Mostrando entradas con la etiqueta ¿En qué quedamos?. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ¿En qué quedamos?. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de enero de 2016

Las fauces del león, anexo

  - ¿Sabías que papá lo vio a Carlitos manejando el colectivo? ¿Te acordás de Carlitos?
  No lo puedo creer. Y no sé cómo hacer para mostrarle a mi vieja mi asombro, cómo explicarle en ese colectivo ruidoso en el que viajamos que hace más de un mes que le doy vueltas al asunto de Javier sin saber por qué, que no puedo creer la casualidad enorme de que me lo nombre ahora, que estoy tratando de ordenar mis recuerdos y dejarlos por escrito, para que dos o tres personas que ella nunca conocerá lo lean y se pregunten si es verdad o si estoy inventando todo. Escribo esto todavía shockeado, encantado una vez más por un momento de magia mundana, y otra vez en un colectivo. Es simbólico (para alguien que se maneja buscando patrones y símbolos) que se dé en un viaje, en un colectivo. Para un ermitaño como yo, acostumbrado a ser su único interlocutor, es el único lugar desde donde alguien más puede intentar decirme algo. Dentro de mi cueva (sea mi casa, o la librería), nada ni nadie me alcanza. No hay posibilidad de comunicación. Cada vez que estoy obligado a salir, por otra parte, pueden pasar cosas como esta. Que Javier esté manejando un colectivo que tomo todos los putos días. ¿Lo habré visto? ¿Será eso lo que lo empujó desde el más vergonzoso de los olvidos para colocarlo en el centro de mis desvaríos?
  Debe ser eso. La vida es simple y aburrida. Hacemos literatura de ella para tratar de darle algo de significado y dramatismo, y nos imaginamos entonces que yo escribo esto, y que lo conjuro, y que mis viejos, que jamás leerán esto, están escribiendo en sus cabezas esta misma historia, desde sus propios puntos de vista. Y que todo esto que cuento es cierto. Porque lo es.

miércoles, 9 de abril de 2014

Elogio del desprecio (un fósforo)

para el Tucu

  Es muy simple. Se toma toda la pasión, todo el deseo, todo el cariño que uno esté sintiendo en ese momento, y se le acerca un fósforo. Arde con una violencia inusitada, es un proceso que no lleva más que un par de horas. Duele como pocas cosas en la vida, pero es sumamente útil: esa persona que uno adoraba, pasa a ser odiada, y luego el tiempo hará su parte. Deja de ser una preocupación.
  Y ni siquiera hace falta que duela, ni hace falta viajar de extremos tan separados. Es muy fácil destruir nuestras emociones, nuestra curiosidad. Lo he visto muchas veces, y estando de los dos lados. Y es lo más sano, la volatilidad emocional es la respuesta. Hay que acumular mentiras, eso está clarísimo, lo hacemos y lo haremos todos. Pero cuando esas mentiras ya no sirven, cuando molestan: puf. Un fósforo y a la mierda.
  Y cualquier cosa puede servir de disparador. He conocido el caso donde fue un chiste desafortunado. Más de un caso, me temo. El humor mal entendido es muy destructivo. Un reproche mínimo. Una diferencia de gustos musicales. El interés aparece y desaparece. Una simpatía mal colocada, una palabra inocente pero que el receptor relaciona con algo profundo. Cualquier cosa sirve, y lo que antes estaba no está más. Nada importa realmente, hay miles de personas alrededor nuestro. ¿Por qué no descartarnos, no odiarnos sin culpa, no olvidarnos rápidamente?
  Además, esto tiene su contrapartida, su costado luminoso: cualquier persona que conozcamos puede ser adorada instantáneamente. Es un juego de espectros, de figuras de cartón. Ponemos y sacamos, nada importa realmente: lo hacemos todo desde nuestra absoluta soledad, desde nuestro acotadísimo punto de vista, desde nuestro más sanguinario narcisismo. Pongo por caso: hoy, en el subte, vi una mina. No era la gran cosa, pero tenía algo que me encantaba, un conjunto de pequeños detalles que la pintaban de manera hermosa. La miré con más atención, y sentí el gusto de la nostalgia, la vi como a ella, me recordó a ella, a la olvidada. No me molesté en sentirme imbécil, me dejé llenar de una placidez anacrónica, y obtuve un premio: la mina sacaba de su bolso un libro. No era cualquier libro el que leía. Era mi libro favorito, mi libro de iniciación, mi libro. Mío, porque casi nadie lo conoce, casi nadie lo consigue, casi nadie lo ha leído, casi nadie quiere leerlo, tampoco. Y, curiosamente, un libro que la otra, el espectro que ocupaba el lugar de esa chica del subte, había leído porque yo se lo había prestado. El único libro que le había prestado, el único libro que me había pedido, el único libro que puede que le recuerde mi persona. Una casualidad, pero alcanzaba, alcanzó para que amara a esta chica del subte, alcanzó para que llorara al verla partir, alcanzó para sentirme idiota después, también.
  Y alguien podrá argumentar que estoy equivocado, que lo que ahí pasó desmiente todo lo dicho anteriormente, que yo nunca olvidé, que nunca dejé de amar, de extrañar, de querer. Que ese espectro es la prueba de que no sé dejar ir, que veré fantasmas allí donde vaya, que nada morirá hasta que yo no muera. Bueno, invito a quien quiera a decirme eso. Y le probaré lo fácil que mando a cagar a la gente, y para siempre.

domingo, 27 de mayo de 2012

Palabras

"Vos sos un hombre de palabras".

  Hace unos años me dijeron eso, sin tratar de esconder el reproche que, quizás, fuera en realidad lo importante del mensaje. Estoy acostumbrado a los reproches. He sido educado en base a ellos, nunca alcanzar lo que se pretendía o esperaba de mí forma parte de mi identidad. Por eso preferí obviar ese reproche, para concentrarme en esa definición tan acertada, que en momentos como este me parece aún más cierta que entonces. "Vos sos un hombre de palabras". Quizás un acceso de vanidad y autocompasión me esté llevando a esto, a tratar de usar palabras para describir por qué soy un hombre de palabras, pero no sé hacer otra cosa. La vanidad me dice que no sabré hacer otra cosa pero que eso lo hago bien, y que es una forma elevada de entender y vivir la vida. La autocompasión me dice que es triste que no sepa hacer otra cosa. Que es triste que no sepa vivir, que es triste que siempre tenga que estar triste, que es patético que detrás de las palabras sólo haya eso: tristeza.
  "Vos sos un hombre de palabras". Hay muchas cosas que me quisieron decir en ese entonces, pero eso ya no me importa demasiado. Lo que me importa es que, hoy, ya estoy cansado de ser eso. ¿Por qué las palabras son tan importantes? No lo son. Realmente, no lo son. Para el resto, es decir. Siempre es igual, siempre tengo que compararme con el entorno (siempre y cuando sienta que hay una notable separación, un entorno y un yo a una distancia infranqueable), y entonces me digo: las palabras no importan. Las palabras que recibís, las palabras que recogés, las palabras que repartís, las palabras que te roban y que olvidás. No tienen esa importancia que vos le das. A vos te hablo. Sí, a vos. A mí. Al único al que hay que hablarle, y explicarle todo, todo el tiempo, con palabras.
  No se puede, aparentemente, explicar todo con palabras. Ni siquiera eso: no se puede explicar nada con palabras. No alcanzan, para todo falta. Pero no es un problema que tengan las palabras, es un problema que tenemos nosotros, los lectores, los oradores, los escritores, los oyentes. Es todo tan confuso, tan vergonzoso, tan angustiante, tan banal, no sirven las palabras para describirlo, para comunicarlo. Eso creo hoy, ya cansado de ser un esclavo de las palabras. Antes, bueno, era diferente.
  Antes creía firmemente en el poder de las palabras, en su buen uso, en el valor inapelable de la verdad. Eso era, en parte, ser un hombre de palabras. Y no se sentía muy bien, pero por lo menos me dejaba saber dónde estaba parado. Me permitía vivir sacándome ciertas preocupaciones de la cabeza. O no, quizás las preocupaciones estuvieran, pero no había que perder el tiempo sopesando cada palabra que llegaba. Si me dicen azul, es azul. Quizás esa persona esté equivocada, pero jamás me va a decir azul si es rojo. Por esa misma razón, me sorprendía tanto que alguien pudiera poner en duda cualquier palabra que yo dijera. Es conocida en mi minúsculo círculo social mi estúpida frase "Yo nunca miento". Y eso es una mentira, es imposible no mentir, pero puedo jurarlo, puedo someterme al polígrafo y decir "yo nunca miento" y la aguja no me descubrirá en falta. Para mí, ese rojo es azul. Seré daltonico, pero no malintencionado.
  ¿Y ahora? Sigo sin mentir. Me convertí en "vendedor", y cargo este respeto por las palabras y su verdad como una cruz. En realidad, no cambió nada. Estoy cansado, pero no he aprendido nada. Seguiré creyendo instintivamente todo lo que me digan, aún cuando me vea obligado a decirme "tenés que saber que eso es mentira". Siento la necesidad de escaparme, de abandonar este mundo de palabras, pero no puedo. ¿Adónde iría? No entiendo el resto de los lenguajes (lo que no quiere decir que entienda éste, de hecho, creo que lo que intento decir es que no lo entiendo). "El cuerpo nunca miente". Sí que miente. La verdad no existe, y eso me entristece. Pero lo más triste es que la mentira sí existe, y está en todos lados.
  Me espera un limbo. Abandonar el uso de las palabras, escapar del peso al que las palabras me someten, para ir hacia otros mundos, a los que jamás podré ingresar. El silencio irá ganando terreno. ¿Pero cómo será internamente? Tendría que abandonar el hábito de la lectura, quizás volver a amasijarme jugando videojuegos horas y horas. O, puestos a mentir, escuchar a mi cuerpo, jugar con él, por fin dejar que sea libre y que dicte cada uno de mis movimientos. Escapar de las palabras, y dejar de escapar de la mentira.

  Pero entonces, si las palabras no valen nada, ¿de qué sirve esto? ¿Qué valor puede llegar a tener? He mentido una vez más. Hoy será igual que ayer y que mañana, y yo seguiré siendo igual a mí.

martes, 13 de diciembre de 2011

Elogio de la resignación

"... la vida puede que no se ponga mucho mejor que esto..."

  Hay una distancia insalvable entre lo que quiero y lo que tengo. Ese no es el problema, el presente no importa, lo que importa es el horizonte, la posibilidad del futuro, la esperanza y los sueños. El problema es la distancia insalvable entre lo que quiero y lo que puedo llegar a tener. Enfrentarme con los límites propios (o ajenos, pero de gente que, estúpidamente, intenté apropiarme) es una de las actividades más deprimentes, verme cercenando mis propias fantasías, mis propios planes, para tratar de acercarme, así, a tientas, con sangre en las manos y lágrimas en los ojos, a una idea de "realidad". Oscilando violentamente entre el cielo y el infierno, quizás, algún día, alcance a entender qué es lo que se ve desde el medio.
  ¿Pero cómo? ¿Cómo sacudirme esta furia, esta pena, al verme obligado a devorar a un Alejandro mental que no será posible, no lo fue entonces, no lo es ahora, no lo será nunca (no, nunca, eso me repito, ese es el mantra, "nunca", cada pedazo de felicidad insensata que trago va acompañado con el sonido de esa palabra), un Alejandro fantasmal que es, realmente, una ridiculez, y por suerte la poca gente que me quiere así lo manifiesta, por más doloroso y casi imposible que me resulte aceptarlo? Sigo tragando. Quisiera sonreír, por momentos lo logro. Me queda un consuelo: mi, en circunstancias normales, inexistente orgullo aparece entonces. "Estás haciendo lo correcto". "Estás siendo sincero y honesto con vos mismo". "También despiadado, es cierto, pero tu voluntad se acercará a empresas viables y provechosas".
  Siempre creí que de eso se trataba crecer. "Crecer" siempre fue, para mí, un sinónimo de "rendirse". Aceptar que te vas a morir. Sí. Ser ateo, y aceptar que no vas a vivir por siempre. Si pude hacer eso, si pude vencer el sueño de permanecer, de conservar para siempre la conciencia... ¿por qué no puedo eliminar el resto de esos sueños infantiles, egoístas, imposibles? Hacerme cargo de mis limitaciones. Limitaciones que comparto con el resto de la mediocre humanidad, tristemente. No soy especial. Ni un poquito. No voy a triunfar donde otros fracasaron. No voy a triunfar donde ya fracasé. Tengo que cambiar los conceptos detrás de "fracaso" y "triunfo". Tengo que cambiar el concepto detrás de mi persona, dejar de creermelá tanto (dejar de ponerle tilde ahí a "creermelá", por empezar). Dejar de perseguir cosas que necesito, sí, las necesito, las deseo con todas mis fuerzas, vivir sin ellas no es vivir. Y, bueno, flaco. Vivir es otra cosa. Vivir, vas a vivir igual. Buscar otras metas, otros placeres, otras batallas. Si tanto me gusta jugar a cambiar los puntos de vista, a aceptar todo como cierto y falso a la vez, tendría que poder hacerlo.
  Ya me perdí. Comencé diciendo que tenía que ser más sincero conmigo mismo, y me propongo trastocar la visión de mis ideales hasta poder adaptarla a algo que me sea realizable. En verdad, no hay realidad. No hay verdad alguna. Sólo hay que cambiar una mentira por otra.