jueves, 2 de febrero de 2012

Fantasmas

  - Disculpame... ¿Vos sos Ernesto Franchín?
  - Sí... ¿nos conocemos?
  - No, no. Bah, en realidad, yo creo que te conozco. Es la primera vez que te veo pero... No, además, no te conozco. No. No, no nos conocemos. ¿Me puedo sentar? Gracias.
  - Em, sí. Siéntese. ¿Su nombre es...?
  - No importa. Mirá, voy a intentar ser directo, y robarte poco tiempo. Vos a los 16 años causaste una gran impresión en una chica, ni siquiera sé si la recordás. Lorena. ¿Te suena? Morocha, muy bonita, Lorena Solano.
  - Ssssí... Lorena. Fuimos compañeros en la secundaria, sí. Bonita chica... ¿Está bien? ¿Le pasó algo?
  - No, ella está bien. Y tampoco vengo a reprocharte nada que le hayas hecho o dejado de hacer. No es de mi incumbenc--
  - Momento, señor. No sé quién es ni qué le hace creer que puede venir a--
  - Te estoy diciendo que no me importa nada, dejá de atajarte.
  - No, me parece una falta de respeto. Vuelvo a preguntarle, ¿quién es usted?
  - Digamos que soy el tipo que está con ella. O que estaba. Ella no lo sabe, pero me parece que acabo de dejarla. De eso se trata esta charla. Necesito que vuelvas a su vida. ¿Hace cuánto que no se ven?
  - ¿Qué?
  - Hace cuánto que no se ven.
  - ...
  - Dejá de actuar tanta indignación, por favor. Bueno, está bien. Vos escuchame. Mirame y escuchame, dejá de ojearlo al mozo, no te voy a hacer nada, sacate ese miedo estúpido de la cara y escuchame. Esta piba no te olvidó, por alguna razón te idealizó. Sí, le dije "piba", y nosotros hace tiempo que no somos pibes, pero ella se quedó ahí, o andá a saber dónde, quizás antes. Y vos sos como un ancla. O eso ella cree. Porque, y perdón por la sinceridad, pero no sos la gran cosa. Ahí está, la cara de desprecio te queda mejor, además de que es más acertada. No, no, no amagués a levantarte, quedate y escuchá. Escuchá porque es interesante. La boluda esta persigue fantasmas, quizás todos lo hagamos. Yo fui uno de esos fantasmas, una persona en la que ella no podía dejar de pensar. Una piedra, un obstáculo en su vida. No podía estar con otros tipos, porque quería estar conmigo.
  - Tampoco sos la gran cosa.
  - Y vos sos muy obvio. Pero por lo menos ya me estás tuteando, algo es algo. Claro, yo soy un desastre, ni de cerca soy lo que ella esperaba. Aunque mi impresión es que ella no deseaba más que esto, esta cosa imposible, un desastre de persona, como seguramente podés apreciar. Pero me consiguió, me convenció. Y acá estamos. Vos sos el próximo fantasma. No me preguntes cómo lo sé, no tengo ganas de alimentar tu ego. De hecho, si no fuera una emergencia, me ahorraría el tener que pedirte algo. Porque sos seguramente tan imbécil, y esto lo digo con todo respeto, que debés estar pensando que hay una mina que quiere estar con vos, después de tantos años, una mina qu-- ¿Te tengo que pedir disculpas? Dale, sentate. Te la hago corta, son cinco minutos. ¿Está bien?
  - ...
  - Bueno. Volvamos al tema de los fantasmas. Vos también sos un fantasma. Y estás casado, y no tenés interés, espero, por una mina problemática como Lorena, y lo bien que hacés. Pero yo tengo muchísimo interés, y más que nada por resolverle ese jueguito de los espectros que no la dejan relacionarse con tipos. Entonces: te pago dos lucas por mes. Dos lucas por mes, para que la empieces a ver, una vez por semana. Decile que dejaste a tu mujer, no me importa.
  - Estás loco. Es una locura.
  - Pará, pará. Vos escuchame. La empezás a ver, te la llevás a un hotel. No va a aguantar más de un par de meses. Y ahí va a aparecer otro fantasma, siempre es así. Vamos apareciendo, pero siempre para atrás, ¿entendés? Somos fantasmas de su pasado. Y no hay tipos en su vida antes que vos, la conozco bien. Sólo queda el hermano. Y ahí vemos qué pasa. Porque al hermano lo tiene a mano, ¿entendés? A vos te tuve que venir a buscar, pero en cuanto vea que quiere estar con el hermano, cuando empiece a sentir que siempre quiso estar con el hermano... Va a ser buenísimo.
  - Yo lo conozco al hermano. Sos un imbécil. Y un loco peligroso.
  - Todo lo que quieras. Pero, desgraciadamente para todos nosotros, siempre tengo razón. Así que escuchame. Dos lucas por mes. Por cogerte a una mina que está buena. Ni vos sos tan boludo como para decir que no. Aparte, te digo que ni bien te agarre... Mamita. No lo vas a poder creer. Pero dura poco, ese es el tema. Con nosotros, por lo menos. Capaz que con el hermano dura más. ¿Pero se animará?
  - ¿Estás hablando en serio? ¿Viniste hasta acá para pedirme que salga con tu novia?
  - No es mi novia.
  - ¿Y querés que se coja al hermano?
  - ...
  - Sos un enfermo.
  - No hace falta que te indignes y que te vayas. Conmigo no tenés que actuar. En fin... Llevate el teléfono, tomá. Pensá que la piba está mal y que yo estoy jodiéndole la vida. Llamala para ayudarla, aunque sea.
  - Una mierda. Eso es lo que sos.
  - Blablablá. Hacé la tuya.
  - Imbécil.
  - Chau. Saludos a la familia.
  - ...



  - La vas a llamar. La vas a llamar. Es una mierda, pero siempre tengo razón.

lunes, 16 de enero de 2012

Guerrilla

  - Dios es perfecto.
  - Dios es omnipotente. Hay una diferencia.
  Se miraron a los ojos por un breve instante, midiéndose. Durante esos segundos, Tomás tuvo la ilusión de que estaban en igualdad de condiciones, a pesar de estar desnudo y de rodillas sobre el suelo mojado, con sus manos atadas a la espalda, cubierto por su propia sangre reseca y con el cañón de una pistola apuntándole directo a la frente.
  - ¿Y cuál es esa diferencia, a ver?
  "Eso es, dudá", pensó Tomás.
  - Dios es omnipotente. Dios dice lo que está bien y lo que está mal. Dios, entonces, es el que escribe la historia, el que decide que Él es perfecto. ¿Y qué valor tiene eso? ¿Acaso esa es razón suficiente para seguirlo?
  Vio el temblor del cañón, sabiendo que, en cualquier momento, un disparo interrumpiría su discurso. Casi sin esperanzas, estaba viviendo sus últimos minutos, y jugándose sus últimas fichas.
  - Dios ES perfecto.
  - Dios es. Dios es un hijo de puta, eso es. Dios es un tiran--
  René martilló su pistola, y a Tomás se le secó la garganta.
  - Pará, René. Escuchame. Ambos sabemos que Dios existe. Ambos sabemos que Dios nos domina, porque bien sabés que no nos creó, no sabemos cómo fue la mano pero a vos también te hace ruido todo ese cuento del Génesis, no seas hipócrita. Pero nada de eso importa. Lo que importa es: ¿tenemos necesidad de seguirlo? Es la historia del más fuerte y los más débiles. ¿Por qué la verdad la dicta la fuerza? ¿Por qué, si es tan bueno, condena el diálogo y la duda? ¿Por qué me toca el infierno si fui un tipazo pero jamás recé, pero va al cielo un flor de hijo de puta que le paga los vicios a un pastor igualmente hijo de puta?
  Tomás sentía cómo cada "hijo de puta" que pronunciaba iba acercando la bala a su destino: el piso mojado, luego de atravesar su cerebro. Veía en René una furia y un asco apenas contenidos, y sabía que no habría manera de escapar a la muerte. "Pero si, aunque sea, puedo sembrar la duda en él, no habrá sido en vano".
  - El hijo de puta sos vos- contestó René con palabras atropelladas-. Un soberbio hijo de puta, ¿quién mierda te creés, eh? ¿Qué sos? Sos un insecto, no sos nada, sos un efímero destello en un mosaico infinito y perfecto. ¿Cómo no lo celebrás, cómo podés intentar rebelarte? E "intentar" ni siquiera es la palabra, porque no hay posibilidad de éxito- ya se iba calmando, recuperaba su tono y ritmo normal-. No podés trastocar el orden de la creación del Señor, no podés negarlo ni escapar de su presencia. Él es uno con el tiempo y la materia. La soberbia de ustedes es... inexplicable.
  - Nuestra soberbia no es tal. Llamalo "orgullo" si querés. Es el orgullo y la celebración, justamente, de nuestra condición humana. De nuestra capacidad de decidir qué está bien y qué está mal.
  - Pero eso es parte del plan del Señor. Él nos otorgó el libre albedrío...
  - No, imbécil- y la bala se acercó aún más-. Eso es lo único que no supo sacarnos. Porque es lo que no entiende, lo que no forma parte de su naturaleza. Si él nos creó, lo hemos superado. Porque hemos vencido todos los absolutos que él propone, todos los límites que ustedes defienden ciegamente. No me tenés que matar, René. Pensalo. Si Dios es perfecto y tiene un plan, nosotros somos parte de él. Nuestra existencia, y hablo de nosotros, los ateos, los agnósticos, los satanistas, los humanistas, es parte de su plan divino, de su mosaico infinito y simultáneo, y no somos un peligro. Vos estás ahí, y sos dueño de tu pistola, de tu bala, de tu tiempo- al decir todas estas palabras, sentía el calor del disparo abriéndose camino en su cabeza, y no encontraba cómo ordenar su discurso en tan poco tiempo-. Si existe un plan, no soy un peligro. No soy nada, como vos dijiste. Pero vos mismo estás ahí, dudando. Y si podés elegir no matarme, es porque no soy un peligro. Más aún. Quizás Él sea el peligro. Quizás Él y su sed de sangre, de mi sangre. Pero lo podemos vencer juntos.
  - Dios es perfecto, Tomás. Y tu discurso es muy confuso.
  - ¡Probá a hablarle a tu verdugo después de haber sido golpeado durante días, hijo de una gran puta!
  La bala ya comenzaba a ejercer presión sobre su piel.
  - Dios es perfecto, Tomás. Ya te lo dije. Y yo soy su soldado. Jamás es Él el que se equivoca. Somos nosotros, la carne de su voluntad, la que no alcanza a comprender sus designios. Jamás dudaré de Él. Ese es tu camino, y mirá hasta dónde te trajo.
  - Tu Dios es un sorete, René. Mirá cómo está el mundo, mirá lo que somos como raza. Mirá lo que te obliga a hacer.
  - Mi Dios no me obliga a nada. Él sólo perdona.
  Y la bala se alojó, finalmente, en el suelo.

domingo, 15 de enero de 2012

Diario de Dios y sus contemporáneos: Dios como evolución del hombre

  Hubo un tiempo en el que el tiempo no existió. Así como cada uno de nosotros emergió de la inconciencia, y nos sumergiremos en ella eventualmente, también lo hizo y hará el universo entero. La materia y el tiempo.

  Hace tiempo que olvidé lo que es sentir. Hace tiempo que olvidé qué es "ser feliz", o "sufrir". Reconozco sus efectos, veo seres que conocen la diferencia, que viven esos matices. Pero hace tiempo que he dejado de vivir. Hace tiempo que la palabra "tiempo" ha perdido su anterior significado. Nada y todo es lo mismo. Nada y todo me atraviesa, y estoy hecho de la misma fibra que el universo entero.

  En este universo, en esta versión de las infinitas posibles, se dio el fenómeno que nos gusta clasificar como "vida". Casi por azar, se fue desarrollando hasta engendrar esto, esto que se evidencia acá mismo, un lenguaje, una conciencia no plena pero sí abarcativa, una curiosidad constante. El hombre. El hombre y sus millones de etiquetas, de saberes, de conceptos, de inquietudes. ¿De dónde despertamos, qué había antes, qué habrá después?  Preguntas y más preguntas. Respuestas que, con la voracidad característica, destrozamos para reemplazar por otras que luego serían devoradas y que darían lugar a otras respuestas que a su vez encontrarían un reemplazo, así en un ciclo interminable, que se interrumpirá sólo Dios sabe cuándo.

  J. ha desaparecido. Se ha esfumado. Es el único de todos nosotros que ya no se presenta a las reuniones, ha dejado de informarnos de sus actividades, y nadie, ni siquiera aquellos más cercanos, saben qué le ha ocurrido. Él era el más dotado, y es por eso que nos entristece su desaparición.

  Dios fue una respuesta, la respuesta a todas las preguntas. Pero pronto, pasados algunos milenios, se abandonó casi por completo, dejando que apenas grupos reducidísimos de personas hablaran todavía en su nombre. El hombre controlaba finalmente su entorno, y su inquieto mundo interior. Ya no necesitaba la idea de un protector magnánimo. El hombre era su propio protector. El hombre, la especie entera, por fin funcionando como un solo organismo. En equilibrio.

  El dolor no existe. El dolor existe sólo en mi mente, yo lo conjuro. Y el dolor existe ahora en sus cuerpos, ellos me enseñan lo que olvidé, lo que fui. Ante mi orden brota la sangre. Yo doy y quito la vida. He quedado solo, ya que nadie habla mi nuevo idioma, que es el idioma de la creación.

  Y Dios reapareció. Y ya no hubo un pasado en que el tiempo no fue tiempo. Ya no hubo un comienzo. No hubo rincón de existencia que no fuera inundado por su presencia. Con su potencia creadora y arrogante, arrasó con toda la historia, con toda la humanidad, con todo. Y nos dijo que nos creó a su imagen y semejanza. Y nos dijo que siempre existió, y que siempre existiría. Y es la pura verdad, porque así lo quiso.

lunes, 9 de enero de 2012

Semáforo #2

  Preguntas para hacerte si querés cerrar tu blog 

  ¿Para qué escribir, cuando hay tanto por leer? ¿Para qué intentar vaciar un recipiente que está lejos de estar lleno, y que sigue pidiendo por contenido? ¿Para qué hablar, cuando es probable que nada de lo que digas se entienda, cuando ninguno de tus discursos adquiere la forma que habías pensado originalmente, cuando te es imposible una comunicación medianamente exitosa, en parte por tu críptico pudor y en parte por tu casi inexistente claridad de pensamiento? ¿Para qué hablar, cuando es siempre lo mismo, siempre diciendo lo mismo, siempre escribiendo lo mismo, y dale con lo mismo? ¿Para qué hablar, la reputísima madre, cuando te asalta el constante pensamiento de que tu interlocutor jamás te presta atención, y que cuando lo hace, está esperando que decidas callarte, que finalmente tengas la epifanía con la orden divina de dejar de mirar el mundo desde tu ombligo? ¿Para qué hablar, cuando como respuesta sólo alcanzás a ver muestras de fastidio, de aburrimiento? Quizás para ver si, por una puta vez, no tengo razón. Cómo se puede estar equivocado todo el tiempo y al mismo tiempo siempre tener la razón, jamás lo sabré.

  Puente 

  Confiar con el cuerpo, desconfiar con la mente. Ese pareciera ser el camino. Confiar ciegamente en cada acción, desconfiar detrás de cada sonrisa, de cada palabra amable. Darle la espalda al que vi que tiene un cuchillo en la mano, y pensar en dónde esconderá el cuchillo a la que se aproxima con una flor.
  Pobre ella. Ella o él, de quien desconfío. Porque no sé si lo escondo o no. Quizás se note, quizás siempre esté recordándoselo. Pero me manejo como si confiara plenamente en la práctica, lo que a mí me parece noble, pero no siempre a ella. O él, sí, también puede ser. Pero siempre es con ella.
  Entonces me creo un puente. No puedo ser un fin en mí mismo, nadie me puede tener como destino. Soy el camino hacia. ¿Hacia qué? No siempre lo sé. Muchas veces lo intuyo. Y duele. Pero acepto lo que me ofrezcan, y me ofrezco con todo el cuerpo, sí. Soy la vaina para tu cuchillo, siempre. O tan solo el puente, sí, el puente que debas pisotear para llegar a un lugar mejor. Aún así, me siento halagado. Todos los caminos conducen a Roma, pero me elegiste a mí.

  Figuras 

  La curva de una espalda (no, no de "una", de "la" espalda, mejor dicho). La cola, las caderas. Tan suave, un camino tan fácil para recorrer con mis manos, o para dejar mis manos allí, no descansando, sino aprendiendo. Aprendiendo a evocarla, a recordarla para siempre, a guardar esas sensaciones en un banco de memorias a prueba de todo, justo al lado de su aroma, del intenso sabor de sus besos. Del hermoso color de su piel, de las hermosas marcas que la distinguen y que ella odia, quizás por eso mismo. Sus hermosas tetas (sus tetitas, sí, no voy a decir ni "pechos", ni "senos", estúpidas y asépticas palabras que, justamente, intentan ser sólo letras y decir lo menos posible). No puedo escribir acerca de sus tetas, pero podría estar todo el día pensando en ellas, cosa que, de hecho, creo que hago. Su voz. Su risa. El enorme placer que significa oír su risa, enorme tesoro que me dedicaría a intentar desenterrar durante toda mi vida, todos los días, a toda hora. Su mano sobre la mía, en un tren. Su hermosa nariz. Ese precioso perfil, con los lentes puestos, mirando atentamente hacia el escenario, sin saber que yo la miro a ella, y que sonrío, río felizmente por dentro, le aprieto la mano y ella me mira, y nos besamos. Verla vistiéndose. Verla partir. El dulce dolor de no tenerla a mi lado, por momentos embriagador. La horrible sensación de que, quizás, todas estas figuras no se repitan. De que, quizás, todo haya terminado. Un nuevo mensaje suyo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Caja de resonancia emocional

Cómo ser una caja de resonancia emocional en 4 pasos:

1) La empatía. Forzar un nivel de empatía altísimo con el entorno es de suma importancia. Hay que sentir lo que siente el otro, o, por lo menos, creer que uno lo logra. Hay que absorber los humores, sean buenos o malos, y potenciarlos. Hay que estar atento a todo, hasta al más mínimo gesto. Todo lo que hagan o dejen de hacer las personas es una señal, un mensaje inequívoco y personalizado.
Cómo ponerlo en práctica: es necesario confiar en el instinto. Pero hasta que eso sea posible, se puede preguntar todo el tiempo "¿te pasa algo?", desconfiando de las respuestas negativas y prestando especial atención a las muestras de creciente irritación que se van sucediendo a cada una de nuestras re-preguntas.

2) La potenciación. Hasta lo más pequeño debe afectarnos. Esa es la clave. Durante todo el proceso, todo estímulo debe ser magnificado y devuelto en tiempo y forma. La meta es ser una gran espiral, un violento vórtice que acelera la velocidad de cada partícula que se acerca. El mundo, allá afuera, seguirá inalterable, pero por dentro, toda nuestra atención deberá estar posada en eso que para el resto de las personas no tuvo importancia, para la mayoría ni siquiera pasó, pero nosotros estaremos allí, alimentando esa idea, fortaleciéndola, acompañando su viaje a través de nuestra vida interior, hasta que sea una bola gigantesca que arrasa con todo.
Cómo ponerlo en práctica: analizar cada palabra y cada gesto ajeno como si de ello dependiera nuestra propia vida. Si el análisis se extiende más de diez minutos, es que encontramos algo prometedor. Con algo de práctica y esfuerzo, cualquier nimiedad puede convertirse en la explicación de nuestro humor durante, como mínimo, una semana.

3) La inter-relación. Descubrir que todo está inter-relacionado. Entender que podemos explicar el mundo y cada una de sus partes, a partir de las experiencias vividas en los últimos días. Que cada idea obsesiva macerada con dedicación, esconde la clave del universo. Que todo se repite, que basta entender una molécula para entender a todas. Que todo se repite infinitamente, hacia lo micro y lo macrocósmico.
Cómo ponerlo en práctica: si los dos pasos anteriores se llevaron a cabo correctamente, este tercero se da por inercia. Tristemente, no hay manera de forzar este tipo de entendimiento si no viene solo. Cultivar el egocentrismo ayuda, como también lo hace el estudio matemático intensivo, o la investigación de teorías conspirativas a gran escala.

4) La devolución. El último paso. El más simple. Todo hasta aquí ha sido un minucioso trabajo de recolección, control y amplificación de las emociones. Ahora, sólo hay que dejarlas salir.
Cómo ponerlo en práctica: hay muchas maneras. Pero casi todas incluyen gritos, lágrimas, discursos acelerados y ciertamente ilógicos, arrebatos amorosos y/o violentos, mudanzas, llamados a las 5 de la mañana, etcétera. Pero algo debe pasar. De alguna manera, todo eso tiene que salir. De otro modo, se corre el peligro de ser... bueno... seguramente conocen a alguien que sea... así.

Y no es agradable.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Negación

  Alguna vez tuve una charla acerca de mi ateísmo con una persona francamente imbécil. Una persona que, en ese momento, pretendía ser mi amigo, pero que pronto demostró su incapacidad para tal cosa. Sí, dije "imbécil" porque le tengo bronca. O le tuve bronca, no importa. El tema es que es un imbécil.
  Decía, que charlé con él explicándole qué era ser ateo. O, por lo menos, qué significaba que yo fuera ateo. Pero no pude hacérselo entender. Y lo más gracioso, es que él se enroscaba siempre en lo mismo, siempre hablándome del diablo, de si yo adoraba al diablo, de si yo era satanista, de si yo odiaba a Dios. No, I., no. Dios no existe, eso es lo que intento decirte. ¿Pero entonces creés en el diablo? No, imbécil. No.
  En fin, luego de esa estéril conversación, una de las últimas charlas amistosas con el pobre I., al que intenté ayudar de todas las maneras posibles (¿ayudar? ¿por qué siempre intentando ayudar? ¿por qué siempre creyéndome capaz, o autorizado?), pensé y escribí esto:

- Capacidad de negación
- ¿Qué es la realidad? ¿Qué lo determina?
- Perpetuación de una mentira
- Costumbres y educación
- Quiebre. Fin de estructuras
- El círculo: los opuestos que se unen, el cambio abrupto

Hilo de pensamientos: Incapacidad de I. para entender que ateísmo y Satanismo son dos cosas completamente diferentes. ¿Por qué? Impresión mía: no puede entender la idea de un Dios inexistente. El creyente niega al ateísmo. Del otro lado, el ateo niega a Dios. ¿Se puede negar algo cuya existencia es clara? ¿Alguien puede pensar que la gravedad no existe y que realmente no opera en nosotros? Ahí va el cuentito: la gravedad no existe, es una mentira que nosotros, las personas, construímos. ¿Para qué? Teoría: para coartar la libertad de movimiento de los niños, seres sin criterio. Así, cada adulto ha sido educado para caminar sobre el suelo, y eso mismo le enseña a su hijo, sin darse cuenta de que podría flotar, levitar e incluso volar con él. El que se topa con esta verdad se pregunta si no puede mostrarle a su hijo esta otra visión. Empieza a soñar con cambiar las cosas, pronto se da cuenta de que no es posible. Desencantado, toma la decisión de ser su propio conejillo de indias, y de no arriesgar la psiquis y el físico de su hijo persiguiendo quimeras. Es entonces que se pregunta si saltar de una azotea convencido de que puede desprenderse del arrastre de la fuerza de gravedad es un acto de valentía o de cobardía (claro, el suicidio, siempre lo mismo, blablabla). Los opuestos que se tocan: el escéptico que se convierte en ingenuo al desconfiar de las cosas más obvias. El que rechaza las estructuras con tanta fuerza que se construye una jaula aún más hermética y firme. La inmensa búsqueda de lo complejo que termina en lo simple. El valiente que en realidad escapa cobardemente.

Detalle extra: cómo el raciocinio mal utilizado puede justificar la más grande de las mentiras. La fuerza del convencimiento, de la negación, al servicio de probar con métodos y pruebas irrefutables algo que no es cierto. El chiste: los aviones. Los aviones vuelan porque no existe la gravedad. Aún así, hay todo un sistema de cálculos complejos alrededor de esa invención llamada "física" para explicar que la gravedad existe y que un armatoste de un peso descomunal puede, en realidad, vencer el empuje de la gravedad.

  Eso, pasados los años, se convirtió en esto otro, una ejecución totalmente torpe de una idea zonza, pero que tenía ciertos detalles simpáticos. Y donde se me presentó por primera vez de manera consciente y directa la idea obsesiva detrás de este blog, la idea obsesiva detrás de todo lo que realmente me apasiona, mi fractal personal: las ideas circulares. Los opuestos que se tocan. Las repeticiones. Los fractales, justamente. Y no sólo eso, también los condimentos que más me gustan: todo está ahí, en esa pequeña lista al comienzo de eso que me vi obligado a escribir hace ya, ¿cuánto?, no sé, quizás seis, siete años.

  Y ahora, como siempre, es hora de cuestionar lo que hago: ¿cómo puedo pensar que esto puede llegar a ser interesante para alguien? Lo único que justifica su publicación es lo mismo que la hace carente de sentido (opuestos que se tocan): el hecho de que nadie lo lee (nadie -1). Pero es ridículo, escribir algo y después escribir sobre cómo y por qué lo escribí. Aunque, lo más triste (o gracioso), es que ese texto original, la idea sola, me parece mucho más atractivo que la huevada que escribí después. Quizás debiera escribir las ideas así, solas, con las relaciones que me gustaría subrayar. Y entonces, si pudiera encontrar alguna idea interesante, convencer a alguien de que use esa idea para escribir algo interesante.
  O quizás sólo debiera cerrar mi blog.
  O quizás sólo debiera seguir escribiendo.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Ley de gravedad

  ¿Qué lo llevó a esa terraza? ¿Qué cadena de pensamientos pudo colocarlo ahí? De todas las personas, a él: Ricardo Ensenada. Padre de tres hijos, esposo de una mujer amorosa, con una muy buena posición económica, ejerciendo su profesión soñada y con un cuantioso círculo de amigos. Quizás fuera todo eso. Una vida inmaculada, perfecta desde todo punto de vista, una situación envidiable que, igualmente, escondía una pequeña alarma, una especie de zumbido casi imperceptible que no le dejaba conciliar el sueño. Hay algo más en esta vida. Hay, definitivamente, algo más.
  Esa era su impresión. Ese era el pensamiento que estaba debajo de cada acción que emprendió en los últimos cinco años de su vida. En secreto, tratando de no alarmar a la gente que lo rodeaba, comenzó a cuestionar todo aquello que hasta ese entonces le pareció una certeza, una constante o una ley. Comenzó a buscar la compañía de otras personas, sin ausentarse jamás de sus compromisos preestablecidos, para no llamar la atención. No descuidó su mundo al tratar de encontrar otro, y tal cosa lo hizo sentir siempre como un héroe. Porque eso es lo que intentaba ser: un héroe. Él encontraría esa ventana al otro mundo, al mundo real, para que toda esa gente que él quería pudiera dejar esa existencia mutilada que habían aceptado como "realidad".
  Y así fue, en esa búsqueda de relecturas que conoció a Joaquín, el viejo Joaquín. Un anciano loco según la gran mayoría, pero un faro de oscuridad para él. Ahí donde no había más que luz, Joaquín podía oscurecerlo todo. O casi todo, hasta que conoció a Ricardo, un tipo con una lógica invencible que se unió a su cruzada de oscurecimiento, con todas las herramientas de la iluminación. Juntos, jugaron a derribar todas las certezas que hasta ese entonces, habían intentado morar en sus cabezas. Pero hubo una certeza en particular que Joaquín prefirió por sobre las demás. La causa de todos los problemas de la humanidad: la ley de gravedad.
  ¿Quién dice que hay una fuerza que nos mantiene pegados al suelo, cuando vemos con nuestros ojos pruebas obscenas de que no existe tal fuerza? Y no hablo de las aves, no señor. ¿Qué me decís de los aviones? ¿Eh? No, es todo una mentira. Siempre la misma historia. Los poderosos negándole la libertad al indefenso. ¿O por qué te pensás que el mundo está como está? Y no estoy echándole la culpa a los políticos, o a los tipos de guita, como haría cualquier borrachín pendenciero. Yo acepto mi culpa, la culpa que tenemos todos. Nos cortamos nuestras propias alas, Ricardo. Nosotros mismos, usando el disfraz de nuestros padres. El hombre es capaz de volar, Ricardo. Yo lo sé, lo vi. Vos también lo sabés. Lo que pasa es que somos unos cagones, eso pasa. Nuestros antepasados volaban. Pero tanta libertad de movimiento estaba en conflicto constante con esas ganas de poseer que tenemos. Poseer todo, ya sean objetos como personas. Entonces inventamos esa huevada de la "gravedad". Cínicos de mierda, eso somos. "Gravedad". Lo grave es que nos hayamos cortado las alas, y que nuestros hijos nazcan, vivan y mueran sin saber que, de quererlo, podrían surcar los cielos. Es una perrada eso que hicimos, Ricardito. Pero lo vamos a cambiar, lo vamos a cambiar.
  Cinco años manteniendo charlas como esa. Hasta que Ricardo tuvo su tercer hijo, Damián, y su vida de leyes lo reclamó con urgencia, alejándolo del viejo Joaquín. Los primeros meses de la criatura fueron complicados, y las tertulias se dieron con cada vez menor frecuencia. Y aún en esas pocas ocasiones en que Ricardo pudo acudir a Joaquín, su mente estaba en otro lado. No volaba con su viejo amigo, sino que se mantenía asustado y preocupado al pie de la cuna de su hijito enfermo.
  -No te preocupes, Ricardito -le dijo el anciano-. Cuando lo urgente deje de preocuparte, podrás ocuparte de lo verdaderamente importante.
  Y eso fue lo último que le oyó decir. Apenas dos semanas más tarde, el cuerpo de Joaquín apareció tendido sin vida en medio de la calle, luego de haber caído desde la terraza de un edificio de 26 pisos. A nadie sorprendió que un viejo loco se quitara la vida. El único que sabía que no podía ser un suicidio, era Ricardo. Seguramente porque, de creer que se había suicidado, se sabría culpable. Pero no, no podía ser un suicidio. Había sido una búsqueda desafortunada, un brevísimo instante de atropellada ansiedad. Y él no había estado ahí, para frenarlo. No había sido un suicidio, cierto, aunque algo era innegable: había sido su culpa.
  ¿Y ahora? Ahora él estaba en esa misma terraza. Incapaz de volver el tiempo atrás, incapaz de enmendar su terrible soledad, incapaz de volar. Porque ese había sido el error de Joaquín: creerse capaz de vencer todos esos años de pedestre adoctrinamiento. No, dulce Joaquín. No. Nosotros no podemos. Mucho tiempo llevamos atándonos temerosamente a la superficie de este triste planeta. Hemos alimentado con nuestros sueños a este monstruo que llamamos gravedad, y estamos sometidos a su autoridad.
  Se acercó al borde de la terraza, y extendió los brazos. Desde tan alto, nadie podía ver qué era ese bulto que tenía entre sus manos. Tomó una última bocanada de aire, y soltó a su hijo. Vuela, pequeño Damián. Que tu inocencia me muestre el camino que Joaquín no pudo encontrar.

martes, 13 de diciembre de 2011

Elogio de la resignación

"... la vida puede que no se ponga mucho mejor que esto..."

  Hay una distancia insalvable entre lo que quiero y lo que tengo. Ese no es el problema, el presente no importa, lo que importa es el horizonte, la posibilidad del futuro, la esperanza y los sueños. El problema es la distancia insalvable entre lo que quiero y lo que puedo llegar a tener. Enfrentarme con los límites propios (o ajenos, pero de gente que, estúpidamente, intenté apropiarme) es una de las actividades más deprimentes, verme cercenando mis propias fantasías, mis propios planes, para tratar de acercarme, así, a tientas, con sangre en las manos y lágrimas en los ojos, a una idea de "realidad". Oscilando violentamente entre el cielo y el infierno, quizás, algún día, alcance a entender qué es lo que se ve desde el medio.
  ¿Pero cómo? ¿Cómo sacudirme esta furia, esta pena, al verme obligado a devorar a un Alejandro mental que no será posible, no lo fue entonces, no lo es ahora, no lo será nunca (no, nunca, eso me repito, ese es el mantra, "nunca", cada pedazo de felicidad insensata que trago va acompañado con el sonido de esa palabra), un Alejandro fantasmal que es, realmente, una ridiculez, y por suerte la poca gente que me quiere así lo manifiesta, por más doloroso y casi imposible que me resulte aceptarlo? Sigo tragando. Quisiera sonreír, por momentos lo logro. Me queda un consuelo: mi, en circunstancias normales, inexistente orgullo aparece entonces. "Estás haciendo lo correcto". "Estás siendo sincero y honesto con vos mismo". "También despiadado, es cierto, pero tu voluntad se acercará a empresas viables y provechosas".
  Siempre creí que de eso se trataba crecer. "Crecer" siempre fue, para mí, un sinónimo de "rendirse". Aceptar que te vas a morir. Sí. Ser ateo, y aceptar que no vas a vivir por siempre. Si pude hacer eso, si pude vencer el sueño de permanecer, de conservar para siempre la conciencia... ¿por qué no puedo eliminar el resto de esos sueños infantiles, egoístas, imposibles? Hacerme cargo de mis limitaciones. Limitaciones que comparto con el resto de la mediocre humanidad, tristemente. No soy especial. Ni un poquito. No voy a triunfar donde otros fracasaron. No voy a triunfar donde ya fracasé. Tengo que cambiar los conceptos detrás de "fracaso" y "triunfo". Tengo que cambiar el concepto detrás de mi persona, dejar de creermelá tanto (dejar de ponerle tilde ahí a "creermelá", por empezar). Dejar de perseguir cosas que necesito, sí, las necesito, las deseo con todas mis fuerzas, vivir sin ellas no es vivir. Y, bueno, flaco. Vivir es otra cosa. Vivir, vas a vivir igual. Buscar otras metas, otros placeres, otras batallas. Si tanto me gusta jugar a cambiar los puntos de vista, a aceptar todo como cierto y falso a la vez, tendría que poder hacerlo.
  Ya me perdí. Comencé diciendo que tenía que ser más sincero conmigo mismo, y me propongo trastocar la visión de mis ideales hasta poder adaptarla a algo que me sea realizable. En verdad, no hay realidad. No hay verdad alguna. Sólo hay que cambiar una mentira por otra.

lunes, 12 de diciembre de 2011

"An instant classic"

  Pac-man, la película

  Ha llegado a nuestros cines la esperadísima última película de Robert Zemeckis, que no es otra que la brillante adaptación del clásico videojuego de los 80 "pac-man", llamada, atinadamente, "Pac-man, la película". Tan solo dos semanas después de su estreno en los Estados Unidos, y con el antecedente de ser ya, en estos catorce días, record mundial de recaudación, el film entrega todo lo que promete y aún más.
  Firme candidata para los Oscar, la película nos cuenta la historia de Paco, un mexicano radicado en Nueva York (interpretado brillantemente por Ryan Reynolds), viudo y padre de Andrew (el ya un poco crecidito Freddie Highmore), un taciturno niño de 8 años con el cual mantiene una difícil relación. Paco lucha en la gran ciudad por criar a su hijo con amor y bondad, dos cosas que en su propia infancia escasearon, pero al mismo tiempo se ve obligado a dejar a su hijo en soledad para llevar la comida a la mesa ("No confío en las niñeras. Son, antes que nada, mujeres", dice Paco en uno de sus monólogos más emotivos), ejerciendo el único oficio que conoce: el de recolector de hojas en los parques.
  Estamos comenzando a comprender y a querer a los personajes, a los que se suman Richard, el portero del edificio en el que viven (el eterno Tommy Lee Jones); Kathy, la joven que se muda al departamento de al lado (una muy sutil Drew Barrymore); y el Capitán Bustamante, el mendigo de la cuadra (el desopilante Robin Williams); cuando la noticia de un ascenso para Paco devela la trama que nos tendrá en la punta de la butaca hasta que culminen los 156 minutos de duración de la placa. Por orden del alcalde de Nueva York (cameo de Giuliani mediante), Paco será el recolector de hojas del mítico Central Park, en el turno noche. Si bien la responsabilidad es enorme ("Es el Central Park, ¡con un demonio!"), la paga también lo es, y Paco debe entonces elegir si vale la pena ausentarse durante la noche ("No conoces el miedo a la oscuridad hasta que pasas una noche en Nueva York", le susurra sabiamente Richard) para poder asegurar el bienestar económico del pequeño Andrew. El viejo (pero jamás desactualizado) dilema del padre ausente y único sostén de la familia funciona aquí de maravillas, con duelos actorales memorables entre Reynolds y el ya establecido Highmore, cuya candidatura al Oscar es cantada.
  Así las cosas, Paco acepta el trabajo en el Central Park, y ahí es cuando la película alcanza todo su potencial. Porque junto con Paco descubriremos que las cosas no son como parecen. Que detrás de esas hileras de hojas tan prolijas que él recoge con su pincho (¿cómo pueden caer para posarse de una manera tan ordenada?), algo se esconde. Que esas hojas, marcan un camino (brillante la musicalización de Danny Elfman, con esos sutiles coros femeninos que al grito de "¡Gretel! ¡Gretel y Hansel! ¡Hansel! ¡Hansel y Gretel!" resignifican totalmente la escena, otorgándole una complejidad intertextual pocas veces explorada en Hollywood). Que el Central Park, de noche, es un laberinto. Mención especial aquí para Zemeckis, que elige, atinadamente, filmar cada una de las escenas del parque con una cámara cenital que nos permite ver el dibujo del parque en su totalidad, y adivinar, allí abajo, la presencia de Paco en su uniforme amarillo de recoge-hojas.
  No es conveniente adelantar mucho de lo que sigue después, pero vale la pena mencionar la presencia de cuatro espectros en el parque (uno de ellos interpretado por la revelación del año: Adam Levine, el vocalista de la banda de rock Maroon 5), y un complot que esconde al mejor villano que nos otorga la pantalla grande desde el temible Tony Montana: el ex-científico ruso Vladimir Ihorovitch Ponyatovski, un brillante Gary Oldman.
  ¿Podrá Paco descubrir qué es lo que esconde el Doctor Ponyatovski? ¿Podrá darle una segunda oportunidad al amor, en las tímidas manos de Kathy? ¿Podrá reconciliarse con Andrew, que mediando la película cae en las drogas y funda una pandilla de malhechores que quema indigentes (atentos al enfrentamiento entre Andrew y el Capitán Bustamante, y a las casi imperceptibles citas a cierto clásico cinematográfico de Stanley Kubrick)? ¿Encontrarán los espectros del parque finalmente la paz? Todas estas preguntas tienen sus respuestas, y están ahí, esperando a que el público las recoja, alineadas una detrás de la otra, como las hojas con las que Paco llena su bolsa de residuos...

domingo, 11 de diciembre de 2011

Crí(p)tica a la vergüenza

  Estaba sentado sobre la hierba de una pequeña plaza, en una noche despejada. La única luz era la de la luna, enorme, una luna que giraba sobre sí misma dejando ver una superficie interminable, con paisajes e irregularidades irrepetibles, como si fuera una cinta infinita asomándose por una ventana circular. Estaba desnudo, y una brisa estival lo acariciaba. Miraba los juegos de la plaza sin saber qué hacer a continuación. Se sentía intranquilo, como si hubiera dejado algo a medio hacer, como si estuviera faltando a una cita, como si se encontrara cerca de concretar algo deseado pero ahora olvidado. Se levantó no sin dificultad, y comenzó a caminar sin rumbo, ya que nada se veía más allá de los límites de la plaza. Podía sentir arena debajo de sus pies descalzos. Unos segundos después de haber abandonado la plaza, comenzó a oír llantos infantiles. Los sollozos lo rodeaban, y le generaban una angustia inconmensurable. Intentó escapar, pero no pudo, ya que la angustia pronto se convirtió en un dolor físico que lo derribó. Comenzó a gritar, encogido en el suelo, sintiendo que su estómago era aplastado por una poderosa prensa, convencido de que moriría allí mismo, y que ese coro de niños tendría el papel de verdugo. Sus cuerdas vocales le dolían de tanto gritar, y comenzó a sentir el gusto de su propia sangre, cuando las figuras de docenas de bebés aparecieron gateando hacia él, y lo cubrieron, siempre llorando, emitiendo terribles alaridos. Su cuerpo entumecido se inundó de rabia al entrar en contacto con esos bebés, y explotó en un violento arrebato que catapultó a la mayoría de las criaturas fuera de su vista. Entendió que el daño que les causara, el verdadero daño que ellos sufrieran, apagando así sus llantos, estaba relacionado con su dolor, de manera inversamente proporcional. Oyó el crujir de los huesos de los bebés arrojados en todas direcciones, y comenzó a sentirse aliviado. Pero todavía quedaba uno, que chillaba estridentemente, provocándole naúseas y mareos. Casi sin pensarlo lo tomó entre sus manos, lo alzó, y comenzó a estrangularlo. Los ojos de la criatura se transformaron en dos pozos de un negro viscoso, y toda su figura fue deformándose, como derritiéndose, a medida que su llanto se apagaba. Lo vio deshacerse entre sus dedos, y de los ojos brotó una sustancia pestilente, que comenzó a cubrir sus manos, y luego avanzó por sus brazos, congelándolos por completo y haciéndolos pesados como piedras. Dejó caer sus brazos y no pudo moverlos, y estos comenzaron a hundirse en la arena. Desesperado, intentó con sus piernas rechazar esa fuerza que comenzó a sepultarlo, pero ya nada podía hacer. El suelo lo tapó por completo, y comenzó a respirar arena, perdiendo un poco de su vida con cada inhalación. El pecho le ardía, sentía cómo se destrozaban por dentro sus pulmones, cómo la boca se le llenaba de arena, cómo esta se mezclaba con su sangre, y supo, por segunda vez, que estaba muriendo. Esa pasta que tenía en su boca pronto formó un bozal, y ahogó sus silenciosos gritos. Sus extremidades fueron tomadas por algo o alguien, y se encontró totalmente inmovilizado. Fue entonces que pudo verse a sí mismo, y comenzó a sentir un intenso cosquilleo en su zona inguinal, y a pesar del terror de su propia muerte, supo que eso iba a pasar, ya no había vuelta atrás, algo o alguien lo estaba estimulando, lo estaba excitando, y él, inmóvil y sometido, no podía oponerse. Sabía que esa sería su muerte, que el momento en que cediera a esa excitación, el momento en que se dejase llevar, entonces se habría rendido y su cuerpo quedaría allí, abandonado sin vida para siempre. Sintio aromas y caricias olvidadas, luchó contra ellas, pero pronto perdió la batalla, y su cuerpo se vio sacudido por violentos espasmos a medida que eyaculaba y todo indicio de vida lo abandonaba. Y siguió viéndose cuando, a medida que los espasmos se iban sucediendo, su cuerpo comenzó a deshacerse en jirones de carne, hasta que ya no quedó nada, y el último de los reflejos de esa falsa luna se apagó.