viernes, 6 de julio de 2012

S (o "espiral excrementicia")

¡Oh!
¿De vuelta en la espiral,
no tan querido amigo?
Perdiste todas tus fichas,
no, no las perdiste, sino que las has perdido
(porque en verso los tiempos no son los mismos)
(y el tiempo no es el mismo nunca, para nadie, en ningún lugar),
has perdido entonces, hemos convenido,
la poca paz mental y la felicidad que venías ahorrando,
por jugarte la plenitud a un pleno
(los retruécanos no ayudan, no, nunca lo harán).

¡ah! ¿quién la viera sin sentir lo mismo? ¿cómo no pensar en ella todo el tiempo, sin importar si es un tiempo lento y tedioso o feliz y trepidante?
¿cómo no querer quererla,
cómo no sentirla tuya,
cómo no saberla única?
A ella. La única. Ella que es todas, y ninguna.
A ella que constantemente evocas, y que constantemente pierdes.

Este es tu castigo. El castigo para mí que te toca sufrir, oh, lector
ya que eres la misma persona, eres el escrito y la lectura,
eres el asco,
el asco, asco, asco, con esa "ese" sonando a jota,
esa suave "ese"
(la cacofonía tampoco aporta, por favor),
esa "ese", esa puta "ese", y pareciera (¿o pareciese?)
que esa "ese" es la culpable, en esa "ese", ahí nomás está todo,
todo lo demás parte de ahí, o ahí llega.
Porque sos una maraña.
Imbécil.
Todo este palabrerío, es una gran "ese" mal pronunciada.
Una "ese" elevada al cuadrado, a la décima potencia,
a la "ese" misma,
un laberinto infinito, un hermoso y ajqueroso
(sí)
fractal.
Todo lo que aquí ejcribes, es esa "ese" serpenteante.

Pero seguirá creciendo
como lluvia que no puede evitar caer
porque no hay más que eso: esa "ese".



No. Basta. Esto de acá no pasa. La poesía nunca te movió ni un pelo. Y, por suerte, vos nunca le moviste ni un pelo a la poesía. Porque la poesía es una "ella". Ella que es todas, y que es ninguna.

(ay, qué risa)

domingo, 27 de mayo de 2012

Palabras

"Vos sos un hombre de palabras".

  Hace unos años me dijeron eso, sin tratar de esconder el reproche que, quizás, fuera en realidad lo importante del mensaje. Estoy acostumbrado a los reproches. He sido educado en base a ellos, nunca alcanzar lo que se pretendía o esperaba de mí forma parte de mi identidad. Por eso preferí obviar ese reproche, para concentrarme en esa definición tan acertada, que en momentos como este me parece aún más cierta que entonces. "Vos sos un hombre de palabras". Quizás un acceso de vanidad y autocompasión me esté llevando a esto, a tratar de usar palabras para describir por qué soy un hombre de palabras, pero no sé hacer otra cosa. La vanidad me dice que no sabré hacer otra cosa pero que eso lo hago bien, y que es una forma elevada de entender y vivir la vida. La autocompasión me dice que es triste que no sepa hacer otra cosa. Que es triste que no sepa vivir, que es triste que siempre tenga que estar triste, que es patético que detrás de las palabras sólo haya eso: tristeza.
  "Vos sos un hombre de palabras". Hay muchas cosas que me quisieron decir en ese entonces, pero eso ya no me importa demasiado. Lo que me importa es que, hoy, ya estoy cansado de ser eso. ¿Por qué las palabras son tan importantes? No lo son. Realmente, no lo son. Para el resto, es decir. Siempre es igual, siempre tengo que compararme con el entorno (siempre y cuando sienta que hay una notable separación, un entorno y un yo a una distancia infranqueable), y entonces me digo: las palabras no importan. Las palabras que recibís, las palabras que recogés, las palabras que repartís, las palabras que te roban y que olvidás. No tienen esa importancia que vos le das. A vos te hablo. Sí, a vos. A mí. Al único al que hay que hablarle, y explicarle todo, todo el tiempo, con palabras.
  No se puede, aparentemente, explicar todo con palabras. Ni siquiera eso: no se puede explicar nada con palabras. No alcanzan, para todo falta. Pero no es un problema que tengan las palabras, es un problema que tenemos nosotros, los lectores, los oradores, los escritores, los oyentes. Es todo tan confuso, tan vergonzoso, tan angustiante, tan banal, no sirven las palabras para describirlo, para comunicarlo. Eso creo hoy, ya cansado de ser un esclavo de las palabras. Antes, bueno, era diferente.
  Antes creía firmemente en el poder de las palabras, en su buen uso, en el valor inapelable de la verdad. Eso era, en parte, ser un hombre de palabras. Y no se sentía muy bien, pero por lo menos me dejaba saber dónde estaba parado. Me permitía vivir sacándome ciertas preocupaciones de la cabeza. O no, quizás las preocupaciones estuvieran, pero no había que perder el tiempo sopesando cada palabra que llegaba. Si me dicen azul, es azul. Quizás esa persona esté equivocada, pero jamás me va a decir azul si es rojo. Por esa misma razón, me sorprendía tanto que alguien pudiera poner en duda cualquier palabra que yo dijera. Es conocida en mi minúsculo círculo social mi estúpida frase "Yo nunca miento". Y eso es una mentira, es imposible no mentir, pero puedo jurarlo, puedo someterme al polígrafo y decir "yo nunca miento" y la aguja no me descubrirá en falta. Para mí, ese rojo es azul. Seré daltonico, pero no malintencionado.
  ¿Y ahora? Sigo sin mentir. Me convertí en "vendedor", y cargo este respeto por las palabras y su verdad como una cruz. En realidad, no cambió nada. Estoy cansado, pero no he aprendido nada. Seguiré creyendo instintivamente todo lo que me digan, aún cuando me vea obligado a decirme "tenés que saber que eso es mentira". Siento la necesidad de escaparme, de abandonar este mundo de palabras, pero no puedo. ¿Adónde iría? No entiendo el resto de los lenguajes (lo que no quiere decir que entienda éste, de hecho, creo que lo que intento decir es que no lo entiendo). "El cuerpo nunca miente". Sí que miente. La verdad no existe, y eso me entristece. Pero lo más triste es que la mentira sí existe, y está en todos lados.
  Me espera un limbo. Abandonar el uso de las palabras, escapar del peso al que las palabras me someten, para ir hacia otros mundos, a los que jamás podré ingresar. El silencio irá ganando terreno. ¿Pero cómo será internamente? Tendría que abandonar el hábito de la lectura, quizás volver a amasijarme jugando videojuegos horas y horas. O, puestos a mentir, escuchar a mi cuerpo, jugar con él, por fin dejar que sea libre y que dicte cada uno de mis movimientos. Escapar de las palabras, y dejar de escapar de la mentira.

  Pero entonces, si las palabras no valen nada, ¿de qué sirve esto? ¿Qué valor puede llegar a tener? He mentido una vez más. Hoy será igual que ayer y que mañana, y yo seguiré siendo igual a mí.

domingo, 20 de mayo de 2012

Trilogía de Temperley

  Atravesó el umbral del bar ansioso, tratando de ocultar su excitación. Ese hecho, el hecho de que se preocupara en tratar de ocultar algo, era un indicador de su buen humor: en circunstancias normales, no se sentía digno de la más mínima atención. Se sabía invisible, despreciado pero rápidamente olvidado. Definitivamente, no era esta una situación normal, ya que dirigía furtivas miradas a cada rincón del local, buscando esos ojos atentos, que sabía que, aún sin buscarlo, se alegrarían al verlo. Una sonrisa se asomaba acompañando el brillo de su mirada. Sus ojos tristes hoy eran irreconocibles.
  La buscó pero sin detener nunca su marcha, fingiendo que sólo buscaba una mesa. Fingiendo, siempre fingiendo. Horas después criticaría todo su accionar, y sentiría asco, como siempre siente al ver a los demás, con sus sonrisas, sus ilusiones, sus ficciones diarias. Pero en ese momento estaba feliz. Sí. Se podría decir que estaba feliz.
  Se sentó y todavía no la había encontrado. Una voz en su cabeza le sugirió que quizás ella no estuviese allí. El resto de las voces (incluyendo la propia, si es que una y sólo una de ellas lo era) lo consideró probable. Pero no. Casi al mismo tiempo que el mozo alcanzándole un menú, sus ojos se cruzaron. Allí estaba ella. Hermosa, como siempre. Sus cortos rulos rubios enmarcando la preciosa carita. Él sonrió y levantó sus cejas, casi el único gesto que sabía utilizar (aunque mal). Ella no reaccionó, y siguió charlando con los tipos que la acompañaban. Él la desnudó con sus ojos hambrientos, pudo imaginar el ruido del corto vestido negro cayendo al lado de la cama.
  - Un café doble, por favor.
  Se dedicó a mirarla. Estaba hipnotizado, ya había olvidado todo su plan de esconder su impericia social, su locura por ese cuerpo, por esa voz. Y ella no lo miraba. Se preguntó si lo habría visto, quizás no lo reconociera. "Te vio", le dijo la voz. "Que siga charlando con esos tipos y que ya no mire para acá ni de casualidad es la prueba".
  El café llegó, y lo tomó. Ya no estaba feliz. Para nada. Ella se levantó, se puso su abrigo y se despidió de sus acompañantes. Antes de atravesar el local y alcanzar la puerta, lo volvió a mirar. Él, apurado, acompañó su arqueo de cejas con un ademán. La voz en su cabeza reía. Ella salió sin prestarle atención. La vio pasar por los ventanales caminando a paso vivo. Dejó cincuenta pesos sobre la mesa y se apresuró a salir, quizás ella hubiera aflojado el paso, quizás lo esperara en la esquina.
  Luego de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde la esquina, decidió que podía volver a su casa.
  "Ya está bien, eh".

***

  Entendió que por fin había ocurrido. Ella se había ido, y no volvería. Siempre y cuando dependiera de él, no se volverían a ver tampoco. Se sentó frente al televisor, y cambió de canales sin prestar atención. Sólo pensaba en su soledad, en la casa, en las compras, en los libros que se había llevado, en las gatas que también se habían ido, en la plata; hacía cuentas que involucraban su sueldo, el alquiler, el precio de la Coca-cola, el precio del jugo Clight, el precio de las empanadas. De vez en cuando pensaba también en ella, pero sólo para descargar su bronca, aún sabiendo que no era justo. Pero el reino de sus pensamientos era un mundo que no conocía la justicia, sino que estaba para saciar sus caprichos. Así que la odió sin culpa.
  Apagó la tele y agarró su campera, vio la hora y decidió pasar por el bar. Comería algo, llevaría su libreta, por si se le ocurría algo para escribir. Sí, le haría bien. Cualquier cosa antes que pensar en todo lo que ahora no tendría que tener en su heladera.
  Ya en el camino pensaba en Germán. Qué bueno sería poder hablar con Germán. A eso iba al bar, en realidad. Qué bueno poder ser amigo de Germán. Sería genial...
  Cuando entró al bar, no tardó en localizar a Germán. Ahí estaba, como siempre, en su mesa. Las risas lo acompañaban. Qué bueno poder ser amigo de Germán... Pero no conocía a los otros ocupantes de la mesa, así que sólo los miraba de lejos.
  - Un café doble, por favor.
  Promediando su café, vio cómo Germán despidió a sus compañeros, que se alejaron entre risas. Buscó su mirada hasta encontrarla, y arqueó sus cejas, haciendo además un ademán. Tomó su café y fue hasta la mesa que ahora ocupaba sólo Germán.
  - ¡Qué hacés, Germán! No sabés cómo estoy... Viviana finalmente se fue. Y, ¿sabés qué? Mejor que ni vuelva, mirá... Per--
  - Perdoná, ¿Joaquín eras, no?. Pero me tengo que ir. Hablamos otro día, ¿sí?
  Dos horas después miraba la tele, y pensaba en su sueldo, en el precio de la pizza, en el precio de las medialunas, en el precio del café, y en Germán, Germán y la re-putísima madre que te re-mil parió, Germán sorete hijo de re-mil putas, Germán y quién mierda te creés que sos, petiso mal hecho, Germán morite.

***

  - Lo bueno es que ya no vas a tener a nadie intentando que no hagas dieta, vas a poder comer todas las ensaladas que quieras. Que tengas una vida sana.
  Imbécil. Haciéndose el superado, como siempre. Riéndose de todo, aún con lágrimas en sus ojos. ¿Quién le habría enseñado eso? En la familia eran igual, eran imbancables. Pobre gente, creyendo en la ironía como en la máxima expresión de inteligencia. Pobre Martín. Él no tiene la culpa.
  Y se había ido. Finalmente. ¿Cuánto tiempo había esperado ese momento? Le parecía imposible, dolorosamente impensable. Pero era lo que debía ocurrir. Dolía, dolía enormemente. Aunque era lo mejor, ya no podían seguir mintiéndose. Ojalá pudieran ser amigos. Sí, podrían pasar unos meses, y entonces podrían volver a hablarse. ¿Podrían? Él era tan rencoroso. Imbécil. No, no. Pobre Martín.
  ¿Y ahora? Encendió su computadora. Abrió el msn, inició sesión. Gonzalo estaba conectado. Hablame, Gonzalo. No me obligues a hablarte. Voy a cambiar mi foto, voy a cambiar mi nick. Voy a poner "Amar, temer, partir" como mensaje personal. Me vas a hablar.
  Gonzalo le habló. Entre otras cosas, le dijo que mañana no trabajaba. Ella se preparó un café (doble). La noche prometía ser larga.
  Bonzo dice no estés triste, ya sabías que iba a pasar, y sabés que es lo mejor para los dos. E1000C dice sí, pero duele, ¿sabés lo que duele? ¿qué hago acá ahora? encima estoy sin trabajo y Laura se fue de vacaciones, no me puede hacer el aguante. Bonzo dice bueno, ya vas a ver cómo todo pasa, concentrate en el estudio. E1000C dice ya no sé si quiero seguir estudiando, la verdad es que la carrera me desilusionó un poco. Bonzo no dice nada. E1000C dice tengo ganas de salir, no quiero estar acá encerrada, con él nunca podía salir, nunca quería ir a ningún lado. Bonzo dice y bueno, aprovechá. E1000C dice ¿no querés ir al cine? dale, veamos la de Marvel. Bonzo no dice nada. E1000C dice o mañana, no sé, ahora ya es medio tarde, mañana podés?. Bonzo dice che, Emilce, me tengo que ir a dormir, después arreglamos lo del cine. E1000C dice pensé que mañana no te levantabas temprano. me vas adejarso lita? eso noes ta bien!. Bonzo dice jaja, no, mañana a la mañana voy a ver a mi sobrinito, pero vos salí, no te quedes ahí, eh. E1000C dice bueno, seguro termino saliendo con alguno de los boludos de mis exnovios ;-p. Bonzo dice jaja, bueno, me voy adormir. E1000C no dice nada.
  Emilce apaga la máquina y llora, por primera vez en la noche.

martes, 3 de abril de 2012

Siesta

  Me doy cuenta, tarde, de que el recital es hoy. ¿Cómo no lo pensé antes? Todas las entradas están en mi poder. ¿Por qué ninguno de los que va conmigo me llamó todavía? ¿Nadie se acuerda de que hoy es el recital? Miro la hora, pienso. Ezequiel está acá, conmigo. Estamos con nuestra familia, todos ríen, yo me empiezo a desesperar. Le digo "Hoy era el recital, ¿no?". "Ah, no sé, puede ser. ¿Era hoy, no?", me responde. Abro el aparador donde guardé las entradas, pero no las veo. Están las entradas para Secret Chiefs, pero no las de Radiohead. ¿Dónde las puse? ¿Era hoy? ¿Pero cómo es que nadie me llamó? Ah, ahí están. Debajo de aquel libro. Cinco entradas. Las dejo ahí. Una para mí, otra para Eze, otra para Gona, otra para Leandro, y otra para Laüra. ¿Se acordará ella que era hoy el recital? Más temprano hablamos, y me dijo que se iba a dormir la siesta. Debe estar durmiendo, no se acuerda. Mi familia sigue en su mundo, compartiendo risas y comida. ¿Era hoy? Vuelvo al aparador, a ver la fecha de las entradas. ¿Y hoy qué día es? Miro la fecha en mi celular. Mi celular, que cada vez anda peor. La pantalla está rara, me cuesta leer los números. Sí, es hoy, la puta madre. Dentro de una hora y media. Tengo que llamar a Laüra, tengo que lograr que se despierte, se tiene que preparar, tiene que estar lista, nos tenemos que encontrar. Rápido. La llamo, me voy de la casa para llamarla desde la vereda. Suena, suena, no me atiende. Hasta que siento que el tono se corta, y escucho algo así como un ruido ambiente. Me atendió, pero sólo para que deje de sonar. Dejó el teléfono descolgado (aunque con un celular esa expresión no tiene mucho sentido, pero hizo su equivalente: atendió y lo volvió a poner en su mesita de luz). Escucho con los ojos, veo el techo de su pieza, veo ese silencio poblado de interferencia. No me escucha, no me quiere escuchar. Quiere seguir durmiendo, se peleó con la madre y no quiere saber nada de nada. Pero tiene que atenderme, el recital es hoy. Corto. No tiene sentido volver a llamar, me va a dar ocupado. Tampoco puedo mandarle mensajes. ¿Qué hago? A todo esto, le indico a mi primo que llame a Gona y a Leandro, que les avise que es hoy, que las entradas todavía las tengo yo, que nos encontramos allá, pero rápido, tiene que ser rápido, nos vamos a perder a Radiohead. Llamá a Leandro, Eze. Y pienso. ¿Qué hago con Laüra? Vuelvo a buscar las entradas, las guardo dentro de un libro, vuelvo a salir a la vereda. Tengo el número de su casa. Claro, puedo llamar directamente a su casa, hablar con su madre, por primera vez, contra los deseos de ella, hablarle y decirle "necesito que despierte a su hija, tengo una entrada que es de ella, y el recital está por empezar. Entre a su pieza, dígale que me llame". ¿Podré hacerlo? Sí, es la única solución. ¿Se enojará ella después? Es probable. Entro otra vez a la casa, le digo a Ezequiel que nos tenemos que ir. Salimos, empezamos a caminar, le pregunto si llamó a Leandro, me dice que le mandó un mensaje de texto. ¿Y qué te dijo, qué le dijiste? Es un imbécil, le mandó una especie de cita a una canción que nos gusta, el otro no va a entender que-- ¿Por qué no lo llamaste? Ayudame un poco, no puedo hacer todo yo... ¿Qué hora es? Falta una hora para el recital. Ni siquiera nosotros vamos a llegar, y no sé dónde es. Es decir, tengo la dirección, pero no sé cómo llegar. Y no tengo la guía encima. Pará, esperame, tengo que volver a entrar. Esperame acá, y llamalo a Leandro. Vuelvo, agarro mi bolso, donde está mi guía, vuelvo a salir. Una vez afuera, busco la dirección. Está en las entradas. ¿Y dónde dejé las entradas? Estaban en el libro que tenía en la mano, cuando fui a buscar el bolso lo dejé en la mesa del living. Vuelvo entonces, pensando "no llegamos más, y todavía tengo que llamar a Laüra, ¿y Gona? ¿Alguien le avisó?". Salgo corriendo, tenemos que lleg


Las pesadillas de las siestas son las peores.

lunes, 19 de marzo de 2012

Dominó

  Así como lo veo, tengo dos opciones. Una es dormir en el living. Tirado en uno de los sillones (el sillón en el que siempre está la perra, lleno de sus pelos y parásitos), debajo del aire acondicionado, quizás cubierto con una sábana, para no dejar mucha piel al descubierto, quizás también con la luz encendida, para poder vigilar mis alrededores y usar como aliada la fotofobia. Esto implicaría una noche larga y tortuosa, sin un segundo de tranquilidad. Una jornada laboral marcada por el cansancio y el dolor corporal. Y, quizás, batallas con cucarachas, el enemigo que, justamente estoy queriendo evitar. Existe también la posibilidad de sumar al combo la presencia de lauchas. Sí, es una posibilidad. La otra opción, sería tomarme un remis, llamar a casa de mis padres y decir que voy a dormir allá, sí, a esta hora, no, no pasó nada, quedate tranquila, una cucaracha nada más, sí, que me pasó una cucaracha voladora por enfrente y no la pude matar, no la volví a encontrar pero sé que está en la pieza, y ahora no puedo dormir ahí. Quizás, lo mejor sería evitar tantas explicaciones. No son explicaciones. Son casi una invitación a recibir el trato de "pelotudo" o de "cagón" que siempre parezco aceptar con tanta naturalidad. Sea como sea, la noche se cagó. Por segunda vez consecutiva. Pero, justamente, si sobreviví al estrés (cagón, sos un cagón) de anoche, lo de hoy no es nada. ¿Qué es una cucaracha? Aparte, hoy es domingo. ¿Qué sería un domingo sin que me camine una preciosa cucaracha por encima? Vino ocurriendo las últimas tres semanas, no sé qué es lo que me pone en este estado, ya tendría que estar acostumbrado.
  Entonces: tengo que dormir. No tengo un lugar cómodo para hacerlo, aunque eso viene siendo así desde hace más de un año. Tengo que pasar esta noche sin lograr que esta furia, que esta enorme frustración que me invade se salga, porque, ¿dónde depositarla? ¿Qué romper, si nada acá es mío? Lo único que poseo es mi cuerpo, y ya hace tiempo que vengo haciéndolo mierda, mi cara es un enorme mapa de mi frustración. ¿Por qué, por qué estas ganas de llorar? ¿Por qué me siento como la peor de las mierdas? ¿Por qué no puedo ser menos como yo y más como cualquier otro? Mi ánimo es como una gran construcción de fichas de dominó, esperando que llegue la cucaracha que tire todo a la mierda, y así estoy ahora.
  Estoy cansado. Estoy muy cansado. Estoy cansado de hablar y que nadie escuche lo que intento comunicar. Estoy cansado de que me hablen y de contestar siempre cualquier gansada, porque no entendí. Estoy cansado de mi cuerpo y de sus necesidades. Estoy cansado de estar cansado, y de que me pregunten "¿por qué estás tan cansado?". Estoy cansado de tener que escribir esto, una y otra vez. Estoy cansado de estar, de tener que llevarme encima adonde quiera que vaya, de no poder olvidarme ni un segundo de quién soy (de quién creo que soy, de quién me hicieron creer que soy).
  Mañana será otro día. Tendré que comenzar a construir mi ánimo y mi persona desde cero. Alguien quizás me ayude. Quizás pueda convencerme de que no, de que no soy sólo una gran cantidad de fichas de dominó amontonadas en el suelo, sino que también soy una estructura en constante cambio y crecimiento, no muy majestuosa, pero sí mínimamente especial, con tanto valor como cualquier otra persona (o como la mayoría), una estructura que ella (siempre es ella, siempre) alcanza a apreciar. Si tengo suerte, quizás hasta me diga que me quiere.

domingo, 11 de marzo de 2012

Elogio de la constancia

  "Peluquería canina a domicilio". Hasta tiene el dibujito de un perrito y una especie de secador de pelo apuntándole. Pobre perro... ¿Pobre? Sí, pobre. No: pobre tipo. Sí, pobre el tipo que vive con esa mina, porque es una mina, que llama a la peluquería canina a domicilio para su perrito. Nunca entendí cómo es que los amantes de los animales, esas personas que siempre están hablando bien de las diferentes especies de mascotas que puedan ocurrírsele, que sienten hasta el más pequeño dolor por el animalito de turno, y que generalmente se cagan en sus congéneres, porque además siempre tienen plata, y siempre desprecian a la gente, y siempre a la gente que tiene menos que ellos, entonces, nunca entendí cómo es que estas personas siempre están tratando de humanizar a sus mascotas, en vez de dejarlas salvajes, impolutas. Hay algo ahí contradictorio, ¿por qué te llevás al bicho a dormir con vos? ¿Por qué le pagás un peluquero? ¿Por qué le ponés un pullovercito? ¿Por qué, si todo lo bueno que tiene tu perro es que no es una persona?
  Quizás exagero, siempre lo hago. Estoy tocando de oído, debo estar equivocado, lo importante es que no entiendo. Eso. No entiendo. "Peluquería canina a domicilio". ¿Y quién es el que hace eso? ¿Es un amante de los animales? ¿O un oportunista? ¿O alguien que hace eso por hacer algo, porque siempre hay que hacer algo, en este mundo tenemos que hacer algo, ojalá pudiéramos salir a pasear y acostarnos en la cama de esa señora que nos hace la comida y nos abriga y nos paga el peluquero a domicilio? Quizás haya algo ahí noble, sí, una persona que le corta el pelo a los animales, que va y se mete en las casas a hacer eso que, si no lo hace él, no lo hace nadie más. Quizás el perro esté más feliz con su pelo recién cortado. Quizás Dios, con su diseño inteligente, haya hecho que el pelo de los perritos crezca en detrimento de la comodidad de los mismos, y, para mantener el equilibrio de su perfecto universo, haya creado otra especie, una especie con individuos cuya misión sea la de buscar la comodidad de los primeros, yendo de casa en casa cortándoles el pelo, movidos por una fuerza interior inquebrantable. Tiene métodos misteriosos, ya lo sabemos. Quizás Dios sea un perro. No, Dios es Dios, él es todo, pero los perros son sus criaturas favoritas, hechas a su imagen y semejanza. O los gatos. O los hipopótamos. Quién sabe...
  Pero no es eso lo importante, no. No es eso lo que me llamó la atención del cartel de "Peluquería canina a domicilio". Lo que me llamó la atención es que el cartel es un cartel de chapa, y está clavado al poste. Quizás lleve allí años. Es un señor cartel. No es una fotocopia pegada con voligoma, o con cinta scotch. No. Esta persona, el estilista canino con movilidad propia, quiso asegurarse de que su oficio sea conocido por cada persona que se acerca al poste a intentar averiguar cuáles de todos los colectivos que pasan por la avenida paran acá. Todos esos carteles, los de las líneas de colectivo, eran de papel o plástico. Y de ellos sólo queda algún dígito, alguna parcialidad con cierto color que, el ojo habituado a viajar por Zona Sur sabrá descifrar. Miles de personas se pararán en esta esquina a mirar qué colectivos frenan aquí. Y será difícil que lo descubran. Sin embargo, todos ellos sabrán del famoso peluquero canino a domicilio, porque él se tomó el trabajo de mandar a hacer (¿o quizás él lo hizo?) y enchapar un cartel. A color. Con dibujitos. Y dice "Peluquería canina a domicilio".
  Tamaño esfuerzo es admirable. Esta persona está brindándose, lo suyo es un servicio. Ojalá ese espíritu estuviera presente en la gente que maneja el asunto de los carteles del transporte público. Ojalá todos hiciéramos lo que hacemos con esa convicción, con ese deseo de atrapar la atención de todos.
  Pero... hay algo que no me cierra. Algo que anula todo lo anterior. El teléfono al que hay que llamar para pedir el servicio, está borrado. No se alcanza a leer los dígitos del medio, me sería imposible conseguir un peluquero a domicilio para mi hermoso perro. No es que quiera hacerlo, de hecho, nada está más alejado de la verdad, los pelos de mi perro son increíbles, hermosos, tiene unos bucles sólo comparables a los rulitos de mi sobrina. Pero no me deja tranquilo la idea de que ese cartel de chapa, combado para ajustarse a la anatomía del poste de luz, clavado a éste con toda profesionalidad, presente allí desde quién sabe cuándo... es inservible. ¿Cuántos de estos carteles hay por la ciudad? ¿Los hizo el estilista, o un chapista (no se me ocurre de qué otra manera llamarlo)? ¿Nadie se encarga de vigilar su estado? ¿Nadie hace un mantenimiento de estos cartelitos? ¿Es que el chapista no posee, acaso, la misma pasión que mueve al estilista canino? ¿Es que el estilista canino ya no se preocupa por que la gente sepa a qué número tendrían que llamar para contactarlo? ¿Acaso habrá desistido? ¿Administra ahora un kiosco? ¿No puede hacer las dos cosas? ¿Se murió? ¿Se murió el chapista? ¿Su hijo no sigue el negocio familiar? ¿O lo hace, pero así nomás, mucha bola no le da porque en realidad él quiere ser representante de gente del espectáculo, y tiene unos amigos que tocan en una bandita y ya hicieron unos mangos con unos cumpleaños de quince, que no han sido la gran cosa pero que les permitió encamarse con unas minitas no tan borrachas como ellas luego señalaron? Son muchas preguntas. Hay un número de teléfono completo que sí se puede ver, es uno chiquitito, en la base del cartel. Creo, más bien, que es el número del chapista, no del estilista, porque hay dos, hay un estilista y un chapista, eso ya lo decidí, quizás uno esté muerto y otro tenga un hijo, eso está por verse. En fin, no hay nada en este momento más que ese número de teléfono al que me muero por llamar, pero, ¿cómo explicar para qué llamo? ¿Qué es lo que quiero averiguar?
  Quizás sólo quiera hablar con alguien. Quizás sea este domingo, esta espera por el primero de los colectivos que tendré que tomar, esta soledad. Pero hay todo un mundo detrás de esos tres o cuatro números invisibles, con todos los perros que ya no podrán ser acondicionados y con todas las minitas que los pibes de esa bandita intentarán cogerse.

jueves, 23 de febrero de 2012

Fiel (elogio de la soledad)


  Hay dos libros. En uno se escriben las cosas buenas, en el otro las cosas malas. A veces, un mismo hecho se escribe en los dos libros, desde puntos de vista diferentes, o haciendo hincapié en uno u otro aspecto. Pero la mayoría de las veces, las entradas en cada libro están bien diferenciadas.
  En este momento, en esta situación, se suele dar que el libro de las cosas buenas es un libro de palabras, un libro de ideas abstractas e impracticables, un libro de preciosas sentencias incomprobables, muy parecidas a mentiras ya conocidas, de tus vidas anteriores o de vidas ajenas. El libro de las cosas malas, en cambio, es un libro de acciones, de hechos. O, más bien, de la falta de los hechos que acompañarían a las palabras del libro de las cosas buenas, de la omisión de cualquier indicio de que esas palabras bonitas tienen un lugar en la realidad. Aunque, seamos sinceros, también hay hechos en el libro de las cosas buenas, así como también hay palabras en el libro de las cosas malas. Y qué palabras, madre mía. Las más pesadas, las más dolorosas que oíste en tu vida. Las más ciertas, también. Porque no hay razón alguna para que esas palabras, para que esas cosas malas, sean mentira. Las palabras bellas, las buenas acciones... siempre es fácil desconfiar de ellas. Pero el libro negro es irrebatible.
  Los dos libros conviven, a la fuerza, son el agua y el aceite, pero ocupan la cabeza de su autor. Éste enloquece, porque jamás entiende el rompecabezas. No pueden formar parte de él todas las piezas. Hay que desechar algunas. Hay que separar la mentira de la verdad. ¿Y cómo puede hacer eso alguien que nunca miente? Y es entonces que el autor entiende que es todo su culpa. Que confía siempre de más, que cree que cuando le dicen "A" le están queriendo decir "A" y no "G", que no entiende su entorno. Es él el que conjura los dos libros, con su manera poco urbana de relacionarse, es él el que empuja a la gente ("la gente", porque el universo se divide en dos, sólo está habitado por dos conciencias, la propia, y la de esa entidad amorfa e infinita llamada "la gente") a mentirle, a inventar explicaciones para cosas que no se preguntan, es él el que fuerza las situaciones para que le digan "A" cuando es bien sabido que lo que hay ahí es "G", quizás algo más que "G", pero nunca "A".
  ¿Debe el autor aprender ese otro lenguaje? ¿Debe aprender a mentir? ¿Debe aprender a no creer los halagos protocolares, los cumplidos de compromiso? El autor se siente desdichado, siente que no puede conectarse con nadie, que nadie lo entiende y que él no entiende el lenguaje que el resto de la gente intenta utilizar para comunicarse con él. Se siente fuera de lugar. Pero este no es su lugar, realmente. Ese no es su lenguaje. No le gusta este lugar, no le gusta ese lenguaje. ¿Debe adaptarse? ¿Es preferible estar adaptado a estar solo? ¿Es preferible masticar y vomitar toda esa falsedad a la ascética soledad? Los dos estados son angustiantes. Uno es sincero y noble, el otro es práctico y convencional. Uno se inscribe en el libro de las cosas buenas, el otro, en el de las cosas malas.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Déjà vu

  Camila estaba lista para salir, tenía ya la cartera sobre su hombro y las llaves en su mano. Abrió la puerta de su departamento, mientras todavía pensaba en si llevar un paraguas o no. Decidió esperar unos segundos más en el umbral a que la decisión llegara sola. No estaba apurada. La radio encendida despedía los últimos compases de una cursi canción de amor de los ochenta, con su característico y poco original fade out. Pensó que cabía la posibilidad de que el locutor, al terminar el tema, diera el pronóstico meteorológico para la noche. Y viéndose en el umbral, lista para abandonar la casa, se preguntó por qué dejaba la radio encendida. Sabía la respuesta, pero dejó que el hilo de pensamientos se dibujara en su cerebro. Dejaba la radio encendida para no dejar su casa en silencio, para que los vecinos no pudieran adivinar que estaba ausente, para que cualquier persona, al pasar por debajo de su ventana, creyera que el departamento estaba ocupado, para desalentar a los posibles ladrones que pudieran presentarse, para continuar una práctica que su padre le había enseñado a todos sus hijos. Y así, antes de que la canción terminase, se encontró en el umbral de su puerta pensando en su fallecido padre. "Viejo querido..." pensó. Sintió una tristeza y una nostalgia muy fuertes, poco usuales. Se preguntó (porque ya lo había decidido, aquella sería una noche de preguntas) a qué se debería el cambio repentino de humor, a qué se debería que el recuerdo del padre pudiera afectarla tan rápida e intensamente.
  - Son las 23 horas en toda la ciudad de Buenos Aires, y esta es una noche especial. El cielo se ha despejado, empieza el fin de semana y hay mucho amor en el aire, ¿no lo sienten? Tenemos una canción muy especial, dedicada a Camila. Camila, espero nos estés escuchando, porque alguien, como diría Charly, alguien en el mundo piensa en vos.
  Antes de que el locutor terminara de decirlo, la canción que simbolizaba la relación entre Camila y su padre ya estaba sonando. Una canción vinculada al recuerdo más vívido que ella poseía de su padre, una canción que tenía ese significado sólo para ella. Las llaves cayeron al suelo, seguidas por la cartera. "sont des mots qui vont très bien ensemble", y sus rodillas cedieron, cayó arrodillada al suelo, llorando. Se veía a los seis años, subida a los pies del padre, jugando a que bailaba con él, los dos abrazados, sintiendo el olor a cigarrillo en la ropa de él, hundiendo la cara en su pullover y cerrando los ojos, dejando que el "oh, what you mean to me" la inundara de esa emoción que no le estaban dando esas palabras todavía desconocidas, sino que las obtenía de otro lenguaje.
  Había viajado en el tiempo, esa canción había derrumbado toda su percepción de la realidad, su conciencia estaba atrapada en ese recuerdo, y no retorciéndose a los llantos en el frío suelo de su departamento. Ella era una niña, o tan sólo era el dolor por no ser ya esa niña, pero estaba ausente, totalmente desconectada de su presente.
  Afuera, un colectivo embestía el banco que oficiaba de parada en la esquina, a treinta metros de la ventana de Camila. La batería de estruendos que acompañó dicho accidente alcanzó para romper el hechizo que la mantenía atada a su dolor, paralizada en esa evocación involuntaria. El locutor comenzó a presentar otro tema, todo seguía su curso normal. Camila se acercó a la ventana, todavía confundida, a observar el colectivo que pensaba tomar, estrellado contra el banco en el que pensaba sentarse a esperarlo. Todo era irreal, nada tenía sentido. Y en esa noche de preguntas, algunas horas más tarde comenzaría a relacionar la canción de la radio con el accidente.

  "Cuando le diga se va a caer de culo", pensaba. Subía las escaleras relamiéndose, en anticipación por la conversación que iba a tener con su mejor amigo. "Jessica, esa piba hermosa que conocimos en la secundaria. Sí, me encontré con Jessica. Vive acá a la vuelta, a dos cuadras de donde vivimos nosotros. Vive sola, no vive con un tipo, está sola, no sale con nadie. Y me preguntó por vos. ¿Entendés?". Sí, se iba a caer de culo...
  - ¡Fernando! Boludo, a que no sabés con quién me encontré.
  Fernando estaba sentado frente al monitor de su computadora, totalmente quieto. Ni siquiera parecía respirar.
  - ¡Eh! Fer, ¿me escuchás?- se acercó a su amigo, todavía excitado, y lo obligó a mirarlo, girando su silla- ¿Sabés a quién me encontré recién?
  Fernando lo miraba a los ojos, pero completamente ausente e inexpresivo.
  - A Jes-- a Jessic-- a Jes-- a Jessica- contestó finalmente, sin pestañear, pero con grandes problemas para hablar.
  Martín se quedó boquiabierto.
  - Pero, ¿cómo puede ser...- comenzó a indagar- ¿Ya la habías visto? ¿También te la encontraste? Pero ella no sabía nada de vos, se sorprendió cuando le dije que vivíamos junt--
  - Vivo en Rivadavia al 2000- lo interrumpió Fernando, parándose violentamente y siempre con la mirada ausente-. ¿En serio vivís acá nomás? ¿Con Fernando? ¿En serio? ¿Y cómo está?
  Su voz era impersonal, carecía de tono, y sus palabras eran exactamente las mismas que había pronunciado Jessica, o, más bien, eran las que recordaba Martín, deseoso de comunicarlas.
  - ¿Me estás jodiendo, Fernando? ¿Qué es esto?
  Martín estaba enojado, pero pronto abandonó el rencor de creerse objeto de burla, ya que la nariz y el oído izquierdo de Fernando comenzaron a sangrar, y éste perdió el conocimiento. Una hora después yacería sin vida en la camilla de una ambulancia.

  - Sentate encima mío- le ordenó.
  Las órdenes la excitaban, y a él lo excitaba que ella cumpliera sus órdenes. Acariciaba su espalda mientras ella le daba pequeños y lentos besos en el cuello. La espalda de Julia lo enloquecía. La curva con la que la espalda se convertía en la cola era su lugar favorito en todo el universo. Paseó sus manos por ahí hasta llegar a sus nalgas. Buscó con su boca la lengua de ella, y la encontró, y la aprisionó. Ella siempre cedía a ese juego, y él se perdía en su boca, en su lengua, en su aroma, en su sabor.
  Le quitó el corpiño.
  - Sacate la bombacha- le ordenó.
  Julia obedeció.
  - Sentate encima mío.
  - Despacito- pidió ella.
  Eso también lo excitaba. Suavemente, se deslizó dentro de ella. Sus leves gemidos lo desestabilizaban, casi que no podía controlar su ritmo, evitar morderla. "Despacito, más adelante" se decía. Con los ojos cerrados, seguía acariciando su espalda.
  - Ay, Julia, estás tan buena- le susurró al oído. Siempre después de decirle algo así se sentía un imbécil, se arrepentía, pero debía decírselo.
  - Me gustás tanto, Julia.
  Julia comenzó a moverse con él, mientras se aferraba con sus uñas a su espalda.
  - Sí, rasguñame- pedía él.
  Romina comenzó a chuparle los pezones. Tenía los pezones muy sensibles, pero ella había sido la única en reparar en eso. Mientras cogía con Julia, sentía cómo Romina le chupaba los pezones. Sentía las voluminosas nalgas de Romina en sus manos.
  - Ay, Romina.
  Julia se detuvo instantáneamente.
  - ¿Romina?
  Abandonó la silla que compartían, encendió la luz, y comenzó a vestirse.
  - Andate- le dijo-. Andate y no vuelvas, cerdo.
  No había nada que pudiera decir. La conocía, lo que había hecho era imperdonable. Pero también era lógico, y natural. Era Romina. Estaba cogiendo con Romina. No entendía muy bien cómo ni por qué, pero había sido así.
  - Perdoname, no te pongas así por una boludez- le dijo mientras se vestía-. Me voy a ir, está bien. Pero no te pongas así porque fue una boludez. Sabés que estoy fumado, no exageres.
  - Callate y andate. Tarado.
  Tarado. Imbécil. Cerdo. Ella no podía entender el error porque jamás caería en él. Jamás lo llamaba por su nombre. Ni siquiera usaba apodos cariñosos. Nunca. Era llamativo, y casi una muestra de virtuosismo, pero se las arreglaba para estar con él sin tener que pronunciar jamás su nombre.
  En eso estaba pensando, tratando de invertir los roles de la situación, mientras caminaba de regreso a su casa. Pero Romina volvió a acometer contra sus pezones, y tuvo que dejar de caminar. No entendía qué ocurría, pero era obvio que ahora Romina lo miraba a los ojos mientras descendía hacia su vientre, y sin usar las manos, se llenaba la boca. No entendía qué pasaba, pero a pesar de todo, parecía natural y lógico que sus piernas dejaran de responderle y que tuviera un orgasmo allí mismo, tendido en medio de la calle.

lunes, 13 de febrero de 2012

Comando de chirlos

06/06/2012 - Ricardo Hernández (en adelante RH) intenta dar de baja su servicio de internet móvil de una compañía de telefonía celular. No sólo no tiene necesidad de ese servicio, sino que no tiene oportunidad para usarlo: ya no tiene computadora. El operador telefónico le dice que tiene que seguir pagando el servicio durante los meses que le restan de contrato (7). RH señala que, al momento de contratar el servicio, preguntó si podía darlo de baja en cualquier momento, y que la respuesta que le habían dado era un sí. Lo ponen en espera.

04/07/2012 - RH sigue llamando para dar de baja el servicio, con resultados similares al del primer intento. Mantiene conversaciones burocráticas con varios operadores, pero todo sigue igual. Se cuida de desatar su ira con los telefonistas, ya que considera que no son los culpables, y que son también víctimas.

07/07/2012 - El operador que atiende esta vez a RH, se apiada del estado de desesperación del mismo y le da un consejo: que reporte el módem portátil como robado, así su tarifa mensual se reduce en un 75%. Es lo más cercano a lo que RH pretende, que es dejar de pagar.

01/08/2012 - RH va hasta las oficinas centrales de la compañía de telefonía celular. Recibe las mismas evasivas, y monta un escándalo. Lo escoltan a la salida, pero lo dan de baja. No pagará los meses que faltan.

08/08/2012 - RH cuenta todo su periplo burocrático en una cena de amigos. Uno de ellos, que había trabajado como empleado de un call center para una compañía de televisión satelital, le explica que sí, que todo eso está regulado, que la única manera de conseguir que a uno lo den de baja en casos como esos es recurriendo a la violencia. Que la solución está allí, que es tan simple para la compañía como presionar un botón, pero que sólo lo hacen cuando los clientes pierden el control o llevan a cabo acciones legales. RH se indigna.

10/08/2012 - RH vuelve a convocar a sus amigos para comentarles un plan que acaba de idear. Ya que no hay manera de, legalmente, hacerle pagar esas molestias y abusos a los directivos de las compañías de servicios, y que estas situaciones generalmente evolucionan en episodios violentos que afectan sólo a los empleados de menor nivel, es necesario implementar alguna clase de escarmiento. Él propone lo que popularmente se conocería, más tarde, como "comando de chirlos". Cada uno de los comensales se compraría una pequeña palmeta plástica o de madera, en venta en cualquier sex-shop, y entre todos investigarían y estudiarían las caras y las rutinas de las cabecillas de las compañías de servicio, para golpearlos con sus palmetas, en cualquier lugar, en cualquier momento, de ser posible en lugares muy concurridos, para luego desaparecer. La mayoría de sus amigos lo considera una estupidez, pero algunos, tomándolo más como un juego de corta vida, deciden pertenecer a dicho comando.

19/08/2012 - Augusto Conte (en adelante AC), vicepresidente regional de un proveedor de conexión a internet, es golpeado con palmetas tres veces en el camino a su casa. El último golpe, recibido de RH, le deja una visible marca en la cara.

30/09/2012 - RH dicta una declaración de reglas y principios para su comando de chirlos. Lo difunde en varias redes sociales y, en pocos días, aunque de manera desprolija y sin organización central, la práctica se populariza.

15/10/2012 - AC contrata guardaespaldas y comienza a portar un arma.

17/10/2012 - Alejandro Díaz Herrera, gerente de ventas de la compañía de telefonía móvil cuyo accidente generó todo el movimiento, es el blanco preferido de RH, que lo golpea siempre sin dejarse ver cinco veces por semana durante esos dos meses. Esa misma noche se suicida, sin dejar ninguna carta a la familia, pero no es sorpresa: todo su entorno comenta que no era el mismo desde hacía semanas, que estaba paranoico e inestable.

28/10/2012 - Se dicta una ley inexplicable para más de la mitad de la población, que no estaba al tanto de las operaciones del comando: se prohibe la venta y tenencia de palmetas, con penas de hasta 25 años de cárcel. A partir de ese momento, los medios comienzan a hablar de la "actividad terrorista".

11/11/2012 - Tres conocidos miembros del comando de chirlos son apresados. Uno de ellos es acribillado a tiros en el lugar de la captura, por resistirse. Las fotos de las palmetas confiscadas aparece en las portadas de todos los diarios. Otros cuatro miembros perecen en episodios poco claros, que los medios relacionan con el "fenómeno de la inseguridad".

13/11/2012 - El comando de chirlos abandona el uso de las palmetas, y comienza a escupir y sopapear a sus blancos.

16/11/2012 - Los guardaespaldas de AC matan a RH de una golpiza, luego de que éste escupiera a su jefe. No son juzgados, y no pasan ni siquiera una noche bajo custodia policial. La opinión pública está dividida.

17/11/2012 - Hay escraches multitudinarios en la casa de AC y en sus oficinas. La compañía para la que trabaja lo despide. La fuerza policial reprime, y hay 27 muertos, dos de ellos, policías.

21/12/2012 - Se declara estado de sitio. Los policías tienen derecho a apresar a cualquier persona que les parezca sospechosa, sin rendir cuentas a nadie. Salivar se convierte en delito federal. Las cámaras instaladas por toda la ciudad le permiten a la policía detener a gran parte del comando de chirlos. La mayoría no vuelve a aparecer.

23/12/2012 - Agustina Zaldivar va a las oficinas centrales de un proveedor de televisión por cable a pedir la baja del servicio y el reintegro de la última cuota, puesto que el servicio no está en condiciones desde hace dos meses, y jamás fueron a repararlo. La hacen pasar amablemente a una sala de espera, donde no hay nadie más. Le dan un tiro en la nuca y la tiran al río.

jueves, 9 de febrero de 2012

Baño cósmico

/¿Me está mirando esa chica? No.
/Vos seguí leyendo, no le des bola.
/Pero siento que me mira... La tengo al lado y me mira. O no, quizás quiero que me mire, solamente. ¡Ahí está! Me miró. Aunque claro, como se mira a cualquier persona en el colectivo, nos miramos unos a otros todo el tiempo.
/Ahí te miró otra vez.
/¿Y por qué me mira? ¿O por qué la miro yo?
/Ahí está el tema. Vos sabés por qué la mirás, y querés que la respuesta a por qué te mira sea la misma. Pero no. Tener tetas grandes sólo sirve cuando sos mina.
/Callate, estúpido. Pero tenés razón.
/Claro que tengo razón. Eso es lo bueno de discutir con vos mismo. Siempre tenés razón.
/¿No estará tratando de descifrar qué es lo que leo? Como hago yo siempre...
/No, infeliz. Esa mina no lee. Las minas que sacan las tetas así para afuera no leen. Fijate el piercing que tiene en el ombligo, fijate que se le vea el ombligo, justamente, fijate el pantaloncito que lleva. Esas pibas no leen.
/¿Puedo ser tan prejuicioso? Sí, puedo. A fin de cuentas, suelo defender a los prejuicios diciendo que son herr--
/amientas, sí. No te sientas mal. Ni ella ni el novio leen. Porque, sigamos con los prejuicios, pero está viajando con el novio. O con lo que sea, pero es una persona con la cual se relaciona desde el cuerpo, desde el deseo, desde el sexo. Quizás se relacione desde ese lugar con todo el mundo. Quizás ese sea el hermano, ¿no? Ja, eso sería grandioso...
/Pará, sólo la estamos viendo desde hace dos minutos parada en un colectivo. No podemos armar la maqueta de su vida entera a partir de esto poquito que vemos.
/Pero si te encanta generalizar, y buscar patrones, y utilizar a los prejuicios para completar los (y cito) fractales personales de los cuales te encanta hablar. Y ella encima no soporta que lo hagas, qué imbécil que sos.
/Imbécil serás vos.
/Eso dije.
/Ahí me miró otra vez...
/Dale. Yo te ayudo a pensar eso que querés. Que sos lindo. Que los lentes te quedan bien, que el hecho de estar leyendo ya te hace más interesante y misterioso, que, bueno, sos pelado pero que no es para tanto. Que ya no sos taaaaan gordo, que tu belleza radica en, justamente, no ser para nada bello.
/No, no quiero pensar eso. Quisiera no tener que pensar todo esto sólo por el miedo que me daría pensar eso... Lo que quisiera pensar es en que, quizás... En que...
/Dale. Decilo. ¿O querés que te ayude?
/Quisiera pensar en que... ¡Pero mirá cómo saca las tetas! No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué esa pose? ¿Por qué me mira, por qué busca mi mirada?
/Vos buscás su mirada, vos te preguntás todo esto. Ella capaz que ni te vio...
/Pero esas cosas pasan, ¿no? Ves, en eso quiero pensar. En un cuento.
/Y dale con tus cuentos y tu blog y la puta que te parió. ¿Cuándo lo vas a cerrar?
/Callate. ¿Qué le pasa a la mina por la cabeza? Está viajando un sábado a la noche en un colectivo con el novio, y está sacando tetas y tratando de atraer los ojos de otros hombres. No, mejor quisiera saber que le pasa a un tipo que ve eso, como yo, pero que se siente un winner, aunque nada que ver, y capaz que se imagina toda una historia, como yo intento no hacer, pero en realidad... No, sería mejor pensarlo desde el novio.
/Mirá. Se desocupó el asiento de enfrente. Se va a sentar, y ya no van a poder jugar a mirarse...
/Opa.
/Ah... Esa no te la esperabas, eh...
/...
/Tenés miedo, es increíble.
/No, boludo. Pero es raro, ¿no? Me miró, y el novio le dijo que se siente, y ella le dijo que no, y el pibe insistió, y ella siguió diciendo que no, que se sentase él. ¿Seré demasiado machista que la situación me parece rara?
/No. El problema es que, en tu cuento, pasaría eso. ¿No? Lo estás viviendo como si fuera tu cuento.
/Ja, claro, tenés razón. En mi cuento, entonces, ahora que el chabón está de espaldas, y sentado, y mirando por la ventanilla, ahora que ya no la ve a ella ni a mí, enton--
/...
/...
/Ahora yo también tengo miedo.
/Es increíble. No. Mi cuento no tenía que hablar de eso. Mi cuento tiene que hablar de esto que acaba de pasar. De cómo estaba pensando en que ahora ella tendría que ir más allá, tendría que llamar mi atención, y me imaginaba que me tocaba haciéndose la distraída, y eso hizo: estiró su mano para agarrarse del asiento y tocó mis manos. ¿Cómo pudo darse al mismo tiempo? ¿Cómo pude anticipar eso, aunque por las razones equivocadas?
/Claro, ahora cagamos. Para no pensar en que la mina puede estar queriendo llamar tu atención (ya que sus tetas pareciera que no alcanzan), vas a empezar a pensar en todo ese rollo de los cruces temporales y de la no-linealidad del tiempo y--
/¡Claro! Como eso que quiero escribir.
/Todavía no lo escribiste. Pero ya está escrito.
/¿Me estás gastando? A veces no sé cuándo me gastás y cuándo no...
/No importa eso. Mirá. Se bajan.
/Sí, no me importa ya. Ya no importa. Lo que pasó fue mágico. Fue como la vez esa, ¿te acordás?
/Es al pedo que finjas que me hablás a mí. Todo lo que vos recuerdes, yo lo recuerdo. Pensalo, o escribilo, mejor dicho, y listo.
/Tenés razón. Una noche en que con unos amigos, en nuestra más estúpida adolescencia, nos propusimos generar un ambiente paranormal, comencé a buscar señales, comencé a buscar mensajes de algún orden superior, comencé a exagerar cualquier eventualidad convirtiéndola en algo con un significado oculto e importantísimo. Así fue que, marqué como primera señal, el cadáver de una cucaracha, que apareció de la nada. Mal augurio. Marqué como otra señal, un souvenir de bautismo que un amigo mío rompió sin intención al moverse torpemente. El souvenir era un pequeño angelito, eso tampoco podía ser bueno. La noche siguió, ya empezábamos a sentir cierta paranoia, aún siendo dos de los cuatro participantes ateos escépticos que siempre se ríen de todo. Yo jodía constántemente con que, eventualmente, la radio nos daría una señal. Estaba desenchufada, pero yo recordaba cada tanto, que llegaría ese momento. Ese momento llegó. Aburrido, quizás impulsado por algún silencio, o quizás porque me divirtió pensar que había llegado el momento, dije "bueno, ahora vamos a ver qué nos dice la radio". Un segundo después, uno de mis amigos estaba pálido, con los ojos desorbitados, y yo sé que estaba cagado en las patas. Era el único que, además de un servidor, conocía el tema que estaba sonando justo cuando encendí la radio. Y yo reí. Yo fui feliz. Me sentí como rejuvenecido por un baño cósmico. Eso que tenía que pasar, pasó. Eso que buscaba estaba ahí. El tema que sonaba era uno llamado "between angels and insects". Trato de pensar en algún tema más adec--
/Te tenés que bajar.
/¿Qué?
/Que te tenés que bajar del colectivo, te vas a pasar.
/Ah. Gracias.