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martes, 9 de febrero de 2016

¿No te conté?

  No miento. Nunca miento. Todas las historias que cuento, todas las que no sos capaz de creer, son ciertas. Me pasaron. O, en su defecto, me podrían haber pasado. O me van a pasar. ¿Cuál es la diferencia? Hay una infinita cantidad de dimensiones, multiplicándose a cada rato. Pensá en la última vez que hablamos, esa vez que te fastidió eso que dije. Podría haber dicho otra cosa, y de hecho dije otra cosa, dije una infinita cantidad de cosas, dije todas las cosas posibles en todas las maneras posibles, dije cosas en idiomas que nunca antes había hablado y que a partir de ese momento siempre había hablado, dije cosas que nunca nadie había llegado a decir y las dije por enésima vez. Te dije lo que querías escuchar, y lo escuchaste y te encantó, y también te enojó, y te reíste, y me odiaste, y te fuiste, y me volviste a llamar, y me viniste a buscar, y no me atendiste, y me olvidaste, y me recordaste, y te ofendiste, y te equivocaste, y te diste cuenta de que tu miedo se había convertido en realidad. Todo eso pasó, todo eso podría haber pasado. Y así siempre, en cada palabra y cada acción. Todo me ha pasado, porque si no me pasó a mí le pasará a una de las versiones que son exactamente iguales a mí, que se irán repitiendo infinitamente a través del tiempo infinito, y a todas las versiones mías que son casi iguales a mí, pero que tienen apenas una diferencia (una pestaña más en uno de mis párpados, un leve aprecio por las pasas de uva), y a las versiones mías que tienen más diferencias y que terminan siendo exactamente iguales a vos.
  Así que todo es cierto, siempre, para siempre, por siempre, porque existe un siempre que las hará ciertas o que ya lo hizo y que no tendría que haber olvidado. Te cuento cosas olvidadas de otras vidas, sé que creés en las vidas pasadas, y si no lo creés, quizás lo creíste en alguna de tus vidas pasadas o lo vayas a creer en alguna próxima, así que bien puedo contártelo ahora para que lo cargues en tu memoria atemporal y lo recuerdes en algún punto pasado o futuro. Soy todo lo que digo, todo lo que no digo, todo lo que querés y todo lo que no querés, siempre. Soy el que levantó la voz valientemente en esa reunión, el que dejó boquiabierto al más impune de sus terrores, el que murió en todos y cada uno de los pasos que lo depositaron acá, vivo ante vos. Enfrente tuyo, ahora mismo, en compañía de todas las personas que conocimos, completamente solo.
  ¿Cómo es posible desconfiar? Es la única cosa imposible en el mar infinito de las posibilidades, que no me quieras creer, que la palabra no sea la realidad, cuando es obvio que la realidad no existe, no hay más realidad que las palabras, esas palabras que rebotan en tu cabeza y te van diciendo "eso es un gato, eso es una silla, eso pasó hace mucho tiempo, eso es algo que querés que pase en algún momento, eso es rojo, eso es una palabra". Eso que te dije es exactamente lo que pasó. ¿Por qué diría otra cosa?

martes, 22 de septiembre de 2015

Otra voz

  Van diez minutos de recital y me estoy preguntando qué mierda hago ahí. ¿Qué buena razón tengo para estar en un recital? No escucho nada, es todo una pelota de ruido, no salto, no canto, odio a la piba que me roza. Veo a la banda en el escenario y me cago a pedos, me digo cholulo, es eso, no hay más que eso, si quisiera escuchar la música escucharía un disco, acá no escucho nada, estoy ahí para ver a Mike Patton haciendo morisquetas. Me doy asco.
  Una hora y media después estoy saliendo, afónico y riéndome, riéndome de lo contento que estoy, pensando que hacía un montón que no estaba contento, palmeando a mis amigos con los cuales no compartía algo desde hacía mucho, pensando en cuánto los quiero y en que en algún momento temí haberlos perdido. Pienso también en la mina que me rozaba, qué copada que parecía, cuánto me gustó. Y sigo cantando, canto sin voz, sin mi voz, al menos. Tengo una voz rara, no me quedé sin voz, sino que tengo otra voz. Y me gusta. No es como la voz de mierda que tengo siempre, la que mañana voy a volver a tener. Es otra voz. Y canto, emocionado, uno de los temas más lindos que conozco.
  Una hora después estoy viajando en un auto, con un remisero que me cae para el orto, un forro inexplicable. Escuchamos cumbia villera, y de la mala (porque hay cumbia villera buena, cerrá el culo). La cosa empeora: aparece Rod Stewart. El tipo me empieza a hablar, como hace siempre. No me importa en absoluto lo que me dice, pero contesto. Y escucho mi otra voz. Y soy otro. Y le hablo. Le digo que no es tanto problema que llueva el día de la primavera, que los mejores días de la primavera los pasé con días de mierda. Como la vez que tomamos el ácido entre todos y la flasheé como una semana entera pensando que me había vuelto loco, porque sentía el cerebro, ¿entendés?, lo "sentía", tenía peso, forma, sabor, color, y se me movía todo el tiempo. O la vez que me cogí a Estefania, llovía y estábamos en la plaza, fue medio rápido pero estuvo buenísimo, después me fui y al llegar a mi casa vi que no tenía las llaves, tuve que volver y me puse a buscar en el barro y las encontré y me las llevé, y en la puerta de mi casa vi que no, que en realidad eran las llaves de Estefanía, que había vuelto también pero se había llevado las mías. O la vez del brownie loco que comió el Tomi, que jamás había tomado cerveza, siquiera, que se terminó cagando encima cuando estaba transando con la piba que le gustaba. Armo un pastiche de todas las historias que me contaron y que jamás podría haber protagonizado, y las exagero, y las cuento con mi nueva voz y me importa una mierda. Lo mejor de todo es que al remisero también le importa una mierda. Él me sigue contando que tiene una tele en el baño.

jueves, 6 de marzo de 2014

Claudio María Felipez, prologador profesional

Prólogo a la cola del escritorio de informaciones para hacer un trámite en el banco

  Hay un antes y un después en la vida de Martín Toscanetti. El episodio en que se da esa inflexión no es, como muchos estudiosos piensan, el del perro moribundo en la calle. Tampoco es el encuentro, luego de muchos años, con la hermana de su ex-novia. El momento en que Martín comienza a mostrar su madurez se da en la sucursal del Banco Galicia que está en Córdoba y Esmeralda. Desde el momento en que cruza el umbral, vemos un quiebre con toda su producción anterior, una resignificación de su labor como artista y como ser humano en general: una vez dentro del banco, Martín acompaña la puerta tomándola del picaporte hasta que esta se cierra por completo. Basta que traigamos a memoria su recordada "serie de visitas al oftalmólogo 2001-2012" para ver que, en todos y cada uno de esos casos, al ingresar al sanatorio, Martín dejaba que la puerta se cerrase tras de sí, sin revisar si, efectivamente, esta lo hacía. "La puerta se cerraba para que una señora la abriera apenas un segundo más tarde en la visita del 2003; estamos en la etapa en que el artista coquetea con el anarquismo, hecho subrayado (quizás, de una manera demasiado burda), por la música sonando en su discman", observaba el crítico Fehermann en su artículo "El nuevo rumbo de la joven miopía argentina". Esa rebeldía ("directo, siempre directo, directo y joven, que son sinónimos" decía Fehermann), es reemplazada por esta nueva aproximación a la idea de ley. Muchos lo malinterpretaron, creyeron que él renegaba de su pasado, que ahora simplemente acataba todas las normas, oprimido por el peso de la mirada ajena. Nada más alejado de la verdad: basta prestar especial atención a los pensamientos que tiene al mirar el trasero de la jovencita que lo precede en la cola, donde, si bien pareciera que el énfasis está puesto en el juego constante con las múltiples acepciones de la palabra "cola", lo que realmente sucede está por debajo, en otra de las típicas batallas entre Martín y su Tótem interno. Hay otros dos puntos para resaltar. Primero: el celular vibrando incansablemente en el bolsillo de Martín que le sostiene la mirada al cartel de "prohibido el uso de teléfonos móviles". El celular de Martín es casi un leitmotiv a través de su vida, y aquí nos sorprende con esto: con su negación, con un Martín aparentemente doblegado, con una ansiedad que deberá freírse en su propio aceite (Karl Juppit, otro crítico, suele hablar de la tendencia de Martín por "la dilación del placer"; no suena arriesgado pensar que estamos ante otro de esos casos). Y, más tarde, el increíble desenlace, del cual no hablaré de manera explícita para no arruinar la sorpresa, en un laberinto de preguntas y repreguntas que abren el siguiente interrogante: ¿está ahí Martín realmente para hacer un simple trámite?

Prólogo a una partida de naipes

  Nunca ha sido puesto en duda: Ernesto Miranda es un gran jugador de cartas. Eminentemente estadístico, obsesivo y matemático, es al mismo tiempo ameno en la mesa, y un interlocutor chispeante y ocurrente. Para muestra basta un botón: cada vez que se termina una mano y se contabiliza el puntaje, Ernesto se pone en el papel de persona timbera y conocedora de la "tabla de sueños" (aquella donde cada número del 00 al 99 corresponde a un objeto o persona con el que se puede soñar comúnmente) e improvisa, para cada número, una respuesta ridícula. El 73 pasa a ser "el flancito rancio", por ejemplo. Es una humorada simple e infantil, pero con una cuota de creatividad que es siempre festejada por la mesa.
  Al mismo tiempo, es un muy mal perdedor, otorgándole al azar la responsabilidad de cada una de sus derrotas. A veces, puede reconocer algún error propio como la causa primordial del destino de la partida, pero jamás aceptará las virtudes de sus rivales (por lo general, mujeres, a cuyo juego acusa de ser "errático y carente de visión estratégica").
  En esta partida en particular, lo vemos renegar de una supuesta trampa. Una nimiedad: una jugadora, de manera involuntaria, ha visto una carta que se suponía que no debía ver, a no ser que decidiera tomarla para agregarla al grupo de cartas que sostiene en la mano, cosa que no hace. Esa misma carta, por como se desarrolla luego el juego, quedará en manos de Ernesto, que se ve en desventaja al tener una carta en su poder que otro jugador conoce de antemano. Aquí comienza entonces la verdadera batalla de nuestro protagonista, que pasará el resto de la partida discutiendo sobre la cuestión moral detrás del accidente. La partida sigue, los jugadores juegan al mismo tiempo que discuten y la temperatura irá subiendo vertiginosamente. El juego de naipes se transforma en un enfrentamiento filosófico, y ambos se resolverán al mismo tiempo, con un resultado dispar. Para ganar la discusión, Ernesto debe perder la partida. En cambio, si desea ganar la partida, deberá ceder terreno en la diatriba. ¿Qué decisiones tomará Ernesto? Una partida intensa, que desnuda a Ernesto Miranda casi completamente. Si no lo han visto jugar nunca, es esta la partida que deben ver. Aquí está todo el universo Miranda, que no es poco.

Prólogo a una siesta nocturna

  De las muchas siestas posibles, las siestas nocturnas son las menos ordinarias. Si bien caemos otra vez en el lugar común de hablar de la obra de Fabio desde la dicotomía de forma/contenido y su correspondiente desequilibrio, es casi una obligación hablar de la siesta nocturna desde su dificultad. No son tantos los que dominan su arte: la gran mayoría termina despertando con el alba, habiendo terminado el día anterior unas horas antes de lo normal, y empezado el siguiente algunas horas antes. No. La siesta nocturna requiere de concentración, autocontrol y flexibilidad mental. Y aun siendo una proeza de la técnica, Fabio no descuida la problemática humana y el viaje desde los dos polos de su existencia: se acuesta extasiado, para despertar una hora después desesperado y al borde del llanto. ¿Cuál es la travesía que realiza durante su siesta? No lo recuerda, no recuerda sueño alguno, y es entonces nuestro deber analizar su situación personal previa y posterior a la siesta. ¿Cómo, siendo esta la misma, Fabio la vive de maneras tan diferentes? Ahí se encuentra la doble proeza de nuestro durmiente. Les propongo entonces que durmamos con él, que atravesemos su sueño efímero, que nos dejemos atravesar por su oscuro proceso. Que transformemos, nosotros también, la más liberadora de nuestras hazañas, en el peor error que hayamos cometido jamás.

Prólogo a los tres prólogos anteriores

  Claudio María Felipez se ha convertido, de un tiempo a esta parte, en una figura controvertida. Pero, permítanme, también necesaria. En estos tres prólogos vemos su misoginia de manera transparente: en el primero, dándole a la mujer sólo el lugar de objeto sexual; en el segundo, la mujer se sitúa por debajo del hombre tanto intelectual como moralmente; y en el tercero, si bien la referencia sólo es tácita, podemos inferir que es una mujer la causa del sufrimiento de Fabio.
  Pero es nuestro deber como lectores el sacar conclusiones más profundas, y ver la batalla de cada uno de los protagonistas en situaciones aparentemente cotidianas pero que esconden las grandes angustias de nuestro tiempo. Las preguntas de los protagonistas, son las nuestras. Son las mías.
  ¿Soy aquello que se espera de mí?
  ¿Soy tan bueno como creo?
  ¿Es posible que sea tan pelotudo?

Prólogo al prólogo a los tres prólogos anteriores

  Claudio María es Martín. Y es Ernesto, y es Fabio. Alejandro es todos. Excepto en la parte esa que mira el culo, no, nada que ver, ese no soy yo. Bueno, y eso que piensa Ernesto de que las minas no piensan, no, no. Eso diría Alejandro, claro. Pero yo soy Claudio María, el prologador profesional. La vida sería mejor si todo llevara un prólogo. Claro que esto no lo digo yo, lo dijo Alejandro. Aunque a él se lo dijo otra persona. No, en realidad le dijeron otra cosa, pero él entendió eso. Y yo, entonces, hago prólogos. Eso. Lean. Son prólogos.

Prólogo al prólogo al prólogo a los tres prólogos anteriores

Me siento mal.

martes, 24 de diciembre de 2013

Una entre doce

  Es una tortura cada vez que una chica linda se sienta al lado mío en el tren. No puedo evitar pensar qué puedo decirle, de qué manera puedo llamarle la atención, qué puedo hacer para generar en ella un interés análogo al que siento. Pero por cada acción que quiero emprender, se genera una reacción contraria de igual magnitud. Es una de las leyes básicas de la física, y la vida se rige por ella. Es así que, si pienso en comentarle lo linda que es, me llamo cerdo por dentro, me tildo de superficial, y ojalá ahí me detuviera, pero no, me acuso de machista, de invasivo y repulsivo. No, no, no le voy a decir que es linda. ¿Y si saco el libro que tengo en el bolso, para que vea lo que leo? Pretencioso, snob, imbécil. No.
  - Perdoná, ¿este tren va para Banfield, no?
  ¡Es ella la que me habla! Tan fácil era.
  - Sí.
  Es todo lo que le contesto. No me sale nada más, no sé qué más podría decirle, miro por la ventanilla como un gil y rezo a las fuerzas místicas que nada hacen en mi vida para que ella no espere nada más, para que me haya olvidado. El tren finalmente abandona la terminal y me siento un imbécil, creo que me superé una vez más, que todo lo que hago sube un poquitito más el techo de imbecilidad que creí que ya no podía sobrepasar.
  Cuando los fantasmas que me acusaban de snob se callan, saco mi libro y me dispongo a leer. ¿Qué más puedo hacer? Mejor ya no pensar en ella, de nada sirve, tuve una oportunidad y la dejé pasar. Que este sea un viaje en tren como todos y listo. ¿De dónde salen esas esperanzas estúpidas, por qué espero que una chica linda (tampoco es tan linda, digamos una piba tirando a normal) se siente al lado mío para empezar a fantasear? ¿De qué me sirve?
  Me digo todo esto, intento leer, pero no puedo dejar de prestarle atención a ella, de espiarla con el rabillo del ojo. Cierro el libro. Se está quedando dormida. Cabecea, y cada vez que frenamos en una estación, se para toda sobresaltada tratando de identificar dónde estamos.
  Ya sé.
  - Si querés te aviso cuando estemos por llegar a Banfield. Mirá que yo me bajo después.
  - No, no. Sé dónde bajarme.
  - Está bien, yo... decía por si querías... dormir.
  Estuvo bastante bien. No aceptó mi ayuda, es cierto. ¿Me pregunto qué me habría constestado si yo fuera lindo? O "pibe tirando a normal", por lo menos. No, eso no tiene nada que ver. Lo que sí me pregunto es esto: ¿habría ofrecido mi ayuda si ella no fuera una ella y en cambio fuera un él? Es difícil ofrecerle ayuda desinteresada a otro hombre. No existe la ayuda desinteresada. Todo el que te ayuda te quiere coger. O quiere algo, y la mayoría de las veces es coger. O no, no necesariamente, pero a lo que voy es que no me arriesgaría a que un tipo pensara que me lo quiero coger. Si una mina lo piensa, bueno, me dará vergüenza y me sentiré un cerdo, sí, no me volverá a hablar y yo pensaré en la mierda de mundo en que vivimos, sí, o se sentirá halagada y coqueteará levemente para nunca volver a verme, sí. Pero con un tipo me arriesgo a comerme una trompada. O una poronga. Mejor quedarse en el molde.
  Gerli. Otra vez se para y mira. Me hubieras dejado ayudarte, piba. No te quiero coger. Ni te conozco, pasarían meses hasta que ganara la confianza como para ponerme en bolas adelante tuyo. Quedate tranquila. Antes de que las puertas se cierren y el tren arranque, entra un pibito con estampitas. ¿Qué hago? ¿Vuelvo a abrir el libro para poder ignorarlo libremente? No. Lo miraré a los ojos y rechazaré su estampita. Es lo menos que puedo hacer.
  - No, te agradezco.
  Sostiene mi mirada y, haciendo caso omiso de mis palabras, me deja la estampita encima de mi libro. Se va, y la estampita comienza lentamente a deslizarse, tentada por la gravedad. Con un rápido movimiento la retengo, puteando por dentro al pibito que se cagó en que le dije que no quería la estampita. Que, ahora que la veo, no es una estampita. Es un calendario con un signo del zodíaco. Tiene el carnero de Aries. Mi signo. Miralo vos al pibe. Yo teorizando sobre el rechazo, la osadía, los ofrecimientos, la confianza, y el pibe así nomás me da una clase magistral. Me obligó a tomar lo que me ofrecía y yo rechazaba, y ahora lo quiero. Lo quiero, porque me divierte mucho pensar en que podía ser cualquier otro signo, pero me enchufó el mío. Una entre 12, no es tan improbable, pero aún así vale algo en mi extraña escala de valores. A ella le tocó Tauro. Se la queda mirando. Creo que ya hay confianza, ¿no?
  - ¿Con vos también la embocó? A mí me dio la de mi signo.
  - Mirá vos... sí, conmigo también. Soy de Tauro.
  Gracias, pibe. Me diste la excusa perfecta. Quizás no le diga nada más, pero... Pero nada. Me olvido de la piba, me olvido de que me mira y me sonríe, me olvido de que me la quiero coger (luego de varios meses de conocimiento mutuo, claro), me olvido de las minas en general y vuelvo a mi primer amor: una entre 144. Es algo bastante más improbable que una entre 12. "Es el destino, es esta chica". Una mierda. Esta piba no tiene nada que ver. ¿O sí? Se me ocurre una manera de averiguarlo.
  - Che, flaco. ¿Qué signo te dio a vos?
  El tipo que está sentado atrás mío me mira confundido, sin escucharme, tiene auriculares metidos en las orejas. Le hago la mímica para indicarle que se los saque. Le repito mi pregunta. Cáncer.
  - ¿Y sos de Cáncer?
  El tipo sonríe. Una entre 1728. La vieja que está sentada al lado dice que ella es de Escorpio, igual que el calendario que tiene en la mano. Una entre 20736. La gente comienza a reírse, a gritar, a levantarse. Todos tienen un calendario con su signo y yo me estoy exprimiendo la cabeza para seguir calculando potencias de 12. Mi celular tiene calculadora. Por fin sirve para algo.
  - No puede ser, ¿no?
  Ni le respondo. Qué lástima. Era linda, al final. ¿Cuántos somos en el vagón? No importa, es al pedo, adivinar el signo de seis personas consecutivas ya es algo imposible, guardo el celular.
  - ¿Te pasa algo?
  Otra vez no le contesto. Salgo disparado a buscar al pibe de los calendarios, pero todo es confuso, la gente sigue gritando, el tren para en Lanús y me parece que el pibe se está bajando, dejó los calendarios y se fue a la mierda, ¿qué significa todo esto? Me bajo, grito sin saber bien cómo llamarlo, lo pierdo de vista, el tren se empieza a ir, la veo a ella mirándome por la ventanilla.
  Sólo me queda el calendario. Comparto algo hermoso con toda esa gente del vagón, pero ellos son los que siguen juntos. Yo me quedé solo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Para Ana (y Manuel)

  Muchas veces, paseando por los pasillos de la facultad, haciendo tiempo, te vi. Las primeras veces te encontré de casualidad, y durante un tiempo estuve sin saber si eras vos o no. Cuando me convencí, y quizás antes también, comencé a buscarte. Ya no hacía tiempo y entonces te encontraba, sino que me hacía un tiempo para encontrarte. Está de más acotar que nunca te hablé, que lo pensé muchísimas veces, que me paré para mirarte a través de los enormes ventanales del aula que ocupabas esperando que, quizás, me vieras y reconocieras. Con eso me alcanzaba, con el ínfimo hecho de que supieras que yo existía, que otra vez compartíamos un espacio y que podías llegar a verme paseando por ahí, solo.
  Pero lo interesante, esta vez, es que no me arrepiento. Esta vez, hice bien en quedarme callado y a la sombra. Claro, parecía que esta iba a ser otra de las tantas confesiones lacrimógenas, oh, por qué te dejé ir. No. Por una vez, estoy orgulloso de haberme quedado en el molde. Igualmente, quiero imaginarme que te digo todo esto, que lo leés, y que ni sabés quién te lo dice, porque no te acordás de mí. ¿O te hacías la boluda? ¿Cómo puede ser? Pero me estoy adelantando...
  ¿Cómo podés no acordarte de Manuel? De hecho, si yo me acuerdo de vos, si me vi obligado a perseguirte por los pasillos de la facultad, es por Manuel. Manuel, en quinto grado, nos enseñó a todos los chicos del curso qué era el amor. Eso que él sentía por vos, dejaba a todos nuestros enamoramientos como una cosa pueril e insustancial. La locura que tenía por vos, el brillo en los ojos cuando te nombraba, aún cuando las cosas que decía eran las más chabacanas que habíamos oído hasta ese momento, aún así eso era amor. ¿Cómo no te acordás de él? Era el pibe más gracioso. Y medía un metro. ¿Cómo no te acordás de él, si por él aprendimos qué eran "insuficiencia renal" y "diálisis"? Quinto y sexto grado giraron alrededor de Manuel. Y, por ende, a tu alrededor. Casi todos dejamos de mirar al resto de las chicas para mirarte a vos, celosos de ese amor que Manuel sentía, para tratar de hacerlo nuestro. Yo, el capitán frío, ese pibe que estaba totalmente alejado de todo y todos, yo, me paraba en la vereda de mi casa cinco minutos después de llegar de la escuela porque sabía que vos ibas a pasar por ahí, acompañando a Zaira, y que seguramente te ibas a burlar de mí, me ibas a cargar con Laura, la rubia del grado, cuando yo en ese momento quería que me cargaran con vos. Pocas cosas me avergüenzan más que esa espera en la puerta de mi casa. La humillación que me dedicabas era, para mí, lo mejor del día.
  Entonces, ¿cómo es que no te acordás de Manuel? ¿Cómo es que Pablo y Manuel fueron hasta tu casa unos años después de que te cambiaras de escuela y vos no los recordabas? ¡Manuel medía un metro! ¿Cómo podías olvidarlo? Eso es lo que trato de explicarte y de explicarme. Para nosotros, Manuel y vos nos enseñaron qué era el amor, ese amor de mierda que le caga la vida a tanta gente, ese amor que te obliga a pensar que tenés que querer a otro por más que ese otro no te quiera ni ver, ese amor que te hace pensar que podés medir un metro pero que, si sos gracioso, capaz que salís ganando. Pero vos, si es que aprendiste algo, preferiste olvidarlo.
  Manuel ahora está muerto. Nombrarlo es llamarse al silencio.

sábado, 6 de abril de 2013

Thelonious


  - Che, Juan, ahora a la salida vamos a ir a un barcito de acá a la vuelta. Hay happy hour, así que... Vamos algunos de la oficina, y vienen también algunas chicas del edificio de al lado, las de las oficinas esas que mudaron para acá, para conocernos un poco entre todos. ¿Venís?
  - Em... Ssssssí, no, en realidad no puedo, tengo cosas que hacer. Otros planes, ya había arreglad--
  - Dale, Juan. Vení. ¿Viste a las pibas nuevas?
  - Sí, no, lo que pasa es que ya arreglé. Ya arreglé con otras personas.
  No era mentira. Era un arreglo tácito. Todos los lunes, miércoles y viernes a la noche en Thelonious. Él con su guitarra, quizás el o la del piano, esperaba que la del clarinete (tenía que ser mujer, estaba seguro), el o la flauta (no faltaba nunca), probablemente el pesado del saxofón (clavado que era un tipo). Sí. Podía decirse que había arreglado con otras personas, no era necesariamente una mentira.

... el piano estaba ahí, planchaba acordes graves que se difuminaban para volver a nacer, graves, graves, cada vez más graves, la flauta jugaba con soplidos más que con notas, todavía no había forma, el clarinete también estaba ahí, mimetizándose con el piano, jugando a agregar notas disonantes, Juan se sentó en la oscuridad y escuchó por unos minutos, hasta que sintió el deseo urgente de participar, y entonces, nunca antes, enchufó su guitarra y compartió sus primeras notas...

  - ¿Y? ¿Cómo anduvo el finde? No sabés la que te perdiste. Paulita preguntó por vos toda la noche, una pesada. Igual Gerardo se la besó, dormiste otra vez.
  "Se la besó". Juan no pudo ocultar su cara de asco. ¿Se podía usar esa expresión sin tener menos de 17 años?
  - Todo bien, todo bien. Me alegro. Te dejo porque justo teng--
  - No, esperá. No sabés la que te perdiste, te estoy diciendo. Te cuento, mirá: las chicas de la oficina de al lad--
  - Después me contás, Ramiro. Después.
  Después. Después, después se iría, después podría pensar en lo importante. Por qué siempre ese puto saxo, y por qué él siempre el único sin poder seguirlo. ¿Celos? Tenían que ser. Por algo les ponía géneros. LA flauta, LA clarinete, LA piano (ese viernes se había decidido), pero EL saxo. EL saxo que irrumpe, que llama, y ellas que contestan. Casi siempre se tenía que desenchufar cuando pasaba. No era justo. Ni ahí se podía soltar, ni ahí podía ser normal. 

... él marcaba el ritmo, el piano se había callado quizás se hubiera ido, la flauta que ahora había reaparecido lo acompañaba, la clarinete que lo abrazaba, le respondía, y él la contenía, ella entonces se abría y la melodía llenaba la oscuridad, él se vestía de escalofríos para ella, comenzaba a tocar sin pensar, se dejaba llevar, y el saxo. otra vez el saxo. otra vez.

  - Esta vez sí, vas a ver. ¡Juan! ¡Vení! Hoy. Nueve de la noche. Los putos de al lado dicen que nos pasan el trapo, sale partido. Están re-calientes porque pegué onda con la gordita. Un balazo, la gordita. No nos podés fallar. ¡NO! No podés. Hoy no. Hoy venís. HOY. No hay excusas. No me importa, no le importa a nadie. Juan, ¿sabés lo que dicen que hacés? Te vieron saliendo de Thelonious. Tenés que salir un poco más, viejo. No podés pasarte encerrado ahí toooodas las noches, flaco. Dale, jugá para nosotros. Si querés te vendamos los ojos, va a ser casi lo mismo.

... el saxo haciendo lo que quiere, la flauta enloquecida, la piano, o el piano, ahora volvía a dudar, pero seguro la piano, seguro ahí, alrededor del saxo, falo ciego, violento, torpe, creído, la clarinete encantada, dando vueltas, o en silencio escuchando, y después se esperaban a la salida, él con su saxo a cuestas, no le avergüenza nada, no esconde su instrumento como el resto, lo lleva encima, seguro que ni siquiera va en auto, va con el saxo colgado caminando por la calle, todo le chupa un huevo, tiene barbita y es tirando a hippie, pero es todo postura, es un machista de mierda, machista sos vos, salame, machista sos vos que no podés tocar sin pensar en cosas que nada tienen que ver, ¿cómo que no tienen que ver, iluso? el lugar se llama "thelonious", cada sesión es una orgía, eso lo sabe todo el mundo, gol, de repente les hicieron un gol y todos lo putean...

  - Sinectek, buenas tardes, habla Ramiro. ¡Ah, Juan! A que adivino: no venís a trabajar porque te duele el orto. A todos nos duele el orto, a todos nos lo rompieron, eh. Y buena parte de la culpa es tuy-- ¿en serio? ¿Qué tenés? Bueno, dale. Tomate la semana. Chanta. Pero sabés qué significa esto, ¿no? Que a la revancha venís. Y vas al arco, patadura.

... todas las noches, a pernoctar, cuando antes se preguntaba qué sentido podía tener eso, a escuchar, toda la noche, el desfile, la flauta estaba ahí, intermitente como siempre, no siempre había armonía, no siempre había cohesión, y eso lo sorprendió, sus sesiones, las de los lunes, miércoles y viernes eran realmente una suerte, viendo qué mal podía salir todo, y la flauta siempre ahí, ¿pero qué le pasaba a esa piba? ¿no tenía otra cosa que hacer? ¿no tenía trabajo? de vez en cuando tocaba algo, pero no podía dejarse en evidencia, no podían saber que estaba ahí toda la noche, ¿quién hacía eso? era una locura, la flauta estaba loca, loca...

  - Un turno, habitación especial: son 185 pesos. Me pagás cuando salís, ¿dale?
  - Bueno. ¿Te puedo hacer una pregunta?
  - Sí, decíme.
  - Em... vos sos la flauta, ¿no?
  Ella sonrió, Juan no paraba de temblar.
  - Sí. ¿Vos sos el saxo?
  - No. No, no soy el saxo. Chau.

... se ponía colorado cada vez que escuchaba la flauta, colorado de rabia "vos sos el saxo", no, la puta madre, no, y tocaba más fuerte, trataba de taparla, machacaba rítmicamente hasta que se calmaba, la piano parecía de buen humor, eso era una suerte, "vos sos el saxo" y otra vez la bronca, otra vez los machaques, y hablando de Roma, el saxo que acometía violentamente, le respondía, él no lo pudo aguantar, se desbocó, en menos de medio minuto sólo quedaban ellos dos y eran una nube de ruido, dos falos gritones, la flauta se sumaba y se podía adivinar la risa detrás de cada nota atropellada, Juan se desenchufó abochornado...

  - ¿Por qué te vas? Sos la guitarra.
  - Eran 185 pesos. Acá tenés. Chau.
  - No te vayas, están tocand--
  Se fue, furioso, sin tapar la guitarra que llevaba en el asiento de atrás de su auto, ya sin importarle si alguien podía vincularlo con el instrumento. Manejaba llorando, sin saber que en Thelonious, el piano, el saxo, y la desorientada y recién llegada clarinete tocaban una y otra vez uno de los motivos característicos de Juan, conjurándolo, en un intento de reconciliación. La flauta los dejó hacer, respetó en silencio el ritual, sabiendo sólo ella que eso no era más que un réquiem.

domingo, 27 de enero de 2013

Crónicas del cuidacasas: Lanús

  Empiezo mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones. Recuerdo el tiempo en que siempre hacía eso, era el que cuidaba las casas de los que se iban, siempre dispuesto con mi guitarra y una caja de 20 patis, no necesitaba nada más. Recuerdo mis relaciones en esa época, quiénes estaban en mi vida y qué significaban. Todas esas relaciones cambiaron, algunas radicalmente, algunas dejaron de existir. Me siento solo, siento que algo hice mal, instantáneamente pienso (porque pensar y sentir son cosas bien diferentes) que nunca hice nada, que todo lo que llegó así de fácil se fue, que lo que queda está pero no por mí, no por lo que yo haga. Quizás sí por lo que deje de hacer, quizás todas las omisiones que (creo que) me definen son las que permitieron que ciertas personas se acercaran, aprendieran a compartir cosas conmigo, y que eventualmente se fueran. Algunas para volver, otras para intentarlo, algunas de esas últimas consiguiéndolo, otras no (la elección de la palabra "persona" en esta parte del texto le debe todo a su género). Pienso eso mientras frío unas milanesas, las milanesas más ricas que comí en mi vida (por suerte mi madre no leerá nunca esto, pero mejor no pensar en quién puede llegar a hacerlo), y recuerdo otra época, más cercana en el tiempo pero casi tan remota en el sentimiento (horrible, buscar otra palabra después, seguir escribiendo por ahora, pero hacer ALGO con esta oración después), me recuerdo cocinando con alguien, cagándonos de la risa secando el aceite de las milanesas con papel higiénico porque SIEMPRE nos olvidábamos de comprar rollo de cocina. Era feliz, ese momento era la felicidad, esa risa compartida. ¿O sólo yo me reía? ¿A ella le molestaba? Ya no sé, luego de tanto tiempo siento (que no es lo mismo que "pienso", claro está) que eso le molestaba, que eso era todo lo que le molestaba, que esa podía ser la célula del bendito fractal del fracaso, del desamor, del hastío. Ojalá, prefiero hacerme el boludo, prefiero no pensar en cosas más importantes, en cosas que explicarían por qué estoy en mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones, otra vez.

sábado, 12 de enero de 2013

Te veo


  Te veo. Una vez al mes, por lo menos, te cruzo en alguna esquina (¿para qué fingir? siempre es la misma esquina, la que cruzo cerca de veinte veces al día). Y es una bofetada, un segundo en que no entiendo bien qué pasa, siento como si alguien tomara mi cerebro con unos dedos finísimos y helados y lo rotara, apenas algunos grados, pero lo moviera, lo sacara de su eje. Siempre estoy apurado, generalmente cruzando la calle, o vigilando con ansiedad el semáforo, y te veo. El cerebro entonces se mueve, y yo me detengo. Es un segundo, como decía, aun menos, pero todo se trastoca hasta que entiendo que no, que no sos vos. Que no podés ser vos, que vos te fuiste, que ya no estás, que estás muerta. ¿Y si no fuera así? Porque eras vos, pero ya me cruzaste, ya no puedo verte y el semáforo me apura, y quedo pensando, ¿y si era ella? Y vuelvo a la rutina, a la realidad, pero a partir de ahí comienzo a rememorar, a repasar, a intentar entender qué es lo que pasó, quién fuiste, quiénes fuimos. Veo a tu padre tocando el timbre de mi casa (¿seguía siendo mi casa?), preguntando por vos, que no la escondieran. Veo a mi madre confundida, escucho otra vez el relato, y a medida que el relato envejece, va convirtiéndose en leyenda, se van agregando mitos. De repente, mi madre recuerda una llamada de alguien que no contestó al "hola", que cortó, y que cortó porque le respondí desganada, porque estaba acostada, y ella se dio cuenta y no respondió, ¿sabés? Pero no es la única que carga con una culpa como esa. Mi tía también tiene una historia parecida. Una llamada que nunca supo precisar cuándo fue realizada, con un mensaje en el correo de voz descubierto después de sabida la noticia, que sólo decía "flaca, por favor, ayudáme". Mierda, si hasta yo tengo una pieza del rompecabezas: un mensaje de texto, días antes, que no contesté, quizás porque no tenía crédito, quizás porque no sabía qué decirte. Veo después tu cuerpo colgando del techo, oscilante (una visión altamente cinematográfica, ¿por qué se movería el cadáver, por qué no colgaría inerte?), lo veo con los ojos de mi padre, y yo también digo "no me lo voy a olvidar más".
  ¿Y si eras vos? ¿Y si lo que cuentan no es así? ¿Y si, por alguna razón, pudiste escapar de todos nosotros, y ahora caminás tranquila por Corrientes? ¿Y si lo que haga tu hermana por fin te chupa un huevo, si ya te olvidaste de tu ex-marido, si ya dejaste de preocuparte por tu hija? ¿Pero por qué no me ves, por qué no me saludás? ¿O era mentira que yo era la persona que más querías, la mejor persona que llegaste a conocer? Era mentira, sí, pero no porque me mintieras, yo sé que eras completamente sincera, pero estabas confundida. No sé qué esperabas encontrar en mí. Siempre me asustó tu deseo de engancharme con tu hija. Pobre piba, me jurabas y perjurabas que estaba loca por mí, enamoradísima. No me hacía gracia tu fabulación, en ese momento era un insulto, ¿qué mina podía verme con admiración, con deseo? Te burlabas, y yo te perdonaba, porque sabía que eras sincera, pero estabas confundida. Y desesperada, no sé qué buscabas que le diera a tu hija, y quizás por eso no te respondí el mensaje, no porque no tuviera crédito, sino porque, ¿qué podía ofrecerle yo a tu hija, que realmente no me conocía? ¿Por qué me pedías que le hablara, que ella me extrañaba? Sólo era una carnada, ofrecías la carne joven de tu propia prole para conseguir unas palabras, aunque sea unas míseras palabras, pero pronto intentarías convertirlas en palabras de afecto, y eso me costaba tanto...
  Siempre me sorprendió tu efusividad, pero lo peor era tu necesidad de reciprocidad (dad, dad, dad, inconscientemente me reprocho tanto, aún ahora), yo no podía contestar a tus "¿me querés?", no podía hacer lo más fácil, "sí, Raquel, te quiero mucho", no me salía, y podía ver el dolor en tu rostro. Me decía que era tu culpa, que no se le puede preguntar a otro si a uno lo quieren, pero acá estoy, Raquel, preguntándolo como un salame y acordándome cada vez de vos, desconfiando de las respuestas porque tu evocación es también la de tu hija, esa piba que afirmabas que me amaba cuando yo era un gordo gil al que ninguna mina podía soportar cerca.
  Lo cierto es que no estás, pero te veo. Te veo y me obligás a mirar las piezas, el montón de piezas en el suelo y el tablero que pateaste.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El ermitaño


"- Tenés que pensar menos y actuar más. No sirve de nada ser tan cerebral. Acordate de que tenés un cuerpo.
- Para lo que me sirve..."

  - ¿Me vas a dejar acá, pedazo de hija de puta?
  Su grito fue apenas audible, él sabía bien que ella intuiría la puteada sin estar segura de que existiera. Varios metros los separaban, y el viento de la playa ayudaba a enmascarar su exabrupto. Pero contaba con eso, contaba con la incertidumbre como aliada, apelaba a su enfermiza curiosidad, a su inseguridad. Si ella se iba, se iría con la duda de si él realmente la despedía con una puteada (y con una francamente agresiva). Podría estar enojada, pero esa duda más que avivar su ira, la acercaría a una reconciliación, a una relectura de los hechos. La haría volver. Y entonces, él tendría el poder.
  Porque de eso se trataba. Era una eterna lucha de poder. Y él siempre ganaba. O eso creía, en realidad también era manipulado y pagaba tributos estúpidos adecuándose a sus caprichos (los de ella, se entiende). Allí, enterrado en la arena, intentó pensar qué método utilizaba ella, qué cosas hacía entonces él para aplacar sus malhumores, qué le ofrecía para volver entre sus brazos. Al revés era más simple, ni había que pensar demasiado. Era casi un acuerdo tácito. Él lo había bautizado "el pete culposo". Una deliciosa victoria, casi la única meta a perseguir dentro de la relación. Lo que decía: una eterna lucha de poder.
  Después de unos minutos ya no alcanzaba a verla. Sabía que seguía alejándose, no podía estar volviendo, no tan pronto, pero ya volvería. Debía planear sus próximos pasos. Se le presentó un plan obvio, simple: la completa inacción. Permanecería allí, enterrado en la arena, sólo con la cabeza por fuera, esperando. No saldría a buscarla, no volvería al departamento, ni siquiera se mandaría a mudar para volver, indiferente, días más tarde. No. Se quedaría allí. Otorgaría su cabeza en sacrificio. Se quemaría (aunque no tanto, ya eran las cuatro y media, el sol no lo maltrataría demasiado), portaría una piel violácea como recordatorio de su desplante, alegaría calambres, una imposibilidad para desenterrarse hasta pasada la noche, cuando una pareja casualmente lo encontró casi inconsciente. Podría ser verdad, podría hacerlo verdad. Podría terminar en el hospital, era bueno actuando malestares, y, finalmente, ¿qué le importaba si del hospital lo terminaban echando? Lo importante era haber pasado por ahí, haber obligado a que alguien la llamara comunicando la noticia.
  - ¿Podemos jugar con usted, señor?
  Pendejitos. Nunca faltan.
  - No, nene. Andá con tu mamá, o con la forra que sea que te cuida, y no me rompas las pelotas. Y ni se te ocurra tocar mis cosas. A vos te digo, pendejo. Rajen de acá.
  Quiso levantar el brazo, haciéndolo surgir violentamente desde debajo de la arena, pero no fue capaz. Su plan ya había comenzado a funcionar. Sintió algo de miedo, supo que otra vez ocurriría así, la autosugestión era una herramienta poderosa; sabía que ahora no podía mover ninguna de sus extremidades, así como cuando adolescente, al querer faltar a las clases de educación física, su cuerpo le regalaba tremendas migrañas. Para eso le servía su cuerpo. Para responder a los enfermizos caprichos de su cerebro, y para poco más que eso. Así que resolvió esperar. Quizás dormir. Aprovecharía las últimas horas de sol para quemarse, y luego podría (¿podría?) marcharse. Dependería de su cuerpo, claro. Pero también contaba con la pareja salvadora. Su plan era perfecto, tan simple. Sí, tanto mejor era que no pudiera moverse realmente. Tanto mejor si comenzaba a llorar, tanto mejor si se desmayaba, si comenzaba a deshidratarse. Así aprendería ella.
  Soñó con hierros ardientes, se soñó vaca, le marcaban la frente, marchaba al matadero. Luego mutaba, se incorporaba sobre sus patas traseras, los hierros le quemaban los ojos, lo dejaban ciego, lo obligaban a volver a sus cuatro patas, lo sometían, quería gritar, no tenía boca, luego sí la tenía, pero era un orificio pastoso y lleno de pus, nada podía hacer, marchaba al matadero. El enorme estruendo de una sirena llenaba la sala (estaba en una sala, él era la única vaca, había personas desnudas, casi muertas, eran enormes, deformes, marchaba al matadero). Los oídos le comenzaban a sangrar, no tenía ojos, no tenía boca, no tenía oídos, cruzaba la puerta hacia el matadero, iba solo, la sirena lo despertaba. Era el sonido de su celular, alguien lo llamaba. Debía de ser ella, ya era de noche. La cabeza se le partía de dolor, todavía estaba confundido por el sueño, no sabía qué sensaciones le correspondían a su cuerpo real. Sentía la sangre en sus oídos, la cabeza le latía, caliente, por lo menos veía, sus ojos estaban en su lugar. Su boca era un orificio pastoso. Y el celular sonaba. Dejó de sonar cuando logró despertarse del todo, habiendo terminado el recuento de sensaciones reales. Ya no aguantaba más, se le había ido de las manos: ella no había vuelto y él se sentía al borde de la muerte. O quizás, ella había vuelto para luego marcharse. Pero no, no podía ser tan cruel... Qué hija de puta, seguro había vuelto. No, no podía ser. "¿Y quién es el que duda ahora, pelotudo?". Todo le había salido mal. No, no, él todavía estaba en control de la situación, sólo estaba aturdido, todavía no se recuperaba del sueño, y la cabeza le daba vueltas.
  Tenía que salir de ahí, terminar con la charada, ya era suficiente. Su cuerpo debía evidenciar el deterioro, podía hacerla sentir culpable, ahora lo importante era salir de ahí. Vivir. Estaba convencido de estar deslizándose hacia la muerte. Pero no podía ser, era ese sueño de mierda, no terminaba de recuperarse del susto. Intentó calmarse. Se concentró en su cuerpo, en el tremendo dolor de cabeza. Intentó moverse. Su fracaso lo desesperó.
  El teléfono volvió a sonar. Se esforzó tratando de alcanzarlo, pero era imposible. Su cuerpo no respondía. ¿En qué momento lo había abandonado? Aturdido, no pudo evitar pensar que su cuerpo se había rebelado, emancipado. Que al irse ella, su único vínculo físico con el mundo, perdió todo control sobre su cuerpo. Quiso llorar, pero no pudo. Su cuerpo no se lo permitió. Y esa era la prueba de que no era ella quien llamaba, y de que ella no volvería, jamás. Su cuerpo ya no existía, no tenía una razón de ser. ¿Qué mejor prueba que esa? ¿De qué le serviría el cuerpo, ahora que Raquel se había ido?
  Nada tenía sentido. Lo que pensaba era una locura, y ese dolor de cabeza de mierda que no lo dejaba tranquilo. Le dolía, el cuerpo le dolía. Todavía estaba ahí para él. Raquel no importaba, había que salir de ahí. ¿Qué hora sería?
  El teléfono volvía a sonar. ¿Por qué nadie se acercaba? ¿Dónde estaba la parejita que se suponía que debía rescatarlo? Intentó gritar, pero tampoco pudo, su garganta estaba seca. Ahí se dio cuenta de la sed que tenía, de todos esos otros dolores que no había alcanzado a detectar, y que ahora pasaban a abrumarlo. Quiso llorar, otra vez sin éxito.
  Se volvió a dormir, o a desmayar, ¿qué diferencia había? Despertó, ni siquiera podía mover el cuello. Por el rabillo del ojo, vio algo que se acercaba. Una mancha metálica, un juego de luces que devolvía el brillo de la luna. Se arrastraba, cada vez estaba más cerca. Alcanzó a pedir ayuda, o eso creyó, no sabe si pudo gritar o no. La mancha metálica se convirtió en un objeto reconocible: una caja de chapa, una de esas viejas cajas en las que se guardaban las galletitas. Llevaba años sin ver una de esas. Se olvidó del terror por un momento, y recordó el almacén de su barrio, allá en su infancia, y todas las cajas con galletitas dulces. Una especie de crustáceo salió de la caja, y el terror volvió. Mezcla de caracol y cangrejo, se le subió a la cara. Le clavó dos de sus patas en los ojos. Finalmente logró llorar, y gritar. Otro par de patas se le metió en las fosas nasales, y el resto del cuerpo de la criatura se le metió por la boca, tapando el aullido y asfixiándolo, dándole una muerte lenta y dolorosa. Una vez aferrado a la cara, el cangrejo ermitaño siguió su camino, desenterrando el cuerpo de Martín, ahora convertido en su nuevo caparazón.

domingo, 20 de mayo de 2012

Trilogía de Temperley

  Atravesó el umbral del bar ansioso, tratando de ocultar su excitación. Ese hecho, el hecho de que se preocupara en tratar de ocultar algo, era un indicador de su buen humor: en circunstancias normales, no se sentía digno de la más mínima atención. Se sabía invisible, despreciado pero rápidamente olvidado. Definitivamente, no era esta una situación normal, ya que dirigía furtivas miradas a cada rincón del local, buscando esos ojos atentos, que sabía que, aún sin buscarlo, se alegrarían al verlo. Una sonrisa se asomaba acompañando el brillo de su mirada. Sus ojos tristes hoy eran irreconocibles.
  La buscó pero sin detener nunca su marcha, fingiendo que sólo buscaba una mesa. Fingiendo, siempre fingiendo. Horas después criticaría todo su accionar, y sentiría asco, como siempre siente al ver a los demás, con sus sonrisas, sus ilusiones, sus ficciones diarias. Pero en ese momento estaba feliz. Sí. Se podría decir que estaba feliz.
  Se sentó y todavía no la había encontrado. Una voz en su cabeza le sugirió que quizás ella no estuviese allí. El resto de las voces (incluyendo la propia, si es que una y sólo una de ellas lo era) lo consideró probable. Pero no. Casi al mismo tiempo que el mozo alcanzándole un menú, sus ojos se cruzaron. Allí estaba ella. Hermosa, como siempre. Sus cortos rulos rubios enmarcando la preciosa carita. Él sonrió y levantó sus cejas, casi el único gesto que sabía utilizar (aunque mal). Ella no reaccionó, y siguió charlando con los tipos que la acompañaban. Él la desnudó con sus ojos hambrientos, pudo imaginar el ruido del corto vestido negro cayendo al lado de la cama.
  - Un café doble, por favor.
  Se dedicó a mirarla. Estaba hipnotizado, ya había olvidado todo su plan de esconder su impericia social, su locura por ese cuerpo, por esa voz. Y ella no lo miraba. Se preguntó si lo habría visto, quizás no lo reconociera. "Te vio", le dijo la voz. "Que siga charlando con esos tipos y que ya no mire para acá ni de casualidad es la prueba".
  El café llegó, y lo tomó. Ya no estaba feliz. Para nada. Ella se levantó, se puso su abrigo y se despidió de sus acompañantes. Antes de atravesar el local y alcanzar la puerta, lo volvió a mirar. Él, apurado, acompañó su arqueo de cejas con un ademán. La voz en su cabeza reía. Ella salió sin prestarle atención. La vio pasar por los ventanales caminando a paso vivo. Dejó cincuenta pesos sobre la mesa y se apresuró a salir, quizás ella hubiera aflojado el paso, quizás lo esperara en la esquina.
  Luego de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde la esquina, decidió que podía volver a su casa.
  "Ya está bien, eh".

***

  Entendió que por fin había ocurrido. Ella se había ido, y no volvería. Siempre y cuando dependiera de él, no se volverían a ver tampoco. Se sentó frente al televisor, y cambió de canales sin prestar atención. Sólo pensaba en su soledad, en la casa, en las compras, en los libros que se había llevado, en las gatas que también se habían ido, en la plata; hacía cuentas que involucraban su sueldo, el alquiler, el precio de la Coca-cola, el precio del jugo Clight, el precio de las empanadas. De vez en cuando pensaba también en ella, pero sólo para descargar su bronca, aún sabiendo que no era justo. Pero el reino de sus pensamientos era un mundo que no conocía la justicia, sino que estaba para saciar sus caprichos. Así que la odió sin culpa.
  Apagó la tele y agarró su campera, vio la hora y decidió pasar por el bar. Comería algo, llevaría su libreta, por si se le ocurría algo para escribir. Sí, le haría bien. Cualquier cosa antes que pensar en todo lo que ahora no tendría que tener en su heladera.
  Ya en el camino pensaba en Germán. Qué bueno sería poder hablar con Germán. A eso iba al bar, en realidad. Qué bueno poder ser amigo de Germán. Sería genial...
  Cuando entró al bar, no tardó en localizar a Germán. Ahí estaba, como siempre, en su mesa. Las risas lo acompañaban. Qué bueno poder ser amigo de Germán... Pero no conocía a los otros ocupantes de la mesa, así que sólo los miraba de lejos.
  - Un café doble, por favor.
  Promediando su café, vio cómo Germán despidió a sus compañeros, que se alejaron entre risas. Buscó su mirada hasta encontrarla, y arqueó sus cejas, haciendo además un ademán. Tomó su café y fue hasta la mesa que ahora ocupaba sólo Germán.
  - ¡Qué hacés, Germán! No sabés cómo estoy... Viviana finalmente se fue. Y, ¿sabés qué? Mejor que ni vuelva, mirá... Per--
  - Perdoná, ¿Joaquín eras, no?. Pero me tengo que ir. Hablamos otro día, ¿sí?
  Dos horas después miraba la tele, y pensaba en su sueldo, en el precio de la pizza, en el precio de las medialunas, en el precio del café, y en Germán, Germán y la re-putísima madre que te re-mil parió, Germán sorete hijo de re-mil putas, Germán y quién mierda te creés que sos, petiso mal hecho, Germán morite.

***

  - Lo bueno es que ya no vas a tener a nadie intentando que no hagas dieta, vas a poder comer todas las ensaladas que quieras. Que tengas una vida sana.
  Imbécil. Haciéndose el superado, como siempre. Riéndose de todo, aún con lágrimas en sus ojos. ¿Quién le habría enseñado eso? En la familia eran igual, eran imbancables. Pobre gente, creyendo en la ironía como en la máxima expresión de inteligencia. Pobre Martín. Él no tiene la culpa.
  Y se había ido. Finalmente. ¿Cuánto tiempo había esperado ese momento? Le parecía imposible, dolorosamente impensable. Pero era lo que debía ocurrir. Dolía, dolía enormemente. Aunque era lo mejor, ya no podían seguir mintiéndose. Ojalá pudieran ser amigos. Sí, podrían pasar unos meses, y entonces podrían volver a hablarse. ¿Podrían? Él era tan rencoroso. Imbécil. No, no. Pobre Martín.
  ¿Y ahora? Encendió su computadora. Abrió el msn, inició sesión. Gonzalo estaba conectado. Hablame, Gonzalo. No me obligues a hablarte. Voy a cambiar mi foto, voy a cambiar mi nick. Voy a poner "Amar, temer, partir" como mensaje personal. Me vas a hablar.
  Gonzalo le habló. Entre otras cosas, le dijo que mañana no trabajaba. Ella se preparó un café (doble). La noche prometía ser larga.
  Bonzo dice no estés triste, ya sabías que iba a pasar, y sabés que es lo mejor para los dos. E1000C dice sí, pero duele, ¿sabés lo que duele? ¿qué hago acá ahora? encima estoy sin trabajo y Laura se fue de vacaciones, no me puede hacer el aguante. Bonzo dice bueno, ya vas a ver cómo todo pasa, concentrate en el estudio. E1000C dice ya no sé si quiero seguir estudiando, la verdad es que la carrera me desilusionó un poco. Bonzo no dice nada. E1000C dice tengo ganas de salir, no quiero estar acá encerrada, con él nunca podía salir, nunca quería ir a ningún lado. Bonzo dice y bueno, aprovechá. E1000C dice ¿no querés ir al cine? dale, veamos la de Marvel. Bonzo no dice nada. E1000C dice o mañana, no sé, ahora ya es medio tarde, mañana podés?. Bonzo dice che, Emilce, me tengo que ir a dormir, después arreglamos lo del cine. E1000C dice pensé que mañana no te levantabas temprano. me vas adejarso lita? eso noes ta bien!. Bonzo dice jaja, no, mañana a la mañana voy a ver a mi sobrinito, pero vos salí, no te quedes ahí, eh. E1000C dice bueno, seguro termino saliendo con alguno de los boludos de mis exnovios ;-p. Bonzo dice jaja, bueno, me voy adormir. E1000C no dice nada.
  Emilce apaga la máquina y llora, por primera vez en la noche.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El amante perfecto (¿Doppelgänger #2?)

  Guillermo llegó a ser un gran amante, sin duda el mejor de su ciudad, probablemente el mejor de su país, y tal vez hasta el mejor del mundo. Es difícil medir o evaluar la capacidad amatoria de una persona, pero su caso llegó a ser tan excepcional, que llamarlo "el amante perfecto" no es una exageración. Fueron tantas las mujeres que perdieron los estribos sobre su peludo cuerpo, tantos los gemidos que arrancó de muchachas que recién con él entendieron qué era el placer, tantas las leyendas que se generaron alrededor de su misteriosa presencia, que, de hecho, el título de "amante perfecto" no le hace justicia. La perfección sólo habla de un estado de equilibrio, donde nada sobra ni falta. Pero su papel como amante era desequilibrante, obsceno, exagerado. Cada piel que tocaba se encendía, desterraba de los cuerpos cualquier señal de pudor o sensatez, para traducir en un idioma animal los deseos más profundos de la afortunada de turno. Un verdadero atleta sexual, pero también del corazón, del cerebro, del alma. No había fibra que dejara intacta, sacudía a su paso cada una de las moléculas de sus conquistas.
  Pero eso no fue siempre así. El comienzo de su vida amorosa estuvo marcado por el fracaso, un fracaso tan sobrenatural y poderoso como luego llegaría a ser su éxito. Todo empezó con Tamara, su primer y gran amor. La conoció a los diecisiete años, en uno de sus viajes en solitario, que emprendía en busca de su centro, con su guitarra al hombro, la herramienta que, en ese momento, creía que le permitiría conquistar a su primera mujer. Y así fue. Desafinando gastadas declaraciones de amor, consiguió que el corazón de Tamara se le abriese, así como también sus piernas. Y allí comenzó a manifestarse su extraño poder: Tamara, al ser tocada por Guillermo, caía inmediatamente en un sueño profundo. Irrevocablemente. Las primeras veces, Guillermo lo atribuyó a un miedo virginal por parte de la muchacha. Luego, hablando con ella sobre sus experiencias previas, comprobó que no, que Tamara no era virgen, ni siquiera pudorosa, que con sus tiernos dieciseis años ya contaba con una experiencia vasta tanto en cantidad como en calidad de amantes, y que no, ¿cuándo me quedé yo dormida, de qué estás hablando? Guillermo siguió entonces sometiéndola a su extraño y desubicado poder, siempre teorizando en la penumbra cuál podía ser el problema. Frustrado, y con incontenibles ganas de hacerla suya, comenzó a odiarse a sí mismo por esa incapacidad por mantenerla despierta, intuyendo que algo malo tenía. Ella era su primera mujer, la única que había deseado y que desearía con tanta fuerza, aún luego de más de 75 años de compartir orgasmos de todos los colores, olores, formas y estilos. Así que se alejó, la octava noche que pasaron juntos. Al dormirse ella con la lengua de su amado dentro de la boca, Guillermo decidió partir, no sin antes cubrirla con una frazada y dejarle un desayuno preparado a modo de despedida.
  Partió a saciar su sed sexual, sin importar con quién ni cómo, y así lo hizo: la suerte quiso que se encontrara con la única persona en el mundo capaz de neutralizar su poder. Se llamaba María Cristina, y le llevaba cuarenta y siete años, que escondía bajo capas y capas de costoso maquillaje. Esas mismas capas fueron las que permitieron que nunca, pero nunca, sus pieles se tocaran. Las caricias de Guillermo se deslizaban sobre esa película de hipocresía logrando que el ímpetu y la buena voluntad tuvieran una respuesta, y así él creyó que el asunto de Tamara había quedado olvidado. Habiéndose sacado ese peso de encima, Guillermo fue descubriendo, de a poco, el loco descontrol de la pasión sexual. Fue desarrollando así el idioma animal que luego perfeccionaría, ya que, para ser sinceros, María Cristina tampoco le otorgaba mucha libertad. Las luces siempre apagadas y las caricias y mordiscos siempre controlados, para que su maquillaje no se viera perturbado, y siempre sobre la cama de su habitación, mandada a construir especialmente para paliar sus problemas de cadera. Pronto estas limitaciones cansaron a Guillermo, cuyo verdadero poder comenzaba a asomar. Al ver que su virtud de perder completamente el control era pagado con reprimendas y con sopapos de madre castradora, decidió mudar de lecho, sabiendo que ahora, podía volver a elegir.
  Así conoció a Isabel, con quién se consumaría la verdadera metamorfosis. Isabel era bellísima, una voluptuosa morocha de ojos verdes, con rollizas curvas que pedían a gritos que un valiente explorador perdiera allí su aliento. Así lo hizo Guillermo. Lleno de confianza y una vez más, con una increíble sed que saciar, llevó a Isabel a un hotel diez minutos después de haberla conocido. La despojó de las ropas con toda su ternura, al mismo tiempo que las desgarraba con sus dientes (un extraño método que, años después, sería bautizado por una prostituta sueca como "la caricia del polillo"). La tendió sobre la cama, y al comenzar a tocarla, Isabel cayó en un sueño profundo. Con la guardia baja, Guillermo no se percató hasta que pasaron cinco minutos e Isabel comenzó a roncar. Y entonces ocurrió la desgracia más afortunada: Guillermo, en un estado de éxtasis total, ese estado de calentura animal que lo caracterizaría por siempre, recordó ese viejo fracaso. Ese viejo amor. Tamara, su bella durmiente. Tamara, con su rechazo inapelable. Tamara, esa mujerzuela que a todos se había ofrecido, menos a él. Con el raciocinio totalmente apagado, toda esa vorágine de recuerdos traumáticos lo volvió loco, y descargó su furia sexual en la dormida Isabel. Hizo lo que nunca con Tamara. La violó. Pero su contacto la mantenía dormida, y eso lo enfurecía aún más. Él deseaba despertarla, estaba enfrentando ese viejo fracaso para vencerlo, gritando improperios y llamándola "Tamara", "Tamara, la puta", "Tamara, la zorra", "Tamara, ¡despierta, desgraciada!". Pero Isabel no podía despertar, ya que el contacto de Guillermo, aunque tremendamente violento, la mantenía en ese coma sobrenatural. Guillermo le mordió los pezones hasta hacérselos sangrar, le tiró del pelo arrancándole mechones, pero nada, Isabel seguía dormida, en ese terremoto de furia y pasión que podría haber terminado en una tragedia. Pero allí, en la alcoba, las cosas que importan pasan por debajo de nuestra consciencia. Guillermo logró despertarla, pero no fueron sus arrebatos furiosos, sino un cambio interno, un cambio químico, o quizás metafísico, en fin, un cambio de frecuencia, algo, que hizo que de repente, su tacto no sólo la despertara, sino que despertara en Isabel sus más bajos instintos, para que respondiese a esa furia animal de Guillermo de la misma manera. Y así nació la leyenda. Esa noche, entre mechones de pelos arrancados y sangre bajo las uñas, Guillermo e Isabel se encontraron en un paraíso orgásmico, convirtiendo la más violenta y salvaje de las violaciones en una experiencia cargada de amor, que recordarían por todas sus vidas.
  Siguieron juntos varios años, mientras Guillermo aprendía a desterrar por completo su toque soporífero reemplazándolo por esa llamada a la pasión primigenia. Durante mucho tiempo, Isabel se quedaba dormida al comenzar sus sesiones, y Guillermo trataba de despertarla, cada vez usando menos violencia y menos tiempo, hasta que lograban encontrarse, paradójicamente perdidos en los laberintos de la sexualidad desatada. Hasta que Guillermo se convirtió en el amante perfecto, con su capacidad por enloquecer a Isabel totalmente naturalizada, al alcance de sus dedos, sin necesidad de despertarla porque ella ya no se dormía. Guillermo se había librado de su maldición. Y podría haber sido feliz con Isabel, si ella no hubiera conocido esos primeros momentos que vivieron, cuyo anhelo terminó por desgastar la relación. Isabel le confesó que no había mayor placer que el de despertar en medio de ese ciclón en que Guillermo se convertía, y fantaseaba con que él la tomara en medio de una siesta, o a las cuatro de la mañana, mientras ella dormía. "O quizás puedas hacer que me duerma como antes, ¿te acuerdas, querido?". Guillermo, que se había librado de su carga pero no de sus dolorosos recuerdos, se indignó, ya que esa furia que lo obligó a revertir sus poderes tenía un sabor más que amargo, y tomó las fantasías de su novia como una especie de burla. Así que huyó. Accedió a tomarla por la fuerza por la noche, pero en vez de eso, le dejó preparado el desayuno y partió, para nunca más volver. Isabel, que fue la única mujer que conoció las dos caras de su extraño don, no pudo soportarlo. Se quitó la vida, y fue la única de las 6.254 mujeres que se acostaron con él en hacerlo.
  Y así fue. Guillermo viajó por el mundo, buscando en cada mujer que estremecía a Tamara, su gran deuda. Las amó a todas, y todas lo amaron, y todas lo dejaron ir totalmente satisfechas, felices por haberlo conocido. Su don era tan poderoso que destrozaba cualquier idea de amor posesivo. Las mujeres ya no eran las mismas luego de haber recorrido su cuerpo. Tuvo relaciones más o menos estables con algunas de ellas, hasta simultáneamente con cinco o seis, y en una ocasión, en España, tuvo un harén de 86 mujeres, hasta que las autoridades lo descubrieron y lo expulsaron del país por inmoral. Sembraba la felicidad y la plenitud a su paso, y él también era feliz, aunque no podía apartar a Tamara de su mente.
  Los años fueron pasando, y en todos los continentes se hizo famoso. Cada vez que llegaba a una nueva comunidad, era recibido de manera especial. A veces, con el ofrecimiento de las doncellas del lugar, otras veces con la petición de conceder una última noche de pasión a las enfermas terminales, y algunas veces era perseguido por una turba violenta que buscaba castrarlo.
  Su incesante peregrinaje encontró su fin en su ciudad natal, donde, finalmente, encontró a Tamara. Los dos estaban viejos y sin dientes, pero notaron en sus ojos que su amor no se había extinguido. Guillermo ya se había retirado, hacía tres años que no realizaba ninguna de sus proezas, así que revivieron y enmendaron su noviazgo virginal, ahora sin la ansiedad de la carne. Pasaron tres años juntos, paseando de la mano, charlando hasta el alba, jugando a las damas y alimentando a las palomas en la plaza. Hasta que, una noche, decidieron saldar esa gran deuda. Más excitados que nunca, se despojaron de sus ropas y se observaron. El tiempo había hecho estragos en sus cuerpos, pero ninguno de los dos recordaba un espectaculo más hermoso que el que ahora tenía frente a sus ojos. Se acostaron, y Guillermo la beso y acarició tiernamente, sólo para quedarse dormido allí mismo, en ese instante y para siempre. Tamara besó sus ojos ya sin vida, derramó una lágrima en memoria de todos esos años que tardaron en encontrarse y, antes de marcharse, lo más silenciosamente que pudo, le preparó el desayuno.