, es alejarse. Darles la espalda. También es conveniente acercarse a la parte trasera, a la última hilera, por una mera cuestión estadística: es donde más asientos hay, así que es probable que en esa zona se dé la primera oportunidad. Y hay que saber leer los gestos. Aquel que otea por la ventanilla en busca de las numeraciones, aquella que acomoda la cartera sobre su hombro, aquel que coloca un señalador en el libro que venía leyendo. Y entonces, una vez detectada una de estas sutiles señales, ir a reclamar el asiento, antes de que lo hayan abandonado. Y para los viajes rutinarios, ayuda muchísimo memorizar los pasajeros habituales, y sus destinos. Aquella rubia, por ejemplo, poco agraciada pero llamativa, se baja en Belgrano al 1200. Muy lejos, sólo sirve en casos de emergencia. En malas jornadas, donde pareciera que cualquier imbécil consigue asiento menos uno, que encima se esfuerza. La vieja asquerosa esa, la de anteojos, se baja dos cuadras después de la plaza. Y siempre se persigna frente a la Iglesia, justo antes de... ¿Dónde estamos? Supisiche... Había uno que se bajaba acá. Sí, el flaquito de anteojos, el morochito. ¿Dónde estás, ratita? Laucha despreciable, ¿dónde estás sentado? Nunca te vi parado, infeliz... Pero no, no estás... ¿Dónde estás? Antes te veía siempre, y ahora que te necesito... Negrito de mierda...

Un escritorio vacío. Un escritorio limpio. Un escritorio marcado, pero ya sin vida. Nada significa para nadie. Nadie piensa en él, no forma parte de la vida de nadie. Un escritorio viejo, pero amnésico.

  Qué frío... Dale, Zambo, vamos adentro. Dale, corré un ratito más y nos vamos. Hace frío. Aparte ya está oscuro, y me da un poco de miedo. Esta plaza siempre me dio miedo. Ay, tendría que sacarte a pasear más temprano, como hacía antes... Sí, ya sé. Qué tonta. Como una boluda salgo a esta hora, me banco el frío, me banco el miedo, para ver si él aparece. Pero es tan lindo... ¿Te acordás cuando te le tiraste encima? Se quedó quieto, mirando, petrificado. Yo te grité y me fui acercando, y ahí me miró. Ay, qué lindo. Y qué aparato, ni se movía. "Perdoná, es que es cachorro todavía". Y ni me contestó. Intentó una sonrisa pero ni eso le salió. Debe ser re-tímido. Me acuerdo que esa semana lo volví a ver. Me hice la distraída a ver si me miraba, si me saludaba. Pero no, siguió de largo. Y a la otra semana, lo mismo. Y así como dos meses, hasta que lo empecé a saludar de lejos, con un ademán apenas. Y él apenas respondía. Pero eso solo... era el punto alto del día. Sí, qué patética. Ay, si Ramiro se enterase. Qué vergüenza... Pero no hago nada malo. ¿No, Zambo? Bueh, vamos adentro. Hoy tampoco aparece. ¿Seguirá con los mismos horarios? Tengo miedo de no volver a verlo... Yo le quería hablar, aunque sea...

¿Es un secreto aquello que ya no significa nada para nadie? Una carta que ya nadie puede descifrar. O, peor aún, una carta que ya nadie tiene interés en descifrar. Cosas escondidas tan celosamente, que ya nadie podrá encontrarlas. Ya no son un secreto, pues ya no son nada. Se han convertido en un papel como cualquier otro, basura, un montón de garabatos ilegibles. Extrañamente...

  Uy, ¿viste este? Recién llegó y no sabés cómo se vende. Sí, una barbaridad. Es la típica novelucha calenturrienta que leen las pendejitas. Pero no sabés, hoy vino una señora grande, totalmente excitada, con la hija de treintypico de años, ponele, que le oficiaba de intérprete. No, la piba se moría de vergüenza: la madre, flor de pelotuda, rogándome "¿pero cuándo sale el tercero? ¿Y no sabés qué va a pasar? Porque cuando por fin parece que la parejita va a... bueno, que van a estar juntos, ¡pum! Te los separan. ¿No sabés cuándo sale el tercero? ¿No te dijeron? Porque en Internet yo vi que ya está, se llama 'Ardor'". No, un desastre la vieja. Yo me quería cagar de la risa, pero no podía, ¿viste?, aunque por suerte la piba sabía que la madre estaba haciendo el ridículo, así que hablábamos entre nosotros con miradas cómplices. Qué vieja loca... ¿Y este otro? ¿Se vende? No, ¿no? ¿Sabés quién se lo llevaría? ¿Te acordás de este pibe morochito, de anteojos? Uno petisito, que compraba muchos libros de computación. Como uno por semana, era un relojito. Ahora que lo pienso, hace bastante que no lo veo. Como... no sé, como varios meses. Rubén se llamaba, ¿no lo ubicás? Uno que no preguntaba nada, venía, miraba, revisaba como por media hora y después se llevaba algo. Así, calladito, muy correcto. ¿No? Qué raro...

Una pesadilla. La realidad es una pesadilla, porque en el sueño, Rubén estaba vivo. Y ella lo acariciaba, y le hacía regalos. Él sonreía, y luego partía, pero ella sabía que iba a volver. Porque su hijo siempre volvía, volvía a sus caricias y a sus regalos. Y al despertar, al entender que aquello que sentía era desplazado violentamente por una angustia oprimente y demoledora, se convencía de que su vida se había dado vuelta. Sus sueños eran ahora lo que importaba, y la vigilia era una insoportable y lenta pesadilla.

sábado, 8 de octubre de 2011

Saturnino Alemán: el genio oculto (primera entrega)

  Saturnino Alemán fue un visionario. Ensayista torpe y autor de modestas novelas de ciencia ficción, permanece en un anonimato injusto, a causa de su mediocridad como escritor, y de su terquedad a la hora de titular sus obras. Con otros ojos se habría recibido la que, para los pocos críticos que la han leído, es su obra maestra, "Cómo me cuesta costearme hasta el vericueto", si Saturnino la hubiera llamado, como le aconsejaba su esposa, "El tercer mañana". "La novela es una pieza clave de un rompecabezas que ha sabido existir sin su participación", nos dice Leonard Finkelstein, catedrático de la Universidad de Salamanca. "Está a la altura, conceptualmente, de 'A Brave new world' y '1984', si nos permitimos perdonarle la descuidada prosa. La visión del futuro que Alemán plasmó en esa novela es absolutamente acertada: fue el único en predecir, simultáneamente y de manera muy detallista el fenómeno de Internet, los celulares, el chat, los reproductores de mp3, el facebook. Y su tono de denuncia, al pintar este mundo actual donde la privacidad es un concepto anacrónico y 'pasado de moda', y la sobre-exposición de los aspectos íntimos de la vida son un síntoma de un órden político y social enfermo que está condenado a la auto-destrucción, es un claro indicador de su lucidez".
  Dicha novela narra las peripecias de Sal Goodrich, un "telembaucador", como Alemán llama a lo que, hoy en día, conocemos como asesor de imagen. Sal teje, a lo largo de su vida, las redes detrás del ascenso y la caída de los más importantes emperadores galácticos, culminando su carrera cuando el imperio se fagocita a sí mismo para dar lugar a un retorno a las fuentes de la humanidad. "No comprendes, Sally. No lo hago por el dinero. No lo hago por la fama. Ni siquiera lo hago por amor a la humanidad. Hago lo que hago para manejar mi futuro, que es el de toda la raza. No me importa qué nos depare el mañana, siempre y cuando sea yo el que lo vio antes, el que, a partir de las cosas que tuvo enfrente, lo organizó y lo encaminó. Poco me importa si este tercer mañana es mejor que los dos anteriores. Sólo me importa ser el primero que sepa hacia dónde mirar para ver salir el sol... Uy, alguien me señalizó en una foto en su registro público personal, a ver... Jaja, ¡Ricardo Petorutti! A este no lo veo desde nuestra educación superior conjunta. Lo voy a agregar a mi lista de amigos", dice Sal en uno de sus más conmovedores monólogos y, en efecto, "El tercer mañana" pareciera ser un título adecuado para la obra. Pero Alemán quiso que se llamara "Cómo me cuesta costearme hasta el vericueto", y no permitió que nadie cuestionase esa decisión. Y así se explica, en parte, lo poco conocida y traducida que ha sido su obra.
  Su mujer, Gertrude Fillipon de Alemán, publicó en 1978, dos años después de la muerte de Saturnino, el libro "El genio oculto (o 'A la mancha de salsa, tirale con soda', como lo habría titulado el infradotado de mi marido, que en paz descanse)", donde cuenta las memorias de su vida compartida. Allí relata las intensas peleas que suscitaban los desafortunados títulos de las obras de Alemán, para las cuales Gertrude siempre tenía una mejor opción. "Infame equilibrio", para "Los cisnes tienen feo olor". "Elección y reacción", en vez de "Desde acá se ve bastante poco, pará que me acerco". O el simple "Dique", en vez del engañoso "Treinta chistes de negros". Actualmente, Gertrude sigue intentando que le permitan cambiar los títulos de la obra de su fallecido esposo, para así poder reeditar una porción de nuestra historia literaria cuya lectura nos debemos desde hace tiempo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Doppelgänger #1


  Enrique era un pibe bastante tímido, pero de buen corazón. Por suerte, y a pesar de sufrir mucho la soledad, jamás adoptó una postura de resentimiento. El 14 de Agosto de 1998 conoció a Gabriela. Una amiga de ella salía con un amigo de él. Causaron muy buena impresión uno en el otro, pero no volvieron a verse hasta que no pasaron otros cinco meses.
  Eventualmente, se hicieron amigos. Gabriela era una persona más extrovertida y sociable que Enrique, pero no tenía muchos amigos. Enrique se ganó su confianza casi de inmediato, quizás por mostrarse tan vulnerable. A muchas chicas les gusta eso, sobre todo a esa edad. Cuando comenzaron a chatear regularmente y a citarse una vez cada tanto, tenían 19 años.
  Gabriela quería que él la besara. Pero no lo besaría, eso debía hacerlo el hombre. Enrique ni podía imaginarse que Gabriela podía querer un beso suyo. Estaba agradecido por su amistad y no se permitía pensar nada que la pusiera en riesgo. Ella esperó casi dos años a que él hiciera algo, dejando pasar pretendientes mientras tanto. Salía con hombres, tenía sexo con ellos, pero jamás se involucraba, esperando que Enrique algún día se decidiera a hacer algo. No podía ser de otra manera.
  El 5 de Febrero de 2001, Enrique conoció a Florencia. Florencia quiso un beso de Enrique, y lo tomó. Enrique sintió una inmensa sorpresa y una aún más grande felicidad. Gabriela los odió a los tres, y conoció a David, a quien se obligó a querer y más tarde aprendió también a odiar. Enrique jamás se enteró. Dejaron de verse, sin preguntarse por qué.
  El 23 de Junio de 2003, Florencia conoció a Martín. Comenzó a frecuentarlo y a coger con él. Decidió que prefería estar con Martín antes que con Enrique, y así se lo comunicó. Enrique insultó a una mujer por primera vez en su vida, aunque meses más tarde se arrepentiría. Volvió a su soledad, y volvió, sin saberlo, a buscar a Gabriela. Ella lo recibió con los brazos abiertos. Recuperaron su amistad, comenzaron a verse dos o tres veces por semana, y el 13 de Agosto de 2003, Enrique la besó. Para ambos, fue el beso más intenso de sus vidas. Se sentían felices, finalmente realizados. Los dos recordarían esa noche como el punto más alto de sus experiencias amorosas, aún muchos años después.
  Antes de despedirse, acordaron encontrarse dos días después.
  Nunca más volvieron a verse.

jueves, 15 de septiembre de 2011

En silencio

"Like all soul sisters and soul brothers"

  El amor es un concepto antiguo, desactualizado. O quizás no, quizás el amor como concepto haya mutado, solamente. Lo que se ha tornado anacrónico es el "te amo". La gente inteligente ya no lo dice. Sólo se escucha de la boca de los idiotas, o de los que simplemente son... poco reflexivos. Me parece triste, porque creo que no encajo en ninguno de esos dos grandes grupos. No soy ni tan cínico, ni tan imbécil.
  Pero no estoy solo. Sé que hay más personas como yo. Personas sensibles, personas enamoradas de un concepto que ha caído en desuso, y que tiene muchas desventajas, es verdad. Pero que, por alguna razón... pareciera noble. El cinismo de esta gente inteligente desnuda cualquier signo de nobleza, o de generosidad, o de belleza, para convertirlo en una idiotez, un resabio de un sistema moral alienante y antinatural. Es difícil discutir cuando te miran desde arriba. Cuando lo más poderoso que llegás a sentir es recibido del otro lado con una mordedura del labio inferior, o con unos ojitos que giran mirando hacia arriba, o con una sonrisa condescendiente y un leve suspiro...
  Y así es que amamos en silencio, tratando de que no se note, de que sea imposible adivinarlo desde el otro lado. Porque decir "te amo" es un crimen. No es un regalo, sino una carga. No es una manera de explicar lo bien que te sentís, sino lo estúpido que sos. No sirve para indicar el comienzo de una nueva etapa, sino el final de toda posibilidad de relación.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónicas del fuego: Alejando


  Un volcán. Era la mejor manera de describirlo. Un volcán inactivo gracias a un esfuerzo sobrehumano, fruto de toda una vida de privaciones. Pero quizás también por eso, el fuego que llevaba dentro era tanto y tan difícil de esconder. Lo quemaba por dentro de tal forma... Era curioso, pero quizás por eso fuera que, sin importar la temperatura, anduviera con apenas una camisa arremangada o una chomba. Y siempre colorado: sus mejillas, sus orejas. Y siempre muerto de sed. No podía ser casual...
  Tomó la decisión de pequeño. Había sido fácil, y su lógica infantil, inapelable. Nadie puede hacerte daño si no te toca. Así de simple, así de cierto. Así de literal, así de metafórico. Se alejó de la gente, aunque más justo sería decir que dejó que la gente se alejara de él. Soñó, como siempre hacía, con un futuro más cómodo, una sociedad en la cual pudiera ser uno más, y no un extraño. Inocentemente, fantaseaba con lo que él creía (y cree) que sería uno de los próximos pasos en el campo de la cirugía estética: la plastificación total de la superficie epidérmica. Más aún: como la belleza tiene que costar su cuota de dolor*, antes de la plastificación, sería necesaria la remoción total de la piel. Así sería, primero lo harían las viejas, pero luego todas las personas se someterían a ese tratamiento. Pasado cierto tiempo, el tratamiento de plastificación se haría al momento del nacimiento, tal como ocurre ahora con las perforaciones para los aros. Pensaba eso y, de esa extraña manera, lograba tranquilizarse. Sí, ese era un mundo en el que valdría la pena vivir. Evocando esa plastificación fue que logró apaciguar cualquier necesidad de contacto humano. El poder de su mente le concedió la película protectora que tanto necesitaba para separarlo del resto de la gente. Ahora nadie le haría daño.
  Así había vivido, y nunca había encontrado razones para cambiar. Más bien, todo lo contrario. Las veces en que creyó que podía colgar su armadura, los hechos terminaron demostrándole cuán equivocado estaba, haciéndole pagar con noches de insomnio sus errores. Pero una vez llorado lo suficiente, sus lágrimas volvían a formar esa barrera finísima, casi imperceptible, que lo protegería en el futuro.
  Pero, ¿de quién debía protegerlo? Su fuego era su peor enemigo. Ese fuego, que algunas mujeres alcanzan a ver, y que escuchan que las llama, y que les dice "sí, estoy aquí por ti**". Como un trofeo, detrás de tanta barrera invisible y estupidez ineludible. Pobre de él, diciendo que no con la boca pero que sí con sus ojos. Y si sólo fueran sus ojos... Pero no, todo su cuerpo se le pone en contra. Y desde la boca, desde donde pronuncia todas sus sentencias, desde donde plantea su resistencia, es justamente ahí donde pierde la guerra. Porque un día llega otra boca. Así es, un día llega otra boca, y no es una boca cualquiera, es una boca con la que él soñó durante años, a veces sin esperanzas, a veces con culpa, a veces con confianza, y otras veces con resignación, pero siempre con ese fuego latente, esperando el momento justo para envolverlo. Y esa boca llega, y llega para tocar la suya... y ahí todo ha terminado. El fuego le atraviesa todo el cuerpo, empujado por una presión que estuvo gestándose desde hace años, y desde la boca recorre toda la superficie de su cuerpo, quemando esa inútil coraza y devolviéndole la piel original, la que está hecha para sentir, la que tanto tiempo estuvo dormida, aislada del mundo, recibiendo sólo caricias plastificadas.


** es un fuego latinoamericano, pero no argentino, y es por eso que no dice "estoy acá por vos".

lunes, 5 de septiembre de 2011

Semáforo #1

  Son tiempos raros. Me miro los puños y me pregunto "¿Cómo es que nunca me peleé hasta ahora? ¿Cómo puede ser que nunca partí una nariz de una piña, que nunca dejé sin aire a algún pelotudo con un golpe en el estómago?". Por primera vez en muchos años (no sé si 26 serán muchos) siento una especie de nostalgia, o, mejor dicho, una nostalgia de especie, por tiempos remotos vividos por personas que llevan siglos bajo tierra, en los cuales la mayor gloria era la de eviscerar a un adversario arbitrario y casual, vaya uno a saber por qué razón que ahora (y siempre) me parece ridícula. No estoy enojado, y no tengo arranques de violencia, cosa que en algún momento me ha ocurrido. Sólo tengo ese deseo preocupante y culposo: el de golpear a alguien. El de odiar con el cuerpo. El de convertirme en una máquina destructiva que no mide las consecuencias. ¿De dónde viene? No lo sé. Por suerte, sé hacia dónde va: hacia ningún lado.
  Y sumado a esto, algo real. Y realmente preocupante. La muerte de alguien muy querido, o su triste e ineludible decadencia, por fin como una posibilidad cercana, ya no como una certeza lejana. ¿Cómo enfrentamos los ateos dicha situación? Me encuentro desorientado. Y, como siempre, temo no reaccionar correctamente. Temo no reaccionar. Temo descubrir qué tendría que haber hecho una vez que todo pase, y que ya no pueda hacer nada más que lamentarme.
  Son tiempos raros, sí. No sé quién soy, o lo he olvidado, y estoy aprendiendo una vez más cómo se siente estar solo, cómo se siente querer decir algo pero no tener a quién decírselo. También estoy aprendiendo a verme de otra manera, a aceptarme como otra persona, y no como la que creí que era. Es mucho. Son muchos cambios. Y a veces me siento en armonía con el universo, y siento que las cosas van bien, que realmente van mejor que nunca. Pero pronto entiendo que ese equilibrio es precario, muy frágil, y en un segundo todo cambia. Y si bien esto siempre será así, mi exagerada sensibilidad y extremismo me juegan una mala pasada: mi percepción cambia drásticamente de un día a otro, aún cuando todo siga igual.

lunes, 29 de agosto de 2011

Elogio del dolor

    
  ¿Funciona siempre el enamoramiento como una obsesión? Lo siento como un virus, una especie de abrojo en el pecho, un pequeño motor de angustia y éxtasis, que una vez puesto a funcionar, no se detiene hasta que destruye todo lo que tocó alguna vez. Una auténtica bomba de tiempo, pero de un tiempo indeterminado.
  ¿Y por qué me presto a tal situación? ¿Por qué condeno mi futuro, por qué me condeno a toda una temporada de llantos y odio, de resentimiento y autocompasión, si sé que eso es lo que me espera? Porque no hay elección. No la hay, realmente. Uno hace y dice cosas como un pelot-- No. Volvamos a empezar: yo digo y hago cosas como un pelotudo, sin darme cuenta de que todo eso me colocará en esa situación. O, peor, dándome cuenta, pero aún así no pudiendo vencer ese impulso que me lleva a empaparme de esa persona en la que no puedo dejar de pensar. En esa persona que, de repente, es la única que importa. La única capaz de afectarme. La única incapaz de no afectarme, mejor dicho. Y pierdo totalmente el control y la mesura, y empiezo a vivir mi vida casi como un espectador, como si fuera otra persona, ya que no entiendo por qué hago las cosas que hago. Ahí debe estar la clave: en sentir todo el proceso del enamoramiento como algo tan ajeno, a fuerza de la vergüenza que me hace sentir. Quizás, si me permitiera una existencia más sexuada, no me volvería tan loco. Pero hay un animal en mí, un cachorro salvaje que ha estado encerrado mucho tiempo, y que por más que haya intentado mantener escondido para siempre, por momentos me domina.
  ¿Es esa la causa de mi naturaleza obsesiva? Me he convertido en una criatura que ama y devora: sea personas, actividades, o expresiones artísticas. Toda pasión se me dispara hacia extremos exagerados... Ahora, bien. ¿Cuál es el problema con eso? ¿Quién mierda dijo que tengo que ser una persona centrada, equilibrada, que siempre mantiene la calma y la objetividad? Si realmente, devorar mis objetos de deseo me da tantísimo placer, ¿por qué cuestionarlo? Bueno, en este caso en particular, porque mi objeto de deseo es otra persona, que no estará siempre a mi disposición. Porque tengo que cuidarme de no echar todo a perder por manejarme como un desaforado. Porque ella sabe que, en algún momento, todo va a terminar.
  Tsk, qué carajo me importa. Recorreré el camino hacia mi propia destrucción una vez más, y todas las veces que haga falta. Mucho tiempo me preocupé por no sentir nada. Es lógico que, ahora, sienta de manera exagerada. Quizás nunca logre el equilibrio que considero ideal, pero poco me importa. No hay nada más lindo que dejarse ir, dejarse llevar, dejarse sentir. Aparte es tan hermosa...


(Este artículo es una obra de ficción. Cualquier parecido con la realidad, no es una coincidencia, sino más bien algo imposible de esconder o evitar. Justamente de eso habla el artículo, ¿no? Qué llamativo. En fin...)

viernes, 15 de julio de 2011

Sonrisa


  Hoy se dio al revés. Yo te vi a vos. Me pasaste por al lado, y te seguí con la mirada, con todo el cuerpo, hasta que te perdí de vista. Por unos segundos estuviste ahí, parado a dos metros. Y yo te miraba, y mi corazón se aceleraba, y por dentro deseaba enormemente que me vieras, que me reconocieras, que tuvieras que enfrentarte al hecho de que nos encontramos enfrentados (valga la redundancia), que nos conocemos y reconocemos, que por momentos jugamos el mismo juego, que fuimos los platos de una balanza trastocada, asimétrica. Porque he dado un paso al costado, es cierto. Pero cierto orgullo herido, cierto narcisismo poco ejercitado quería verte a los ojos, y sonreírte con esa sonrisa tan mía, esa sonrisa de una persona profundamente triste que se ríe de todo. Y quería hacerte daño con esa sonrisa, quería hacerte dudar de todo y de todos. Quería envolverme en misterio, porque, ¿qué mejor que ser un misterio para vos? ¿Qué mejor que ser para vos, lo que vos sos para mí? Y esos pensamientos me avergüenzan, pero va siendo hora de aprender que también soy humano. Y con esto quiero decir que soy mezquino, infantil, desconsiderado, rencoroso y posesivo.
  Pero no me viste. Pasaste y seguiste con tu día, con tu vida, y esa esquina en ese momento no fue nada para vos. Y yo puse mi sonrisa de hombre triste, y pensé en todas las cosas que no me animé a decirte. Ah... Cuánto veneno que puja por salir... Pero no. Si hay algo que nunca cambiará, es mi tendencia a consumir mi propio veneno, alegando que nadie más lo merece. Y si algún día eso cambiara, espero nunca hacerle probar mi veneno a la gente como vos. Como yo. No lo merecemos.
  Porque vos y yo estamos hermanados, ¿lo sabés? Quizás ya no, quizás seas parte de mi pasado. Una astilla en mi ego, un concepto y una expresión genial para definir eso que existe pero que no queremos ver, porque cada vez que aparece nos destruye un poquito más. Pero en algún momento... sentí que ocupabas un lugar que yo sufrí durante mucho tiempo. Aunque, ¿cómo saberlo? No te conozco. No sé nada de vos. Todo lo que sé forma parte de un discurso ajeno al que le fui agregando los matices de mi propia y limitada experiencia. Y te convertí en uno de mis pasados. Y, en cierta forma, te veía como uno de mis posibles futuros. Demostrando que no aprendo nada, ya que te veía con envidia.
  Un desastre. Cinco minutos después de haberte visto (o de creer que te vi, porque, ¿cómo saber si eras realmente vos?), me encuentro tirado en una orilla que creí que había abandonado, vencido una vez más por una corriente a la que yo solito encaucé. Diez minutos después estoy en el colectivo, calculando la probabilidad matemática de que entre los más de 1200 temas en mi reproductor de mp3, fuera el turno de uno de una banda que conocí gracias a vos. Y es entonces que veo que la aleatoriedad me otorga una sonrisa extraña, irónica. Esa sonrisa de persona profundamente triste que se ríe de todo, empezando por mí.

viernes, 8 de julio de 2011

Elogio de la torpeza


  Era hermosa. Fue hermosa. Y será hermosa, para siempre, o por lo menos hasta que yo muera y me vea obligado a olvidarla. No podría precisar por qué, pero estaba vestida de la manera ideal. Trato de recordar lo que llevaba, y el problema no es que no lo recuerde. Veo perfectamente todo lo que llevaba puesto, pero no puedo usar palabras para describirlo. ¿Cuál es la diferencia entre un jogging y una calza? No, esa no es la pregunta. Sé cuál es la diferencia. La pregunta sería: ¿qué era eso? ¿un jogging o una calza? De todas maneras, lo importante es que era o un jogging o una calza. Era algo informal. Era algo cómodo. En cierta manera, era algo osado, ya que era cómodo e informal. Es muy raro ver eso en una chica. Por alguna razón, existe la idea establecida de que la belleza va de la mano del esfuerzo y del sacrificio del bienestar en pos de algo totalmente superficial. Una estupidez. Esa chica era hermosa, y estaba cómoda.
  Pero no fue eso lo que me llamó la atención. No fue eso lo que me hizo mirarla y sonreír, encontrar en ella un recreo de alegría que ocupó todo nuestro viaje en colectivo. Fue, más bien, su torpeza. Su expresión al ir esquivando gente con las manos ocupadas, como temiendo pisar a alguien. Sus contorsiones tratando, en vano, de no golpear a los demás con su mochila. Su loca idea de sostener su mochila por la correa con sus dientes, mientras, haciendo equilibrio en una sola pierna, reorganizaba los apuntes y libros que sostenía entre sus manos. Y mientras todo eso pasaba, la atención del resto de los hombres estaba en otro lado. Mientras yo soñaba con abrazarla, conocerla, besarla, escucharla... otra mina, fuera del colectivo, atraía todas las miradas masculinas (menos una). Una pollera, dos piernas desnudas. En un día de mucho frío. El esfuerzo y el sacrificio que dan como resultado la belleza. Todos mirando afuera, y yo mirando adentro. Totalmente enamorado, y enamorado de eso, de ser el único que la miraba enamorado.

domingo, 26 de junio de 2011

Elogio de la tiki

  Todo se conecta con más facilidad. Veo todo enhebrado, las relaciones entre todas las cosas están ahí, son obvias, casi no hay que explicar nada. Y converso conmigo mismo, porque la otra persona soy yo también, y sabe todo lo que yo sé, y ve todo eso que yo veo, y ya sabe lo que no le estoy diciendo. Y todo es una continuación de otra cosa. La vida es un gran fractal. Sí, fractales y fractales. Y quiero encontrar la partícula única, la molécula del fractal de cada uno. Quiero deconstruir a la gente, quiero llegar a conocer y a entender a todos y a todo lo que me rodea. Y hay gente llorando en la tele. No está en "la tele", es gente de verdad, gente que conozco, y están conmigo. Y lloran, y no entiendo cómo puede ser. Están llorando, y quiero llorar con ellos. Hay algo ahí, algo que antes no me importaba, o que sí, antes me importaba, hace mucho, pero en algún momento dejó de tener el peso que tenía. ¿Y por qué lloran? No, está todo muy mal, nada de eso importa. ¿Y dónde está lo que importa? No encuentro qué importa en mi vida. Pero esto, sentir de repente una tristeza que viene de otros tiempos, y sentirla viva en otra gente, es tristeza hecha carne, hecha dolor. No sé, me parece... genial. Me parece increíble. Y acompaño ese sentimiento, me vuelvo a meter en el fútbol, y digo "sí, qué bueno que nos vamos (sí, dice 'nos vamos', porque por alguna razón yo formo parte de eso) a la B, qué bueno, qué oportunidad para caer en la desgracia, en lo más bajo, para después salir, después poder decir 'yo estuve ahí, yo sufrí y sobreviví'". Y entonces el fútbol desaparece, y vuelvo a los fractales, y a la vida en general, y a preguntarme "¿dónde está lo que importa?" y a decirme "¿no estoy yo en desgracia, esperando resurgir orgulloso?", y me invade un optimismo, y lo único que sostiene ese optimismo es el sufrimiento actual. Es pensar en todo lo que no tengo. En lo que quiero y no puedo tener. En gente que me hizo y me hace mal. En sueños que ya no puedo alimentar. Y paso del optimismo a bañarme en la pena... ¿O es lo mismo? ¿No es el mismo estado? No puedo separar las cosas. Como ya dije, todo se conecta con más facilidad...

domingo, 10 de abril de 2011

Crónicas del fuego: el caballo

  Un corcel prendido fuego. Una masa de músculos avanzando furiosamente, sin pensar ninguna acción, motivada y enceguecida por el dolor, por la furia, por ese fuego que la envuelve y le da vida. Todo a su paso se enciende. Todos a su paso se retiran. Es ruidoso, es torpe, es impredecible. Es el dolor en carne viva, la pasión que nunca, nunca se rinde. Golpea obstáculos a su paso, cae, sus huesos se rompen. Pero jamás se detiene. Se arrastra hasta que aprende a cargar ese nuevo dolor, hasta que puede volver a correr.
  Y, sin saber cómo alcanzarlo, persigue algo. Sin ver hacia dónde va, sin saber si avanza o retrocede, si ya es parte de un circuito circular que no podrá quebrar, continúa su carrera. Lo único que sabe, o ni siquiera eso, sino que intuye, es que el fuego se incrementa cada vez que se acerca a su objetivo. Pero tal es su naturaleza, tal es su camino. De alejarse, su cuerpo caería, finalmente, sin vida. ¿Pero qué ocurrirá el día que alcance a su presa? Porque eso persigue, una figura esquiva y al mismo tiempo seductora, que se mantiene a cierta distancia, pero que nunca termina de escapar. ¿Y qué pasará cuando se alcancen? Cuando se fundan, cuando ese fuego envuelva también a esa figura, cuando juntos sean el combustible...
  Está escrito en su sangre, en sus gritos, en su dolor. Sólo cenizas. Ese debe ser su final.






miércoles, 16 de marzo de 2011

Horóscopo, semana del 16/03 al 23/03 del 2011

Aries:

Se viene una semana movidita. Va a tener roces con un taxista y luego se lo encontrará en la casa de un amigo, porque resulta que es el padre del novio de la hermana del amigo en cuestión. Cuidado con la sal en las comidas.

Tauro:

No comparta botellitas de agua mineral. Cambie las pilas de los controles remotos de sus aparatos hogareños. Aproveche las ofertas de la verdulería. Vigile la sal en sus comidas.

Géminis:

Noticias de una catástrofe en otro país del mundo lo deprimirán mucho, pero no tendrá mucho tiempo para afligirse porque redescubrirá la belleza de la vida en el simple vuelo de una mariposa. Semana de cuidado para los juegos de azar: no juege a sus números del Quini, porque no van a salir. Trate de comer con menos sal.

Cáncer:

Viento en popa: se encontrará un celular en la calle y atenderá una llamada entrante que le cambiará la vida para siempre. Juéguese. Arriesgue. Apueste. Construya. Sale sus comidas.

Leo:

Una pelea que ha durado años entre usted y un familiar se resolverá esta semana, me parece que el jueves, no, no, el viernes más bien, a eso de las 18:20. Lleve paraguas y curitas. Deje la sal en casa.

Virgo:

Encuentra un libro (o ropa interior, los astros a veces no son muy claros) que había perdido de vista hace mucho tiempo. Mala semana para mudarse. Evite también manejar transportes de caudales o construir puentes. Coma con menos sal.

Libra:

Semana de amor libre. Dele para adelante que están todos con usted. Mala noticia: pierde el celular. Pero llame a su número en cuanto se entere, porque le va a cambiar la vida a alguien. Increíbles las cosas que se pueden lograr cogiendo... Ah, eso sí: si después o antes comen, hagalo con poca sal. Ignore el hecho de que la otra persona le pone mucha sal a la comida, está bien en su caso.

Escorpio:

Respete sus horarios de sueño. La siesta es sagrada. Ayune el domingo a la mañana y tendrá una sorpresa. Salud: consulte con su médico de cabecera cuánta sal puede ponerle a la comida. Acá en el sistema me sale que poca, pero no sé, puede ser que esté mal.

Sagitario:

Va a tener que ayudar en una tarea engorrosa y aburrida a alguien que le cae mal. Pero después de compartir la experiencia, la relación va a mejorar. Pero después le va a pedir pasar al baño y va a desaparecer un jabón, y le van a decir "no, no te estoy acusando, pero antes de que entraras estaba ahí", y usted va a contestar "¿te parece que voy a robarme un jabón, rata? ¿Por qué no te metés la mano en el orto?". Tenga cuidado, se puede comer una piña.

Capricornio:

Visita su país una estre-- No, no, aguantá un cacho.

Sagitario:

Afloje con la sal porque se nos va al tacho, así nomás se lo digo, con la salud no se jode, y si no te cuidás vos no te cuida nadie. ¿Qué soy, tu mamá? Dios mío...

Capricornio:

Ahora sí. No, no. Imaginate si no que... Bueno, visita su país una estrella de renombre internacional, pero usted no tiene ni idea de quién es. Así que no le va a pasar nada esta semana. Semana tranquila. Sí, parece que está todo en orden. A ver, pará que me fijo... Ah, no. Va a tener que comer con menos sal, eso sí.

Acuario:

Epidemia y muerte del 97% de la población. El domingo, precipitaciones aisladas y leve aumento de la temperatura. Aumenta el precio de la sal.

Piscis:

Un viejo amor reaparece en su vida, cuando se entera de que falleció. Vaya al funeral pero trate de no llorar demasiado, porque lo van a mirar raro. Parece que esa persona que usted alguna vez quiso era medio mal bicho y nadie está muy apenado por su deceso. Es más: le debe plata a medio mundo, y capaz que se la terminan pidiendo a usted. No, no, tampoco es como para que no vaya al funeral. Insensible de mierda, ¡fue el amor de su vida! Bueno, bueno, era "un viejo amor", pero ahora que no está más se va a dar cuenta de que era el amor de su vida. ¿Que no? ¿Te pensás que sabés más que miles de años de tradición astrológica? Ma'sí, matate, gil. Ojalá se te tapen las arterias y explotes, cerdo.