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viernes, 15 de enero de 2016

Las fauces del león, anexo

  - ¿Sabías que papá lo vio a Carlitos manejando el colectivo? ¿Te acordás de Carlitos?
  No lo puedo creer. Y no sé cómo hacer para mostrarle a mi vieja mi asombro, cómo explicarle en ese colectivo ruidoso en el que viajamos que hace más de un mes que le doy vueltas al asunto de Javier sin saber por qué, que no puedo creer la casualidad enorme de que me lo nombre ahora, que estoy tratando de ordenar mis recuerdos y dejarlos por escrito, para que dos o tres personas que ella nunca conocerá lo lean y se pregunten si es verdad o si estoy inventando todo. Escribo esto todavía shockeado, encantado una vez más por un momento de magia mundana, y otra vez en un colectivo. Es simbólico (para alguien que se maneja buscando patrones y símbolos) que se dé en un viaje, en un colectivo. Para un ermitaño como yo, acostumbrado a ser su único interlocutor, es el único lugar desde donde alguien más puede intentar decirme algo. Dentro de mi cueva (sea mi casa, o la librería), nada ni nadie me alcanza. No hay posibilidad de comunicación. Cada vez que estoy obligado a salir, por otra parte, pueden pasar cosas como esta. Que Javier esté manejando un colectivo que tomo todos los putos días. ¿Lo habré visto? ¿Será eso lo que lo empujó desde el más vergonzoso de los olvidos para colocarlo en el centro de mis desvaríos?
  Debe ser eso. La vida es simple y aburrida. Hacemos literatura de ella para tratar de darle algo de significado y dramatismo, y nos imaginamos entonces que yo escribo esto, y que lo conjuro, y que mis viejos, que jamás leerán esto, están escribiendo en sus cabezas esta misma historia, desde sus propios puntos de vista. Y que todo esto que cuento es cierto. Porque lo es.

martes, 17 de junio de 2014

El pelado

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. En la fila ocupo el quinto lugar. En los primeros cuatro lugares hay, respectivamente: un pibe joven, flaco y morocho, con pelo corto y peinado con gel; una chica joven, bonita, pelirroja y con anteojos; un tipo alto, pelado, vestido con ambo azul; un señor petiso y de cara arrugada, con anteojos.

Estoy cruzando las vías de la estación de Lomas, llegando a la parada del colectivo. Hay sólo un tipo esperando (mala señal, porque implica que el tiempo de espera será prolongado, ya que no ha pasado mucho tiempo desde que el último vehículo se retiró). Me coloco detrás de él. Es un tipo alto, con cara de malo. Es pelado, lleva una campera sobre su ambo y tiene un maletín en la mano.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. Un pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me suena, lo vi en algún lado. Pasan dos cuadras, y no se baja. Voy hacia la puerta trasera, toco el timbre: es mi parada. El pelado baja por adelante, en la misma esquina. Cruza por delante del colectivo antes de que este doble, camina hacia la misma dirección que yo emprenderé, una vez que el colectivo termine de doblar. Lo veo caminar mientras llego hasta mi casa. Me sacó más de media cuadra de distancia.

Llego a la parada del colectivo, estoy en la estación de Lomas. Adelante mío está el pelado del ambo. Prácticamente, viajo con él todos los días. Siempre se sienta adelante, suele ser uno de los primeros en subirse al colectivo y elige uno de los asientos más cercanos al chofer. También se baja por adelante, creo recordar. Siempre en la esquina de mi casa.

Estoy llegando a la estación de Banfield, en el tren. Generalmente viajo leyendo, pero contando las estaciones, siempre. A veces, cuando la lectura es muy atrapante, puede que me saltee alguna. No estoy seguro de que haya pasado, quizás sí, pero lo que importa es que tengo la sensación de que me pasa, o de que me puede pasar: es por eso que, además de contar las estaciones, miro por la ventanilla cada vez que el tren se detiene, para reconocer en qué estación estoy (siempre y cuando la lectura no esté demandándome tanta atención como para hacérmelo olvidar, cosa que no sé si alguna vez ocurrió, repito). Son seis estaciones hasta Lomas, siendo la de destino, la séptima. Yrigoyen y Avellaneda son las estaciones elevadas, son las más fáciles de distinguir de las demás, pero las más fáciles de confundir entre ellas. Por suerte, después viene Gerli, que es la más fácil de todas: las puertas se abren del lado derecho, cuando todas las demás (hasta Lomas, al menos) abren del lado izquierdo. Después viene Lanús, con el Bingo del lado derecho. Escalada, con los viejos talleres del lado izquierdo. Y Banfield, a la cual estoy llegando. Es la que más me cuesta, porque si no presté atención antes de que entráramos a los andenes (a la plaza del lado izquierdo), me veo obligado a contorsionarme para ver el cartel con el nombre de la estación, que está, al igual que la plaza, del lado izquierdo. Veo el cartel, me quedo tranquilo. Las puertas se abren, hay gente que baja, gente que sube. Las puertas se cierran y el tren reanuda su marcha. Instantáneamente, un pelado se pone delante de la puerta. Qué gracia me da esa gente tan apurada por ser la primera en bajar, que se prepara con tanta anticipación. Cuando el tren finalmente llega a Lomas, el pelado baja y sube las escaleras de la terminal corriendo. Es el pelado que compartirá luego el colectivo conmigo, y que se bajará a media cuadra de mi casa.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. El pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me pregunto por qué siempre se baja por adelante, y también me pregunto por qué eso me molesta tanto.

Bajo del colectivo, el pelado no pudo cruzar antes de que el colectivo doblase. Me le paro al lado, los dos sobre el cordón, expectantes. Hace meses que lo veo todos los días. Pienso en la posibilidad de saludarlo. Quizás no sepa que tomamos el mismo tren y el mismo colectivo todos los días, quizás no me reconozca. Somos vecinos, viajamos todos los días juntos y ni nos saludamos. No creo que esté bien, me hace sentir incómodo.

Estoy en la estación de Lomas. No hay colectivos, hubo un paro sorpresivo. Veo al pelado de todos los días putear, se va. Sé que vivimos muy cerca. Podríamos compartir un remís, sería lógico y provechoso. Lo veo irse.

Estoy sentado en el colectivo, en la terminal. Veo al pelado subir. No es algo común, siempre llega antes que yo a la parada. Alguien sentado atrás mío lo reconoce. Lo saluda, lo invita a sentarse a su lado. Charlan todo el viaje. Por fin escucho su voz. Hablan de una iglesia evangélica a la que iban. Me invade la desilusión.

Hace días que cortan la luz en mi barrio a la noche. El colectivo cambia constantemente de recorrido, para colmo, y nunca estoy seguro de dónde me terminaré bajando. Esas cuadras a oscuras, nunca las mismas, antes de llegar a mi casa, son una pequeña preocupación. Llego a la estación de Lomas. Veo al pelado del ambo en la parada. Me tranquiliza.

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. La espera es larga, ya van 25 minutos. Comienzo a estudiar a la gente de la fila, para combatir el aburrimiento. Caigo en la cuenta de que falta el pelado grandote con cara de malo, el del ambo. Poco tiempo después recuerdo que es sábado: nunca lo he visto un día sábado.

Estoy llegando a Lomas. La puerta del tren se abre y el pelado del ambo baja trotando. Esta vez apuro el paso, trato de no perderlo de vista, quizás su prisa constante tenga que ver con un mejor conocimiento del horario de los transportes. Cruzamos las vías por las escaleras, me aventaja por treinta metros, lo veo correr con vehemencia, ahora sí, para llegar a la parada. Ese pique repentino sólo puede deberse a que el colectivo está en la parada, a que puede estar por irse en cualquier momento. Corro también, veo que, efectivamente, el colectivo está por irse, el colectivo arranca, el pelado está a diez metros, yo sigo atrás, el colectivo frena en un semáforo, seguimos corriendo, llegamos a la puerta al mismo tiempo, el pelado le golpea la puerta al colectivero, el chofer lo ignora, el pelado le grita "¡cornudo!", nos comenzamos a retirar hacia la parada, el colectivo sigue frenado en el semáforo, el pelado continúa puteando. Sé que me habla a mí, es la primera vez que lo hace. Me hace cómplice de su furia, va alistando diversos insultos, así, en fila, hijo de puta, sorete, pedazo de puto. Lo único que se me ocurre responderle es un incómodo "nunca entendí esa tendencia de los choferes por no abrir la puerta fuera de la parada, estando frenados en un semáforo". Su respuesta es determinante. Es la respuesta que pone fin a este catálogo de encuentros, a estos pequeños intentos por conocer al pelado, por develar quién es. A partir de ahora, lo veré todos los días, pero ya no le prestaré atención, no intentaré descubrir nuevos datos sobre su persona. "¿Y qué querés, si era un negro de mierda? A esos negros hay que prenderlos fuego ni bien nacen".

miércoles, 9 de abril de 2014

Elogio del desprecio (un fósforo)

para el Tucu

  Es muy simple. Se toma toda la pasión, todo el deseo, todo el cariño que uno esté sintiendo en ese momento, y se le acerca un fósforo. Arde con una violencia inusitada, es un proceso que no lleva más que un par de horas. Duele como pocas cosas en la vida, pero es sumamente útil: esa persona que uno adoraba, pasa a ser odiada, y luego el tiempo hará su parte. Deja de ser una preocupación.
  Y ni siquiera hace falta que duela, ni hace falta viajar de extremos tan separados. Es muy fácil destruir nuestras emociones, nuestra curiosidad. Lo he visto muchas veces, y estando de los dos lados. Y es lo más sano, la volatilidad emocional es la respuesta. Hay que acumular mentiras, eso está clarísimo, lo hacemos y lo haremos todos. Pero cuando esas mentiras ya no sirven, cuando molestan: puf. Un fósforo y a la mierda.
  Y cualquier cosa puede servir de disparador. He conocido el caso donde fue un chiste desafortunado. Más de un caso, me temo. El humor mal entendido es muy destructivo. Un reproche mínimo. Una diferencia de gustos musicales. El interés aparece y desaparece. Una simpatía mal colocada, una palabra inocente pero que el receptor relaciona con algo profundo. Cualquier cosa sirve, y lo que antes estaba no está más. Nada importa realmente, hay miles de personas alrededor nuestro. ¿Por qué no descartarnos, no odiarnos sin culpa, no olvidarnos rápidamente?
  Además, esto tiene su contrapartida, su costado luminoso: cualquier persona que conozcamos puede ser adorada instantáneamente. Es un juego de espectros, de figuras de cartón. Ponemos y sacamos, nada importa realmente: lo hacemos todo desde nuestra absoluta soledad, desde nuestro acotadísimo punto de vista, desde nuestro más sanguinario narcisismo. Pongo por caso: hoy, en el subte, vi una mina. No era la gran cosa, pero tenía algo que me encantaba, un conjunto de pequeños detalles que la pintaban de manera hermosa. La miré con más atención, y sentí el gusto de la nostalgia, la vi como a ella, me recordó a ella, a la olvidada. No me molesté en sentirme imbécil, me dejé llenar de una placidez anacrónica, y obtuve un premio: la mina sacaba de su bolso un libro. No era cualquier libro el que leía. Era mi libro favorito, mi libro de iniciación, mi libro. Mío, porque casi nadie lo conoce, casi nadie lo consigue, casi nadie lo ha leído, casi nadie quiere leerlo, tampoco. Y, curiosamente, un libro que la otra, el espectro que ocupaba el lugar de esa chica del subte, había leído porque yo se lo había prestado. El único libro que le había prestado, el único libro que me había pedido, el único libro que puede que le recuerde mi persona. Una casualidad, pero alcanzaba, alcanzó para que amara a esta chica del subte, alcanzó para que llorara al verla partir, alcanzó para sentirme idiota después, también.
  Y alguien podrá argumentar que estoy equivocado, que lo que ahí pasó desmiente todo lo dicho anteriormente, que yo nunca olvidé, que nunca dejé de amar, de extrañar, de querer. Que ese espectro es la prueba de que no sé dejar ir, que veré fantasmas allí donde vaya, que nada morirá hasta que yo no muera. Bueno, invito a quien quiera a decirme eso. Y le probaré lo fácil que mando a cagar a la gente, y para siempre.

martes, 24 de diciembre de 2013

Una entre doce

  Es una tortura cada vez que una chica linda se sienta al lado mío en el tren. No puedo evitar pensar qué puedo decirle, de qué manera puedo llamarle la atención, qué puedo hacer para generar en ella un interés análogo al que siento. Pero por cada acción que quiero emprender, se genera una reacción contraria de igual magnitud. Es una de las leyes básicas de la física, y la vida se rige por ella. Es así que, si pienso en comentarle lo linda que es, me llamo cerdo por dentro, me tildo de superficial, y ojalá ahí me detuviera, pero no, me acuso de machista, de invasivo y repulsivo. No, no, no le voy a decir que es linda. ¿Y si saco el libro que tengo en el bolso, para que vea lo que leo? Pretencioso, snob, imbécil. No.
  - Perdoná, ¿este tren va para Banfield, no?
  ¡Es ella la que me habla! Tan fácil era.
  - Sí.
  Es todo lo que le contesto. No me sale nada más, no sé qué más podría decirle, miro por la ventanilla como un gil y rezo a las fuerzas místicas que nada hacen en mi vida para que ella no espere nada más, para que me haya olvidado. El tren finalmente abandona la terminal y me siento un imbécil, creo que me superé una vez más, que todo lo que hago sube un poquitito más el techo de imbecilidad que creí que ya no podía sobrepasar.
  Cuando los fantasmas que me acusaban de snob se callan, saco mi libro y me dispongo a leer. ¿Qué más puedo hacer? Mejor ya no pensar en ella, de nada sirve, tuve una oportunidad y la dejé pasar. Que este sea un viaje en tren como todos y listo. ¿De dónde salen esas esperanzas estúpidas, por qué espero que una chica linda (tampoco es tan linda, digamos una piba tirando a normal) se siente al lado mío para empezar a fantasear? ¿De qué me sirve?
  Me digo todo esto, intento leer, pero no puedo dejar de prestarle atención a ella, de espiarla con el rabillo del ojo. Cierro el libro. Se está quedando dormida. Cabecea, y cada vez que frenamos en una estación, se para toda sobresaltada tratando de identificar dónde estamos.
  Ya sé.
  - Si querés te aviso cuando estemos por llegar a Banfield. Mirá que yo me bajo después.
  - No, no. Sé dónde bajarme.
  - Está bien, yo... decía por si querías... dormir.
  Estuvo bastante bien. No aceptó mi ayuda, es cierto. ¿Me pregunto qué me habría constestado si yo fuera lindo? O "pibe tirando a normal", por lo menos. No, eso no tiene nada que ver. Lo que sí me pregunto es esto: ¿habría ofrecido mi ayuda si ella no fuera una ella y en cambio fuera un él? Es difícil ofrecerle ayuda desinteresada a otro hombre. No existe la ayuda desinteresada. Todo el que te ayuda te quiere coger. O quiere algo, y la mayoría de las veces es coger. O no, no necesariamente, pero a lo que voy es que no me arriesgaría a que un tipo pensara que me lo quiero coger. Si una mina lo piensa, bueno, me dará vergüenza y me sentiré un cerdo, sí, no me volverá a hablar y yo pensaré en la mierda de mundo en que vivimos, sí, o se sentirá halagada y coqueteará levemente para nunca volver a verme, sí. Pero con un tipo me arriesgo a comerme una trompada. O una poronga. Mejor quedarse en el molde.
  Gerli. Otra vez se para y mira. Me hubieras dejado ayudarte, piba. No te quiero coger. Ni te conozco, pasarían meses hasta que ganara la confianza como para ponerme en bolas adelante tuyo. Quedate tranquila. Antes de que las puertas se cierren y el tren arranque, entra un pibito con estampitas. ¿Qué hago? ¿Vuelvo a abrir el libro para poder ignorarlo libremente? No. Lo miraré a los ojos y rechazaré su estampita. Es lo menos que puedo hacer.
  - No, te agradezco.
  Sostiene mi mirada y, haciendo caso omiso de mis palabras, me deja la estampita encima de mi libro. Se va, y la estampita comienza lentamente a deslizarse, tentada por la gravedad. Con un rápido movimiento la retengo, puteando por dentro al pibito que se cagó en que le dije que no quería la estampita. Que, ahora que la veo, no es una estampita. Es un calendario con un signo del zodíaco. Tiene el carnero de Aries. Mi signo. Miralo vos al pibe. Yo teorizando sobre el rechazo, la osadía, los ofrecimientos, la confianza, y el pibe así nomás me da una clase magistral. Me obligó a tomar lo que me ofrecía y yo rechazaba, y ahora lo quiero. Lo quiero, porque me divierte mucho pensar en que podía ser cualquier otro signo, pero me enchufó el mío. Una entre 12, no es tan improbable, pero aún así vale algo en mi extraña escala de valores. A ella le tocó Tauro. Se la queda mirando. Creo que ya hay confianza, ¿no?
  - ¿Con vos también la embocó? A mí me dio la de mi signo.
  - Mirá vos... sí, conmigo también. Soy de Tauro.
  Gracias, pibe. Me diste la excusa perfecta. Quizás no le diga nada más, pero... Pero nada. Me olvido de la piba, me olvido de que me mira y me sonríe, me olvido de que me la quiero coger (luego de varios meses de conocimiento mutuo, claro), me olvido de las minas en general y vuelvo a mi primer amor: una entre 144. Es algo bastante más improbable que una entre 12. "Es el destino, es esta chica". Una mierda. Esta piba no tiene nada que ver. ¿O sí? Se me ocurre una manera de averiguarlo.
  - Che, flaco. ¿Qué signo te dio a vos?
  El tipo que está sentado atrás mío me mira confundido, sin escucharme, tiene auriculares metidos en las orejas. Le hago la mímica para indicarle que se los saque. Le repito mi pregunta. Cáncer.
  - ¿Y sos de Cáncer?
  El tipo sonríe. Una entre 1728. La vieja que está sentada al lado dice que ella es de Escorpio, igual que el calendario que tiene en la mano. Una entre 20736. La gente comienza a reírse, a gritar, a levantarse. Todos tienen un calendario con su signo y yo me estoy exprimiendo la cabeza para seguir calculando potencias de 12. Mi celular tiene calculadora. Por fin sirve para algo.
  - No puede ser, ¿no?
  Ni le respondo. Qué lástima. Era linda, al final. ¿Cuántos somos en el vagón? No importa, es al pedo, adivinar el signo de seis personas consecutivas ya es algo imposible, guardo el celular.
  - ¿Te pasa algo?
  Otra vez no le contesto. Salgo disparado a buscar al pibe de los calendarios, pero todo es confuso, la gente sigue gritando, el tren para en Lanús y me parece que el pibe se está bajando, dejó los calendarios y se fue a la mierda, ¿qué significa todo esto? Me bajo, grito sin saber bien cómo llamarlo, lo pierdo de vista, el tren se empieza a ir, la veo a ella mirándome por la ventanilla.
  Sólo me queda el calendario. Comparto algo hermoso con toda esa gente del vagón, pero ellos son los que siguen juntos. Yo me quedé solo.

martes, 30 de julio de 2013

Diez pesitos lo que le cobro, nada más

  Buenas noches, dama y caballero, ante todo le pido disculpa por la molestia que pueda ocasionarle, pero lo que hoy le traigo bien vale los cinco minutitos de atención que le voy a pedir. Fijesé: el kit de cortar al medio a la bella asistente. Invento argentino, le permite cortar a la mitad a cualquier bella dama que lo esté asistiendo, en cualquier momento y lugar. Todos estuvimos en una situación como esta, es frustrante y nos hace perder muchísimo tiempo intentar cortar al medio a, por qué no, una secretaria, una prima, o una bailarina que esté compartiendo el escenario con nosotros. Que se resiste a los golpes, que es un enchastre, que ni bien comenzamos a atravesar la carne con el serrucho comienza a gritar y muchas veces pierde el conocimiento o muere mucho antes de que la podamos separar en dos mitades. Pero con este invento eso es cosa del pasado, repito, es un invento ar-gen-ti-no, de los mismos fabricantes del enhebrador de aguja, fijesé usté, aquí tengo mi bella asistente, la coloco cómodamente dentro de la caja, cuidado que quede la cabeza saliendo por este agujero, los pies por este otro y por acá sale una mano, cierro la caja, vea cómo la señorita nunca deja de sonreír, por esta ranura se pasa el serrucho, es un serrucho especial que viene con el kit, vea usté, atravieso la caja entera con el serrucho, no hay sangre, no hay gritos, la manito y los pieses se mueven, la chica sigue sonriendo y separo ambas mitades de la caja. En menos de un minuto ya está la chica cortada a la mitad y usté puede seguir con lo que tenga que hacer, mire lo que le vengo a ofrecer. El kit de cortar al medio a la bella asistente, en menos de un minuto la tiene en dos mitades, diez pesitos lo que le pido, un billete, cinco monedas, menos de lo que le sale un serrucho ordinario, mire lo que le digo. Ni hablar si tiene que pensar en consultas al médico por heridas graves, o a un abogado porque se lo acusa de intento de asesinato o si tiene que contratar una casa de sepelio. Diez pesitos, el kit de cortar al medio a la bella asistente, diez pesitos le cobro. Muchas gracias, y que tenga un buen retorno a sus hogares.

(eso es más o menos lo que escucho cuando ofrecen el "enhebrador de aguja". hay ciertos misterios con los que no se debe jugar. seguiré enhebrando mis agujas a ojo, con saliva y pulso firme)

miércoles, 27 de marzo de 2013

El instrumento que siente


  - Disculpame, te estuve mirando todo el viaje, y te lo tengo que decir. Sos igual, pero igual, a mi hijo. En todo, la cara, los gestos, cómo te pasás la mano por la cabeza, todo, es increíble.
  - ...
(¿qué puedo contestar? ¿qué está esperando que le diga? Si hablo corro el riesgo de que mi voz sea igual a la del hijo... ¿y por qué es eso un riesgo? ¿estará vivo el hijo?)
  - Te juro que si no fuera que es imposible, creería que eras él. Cuando subí, sentí el impulso de decirte "¿pero qué hacés acá?". Si no fuera que-- mirá, te voy a mostrar una foto.
  - ...
(está muerto. está muerto. cagué. está muerto, soy el hijo muerto. y todavía me falta un montón para bajarme, no me puedo escapar, llegaría tarde al trabajo. que igualmente llego tarde todo el tiempo, soy un desastre. ¿estará muerto? sí, ¿si no, para qué me hablaría? necesita hablar con su hijo muerto, soy el hijo muerto.)
  - Mirá, acá en esta foto no se ve bien, pero sos igual, es increíble. Mirá.
  - ...
(es pelado, sí. y gordo. qué fácil que me es ser parecido a cualquier gordo pelado. pero el chabón estaba con una mina en la foto, ahí hay una gran diferencia. podría decirle eso a la señora. todavía no le dije nada. ¿pero qué le puedo decir? nada, ella quiere que le hable el hijo muerto. ¿y si realmente soy el hijo muerto? quizás mi vida haya empezado ahora, quizás todos mis recuerdos sean falsos, a fin de cuentas, los recuerdos, ¿qué son? no son nada, son una fantasía, tan reales como un sueño. quizás no haya vivido nada de lo que creo haber vivido, quizás no sea Alejandro, todo este Alejandro es un invento, soy en realidad Martín, ¿cómo sé que se llama Martín? que me llamo, lo sé porque soy él, acabo de renacer para que ella me viera en un colectivo, para que ella pueda hablar con el hijo muerto. pero si acabo de aparecer, es porque el hijo no puede llevar muerto tanto tiempo, quizás, entonces, lleve vivo -en este cuerpo- el tiempo que Martín lleva muerto, ¿cuándo habrá muerto?)
  - Perdoná, eh. Pero sos igual, te lo tenía que decir. Es increíble. Si no fuera que está viviendo en Tucumán...
  - ...
(no está muerto. está en Tucumán. pero no, quizás haya muerto ahora, claro, yo tenía razón, empecé a vivir ahora, mi vida en este cuerpo se da a partir de este viaje, soy el último contacto con la madre, ella ahora llegará a su casa y encontrará un mensaje de algún familiar, quizás la mina que está en la foto con Martín, ¿se llamará Martín? y le dirá que Martín murió, ahora, hace unas horas. este viaje en colectivo será para ella un hito en su vida, una experiencia religiosa, y para mí también, aún sin saberlo con seguridad, ¿quién puede asegurarme que llevo vivo más que estos treinta minutos arriba de este colectivo? ¿y cómo seguiría mi vida a partir de ahora? eso no es lo importante, el cuento tendría que hablar de la madre, el viaje es el de la madre. me suena a cuento Cortazariano, alguno así había, sí, ahora lo recuerdo. entonces tendría que escribirlo desde mi perspectiva, desde la vida falsa, desde el instrumento que siente. y ese sería un cuento de Philip Dick, que de hecho ya leí.)
  - Sos igual. Qué cosa...
  - ...
(qué loco si el pibe se murió. sería tremendo. pero no, no pasó nada, la vida suele ser aburrida, por suerte. por algo inventamos la literatura. aunque, ¿quién me saca esta paranoia Dickiana de no ser quien creía? tendría que pensar menos... tendría que haberle dicho algo a la señora, no le contesté nada en ningún momento, sólo le sonreí como un imbécil. tendría que escribir ese cuento. tendría que decirme que una mina me habló en el colectivo, en vez de preguntarme si soy una hormiga eléctrica. y cuando me baje del colectivo, ¿la saludo o no?)

sábado, 27 de octubre de 2012

Anestesia retroactiva

  Sueño con anestésicos anacrónicos. O no, mejor sería llamarlos anestésicos retroactivos. Algún tratamiento, algún proceso, alguna pastilla que quite el dolor del pasado. No el de ahora, por ese no se puede hacer nada, lo que duele ahora duele y no hay nada que hacerle, o sí, quizás podés usar las anestesias más conocidas. Por eso, el tema del dolor de ahora quizás pueda cubrirlo: podría fumar y llorar y reír y ese dolor sería otra cosa. Pero me preocupa el dolor del pasado, el dolor que sentiré en el futuro al pensar en el día de hoy.
  Y así es que sueño. Me propongo esa fantasía: entrar a un consultorio, que te enchufen algunos electrodos en la cabeza y comiencen a enviar una anestesia hacia atrás en el tiempo. Imagino que podría escribir un cuento. Imagino que sería muy obvio que es apenas una variación de "Eternal sunshine of the spotless mind", pero la idea me sigue pareciendo atractiva, más que nada por su utilidad. Yo voy a necesitar eso, ya mismo lo estoy necesitando. No quiero eliminar recuerdos, eso es poco práctico. Sólo quiero quitarle el contenido emocional. Quisiera poder conservar todos esos momentos tremendamente vergonzosos de mi vida (yo perdiendo el control de mi modulación al hablar delante de una clase, yo en una pileta viendo por primera vez una concha, yo equivocándome frente un grupo de snobs odiosos pero amables, yo queriendo deshacer 1.500 kilómetros en un segundo, yo preguntando por un bebé muerto, no, no era yo, era otra persona, pero en ese momento era una confusión normal, yo escuchando que nunca me quisieron realmente, yo imaginando que nunca me quisiste realmente), la "película de mi vida" (qué expresión de mierda) no tendría sentido quitándole esos pedacitos. Yo sólo quiero rememorarlos y que me chupe un huevo. Quiero ver esas caras y no sentir nada. Ni dolor, ni nostalgia, ni odio, ni tristeza. Nada de nada. Ya lo sentí en su momento. Ahora (mañana), que me dejen en paz.
  Imagino el cuento. El paciente soy yo. Siempre estoy yo en mis cuentos. ¿Cuentos? En fin... E imagino todas esas situaciones vergonzosas, y apenas las modifico un poco, y las cuento, y me exorcizo un poco. Quizás alguien lo lea y se ría. O yo lo lea después y me ría. Suelo reírme después de leer lo que escribo. Cuando ya olvidé que lo había escrito. Pienso eso y me duele un poco menos.
  Pero aún me duele demasiado, y no quiero sentarme a escribir un cuento. Porque no quiero escribir nunca más. Y no quiero sentarme a hacer nada nunca más. Quiero re-cagar a trompadas al colectivero que está frenado en un semáforo y no me abre la puerta, me acerco, le golpeo, me dice brevemente que no, le hago con gestos un patético "por favor" y ni me mira. Me quedo ahí, y el tipo sigue mirando para adelante. Lo quiero matar. O quiero que él me mate. Eso quiero, quiero escribir ese cuento, el del colectivero que no le abre al chabón, y el chabón lo empieza a insultar y le patea el bondi, y ahí sí el colectivero abre, y cuando yo (porque siempre soy yo) le empiezo a decir "ah, ahora sí me abrís, infeliz, si te pido por favor ni me mirás, pero si te empiezo a insult--" y ahí nomás (porque en mis cuentos siempre la gente se interrumpe) me surte, me pega con algún fierro o algo y termino en un hospital. Y la primera cara que veo al despertar no es la de ella, y pregunto si ella llamó o si sabe algo, porque me olvidé que ella ya no me va a llamar ni le importa lo que me pase. Me encanta ese final.
  Quería escribir eso también, sí. Pero no tengo fuerzas para escribir. Me duele mucho.

domingo, 11 de marzo de 2012

Elogio de la constancia

  "Peluquería canina a domicilio". Hasta tiene el dibujito de un perrito y una especie de secador de pelo apuntándole. Pobre perro... ¿Pobre? Sí, pobre. No: pobre tipo. Sí, pobre el tipo que vive con esa mina, porque es una mina, que llama a la peluquería canina a domicilio para su perrito. Nunca entendí cómo es que los amantes de los animales, esas personas que siempre están hablando bien de las diferentes especies de mascotas que puedan ocurrírsele, que sienten hasta el más pequeño dolor por el animalito de turno, y que generalmente se cagan en sus congéneres, porque además siempre tienen plata, y siempre desprecian a la gente, y siempre a la gente que tiene menos que ellos, entonces, nunca entendí cómo es que estas personas siempre están tratando de humanizar a sus mascotas, en vez de dejarlas salvajes, impolutas. Hay algo ahí contradictorio, ¿por qué te llevás al bicho a dormir con vos? ¿Por qué le pagás un peluquero? ¿Por qué le ponés un pullovercito? ¿Por qué, si todo lo bueno que tiene tu perro es que no es una persona?
  Quizás exagero, siempre lo hago. Estoy tocando de oído, debo estar equivocado, lo importante es que no entiendo. Eso. No entiendo. "Peluquería canina a domicilio". ¿Y quién es el que hace eso? ¿Es un amante de los animales? ¿O un oportunista? ¿O alguien que hace eso por hacer algo, porque siempre hay que hacer algo, en este mundo tenemos que hacer algo, ojalá pudiéramos salir a pasear y acostarnos en la cama de esa señora que nos hace la comida y nos abriga y nos paga el peluquero a domicilio? Quizás haya algo ahí noble, sí, una persona que le corta el pelo a los animales, que va y se mete en las casas a hacer eso que, si no lo hace él, no lo hace nadie más. Quizás el perro esté más feliz con su pelo recién cortado. Quizás Dios, con su diseño inteligente, haya hecho que el pelo de los perritos crezca en detrimento de la comodidad de los mismos, y, para mantener el equilibrio de su perfecto universo, haya creado otra especie, una especie con individuos cuya misión sea la de buscar la comodidad de los primeros, yendo de casa en casa cortándoles el pelo, movidos por una fuerza interior inquebrantable. Tiene métodos misteriosos, ya lo sabemos. Quizás Dios sea un perro. No, Dios es Dios, él es todo, pero los perros son sus criaturas favoritas, hechas a su imagen y semejanza. O los gatos. O los hipopótamos. Quién sabe...
  Pero no es eso lo importante, no. No es eso lo que me llamó la atención del cartel de "Peluquería canina a domicilio". Lo que me llamó la atención es que el cartel es un cartel de chapa, y está clavado al poste. Quizás lleve allí años. Es un señor cartel. No es una fotocopia pegada con voligoma, o con cinta scotch. No. Esta persona, el estilista canino con movilidad propia, quiso asegurarse de que su oficio sea conocido por cada persona que se acerca al poste a intentar averiguar cuáles de todos los colectivos que pasan por la avenida paran acá. Todos esos carteles, los de las líneas de colectivo, eran de papel o plástico. Y de ellos sólo queda algún dígito, alguna parcialidad con cierto color que, el ojo habituado a viajar por Zona Sur sabrá descifrar. Miles de personas se pararán en esta esquina a mirar qué colectivos frenan aquí. Y será difícil que lo descubran. Sin embargo, todos ellos sabrán del famoso peluquero canino a domicilio, porque él se tomó el trabajo de mandar a hacer (¿o quizás él lo hizo?) y enchapar un cartel. A color. Con dibujitos. Y dice "Peluquería canina a domicilio".
  Tamaño esfuerzo es admirable. Esta persona está brindándose, lo suyo es un servicio. Ojalá ese espíritu estuviera presente en la gente que maneja el asunto de los carteles del transporte público. Ojalá todos hiciéramos lo que hacemos con esa convicción, con ese deseo de atrapar la atención de todos.
  Pero... hay algo que no me cierra. Algo que anula todo lo anterior. El teléfono al que hay que llamar para pedir el servicio, está borrado. No se alcanza a leer los dígitos del medio, me sería imposible conseguir un peluquero a domicilio para mi hermoso perro. No es que quiera hacerlo, de hecho, nada está más alejado de la verdad, los pelos de mi perro son increíbles, hermosos, tiene unos bucles sólo comparables a los rulitos de mi sobrina. Pero no me deja tranquilo la idea de que ese cartel de chapa, combado para ajustarse a la anatomía del poste de luz, clavado a éste con toda profesionalidad, presente allí desde quién sabe cuándo... es inservible. ¿Cuántos de estos carteles hay por la ciudad? ¿Los hizo el estilista, o un chapista (no se me ocurre de qué otra manera llamarlo)? ¿Nadie se encarga de vigilar su estado? ¿Nadie hace un mantenimiento de estos cartelitos? ¿Es que el chapista no posee, acaso, la misma pasión que mueve al estilista canino? ¿Es que el estilista canino ya no se preocupa por que la gente sepa a qué número tendrían que llamar para contactarlo? ¿Acaso habrá desistido? ¿Administra ahora un kiosco? ¿No puede hacer las dos cosas? ¿Se murió? ¿Se murió el chapista? ¿Su hijo no sigue el negocio familiar? ¿O lo hace, pero así nomás, mucha bola no le da porque en realidad él quiere ser representante de gente del espectáculo, y tiene unos amigos que tocan en una bandita y ya hicieron unos mangos con unos cumpleaños de quince, que no han sido la gran cosa pero que les permitió encamarse con unas minitas no tan borrachas como ellas luego señalaron? Son muchas preguntas. Hay un número de teléfono completo que sí se puede ver, es uno chiquitito, en la base del cartel. Creo, más bien, que es el número del chapista, no del estilista, porque hay dos, hay un estilista y un chapista, eso ya lo decidí, quizás uno esté muerto y otro tenga un hijo, eso está por verse. En fin, no hay nada en este momento más que ese número de teléfono al que me muero por llamar, pero, ¿cómo explicar para qué llamo? ¿Qué es lo que quiero averiguar?
  Quizás sólo quiera hablar con alguien. Quizás sea este domingo, esta espera por el primero de los colectivos que tendré que tomar, esta soledad. Pero hay todo un mundo detrás de esos tres o cuatro números invisibles, con todos los perros que ya no podrán ser acondicionados y con todas las minitas que los pibes de esa bandita intentarán cogerse.

jueves, 9 de febrero de 2012

Baño cósmico

/¿Me está mirando esa chica? No.
/Vos seguí leyendo, no le des bola.
/Pero siento que me mira... La tengo al lado y me mira. O no, quizás quiero que me mire, solamente. ¡Ahí está! Me miró. Aunque claro, como se mira a cualquier persona en el colectivo, nos miramos unos a otros todo el tiempo.
/Ahí te miró otra vez.
/¿Y por qué me mira? ¿O por qué la miro yo?
/Ahí está el tema. Vos sabés por qué la mirás, y querés que la respuesta a por qué te mira sea la misma. Pero no. Tener tetas grandes sólo sirve cuando sos mina.
/Callate, estúpido. Pero tenés razón.
/Claro que tengo razón. Eso es lo bueno de discutir con vos mismo. Siempre tenés razón.
/¿No estará tratando de descifrar qué es lo que leo? Como hago yo siempre...
/No, infeliz. Esa mina no lee. Las minas que sacan las tetas así para afuera no leen. Fijate el piercing que tiene en el ombligo, fijate que se le vea el ombligo, justamente, fijate el pantaloncito que lleva. Esas pibas no leen.
/¿Puedo ser tan prejuicioso? Sí, puedo. A fin de cuentas, suelo defender a los prejuicios diciendo que son herr--
/amientas, sí. No te sientas mal. Ni ella ni el novio leen. Porque, sigamos con los prejuicios, pero está viajando con el novio. O con lo que sea, pero es una persona con la cual se relaciona desde el cuerpo, desde el deseo, desde el sexo. Quizás se relacione desde ese lugar con todo el mundo. Quizás ese sea el hermano, ¿no? Ja, eso sería grandioso...
/Pará, sólo la estamos viendo desde hace dos minutos parada en un colectivo. No podemos armar la maqueta de su vida entera a partir de esto poquito que vemos.
/Pero si te encanta generalizar, y buscar patrones, y utilizar a los prejuicios para completar los (y cito) fractales personales de los cuales te encanta hablar. Y ella encima no soporta que lo hagas, qué imbécil que sos.
/Imbécil serás vos.
/Eso dije.
/Ahí me miró otra vez...
/Dale. Yo te ayudo a pensar eso que querés. Que sos lindo. Que los lentes te quedan bien, que el hecho de estar leyendo ya te hace más interesante y misterioso, que, bueno, sos pelado pero que no es para tanto. Que ya no sos taaaaan gordo, que tu belleza radica en, justamente, no ser para nada bello.
/No, no quiero pensar eso. Quisiera no tener que pensar todo esto sólo por el miedo que me daría pensar eso... Lo que quisiera pensar es en que, quizás... En que...
/Dale. Decilo. ¿O querés que te ayude?
/Quisiera pensar en que... ¡Pero mirá cómo saca las tetas! No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué esa pose? ¿Por qué me mira, por qué busca mi mirada?
/Vos buscás su mirada, vos te preguntás todo esto. Ella capaz que ni te vio...
/Pero esas cosas pasan, ¿no? Ves, en eso quiero pensar. En un cuento.
/Y dale con tus cuentos y tu blog y la puta que te parió. ¿Cuándo lo vas a cerrar?
/Callate. ¿Qué le pasa a la mina por la cabeza? Está viajando un sábado a la noche en un colectivo con el novio, y está sacando tetas y tratando de atraer los ojos de otros hombres. No, mejor quisiera saber que le pasa a un tipo que ve eso, como yo, pero que se siente un winner, aunque nada que ver, y capaz que se imagina toda una historia, como yo intento no hacer, pero en realidad... No, sería mejor pensarlo desde el novio.
/Mirá. Se desocupó el asiento de enfrente. Se va a sentar, y ya no van a poder jugar a mirarse...
/Opa.
/Ah... Esa no te la esperabas, eh...
/...
/Tenés miedo, es increíble.
/No, boludo. Pero es raro, ¿no? Me miró, y el novio le dijo que se siente, y ella le dijo que no, y el pibe insistió, y ella siguió diciendo que no, que se sentase él. ¿Seré demasiado machista que la situación me parece rara?
/No. El problema es que, en tu cuento, pasaría eso. ¿No? Lo estás viviendo como si fuera tu cuento.
/Ja, claro, tenés razón. En mi cuento, entonces, ahora que el chabón está de espaldas, y sentado, y mirando por la ventanilla, ahora que ya no la ve a ella ni a mí, enton--
/...
/...
/Ahora yo también tengo miedo.
/Es increíble. No. Mi cuento no tenía que hablar de eso. Mi cuento tiene que hablar de esto que acaba de pasar. De cómo estaba pensando en que ahora ella tendría que ir más allá, tendría que llamar mi atención, y me imaginaba que me tocaba haciéndose la distraída, y eso hizo: estiró su mano para agarrarse del asiento y tocó mis manos. ¿Cómo pudo darse al mismo tiempo? ¿Cómo pude anticipar eso, aunque por las razones equivocadas?
/Claro, ahora cagamos. Para no pensar en que la mina puede estar queriendo llamar tu atención (ya que sus tetas pareciera que no alcanzan), vas a empezar a pensar en todo ese rollo de los cruces temporales y de la no-linealidad del tiempo y--
/¡Claro! Como eso que quiero escribir.
/Todavía no lo escribiste. Pero ya está escrito.
/¿Me estás gastando? A veces no sé cuándo me gastás y cuándo no...
/No importa eso. Mirá. Se bajan.
/Sí, no me importa ya. Ya no importa. Lo que pasó fue mágico. Fue como la vez esa, ¿te acordás?
/Es al pedo que finjas que me hablás a mí. Todo lo que vos recuerdes, yo lo recuerdo. Pensalo, o escribilo, mejor dicho, y listo.
/Tenés razón. Una noche en que con unos amigos, en nuestra más estúpida adolescencia, nos propusimos generar un ambiente paranormal, comencé a buscar señales, comencé a buscar mensajes de algún orden superior, comencé a exagerar cualquier eventualidad convirtiéndola en algo con un significado oculto e importantísimo. Así fue que, marqué como primera señal, el cadáver de una cucaracha, que apareció de la nada. Mal augurio. Marqué como otra señal, un souvenir de bautismo que un amigo mío rompió sin intención al moverse torpemente. El souvenir era un pequeño angelito, eso tampoco podía ser bueno. La noche siguió, ya empezábamos a sentir cierta paranoia, aún siendo dos de los cuatro participantes ateos escépticos que siempre se ríen de todo. Yo jodía constántemente con que, eventualmente, la radio nos daría una señal. Estaba desenchufada, pero yo recordaba cada tanto, que llegaría ese momento. Ese momento llegó. Aburrido, quizás impulsado por algún silencio, o quizás porque me divirtió pensar que había llegado el momento, dije "bueno, ahora vamos a ver qué nos dice la radio". Un segundo después, uno de mis amigos estaba pálido, con los ojos desorbitados, y yo sé que estaba cagado en las patas. Era el único que, además de un servidor, conocía el tema que estaba sonando justo cuando encendí la radio. Y yo reí. Yo fui feliz. Me sentí como rejuvenecido por un baño cósmico. Eso que tenía que pasar, pasó. Eso que buscaba estaba ahí. El tema que sonaba era uno llamado "between angels and insects". Trato de pensar en algún tema más adec--
/Te tenés que bajar.
/¿Qué?
/Que te tenés que bajar del colectivo, te vas a pasar.
/Ah. Gracias.

sábado, 29 de octubre de 2011

El entramado

  ¿Cuántos colectivos llenos dejo pasar apostando a que, pronto, alguno vendrá con asientos libres? Depende de muchas cosas. Hoy dejé pasar a tres, y me subí al cuarto. No estaba lleno, pero tampoco tenía asientos disponibles, así que aquí estoy, estudiando la situación. Porque si soy capaz de retrasar el arribo a mi hogar, si sacrifico mi tiempo, o, mejor dicho, lo invierto intentando mejorar mi viaje, es obvio que no soy un improvisado. No me contentaré viajando parado a la simple espera de que la providencia me regale una silla. De ninguna manera. Como cualquier otra cosa en esta vida, esto es una competencia. Una feroz competencia. Y no hay nadie aquí, más hábil que yo. Hay muchos pequeños indicios que hay que tener en cuenta. No hay que pararse nunca cerca de señoras mayores. Se sabe que los asientos liberados muy cerca de su territorio les pertenecen, por esa discriminación positiva tanto etaria como de género. Claro que no estoy de acuerdo, lo más probable es que sean viejas arrastradas, estúpidas y desagradables, y que no merezcan la comodidad más que yo, pero hay ciertas reglas que, al desoírlas, pueden ponernos en un lugar poco ventajoso. Así que, lo mejor, es alejarse. Darles la espalda. También es conveniente acercarse a la parte trasera, a la última hilera, por una mera cuestión estadística: es donde más asientos hay, así que es probable que en esa zona se dé la primera oportunidad. Y hay que saber leer los gestos. Aquel que otea por la ventanilla en busca de las numeraciones, aquella que acomoda la cartera sobre su hombro, aquel que coloca un señalador en el libro que venía leyendo. Y entonces, una vez detectada una de estas sutiles señales, ir a reclamar el asiento, antes de que lo hayan abandonado. Y para los viajes rutinarios, ayuda muchísimo memorizar los pasajeros habituales, y sus destinos. Aquella rubia, por ejemplo, poco agraciada pero llamativa, se baja en Belgrano al 1200. Muy lejos, sólo sirve en casos de emergencia. En malas jornadas, donde pareciera que cualquier imbécil consigue asiento menos uno, que encima se esfuerza. La vieja asquerosa esa, la de anteojos, se baja dos cuadras después de la plaza. Y siempre se persigna frente a la Iglesia, justo antes de... ¿Dónde estamos? Supisiche... Había uno que se bajaba acá. Sí, el flaquito de anteojos, el morochito. ¿Dónde estás, ratita? Laucha despreciable, ¿dónde estás sentado? Nunca te vi parado, infeliz... Pero no, no estás... ¿Dónde estás? Antes te veía siempre, y ahora que te necesito... Negrito de mierda...

Un escritorio vacío. Un escritorio limpio. Un escritorio marcado, pero ya sin vida. Nada significa para nadie. Nadie piensa en él, no forma parte de la vida de nadie. Un escritorio viejo, pero amnésico.

  Qué frío... Dale, Zambo, vamos adentro. Dale, corré un ratito más y nos vamos. Hace frío. Aparte ya está oscuro, y me da un poco de miedo. Esta plaza siempre me dio miedo. Ay, tendría que sacarte a pasear más temprano, como hacía antes... Sí, ya sé. Qué tonta. Como una boluda salgo a esta hora, me banco el frío, me banco el miedo, para ver si él aparece. Pero es tan lindo... ¿Te acordás cuando te le tiraste encima? Se quedó quieto, mirando, petrificado. Yo te grité y me fui acercando, y ahí me miró. Ay, qué lindo. Y qué aparato, ni se movía. "Perdoná, es que es cachorro todavía". Y ni me contestó. Intentó una sonrisa pero ni eso le salió. Debe ser re-tímido. Me acuerdo que esa semana lo volví a ver. Me hice la distraída a ver si me miraba, si me saludaba. Pero no, siguió de largo. Y a la otra semana, lo mismo. Y así como dos meses, hasta que lo empecé a saludar de lejos, con un ademán apenas. Y él apenas respondía. Pero eso solo... era el punto alto del día. Sí, qué patética. Ay, si Ramiro se enterase. Qué vergüenza... Pero no hago nada malo. ¿No, Zambo? Bueh, vamos adentro. Hoy tampoco aparece. ¿Seguirá con los mismos horarios? Tengo miedo de no volver a verlo... Yo le quería hablar, aunque sea...

¿Es un secreto aquello que ya no significa nada para nadie? Una carta que ya nadie puede descifrar. O, peor aún, una carta que ya nadie tiene interés en descifrar. Cosas escondidas tan celosamente, que ya nadie podrá encontrarlas. Ya no son un secreto, pues ya no son nada. Se han convertido en un papel como cualquier otro, basura, un montón de garabatos ilegibles. Extrañamente...

  Uy, ¿viste este? Recién llegó y no sabés cómo se vende. Sí, una barbaridad. Es la típica novelucha calenturrienta que leen las pendejitas. Pero no sabés, hoy vino una señora grande, totalmente excitada, con la hija de treintypico de años, ponele, que le oficiaba de intérprete. No, la piba se moría de vergüenza: la madre, flor de pelotuda, rogándome "¿pero cuándo sale el tercero? ¿Y no sabés qué va a pasar? Porque cuando por fin parece que la parejita va a... bueno, que van a estar juntos, ¡pum! Te los separan. ¿No sabés cuándo sale el tercero? ¿No te dijeron? Porque en Internet yo vi que ya está, se llama 'Ardor'". No, un desastre la vieja. Yo me quería cagar de la risa, pero no podía, ¿viste?, aunque por suerte la piba sabía que la madre estaba haciendo el ridículo, así que hablábamos entre nosotros con miradas cómplices. Qué vieja loca... ¿Y este otro? ¿Se vende? No, ¿no? ¿Sabés quién se lo llevaría? ¿Te acordás de este pibe morochito, de anteojos? Uno petisito, que compraba muchos libros de computación. Como uno por semana, era un relojito. Ahora que lo pienso, hace bastante que no lo veo. Como... no sé, como varios meses. Rubén se llamaba, ¿no lo ubicás? Uno que no preguntaba nada, venía, miraba, revisaba como por media hora y después se llevaba algo. Así, calladito, muy correcto. ¿No? Qué raro...

Una pesadilla. La realidad es una pesadilla, porque en el sueño, Rubén estaba vivo. Y ella lo acariciaba, y le hacía regalos. Él sonreía, y luego partía, pero ella sabía que iba a volver. Porque su hijo siempre volvía, volvía a sus caricias y a sus regalos. Y al despertar, al entender que aquello que sentía era desplazado violentamente por una angustia oprimente y demoledora, se convencía de que su vida se había dado vuelta. Sus sueños eran ahora lo que importaba, y la vigilia era una insoportable y lenta pesadilla.