jueves, 18 de septiembre de 2014

Asco

  ¿Cuál es el peor insulto que un hombre le puede decir a otro hombre? Puto. ¿Cuál es el peor insulto que un hombre le puede decir a una mujer? Puta. La misma palabra, con diferente género, y he escuchado muchas veces decir que significan algo diferente en cada caso, que a nadie se le ocurriría usar "lesbiana" como insulto. Pero no. Esa visión es errada. Al decir "puto" o "puta", se dice lo mismo. Puto es aquel al que le gusta coger con hombres. Puta es aquella a la que le gusta coger con hombres (poco importa el tema del intercambio monetario, en el insulto sólo se hace referencia al gozo y a la elección). Así que pareciera que, para el hombre genérico, no hay nada peor que alguien que pueda querer coger con él. Nada en el mundo da más asco que él.

  Se siente bien saber que no estoy solo, y que lo que siento es sólo lo que me han enseñado que debo sentir.

martes, 17 de junio de 2014

El pelado

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. En la fila ocupo el quinto lugar. En los primeros cuatro lugares hay, respectivamente: un pibe joven, flaco y morocho, con pelo corto y peinado con gel; una chica joven, bonita, pelirroja y con anteojos; un tipo alto, pelado, vestido con ambo azul; un señor petiso y de cara arrugada, con anteojos.

Estoy cruzando las vías de la estación de Lomas, llegando a la parada del colectivo. Hay sólo un tipo esperando (mala señal, porque implica que el tiempo de espera será prolongado, ya que no ha pasado mucho tiempo desde que el último vehículo se retiró). Me coloco detrás de él. Es un tipo alto, con cara de malo. Es pelado, lleva una campera sobre su ambo y tiene un maletín en la mano.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. Un pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me suena, lo vi en algún lado. Pasan dos cuadras, y no se baja. Voy hacia la puerta trasera, toco el timbre: es mi parada. El pelado baja por adelante, en la misma esquina. Cruza por delante del colectivo antes de que este doble, camina hacia la misma dirección que yo emprenderé, una vez que el colectivo termine de doblar. Lo veo caminar mientras llego hasta mi casa. Me sacó más de media cuadra de distancia.

Llego a la parada del colectivo, estoy en la estación de Lomas. Adelante mío está el pelado del ambo. Prácticamente, viajo con él todos los días. Siempre se sienta adelante, suele ser uno de los primeros en subirse al colectivo y elige uno de los asientos más cercanos al chofer. También se baja por adelante, creo recordar. Siempre en la esquina de mi casa.

Estoy llegando a la estación de Banfield, en el tren. Generalmente viajo leyendo, pero contando las estaciones, siempre. A veces, cuando la lectura es muy atrapante, puede que me saltee alguna. No estoy seguro de que haya pasado, quizás sí, pero lo que importa es que tengo la sensación de que me pasa, o de que me puede pasar: es por eso que, además de contar las estaciones, miro por la ventanilla cada vez que el tren se detiene, para reconocer en qué estación estoy (siempre y cuando la lectura no esté demandándome tanta atención como para hacérmelo olvidar, cosa que no sé si alguna vez ocurrió, repito). Son seis estaciones hasta Lomas, siendo la de destino, la séptima. Yrigoyen y Avellaneda son las estaciones elevadas, son las más fáciles de distinguir de las demás, pero las más fáciles de confundir entre ellas. Por suerte, después viene Gerli, que es la más fácil de todas: las puertas se abren del lado derecho, cuando todas las demás (hasta Lomas, al menos) abren del lado izquierdo. Después viene Lanús, con el Bingo del lado derecho. Escalada, con los viejos talleres del lado izquierdo. Y Banfield, a la cual estoy llegando. Es la que más me cuesta, porque si no presté atención antes de que entráramos a los andenes (a la plaza del lado izquierdo), me veo obligado a contorsionarme para ver el cartel con el nombre de la estación, que está, al igual que la plaza, del lado izquierdo. Veo el cartel, me quedo tranquilo. Las puertas se abren, hay gente que baja, gente que sube. Las puertas se cierran y el tren reanuda su marcha. Instantáneamente, un pelado se pone delante de la puerta. Qué gracia me da esa gente tan apurada por ser la primera en bajar, que se prepara con tanta anticipación. Cuando el tren finalmente llega a Lomas, el pelado baja y sube las escaleras de la terminal corriendo. Es el pelado que compartirá luego el colectivo conmigo, y que se bajará a media cuadra de mi casa.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. El pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me pregunto por qué siempre se baja por adelante, y también me pregunto por qué eso me molesta tanto.

Bajo del colectivo, el pelado no pudo cruzar antes de que el colectivo doblase. Me le paro al lado, los dos sobre el cordón, expectantes. Hace meses que lo veo todos los días. Pienso en la posibilidad de saludarlo. Quizás no sepa que tomamos el mismo tren y el mismo colectivo todos los días, quizás no me reconozca. Somos vecinos, viajamos todos los días juntos y ni nos saludamos. No creo que esté bien, me hace sentir incómodo.

Estoy en la estación de Lomas. No hay colectivos, hubo un paro sorpresivo. Veo al pelado de todos los días putear, se va. Sé que vivimos muy cerca. Podríamos compartir un remís, sería lógico y provechoso. Lo veo irse.

Estoy sentado en el colectivo, en la terminal. Veo al pelado subir. No es algo común, siempre llega antes que yo a la parada. Alguien sentado atrás mío lo reconoce. Lo saluda, lo invita a sentarse a su lado. Charlan todo el viaje. Por fin escucho su voz. Hablan de una iglesia evangélica a la que iban. Me invade la desilusión.

Hace días que cortan la luz en mi barrio a la noche. El colectivo cambia constantemente de recorrido, para colmo, y nunca estoy seguro de dónde me terminaré bajando. Esas cuadras a oscuras, nunca las mismas, antes de llegar a mi casa, son una pequeña preocupación. Llego a la estación de Lomas. Veo al pelado del ambo en la parada. Me tranquiliza.

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. La espera es larga, ya van 25 minutos. Comienzo a estudiar a la gente de la fila, para combatir el aburrimiento. Caigo en la cuenta de que falta el pelado grandote con cara de malo, el del ambo. Poco tiempo después recuerdo que es sábado: nunca lo he visto un día sábado.

Estoy llegando a Lomas. La puerta del tren se abre y el pelado del ambo baja trotando. Esta vez apuro el paso, trato de no perderlo de vista, quizás su prisa constante tenga que ver con un mejor conocimiento del horario de los transportes. Cruzamos las vías por las escaleras, me aventaja por treinta metros, lo veo correr con vehemencia, ahora sí, para llegar a la parada. Ese pique repentino sólo puede deberse a que el colectivo está en la parada, a que puede estar por irse en cualquier momento. Corro también, veo que, efectivamente, el colectivo está por irse, el colectivo arranca, el pelado está a diez metros, yo sigo atrás, el colectivo frena en un semáforo, seguimos corriendo, llegamos a la puerta al mismo tiempo, el pelado le golpea la puerta al colectivero, el chofer lo ignora, el pelado le grita "¡cornudo!", nos comenzamos a retirar hacia la parada, el colectivo sigue frenado en el semáforo, el pelado continúa puteando. Sé que me habla a mí, es la primera vez que lo hace. Me hace cómplice de su furia, va alistando diversos insultos, así, en fila, hijo de puta, sorete, pedazo de puto. Lo único que se me ocurre responderle es un incómodo "nunca entendí esa tendencia de los choferes por no abrir la puerta fuera de la parada, estando frenados en un semáforo". Su respuesta es determinante. Es la respuesta que pone fin a este catálogo de encuentros, a estos pequeños intentos por conocer al pelado, por develar quién es. A partir de ahora, lo veré todos los días, pero ya no le prestaré atención, no intentaré descubrir nuevos datos sobre su persona. "¿Y qué querés, si era un negro de mierda? A esos negros hay que prenderlos fuego ni bien nacen".

lunes, 19 de mayo de 2014

Veneno puro

  No sé si soy un visitante, o un prisionero. Quizás sea uno de los tantos involucrados, pero de seguro soy uno que quiere escapar, que no siente que este sea su lugar. Estoy en un inmenso complejo universitario, una ciudad en sí misma, pero sus cimientos no pertenecen al mundo físico. Es un gran campo virtual, una grilla hexagonal de proporciones épicas, de la que es imposible alcanzar a ver los límites. Mi consciencia navega por este campo gris y se me cruzan las caras de todos los que hicieron de este su lugar: son todos estudiantes, jóvenes promesas, que usan las instalaciones para llevar a cabo investigaciones y experimentos subvencionados por el estado. Sus rostros se dibujan en la grilla, con destellos verdes y magentas, y se escuchan sus voces superpuestas tratando de explicar de qué trata cada uno de sus proyectos. Avanzo desesperado atravesando la inmensa grilla, cruzándome con esas caras sonrientes de spot publicitario que hablan una encima de las otras, con dicciones perfectas pero formando un coro cacofónico del cual no distingo palabra alguna. Aun así, sé que sus proyectos son triviales, inútiles. Esta grilla enorme, este campo del saber es un desperdicio de espacio, tiempo y recursos. O quizás no, quizás sea eso que pensé al principio: una prisión. Una cárcel para mantenernos a todos juntos, creyéndonos útiles y especiales. Pero me equivoco al hablar como si fuera uno de ellos. Yo no tengo proyectos, no tengo talentos, no tengo potencial alguno. Sólo tengo la necesidad urgente de escapar, de abandonar a todos estos muchachos (y muchachas, muchas muchachas hermosas, perfectas, felices), de desaparecer.
  El único descanso de las voces de las jóvenes promesas me lo proporcionan unas pantallas gigantes, que acaparan todo el campo visual con un mensaje de los organizadores. Muestran escenas de archivo envejecidas, con personal médico atendiendo a mutilados, a personas con todos sus miembros sin desarrollar, a seres humanos tan deformes que cuesta reconocerlos como tales. Las imágenes son impactantes, aterradoras. Los médicos y enfermeras les proporcionan alguna sustancia por vía oral, a la fuerza, o les aplican inyecciones, habiéndolos inmovilizado previamente. Sigo escapando, pero las pantallas se multiplican. Siempre me topo con alguna. Cada una muestra las mismas imágenes, pero el mensaje sonoro va cambiando de pantalla en pantalla. "El gobierno ha desarrollado una droga especial para ayudar a potenciar la capacidad intelectual de sus elegidos, aquí reunidos...". "Esta es una oportunidad única, esta droga es un secreto de estado, desarrollada en los años...". "Esta droga que les proporcionamos es veneno puro, pero con la dosis correcta los convierte en... ". Cada vez tengo más miedo, cada vez me muevo a una mayor velocidad, cada vez me oprimen más las caras y voces de las jóvenes promesas, y de los doloridos conejillos de indias que sirvieron para desarrollar esa droga.

  Despierto. Siento contra mi cuerpo la piel de una mujer que no me quiere a su lado, una vez más. Cierro los ojos y busco con todas mis fuerzas el camino de vuelta hacia los mutilados y su veneno puro.

miércoles, 9 de abril de 2014

Elogio del desprecio (un fósforo)

para el Tucu

  Es muy simple. Se toma toda la pasión, todo el deseo, todo el cariño que uno esté sintiendo en ese momento, y se le acerca un fósforo. Arde con una violencia inusitada, es un proceso que no lleva más que un par de horas. Duele como pocas cosas en la vida, pero es sumamente útil: esa persona que uno adoraba, pasa a ser odiada, y luego el tiempo hará su parte. Deja de ser una preocupación.
  Y ni siquiera hace falta que duela, ni hace falta viajar de extremos tan separados. Es muy fácil destruir nuestras emociones, nuestra curiosidad. Lo he visto muchas veces, y estando de los dos lados. Y es lo más sano, la volatilidad emocional es la respuesta. Hay que acumular mentiras, eso está clarísimo, lo hacemos y lo haremos todos. Pero cuando esas mentiras ya no sirven, cuando molestan: puf. Un fósforo y a la mierda.
  Y cualquier cosa puede servir de disparador. He conocido el caso donde fue un chiste desafortunado. Más de un caso, me temo. El humor mal entendido es muy destructivo. Un reproche mínimo. Una diferencia de gustos musicales. El interés aparece y desaparece. Una simpatía mal colocada, una palabra inocente pero que el receptor relaciona con algo profundo. Cualquier cosa sirve, y lo que antes estaba no está más. Nada importa realmente, hay miles de personas alrededor nuestro. ¿Por qué no descartarnos, no odiarnos sin culpa, no olvidarnos rápidamente?
  Además, esto tiene su contrapartida, su costado luminoso: cualquier persona que conozcamos puede ser adorada instantáneamente. Es un juego de espectros, de figuras de cartón. Ponemos y sacamos, nada importa realmente: lo hacemos todo desde nuestra absoluta soledad, desde nuestro acotadísimo punto de vista, desde nuestro más sanguinario narcisismo. Pongo por caso: hoy, en el subte, vi una mina. No era la gran cosa, pero tenía algo que me encantaba, un conjunto de pequeños detalles que la pintaban de manera hermosa. La miré con más atención, y sentí el gusto de la nostalgia, la vi como a ella, me recordó a ella, a la olvidada. No me molesté en sentirme imbécil, me dejé llenar de una placidez anacrónica, y obtuve un premio: la mina sacaba de su bolso un libro. No era cualquier libro el que leía. Era mi libro favorito, mi libro de iniciación, mi libro. Mío, porque casi nadie lo conoce, casi nadie lo consigue, casi nadie lo ha leído, casi nadie quiere leerlo, tampoco. Y, curiosamente, un libro que la otra, el espectro que ocupaba el lugar de esa chica del subte, había leído porque yo se lo había prestado. El único libro que le había prestado, el único libro que me había pedido, el único libro que puede que le recuerde mi persona. Una casualidad, pero alcanzaba, alcanzó para que amara a esta chica del subte, alcanzó para que llorara al verla partir, alcanzó para sentirme idiota después, también.
  Y alguien podrá argumentar que estoy equivocado, que lo que ahí pasó desmiente todo lo dicho anteriormente, que yo nunca olvidé, que nunca dejé de amar, de extrañar, de querer. Que ese espectro es la prueba de que no sé dejar ir, que veré fantasmas allí donde vaya, que nada morirá hasta que yo no muera. Bueno, invito a quien quiera a decirme eso. Y le probaré lo fácil que mando a cagar a la gente, y para siempre.

jueves, 6 de marzo de 2014

Claudio María Felipez, prologador profesional

Prólogo a la cola del escritorio de informaciones para hacer un trámite en el banco

  Hay un antes y un después en la vida de Martín Toscanetti. El episodio en que se da esa inflexión no es, como muchos estudiosos piensan, el del perro moribundo en la calle. Tampoco es el encuentro, luego de muchos años, con la hermana de su ex-novia. El momento en que Martín comienza a mostrar su madurez se da en la sucursal del Banco Galicia que está en Córdoba y Esmeralda. Desde el momento en que cruza el umbral, vemos un quiebre con toda su producción anterior, una resignificación de su labor como artista y como ser humano en general: una vez dentro del banco, Martín acompaña la puerta tomándola del picaporte hasta que esta se cierra por completo. Basta que traigamos a memoria su recordada "serie de visitas al oftalmólogo 2001-2012" para ver que, en todos y cada uno de esos casos, al ingresar al sanatorio, Martín dejaba que la puerta se cerrase tras de sí, sin revisar si, efectivamente, esta lo hacía. "La puerta se cerraba para que una señora la abriera apenas un segundo más tarde en la visita del 2003; estamos en la etapa en que el artista coquetea con el anarquismo, hecho subrayado (quizás, de una manera demasiado burda), por la música sonando en su discman", observaba el crítico Fehermann en su artículo "El nuevo rumbo de la joven miopía argentina". Esa rebeldía ("directo, siempre directo, directo y joven, que son sinónimos" decía Fehermann), es reemplazada por esta nueva aproximación a la idea de ley. Muchos lo malinterpretaron, creyeron que él renegaba de su pasado, que ahora simplemente acataba todas las normas, oprimido por el peso de la mirada ajena. Nada más alejado de la verdad: basta prestar especial atención a los pensamientos que tiene al mirar el trasero de la jovencita que lo precede en la cola, donde, si bien pareciera que el énfasis está puesto en el juego constante con las múltiples acepciones de la palabra "cola", lo que realmente sucede está por debajo, en otra de las típicas batallas entre Martín y su Tótem interno. Hay otros dos puntos para resaltar. Primero: el celular vibrando incansablemente en el bolsillo de Martín que le sostiene la mirada al cartel de "prohibido el uso de teléfonos móviles". El celular de Martín es casi un leitmotiv a través de su vida, y aquí nos sorprende con esto: con su negación, con un Martín aparentemente doblegado, con una ansiedad que deberá freírse en su propio aceite (Karl Juppit, otro crítico, suele hablar de la tendencia de Martín por "la dilación del placer"; no suena arriesgado pensar que estamos ante otro de esos casos). Y, más tarde, el increíble desenlace, del cual no hablaré de manera explícita para no arruinar la sorpresa, en un laberinto de preguntas y repreguntas que abren el siguiente interrogante: ¿está ahí Martín realmente para hacer un simple trámite?

Prólogo a una partida de naipes

  Nunca ha sido puesto en duda: Ernesto Miranda es un gran jugador de cartas. Eminentemente estadístico, obsesivo y matemático, es al mismo tiempo ameno en la mesa, y un interlocutor chispeante y ocurrente. Para muestra basta un botón: cada vez que se termina una mano y se contabiliza el puntaje, Ernesto se pone en el papel de persona timbera y conocedora de la "tabla de sueños" (aquella donde cada número del 00 al 99 corresponde a un objeto o persona con el que se puede soñar comúnmente) e improvisa, para cada número, una respuesta ridícula. El 73 pasa a ser "el flancito rancio", por ejemplo. Es una humorada simple e infantil, pero con una cuota de creatividad que es siempre festejada por la mesa.
  Al mismo tiempo, es un muy mal perdedor, otorgándole al azar la responsabilidad de cada una de sus derrotas. A veces, puede reconocer algún error propio como la causa primordial del destino de la partida, pero jamás aceptará las virtudes de sus rivales (por lo general, mujeres, a cuyo juego acusa de ser "errático y carente de visión estratégica").
  En esta partida en particular, lo vemos renegar de una supuesta trampa. Una nimiedad: una jugadora, de manera involuntaria, ha visto una carta que se suponía que no debía ver, a no ser que decidiera tomarla para agregarla al grupo de cartas que sostiene en la mano, cosa que no hace. Esa misma carta, por como se desarrolla luego el juego, quedará en manos de Ernesto, que se ve en desventaja al tener una carta en su poder que otro jugador conoce de antemano. Aquí comienza entonces la verdadera batalla de nuestro protagonista, que pasará el resto de la partida discutiendo sobre la cuestión moral detrás del accidente. La partida sigue, los jugadores juegan al mismo tiempo que discuten y la temperatura irá subiendo vertiginosamente. El juego de naipes se transforma en un enfrentamiento filosófico, y ambos se resolverán al mismo tiempo, con un resultado dispar. Para ganar la discusión, Ernesto debe perder la partida. En cambio, si desea ganar la partida, deberá ceder terreno en la diatriba. ¿Qué decisiones tomará Ernesto? Una partida intensa, que desnuda a Ernesto Miranda casi completamente. Si no lo han visto jugar nunca, es esta la partida que deben ver. Aquí está todo el universo Miranda, que no es poco.

Prólogo a una siesta nocturna

  De las muchas siestas posibles, las siestas nocturnas son las menos ordinarias. Si bien caemos otra vez en el lugar común de hablar de la obra de Fabio desde la dicotomía de forma/contenido y su correspondiente desequilibrio, es casi una obligación hablar de la siesta nocturna desde su dificultad. No son tantos los que dominan su arte: la gran mayoría termina despertando con el alba, habiendo terminado el día anterior unas horas antes de lo normal, y empezado el siguiente algunas horas antes. No. La siesta nocturna requiere de concentración, autocontrol y flexibilidad mental. Y aun siendo una proeza de la técnica, Fabio no descuida la problemática humana y el viaje desde los dos polos de su existencia: se acuesta extasiado, para despertar una hora después desesperado y al borde del llanto. ¿Cuál es la travesía que realiza durante su siesta? No lo recuerda, no recuerda sueño alguno, y es entonces nuestro deber analizar su situación personal previa y posterior a la siesta. ¿Cómo, siendo esta la misma, Fabio la vive de maneras tan diferentes? Ahí se encuentra la doble proeza de nuestro durmiente. Les propongo entonces que durmamos con él, que atravesemos su sueño efímero, que nos dejemos atravesar por su oscuro proceso. Que transformemos, nosotros también, la más liberadora de nuestras hazañas, en el peor error que hayamos cometido jamás.

Prólogo a los tres prólogos anteriores

  Claudio María Felipez se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en una figura controvertida. Pero, permítanme, también necesaria. En estos tres prólogos vemos su misoginia de manera transparente: en el primero, dándole a la mujer sólo el lugar de objeto sexual; en el segundo, la mujer se sitúa por debajo del hombre tanto intelectual como moralmente; y en el tercero, si bien la referencia sólo es tácita, podemos inferir que es una mujer la causa del sufrimiento de Fabio.
  Pero es nuestro deber como lectores el sacar conclusiones más profundas, y ver la batalla de cada uno de los protagonistas en situaciones aparentemente cotidianas pero que esconden las grandes angustias de nuestro tiempo. Las preguntas de los protagonistas, son las nuestras. Son las mías.
  ¿Soy aquello que se espera de mí?
  ¿Soy tan bueno como creo?
  ¿Es posible que sea tan pelotudo?

Prólogo al prólogo a los tres prólogos anteriores

  Claudio María es Martín. Y es Ernesto, y es Fabio. Alejandro es todos. Excepto en la parte esa que mira el culo, no, nada que ver, ese no soy yo. Bueno, y eso que piensa Ernesto de que las minas no piensan, no, no. Eso diría Alejandro, claro. Pero yo soy Claudio María, el prologador profesional. La vida sería mejor si todo llevara un prólogo. Claro que esto no lo digo yo, lo dijo Alejandro. Aunque a él se lo dijo otra persona. No, en realidad le dijeron otra cosa, pero él entendió eso. Y yo, entonces, hago prólogos. Eso. Lean. Son prólogos.

Prólogo al prólogo al prólogo a los tres prólogos anteriores

Me siento mal.

martes, 18 de febrero de 2014

¿Qué estás esperando?

(el fondo siempre es blanco. el sujeto habla a la cámara, sentado, en un plano que deja ver el torso completo. los sujetos visten, casi invariablemente, de blanco y celeste. se los ve confiados, seguros, incluso felices. toma única. hay subtítulos para los que no puedan oír)

(muchacha jovencita, no más de 17 años, morocha, delgada, menuda)
  Es el amor de mi vida. ¿Viste cuando lo sentís acá, en la panza? Así fue desde el primer día. Yo salía de una relación que me había dejado muy mal, pensaba que nunca me iba a recuperar. Cosas de pendeja, todos me decían que dejara de llorar, que se me iba a pasar. Se me pasó porque llegó él: cuando lo vi, el resto de las personas y cosas en mi vida cambiaron de color, pasaron a un segundo plano.
  Hace siete meses que estamos juntos, y ya sé que nunca voy a amar a nadie tanto como a él. La semana que viene se va a París por un año a perfeccionar su francés (habla cuatro idiomas, ¿no lo dije?). Y ya sé qué regalo de despedida hacerle. Voy a sellar para siempre nuestro amor. Ninguno de los dos va a tener que vivir el deterioro de nuestra relación. Ni él ni yo va a perder el sueño pensando si el otro está con alguien más, si encontró a alguien mejor, si ya nos olvidamos. Me voy a ir pensando en él, y cuando él vuelva conmigo va a hacerlo sabiendo que nadie, nadie lo amó tanto como yo en este momento.

(señor de más de 65 años, pelo canoso a los costados, enjuto, de brazos fornidos)
  Como bombero salvé miles de vidas. Recuerdo que durante un tiempo intenté llevar la cuenta, fui un joven vanidoso. Pero después entendí que era parte del trabajo, poco importaba el número. Lo que importaba era que cuando se me necesitaba, ahí estaba. Uno siempre tiene que ayudar al prójimo, esa fue mi filosofía de vida. Ahora estoy viejo. Hace mucho que me jubilé. Mis historias divierten a mis nietos, es cierto. Pero hay que enseñar con el ejemplo, hay que actuar, dejar de aferrarse a glorias lejanas en el tiempo y hacer cosas ahora, con lo que tenemos a mano. Así que me toca irme. Dejarles la pensión del programa estatal "menos, somos más", y que sean ellos los que cuenten cómo, el abuelo, hasta el último día, hizo lo correcto.

(muchacho treintañero, buen mozo, pelo corto y rubio, lentes)
  Nunca conocí a mis padres. No sé dónde nací, no sé dónde pasé los primeros dos años de mi vida. Aunque eso lo compartimos todos, ¿no? Porque uno puede saber quiénes fueron sus padres, pero no elegirlos. Puede saber, por lo que le contaron, qué vivió mientras no era consciente, ¿pero de qué sirve? Siempre me pareció injusto. En fin: así es la vida. No elegimos ni cómo ni cuándo nacemos. Por suerte, podemos elegir el momento y el modo en que morimos.
  Cada cosa que hicimos, que dijimos, que buscamos y encontramos, cada experiencia vivida es una ficha de dominó que vamos acumulando, paradita una al lado de la otra. Una vida responsable formará un dibujo hermoso cuando esas fichas finalmente caigan, cuando el mapa de nuestras vidas esté terminado. Es tan fácil arruinar lo acumulado tomando pasos equivocados. Cada uno de nosotros ha visto caer en desgracia a personas que podrían haber sido intachables. Por eso repito: es imposible elegir la posición de la primera ficha. Pero la última, que es quizás mucho más importante... ¿cómo la voy a dejar librada al azar?

(después de terminado su discurso, el sujeto toma la pastilla. la pantalla funde a blanco y se lee una placa que dice "menos, somos más. ¿qué estás esperando?")

sábado, 25 de enero de 2014

Iglesia del Orden del Sagrado Corazón del Retorcido

Nuestro Mesías nos dice:

Que, si bien la vida de cualquier persona mejoraría no habiéndolo conocido, las mujeres que han pasado por su vida lo han dejado siendo ellas mejores personas. No sólo por su crecimiento personal, sino por la breve participación que tuvo el Mesías en sus vidas.

Y nuestro Mesías nos canta:


viernes, 27 de diciembre de 2013

Reaccioná, gil

Dedicada a todos los estúpidos que (alguna vez) escuchamos "Creep" y nos sentimos identificados.

Es el deseo festivo de este blog que ya no te pase. Por un 2014 libre de llantos imbancables.

martes, 24 de diciembre de 2013

Una entre doce

  Es una tortura cada vez que una chica linda se sienta al lado mío en el tren. No puedo evitar pensar qué puedo decirle, de qué manera puedo llamarle la atención, qué puedo hacer para generar en ella un interés análogo al que siento. Pero por cada acción que quiero emprender, se genera una reacción contraria de igual magnitud. Es una de las leyes básicas de la física, y la vida se rige por ella. Es así que, si pienso en comentarle lo linda que es, me llamo cerdo por dentro, me tildo de superficial, y ojalá ahí me detuviera, pero no, me acuso de machista, de invasivo y repulsivo. No, no, no le voy a decir que es linda. ¿Y si saco el libro que tengo en el bolso, para que vea lo que leo? Pretencioso, snob, imbécil. No.
  - Perdoná, ¿este tren va para Banfield, no?
  ¡Es ella la que me habla! Tan fácil era.
  - Sí.
  Es todo lo que le contesto. No me sale nada más, no sé qué más podría decirle, miro por la ventanilla como un gil y rezo a las fuerzas místicas que nada hacen en mi vida para que ella no espere nada más, para que me haya olvidado. El tren finalmente abandona la terminal y me siento un imbécil, creo que me superé una vez más, que todo lo que hago sube un poquitito más el techo de imbecilidad que creí que ya no podía sobrepasar.
  Cuando los fantasmas que me acusaban de snob se callan, saco mi libro y me dispongo a leer. ¿Qué más puedo hacer? Mejor ya no pensar en ella, de nada sirve, tuve una oportunidad y la dejé pasar. Que este sea un viaje en tren como todos y listo. ¿De dónde salen esas esperanzas estúpidas, por qué espero que una chica linda (tampoco es tan linda, digamos una piba tirando a normal) se siente al lado mío para empezar a fantasear? ¿De qué me sirve?
  Me digo todo esto, intento leer, pero no puedo dejar de prestarle atención a ella, de espiarla con el rabillo del ojo. Cierro el libro. Se está quedando dormida. Cabecea, y cada vez que frenamos en una estación, se para toda sobresaltada tratando de identificar dónde estamos.
  Ya sé.
  - Si querés te aviso cuando estemos por llegar a Banfield. Mirá que yo me bajo después.
  - No, no. Sé dónde bajarme.
  - Está bien, yo... decía por si querías... dormir.
  Estuvo bastante bien. No aceptó mi ayuda, es cierto. ¿Me pregunto qué me habría constestado si yo fuera lindo? O "pibe tirando a normal", por lo menos. No, eso no tiene nada que ver. Lo que sí me pregunto es esto: ¿habría ofrecido mi ayuda si ella no fuera una ella y en cambio fuera un él? Es difícil ofrecerle ayuda desinteresada a otro hombre. No existe la ayuda desinteresada. Todo el que te ayuda te quiere coger. O quiere algo, y la mayoría de las veces es coger. O no, no necesariamente, pero a lo que voy es que no me arriesgaría a que un tipo pensara que me lo quiero coger. Si una mina lo piensa, bueno, me dará vergüenza y me sentiré un cerdo, sí, no me volverá a hablar y yo pensaré en la mierda de mundo en que vivimos, sí, o se sentirá halagada y coqueteará levemente para nunca volver a verme, sí. Pero con un tipo me arriesgo a comerme una trompada. O una poronga. Mejor quedarse en el molde.
  Gerli. Otra vez se para y mira. Me hubieras dejado ayudarte, piba. No te quiero coger. Ni te conozco, pasarían meses hasta que ganara la confianza como para ponerme en bolas adelante tuyo. Quedate tranquila. Antes de que las puertas se cierren y el tren arranque, entra un pibito con estampitas. ¿Qué hago? ¿Vuelvo a abrir el libro para poder ignorarlo libremente? No. Lo miraré a los ojos y rechazaré su estampita. Es lo menos que puedo hacer.
  - No, te agradezco.
  Sostiene mi mirada y, haciendo caso omiso de mis palabras, me deja la estampita encima de mi libro. Se va, y la estampita comienza lentamente a deslizarse, tentada por la gravedad. Con un rápido movimiento la retengo, puteando por dentro al pibito que se cagó en que le dije que no quería la estampita. Que, ahora que la veo, no es una estampita. Es un calendario con un signo del zodíaco. Tiene el carnero de Aries. Mi signo. Miralo vos al pibe. Yo teorizando sobre el rechazo, la osadía, los ofrecimientos, la confianza, y el pibe así nomás me da una clase magistral. Me obligó a tomar lo que me ofrecía y yo rechazaba, y ahora lo quiero. Lo quiero, porque me divierte mucho pensar en que podía ser cualquier otro signo, pero me enchufó el mío. Una entre 12, no es tan improbable, pero aún así vale algo en mi extraña escala de valores. A ella le tocó Tauro. Se la queda mirando. Creo que ya hay confianza, ¿no?
  - ¿Con vos también la embocó? A mí me dio la de mi signo.
  - Mirá vos... sí, conmigo también. Soy de Tauro.
  Gracias, pibe. Me diste la excusa perfecta. Quizás no le diga nada más, pero... Pero nada. Me olvido de la piba, me olvido de que me mira y me sonríe, me olvido de que me la quiero coger (luego de varios meses de conocimiento mutuo, claro), me olvido de las minas en general y vuelvo a mi primer amor: una entre 144. Es algo bastante más improbable que una entre 12. "Es el destino, es esta chica". Una mierda. Esta piba no tiene nada que ver. ¿O sí? Se me ocurre una manera de averiguarlo.
  - Che, flaco. ¿Qué signo te dio a vos?
  El tipo que está sentado atrás mío me mira confundido, sin escucharme, tiene auriculares metidos en las orejas. Le hago la mímica para indicarle que se los saque. Le repito mi pregunta. Cáncer.
  - ¿Y sos de Cáncer?
  El tipo sonríe. Una entre 1728. La vieja que está sentada al lado dice que ella es de Escorpio, igual que el calendario que tiene en la mano. Una entre 20736. La gente comienza a reírse, a gritar, a levantarse. Todos tienen un calendario con su signo y yo me estoy exprimiendo la cabeza para seguir calculando potencias de 12. Mi celular tiene calculadora. Por fin sirve para algo.
  - No puede ser, ¿no?
  Ni le respondo. Qué lástima. Era linda, al final. ¿Cuántos somos en el vagón? No importa, es al pedo, adivinar el signo de seis personas consecutivas ya es algo imposible, guardo el celular.
  - ¿Te pasa algo?
  Otra vez no le contesto. Salgo disparado a buscar al pibe de los calendarios, pero todo es confuso, la gente sigue gritando, el tren para en Lanús y me parece que el pibe se está bajando, dejó los calendarios y se fue a la mierda, ¿qué significa todo esto? Me bajo, grito sin saber bien cómo llamarlo, lo pierdo de vista, el tren se empieza a ir, la veo a ella mirándome por la ventanilla.
  Sólo me queda el calendario. Comparto algo hermoso con toda esa gente del vagón, pero ellos son los que siguen juntos. Yo me quedé solo.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El sorteo

  - Escúcheme, Don Carlos. ¿Sabe ya cuándo van a hacer el sorteo?
  - ¿Cómo dice?
  No se escuchaban, de fondo sonaba el teléfono del local, un teléfono de disco ancestral, con una campana capaz de hacerse escuchar a dos cuadras. García volvió a repetir su pregunta, pero esta vez gritando.
  - Ah, el sorteo. No, García. No se sabe todavía. Pregúnteme mañana. O pasado. Pero no deje pasar más de dos días, eh, recuer--
  - Sí, ya sé, que pasados dos días de no reclamado el premio se vuelve a sortear. Me lo dice siempre, Don Carlos.
  - ¿Cómo dice?
  - ¡Que ya sé!
  García se retiró, desganado, olvidando saludar a Don Carlos. "No es para tanto", pensó. "Mañana lo vuelvo a ver. Lo veo todos los días".
  Habían pasado cuatro meses desde que había comprado el boleto de lotería. Tendría que haberse sorteado a la otra semana, pero, por alguna razón, lo habían pospuesto de manera "indefinida". Así decía el comunicado del Ente Organizador de Juegos de Azar (EOJA). Y así lo repetía su vocero lunes a lunes, en su conferencia de prensa. García había escuchado ya a varios de sus compañeros contando, risueños, cómo habían perdido y olvidado ya sus boletos. La resignación había ya eliminado a varios de sus competidores (calculaba, extrapolaba), y eso sólo ayudaba a García a seguir pendiente del eventual sorteo, de no perder el boleto, de no dejarse vencer por la desidia y la apatía. Así es que, todos los lunes, acudía a la conferencia de prensa del vocero del EOJA, donde era, casi siempre, el único asistente. Y día a día visitaba a Don Carlos, claro, su quinielero de confianza.

  El teléfono lo recibía sonando otra vez.
  - Buen día, Don Carlos.
  - ¿Eh?
  - ¡Buen día!
  - Ah, sí, todo bien. ¿Qué necesita?
  - ¿No se imagina?
  - Hable más fuerte, no alc--
  Don Carlos acercaba su oreja derecha por encima del mostrador. García ya estaba acostumbrado, pero no podía creer que la conversación fuera igual todos los días.
  - Atienda, Don Carlos, por favor. Atienda el teléfono. Después hablamos.
  - No, el cliente cara a cara tiene prioridad, siempre. Sería una falta de respeto.
  El quinielero ya gritaba también.
  - ¿Sabe, Don Carlos? Si usted atendiera alguna vez el puto teléfono, yo no vendría todos los días. De hecho, antes de salir, siempre lo llamo. ¿Por qué no atiende?
  - Siempre tengo gente, García. ¿Qué necesita? Dígame o deje pasar a Martita, que está detrás suyo esperando.
  Martita había dejado de ser Martita hacía, mínimo, cuarenta años. Era una vieja con todas las letras. Sus bufidos y mohínes de impaciencia lo comprobaban.
  - El sorteo, Don Carlos. ¿Para cuándo?
  - Todavía nada, García. No se sabe. Pase mañana.
  - No. Mañana atienda el teléfono.
  - Siempre y cuando no tenga gente...
  Saludó a Don Carlos y a Martita, que no le devolvió el saludo, y fue hasta la oficina. Sentado en su cubículo, miraba su boleto y se preguntaba en qué momento ese pequeño papelito, esa promesa de ponerle un fin a la rutina si la suerte lo elegía, se había hecho parte del tedio que debía ayudar a destruir. "Tenés que aguantar, macho" se decía. "Ya lo van a sortear".

  El teléfono sonaba. La persiana estaba baja, pero el teléfono sonaba. Esperó y, a los cinco minutos, salía Don Carlos.
  - Buenas noches, Don Carlos.
  - ¿Eh? ¿Qué hace acá, García? Ya cerré.
  - No me atendió. Llamé todo el día y no me atendió.
  - Mucha gente, García. Pero le tengo una buena noticia: el sorteo todavía no se sabe cuándo se hace, pero hoy se vendió el último número. Ya no hay más boletos, eso tendría que acelerar las cosas, ¿no cree? Póngale la firma, antes de fin de mes se sortea.
  - Le tomo la palabra, Don Carlos.
  - No, ojo, no es oficial, es mi... mi corazonada. Mi apuesta. Y yo de apuestas sé, ¿eh?
  Don Carlos reía, evidentemente tenía mucho mejor humor luego de cerrar su modesto local. Se despidieron, pero antes de alejarse demasiado, García se volvió.
  - Dígame, Don Carlos: ¿por qué mierda no desconecta el teléfono?
  - No, García. Eso sería una falta de respeto. No, no. Jamás.
  García se volvió a su casa, convencido de que el quinielero definitivamente lo gastaba. En el camino, sacó el boleto de la billetera y lo miró, como hacía todos los días, a todas las horas. Algún día lo tenían que sortear. Había pasado un día más. Quedaba un día menos.

  Terminó de anudar su corbata, y volvió a intentar convencerla.
  - ¿No venís, Claudia?
  - No. Y, francamente, me parece ridículo que vos vayas.
  - ¿Desde cuándo es ridículo ir a un funeral? Despedir a alguien que veías todos los días, rendirle tributo. ¿Qué hay de ridículo en eso?
  - Era tu quinielero, negro. No tenés nada que hacer ahí. Es una falta de respeto a la familia. No me metas en eso. Yo no voy.
  - Bueno. Igual les mando tus respetos.
  García se fue, solo. Llevaba su boleto encima, como siempre.

  Luego de la muerte de Don Carlos, García tuvo que depender de los informes del EOJA, exclusivamente. No le gustaba el muchacho que lo reemplazaba. No confiaba en él, en sus pearcings, en su pelo violeta, en sus anteojos de marco celeste. La rutina se le hizo más engorrosa, porque el edificio del EOJA le quedaba mucho más lejos, pero no veía otra salida. Eso sí: había que reconocer que el pibe nuevo atendía el teléfono. Lástima que fuera tan poco confiable.

  - Negro. Negro. Negrito, ¿dormís?
  Que Claudia lo despertara en medio de la noche era una mala señal. Lo primero que pensó es que, en algún momento, hacía añares, ella podía despertarlo para coger. Pero esa ya no era una posibilidad.
  - ¿Qué, Claudia? ¿Qué pasa?
 - ¿Vamos a ir con mi hermana al glaciar? Son dos semanas. Hace un montón que no salimos de campamento.
  García se lo veía venir. Y Claudia sabía la respuesta. Era una conversación cerrada de antemano. ¿Para qué volver a tenerla? ¿Y para qué a las tres de la mañana?
  - No, chola. No. No puedo irme. Tengo que estar acá, ya sabés.
  Claudia se incorporó, hecha una furia. La ternura con la que había iniciado el diálogo desapareció en menos de un segundo.
  - ¡Dejá de romper las pelotas con esa lotería! Hace años que esperás el sorteo, no podés dejar que tu vida esté alrededor de eso, ¿no te das cuenta de que sos el único boludo pendiente de ese sorteo de mierda, cuando todo el mundo sabe que no se va a hacer nunca?
  García respondió, calmo.
  - Se va a hacer, se va a hacer. No pueden no hacerlo. La gente pagó por los boletos, lo van a hacer.
  - Pedí que te devuelvan la plata, como hizo todo el mundo. O mejor, olvidate del asunto. Diez pesos roñosos te salió el boleto. Venite conmigo, vamos al glaciar. No seas tarado, por favor. Hacelo por mí.
  La ternura había vuelto.
  - No puedo, cholita. No puedo.
  Al despertar, García vio las lágrimas del otro lado de la almohada. Pensó que estaba obrando mal, que todo se le estaba yendo de las manos. Más tarde vio el boleto, y olvidó por completo las lágrimas y la almohada.

  "Claudia, soy yo. No veo por qué no volviste a casa. Entiendo que fuiste de campamento con tu hermana, entiendo que fuiste sola porque yo no fui capaz de acompañarte, entiendo que no me avisaras porque estabas enojada conmigo, pero no entiendo por qué no volviste."
  No le atendía el teléfono, su cuñada tampoco, así que el e-mail era su única vía posible de comunicación.
  "Acá estamos bien, el gato te extraña. Llamame, o atendeme. O volvé, directamente. No tiene sentido todo esto, exageraste. Yo te quiero."
  No alcanzaba. Hacía falta decir algo más. Dudó bastante, pero finalmente lo escribió.
  "P.D.: si gano el sorteo, ¿volvés?"