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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Tres maneras de equivocarse en la obsesiva búsqueda de patrones (o "no soy tan boludo")

  Tuve una novia que era muy inteligente. Una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. La segunda más inteligente, seguro. La más inteligente, puede ser. Hace unos siete años, más o menos, me prometió que se iría del país el día que Macri fuera presidente. Para probar que ella era mucho más inteligente que yo, me reí de su miedo, asegurándole que un pelotudo como Macri jamás llegaría a presidente, que se quedara tranquila. En realidad, estaba tratando de tranquilizarme a mí mismo. Yo no me quería ir a vivir a otro país, y no podía pensar en no vivir con ella. Las cosas cambiaron. Y hoy (un hoy que no es hoy, pero que casi), Macri es el presidente. Esa promesa sólo me la hizo a mí. O no, es decir: el día que me lo dijo, no había nadie más escuchándola. Y en las incontables charlas de política que compartimos con otras personas, no la escuché repetirlo. Quizás sea el único al tanto de su promesa. Quisiera saber si la recuerda. Quisiera saber dónde está, quizás ya no esté en el país. ¿Quisiera saber de ella? No lo sé, en momentos de angustiante soledad es difícil darse cuenta de cuánto valen los demás, de si los otros son las personas que se supone que tienen que ser o si son, más que nada, un remedio para esa tremenda angustia. Lo que sí sé, y creo que es lo más triste, es que quisiera saber si tiene planeado irse, porque me gustaría volver a la casa que compartíamos. Quisiera saber si no me la alquila.

  Salí con tres mujeres en toda mi vida. Las tres usaban (usan, calculo, pero el pretérito es el único tiempo del que puedo estar seguro) sus segundos nombres para identificarse. Las iniciales de esos nombres son, en orden cronológico, "A", "L" y "E". ALE. Si hay alguna especie de orden superior, acabo de entender lo que me quiere decir: se llegó a donde se tenía que llegar. Aunque también recuerdo la sentencia de un amigo muy querido, el más sincero y bestial que tengo, que alguna vez, al escucharme describir a una chica que me gustaba (ni "A", ni "L", ni "E", sino la única chica que me gustó que no me dio bola), me espetó un "Kaos, tenés que dejar de enamorarte de vos mismo". Así que puede ser obra de un orden superior, u obra mía, que soy capaz de manejar la realidad que me rodea de manera simbólica para dictar señales oscuras y ambiguas. O puede ser una casualidad, claro. Pero no puedo perder la oportunidad de compararme con Dios, ¿no?

  Casi no estoy leyendo, pero nunca en mi vida compré más libros que ahora. También me compré más instrumentos de los que podré aprender a tocar en mi perra vida, pero bueno, estoy rellenando vacíos con cosas. Lo hacemos todos. Lo que me llama la atención es qué libros estoy comprando (y leyendo). Son libros que me recomendó o que le gustaban a una piba que sé que no voy a volver a ver. Son libros que me quedé con ganas de comentar con ella, para enterarme de su opinión. ¿Para qué elegirlos, entonces? La respuesta real es que son libros buenos, buenísimos. Aunque me asusta pensar que, quizás, sea una manera de fingir que la conversación con esta persona continúa, o que es posible, que me tengo que preparar para cuando finalmente se reanude. Son libros buenos, nada más. No soy tan boludo. No soy tan boludo. No. No soy tan boludo.

miércoles, 9 de abril de 2014

Elogio del desprecio (un fósforo)

para el Tucu

  Es muy simple. Se toma toda la pasión, todo el deseo, todo el cariño que uno esté sintiendo en ese momento, y se le acerca un fósforo. Arde con una violencia inusitada, es un proceso que no lleva más que un par de horas. Duele como pocas cosas en la vida, pero es sumamente útil: esa persona que uno adoraba, pasa a ser odiada, y luego el tiempo hará su parte. Deja de ser una preocupación.
  Y ni siquiera hace falta que duela, ni hace falta viajar de extremos tan separados. Es muy fácil destruir nuestras emociones, nuestra curiosidad. Lo he visto muchas veces, y estando de los dos lados. Y es lo más sano, la volatilidad emocional es la respuesta. Hay que acumular mentiras, eso está clarísimo, lo hacemos y lo haremos todos. Pero cuando esas mentiras ya no sirven, cuando molestan: puf. Un fósforo y a la mierda.
  Y cualquier cosa puede servir de disparador. He conocido el caso donde fue un chiste desafortunado. Más de un caso, me temo. El humor mal entendido es muy destructivo. Un reproche mínimo. Una diferencia de gustos musicales. El interés aparece y desaparece. Una simpatía mal colocada, una palabra inocente pero que el receptor relaciona con algo profundo. Cualquier cosa sirve, y lo que antes estaba no está más. Nada importa realmente, hay miles de personas alrededor nuestro. ¿Por qué no descartarnos, no odiarnos sin culpa, no olvidarnos rápidamente?
  Además, esto tiene su contrapartida, su costado luminoso: cualquier persona que conozcamos puede ser adorada instantáneamente. Es un juego de espectros, de figuras de cartón. Ponemos y sacamos, nada importa realmente: lo hacemos todo desde nuestra absoluta soledad, desde nuestro acotadísimo punto de vista, desde nuestro más sanguinario narcisismo. Pongo por caso: hoy, en el subte, vi una mina. No era la gran cosa, pero tenía algo que me encantaba, un conjunto de pequeños detalles que la pintaban de manera hermosa. La miré con más atención, y sentí el gusto de la nostalgia, la vi como a ella, me recordó a ella, a la olvidada. No me molesté en sentirme imbécil, me dejé llenar de una placidez anacrónica, y obtuve un premio: la mina sacaba de su bolso un libro. No era cualquier libro el que leía. Era mi libro favorito, mi libro de iniciación, mi libro. Mío, porque casi nadie lo conoce, casi nadie lo consigue, casi nadie lo ha leído, casi nadie quiere leerlo, tampoco. Y, curiosamente, un libro que la otra, el espectro que ocupaba el lugar de esa chica del subte, había leído porque yo se lo había prestado. El único libro que le había prestado, el único libro que me había pedido, el único libro que puede que le recuerde mi persona. Una casualidad, pero alcanzaba, alcanzó para que amara a esta chica del subte, alcanzó para que llorara al verla partir, alcanzó para sentirme idiota después, también.
  Y alguien podrá argumentar que estoy equivocado, que lo que ahí pasó desmiente todo lo dicho anteriormente, que yo nunca olvidé, que nunca dejé de amar, de extrañar, de querer. Que ese espectro es la prueba de que no sé dejar ir, que veré fantasmas allí donde vaya, que nada morirá hasta que yo no muera. Bueno, invito a quien quiera a decirme eso. Y le probaré lo fácil que mando a cagar a la gente, y para siempre.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El sorteo

  - Escúcheme, Don Carlos. ¿Sabe ya cuándo van a hacer el sorteo?
  - ¿Cómo dice?
  No se escuchaban, de fondo sonaba el teléfono del local, un teléfono de disco ancestral, con una campana capaz de hacerse escuchar a dos cuadras. García volvió a repetir su pregunta, pero esta vez gritando.
  - Ah, el sorteo. No, García. No se sabe todavía. Pregúnteme mañana. O pasado. Pero no deje pasar más de dos días, eh, recuer--
  - Sí, ya sé, que pasados dos días de no reclamado el premio se vuelve a sortear. Me lo dice siempre, Don Carlos.
  - ¿Cómo dice?
  - ¡Que ya sé!
  García se retiró, desganado, olvidando saludar a Don Carlos. "No es para tanto", pensó. "Mañana lo vuelvo a ver. Lo veo todos los días".
  Habían pasado cuatro meses desde que había comprado el boleto de lotería. Tendría que haberse sorteado a la otra semana, pero, por alguna razón, lo habían pospuesto de manera "indefinida". Así decía el comunicado del Ente Organizador de Juegos de Azar (EOJA). Y así lo repetía su vocero lunes a lunes, en su conferencia de prensa. García había escuchado ya a varios de sus compañeros contando, risueños, cómo habían perdido y olvidado ya sus boletos. La resignación había ya eliminado a varios de sus competidores (calculaba, extrapolaba), y eso sólo ayudaba a García a seguir pendiente del eventual sorteo, de no perder el boleto, de no dejarse vencer por la desidia y la apatía. Así es que, todos los lunes, acudía a la conferencia de prensa del vocero del EOJA, donde era, casi siempre, el único asistente. Y día a día visitaba a Don Carlos, claro, su quinielero de confianza.

  El teléfono lo recibía sonando otra vez.
  - Buen día, Don Carlos.
  - ¿Eh?
  - ¡Buen día!
  - Ah, sí, todo bien. ¿Qué necesita?
  - ¿No se imagina?
  - Hable más fuerte, no alc--
  Don Carlos acercaba su oreja derecha por encima del mostrador. García ya estaba acostumbrado, pero no podía creer que la conversación fuera igual todos los días.
  - Atienda, Don Carlos, por favor. Atienda el teléfono. Después hablamos.
  - No, el cliente cara a cara tiene prioridad, siempre. Sería una falta de respeto.
  El quinielero ya gritaba también.
  - ¿Sabe, Don Carlos? Si usted atendiera alguna vez el puto teléfono, yo no vendría todos los días. De hecho, antes de salir, siempre lo llamo. ¿Por qué no atiende?
  - Siempre tengo gente, García. ¿Qué necesita? Dígame o deje pasar a Martita, que está detrás suyo esperando.
  Martita había dejado de ser Martita hacía, mínimo, cuarenta años. Era una vieja con todas las letras. Sus bufidos y mohínes de impaciencia lo comprobaban.
  - El sorteo, Don Carlos. ¿Para cuándo?
  - Todavía nada, García. No se sabe. Pase mañana.
  - No. Mañana atienda el teléfono.
  - Siempre y cuando no tenga gente...
  Saludó a Don Carlos y a Martita, que no le devolvió el saludo, y fue hasta la oficina. Sentado en su cubículo, miraba su boleto y se preguntaba en qué momento ese pequeño papelito, esa promesa de ponerle un fin a la rutina si la suerte lo elegía, se había hecho parte del tedio que debía ayudar a destruir. "Tenés que aguantar, macho" se decía. "Ya lo van a sortear".

  El teléfono sonaba. La persiana estaba baja, pero el teléfono sonaba. Esperó y, a los cinco minutos, salía Don Carlos.
  - Buenas noches, Don Carlos.
  - ¿Eh? ¿Qué hace acá, García? Ya cerré.
  - No me atendió. Llamé todo el día y no me atendió.
  - Mucha gente, García. Pero le tengo una buena noticia: el sorteo todavía no se sabe cuándo se hace, pero hoy se vendió el último número. Ya no hay más boletos, eso tendría que acelerar las cosas, ¿no cree? Póngale la firma, antes de fin de mes se sortea.
  - Le tomo la palabra, Don Carlos.
  - No, ojo, no es oficial, es mi... mi corazonada. Mi apuesta. Y yo de apuestas sé, ¿eh?
  Don Carlos reía, evidentemente tenía mucho mejor humor luego de cerrar su modesto local. Se despidieron, pero antes de alejarse demasiado, García se volvió.
  - Dígame, Don Carlos: ¿por qué mierda no desconecta el teléfono?
  - No, García. Eso sería una falta de respeto. No, no. Jamás.
  García se volvió a su casa, convencido de que el quinielero definitivamente lo gastaba. En el camino, sacó el boleto de la billetera y lo miró, como hacía todos los días, a todas las horas. Algún día lo tenían que sortear. Había pasado un día más. Quedaba un día menos.

  Terminó de anudar su corbata, y volvió a intentar convencerla.
  - ¿No venís, Claudia?
  - No. Y, francamente, me parece ridículo que vos vayas.
  - ¿Desde cuándo es ridículo ir a un funeral? Despedir a alguien que veías todos los días, rendirle tributo. ¿Qué hay de ridículo en eso?
  - Era tu quinielero, negro. No tenés nada que hacer ahí. Es una falta de respeto a la familia. No me metas en eso. Yo no voy.
  - Bueno. Igual les mando tus respetos.
  García se fue, solo. Llevaba su boleto encima, como siempre.

  Luego de la muerte de Don Carlos, García tuvo que depender de los informes del EOJA, exclusivamente. No le gustaba el muchacho que lo reemplazaba. No confiaba en él, en sus pearcings, en su pelo violeta, en sus anteojos de marco celeste. La rutina se le hizo más engorrosa, porque el edificio del EOJA le quedaba mucho más lejos, pero no veía otra salida. Eso sí: había que reconocer que el pibe nuevo atendía el teléfono. Lástima que fuera tan poco confiable.

  - Negro. Negro. Negrito, ¿dormís?
  Que Claudia lo despertara en medio de la noche era una mala señal. Lo primero que pensó es que, en algún momento, hacía añares, ella podía despertarlo para coger. Pero esa ya no era una posibilidad.
  - ¿Qué, Claudia? ¿Qué pasa?
 - ¿Vamos a ir con mi hermana al glaciar? Son dos semanas. Hace un montón que no salimos de campamento.
  García se lo veía venir. Y Claudia sabía la respuesta. Era una conversación cerrada de antemano. ¿Para qué volver a tenerla? ¿Y para qué a las tres de la mañana?
  - No, chola. No. No puedo irme. Tengo que estar acá, ya sabés.
  Claudia se incorporó, hecha una furia. La ternura con la que había iniciado el diálogo desapareció en menos de un segundo.
  - ¡Dejá de romper las pelotas con esa lotería! Hace años que esperás el sorteo, no podés dejar que tu vida esté alrededor de eso, ¿no te das cuenta de que sos el único boludo pendiente de ese sorteo de mierda, cuando todo el mundo sabe que no se va a hacer nunca?
  García respondió, calmo.
  - Se va a hacer, se va a hacer. No pueden no hacerlo. La gente pagó por los boletos, lo van a hacer.
  - Pedí que te devuelvan la plata, como hizo todo el mundo. O mejor, olvidate del asunto. Diez pesos roñosos te salió el boleto. Venite conmigo, vamos al glaciar. No seas tarado, por favor. Hacelo por mí.
  La ternura había vuelto.
  - No puedo, cholita. No puedo.
  Al despertar, García vio las lágrimas del otro lado de la almohada. Pensó que estaba obrando mal, que todo se le estaba yendo de las manos. Más tarde vio el boleto, y olvidó por completo las lágrimas y la almohada.

  "Claudia, soy yo. No veo por qué no volviste a casa. Entiendo que fuiste de campamento con tu hermana, entiendo que fuiste sola porque yo no fui capaz de acompañarte, entiendo que no me avisaras porque estabas enojada conmigo, pero no entiendo por qué no volviste."
  No le atendía el teléfono, su cuñada tampoco, así que el e-mail era su única vía posible de comunicación.
  "Acá estamos bien, el gato te extraña. Llamame, o atendeme. O volvé, directamente. No tiene sentido todo esto, exageraste. Yo te quiero."
  No alcanzaba. Hacía falta decir algo más. Dudó bastante, pero finalmente lo escribió.
  "P.D.: si gano el sorteo, ¿volvés?"

domingo, 27 de enero de 2013

Crónicas del cuidacasas: Lanús

  Empiezo mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones. Recuerdo el tiempo en que siempre hacía eso, era el que cuidaba las casas de los que se iban, siempre dispuesto con mi guitarra y una caja de 20 patis, no necesitaba nada más. Recuerdo mis relaciones en esa época, quiénes estaban en mi vida y qué significaban. Todas esas relaciones cambiaron, algunas radicalmente, algunas dejaron de existir. Me siento solo, siento que algo hice mal, instantáneamente pienso (porque pensar y sentir son cosas bien diferentes) que nunca hice nada, que todo lo que llegó así de fácil se fue, que lo que queda está pero no por mí, no por lo que yo haga. Quizás sí por lo que deje de hacer, quizás todas las omisiones que (creo que) me definen son las que permitieron que ciertas personas se acercaran, aprendieran a compartir cosas conmigo, y que eventualmente se fueran. Algunas para volver, otras para intentarlo, algunas de esas últimas consiguiéndolo, otras no (la elección de la palabra "persona" en esta parte del texto le debe todo a su género). Pienso eso mientras frío unas milanesas, las milanesas más ricas que comí en mi vida (por suerte mi madre no leerá nunca esto, pero mejor no pensar en quién puede llegar a hacerlo), y recuerdo otra época, más cercana en el tiempo pero casi tan remota en el sentimiento (horrible, buscar otra palabra después, seguir escribiendo por ahora, pero hacer ALGO con esta oración después), me recuerdo cocinando con alguien, cagándonos de la risa secando el aceite de las milanesas con papel higiénico porque SIEMPRE nos olvidábamos de comprar rollo de cocina. Era feliz, ese momento era la felicidad, esa risa compartida. ¿O sólo yo me reía? ¿A ella le molestaba? Ya no sé, luego de tanto tiempo siento (que no es lo mismo que "pienso", claro está) que eso le molestaba, que eso era todo lo que le molestaba, que esa podía ser la célula del bendito fractal del fracaso, del desamor, del hastío. Ojalá, prefiero hacerme el boludo, prefiero no pensar en cosas más importantes, en cosas que explicarían por qué estoy en mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones, otra vez.

domingo, 27 de mayo de 2012

Palabras

"Vos sos un hombre de palabras".

  Hace unos años me dijeron eso, sin tratar de esconder el reproche que, quizás, fuera en realidad lo importante del mensaje. Estoy acostumbrado a los reproches. He sido educado en base a ellos, nunca alcanzar lo que se pretendía o esperaba de mí forma parte de mi identidad. Por eso preferí obviar ese reproche, para concentrarme en esa definición tan acertada, que en momentos como este me parece aún más cierta que entonces. "Vos sos un hombre de palabras". Quizás un acceso de vanidad y autocompasión me esté llevando a esto, a tratar de usar palabras para describir por qué soy un hombre de palabras, pero no sé hacer otra cosa. La vanidad me dice que no sabré hacer otra cosa pero que eso lo hago bien, y que es una forma elevada de entender y vivir la vida. La autocompasión me dice que es triste que no sepa hacer otra cosa. Que es triste que no sepa vivir, que es triste que siempre tenga que estar triste, que es patético que detrás de las palabras sólo haya eso: tristeza.
  "Vos sos un hombre de palabras". Hay muchas cosas que me quisieron decir en ese entonces, pero eso ya no me importa demasiado. Lo que me importa es que, hoy, ya estoy cansado de ser eso. ¿Por qué las palabras son tan importantes? No lo son. Realmente, no lo son. Para el resto, es decir. Siempre es igual, siempre tengo que compararme con el entorno (siempre y cuando sienta que hay una notable separación, un entorno y un yo a una distancia infranqueable), y entonces me digo: las palabras no importan. Las palabras que recibís, las palabras que recogés, las palabras que repartís, las palabras que te roban y que olvidás. No tienen esa importancia que vos le das. A vos te hablo. Sí, a vos. A mí. Al único al que hay que hablarle, y explicarle todo, todo el tiempo, con palabras.
  No se puede, aparentemente, explicar todo con palabras. Ni siquiera eso: no se puede explicar nada con palabras. No alcanzan, para todo falta. Pero no es un problema que tengan las palabras, es un problema que tenemos nosotros, los lectores, los oradores, los escritores, los oyentes. Es todo tan confuso, tan vergonzoso, tan angustiante, tan banal, no sirven las palabras para describirlo, para comunicarlo. Eso creo hoy, ya cansado de ser un esclavo de las palabras. Antes, bueno, era diferente.
  Antes creía firmemente en el poder de las palabras, en su buen uso, en el valor inapelable de la verdad. Eso era, en parte, ser un hombre de palabras. Y no se sentía muy bien, pero por lo menos me dejaba saber dónde estaba parado. Me permitía vivir sacándome ciertas preocupaciones de la cabeza. O no, quizás las preocupaciones estuvieran, pero no había que perder el tiempo sopesando cada palabra que llegaba. Si me dicen azul, es azul. Quizás esa persona esté equivocada, pero jamás me va a decir azul si es rojo. Por esa misma razón, me sorprendía tanto que alguien pudiera poner en duda cualquier palabra que yo dijera. Es conocida en mi minúsculo círculo social mi estúpida frase "Yo nunca miento". Y eso es una mentira, es imposible no mentir, pero puedo jurarlo, puedo someterme al polígrafo y decir "yo nunca miento" y la aguja no me descubrirá en falta. Para mí, ese rojo es azul. Seré daltonico, pero no malintencionado.
  ¿Y ahora? Sigo sin mentir. Me convertí en "vendedor", y cargo este respeto por las palabras y su verdad como una cruz. En realidad, no cambió nada. Estoy cansado, pero no he aprendido nada. Seguiré creyendo instintivamente todo lo que me digan, aún cuando me vea obligado a decirme "tenés que saber que eso es mentira". Siento la necesidad de escaparme, de abandonar este mundo de palabras, pero no puedo. ¿Adónde iría? No entiendo el resto de los lenguajes (lo que no quiere decir que entienda éste, de hecho, creo que lo que intento decir es que no lo entiendo). "El cuerpo nunca miente". Sí que miente. La verdad no existe, y eso me entristece. Pero lo más triste es que la mentira sí existe, y está en todos lados.
  Me espera un limbo. Abandonar el uso de las palabras, escapar del peso al que las palabras me someten, para ir hacia otros mundos, a los que jamás podré ingresar. El silencio irá ganando terreno. ¿Pero cómo será internamente? Tendría que abandonar el hábito de la lectura, quizás volver a amasijarme jugando videojuegos horas y horas. O, puestos a mentir, escuchar a mi cuerpo, jugar con él, por fin dejar que sea libre y que dicte cada uno de mis movimientos. Escapar de las palabras, y dejar de escapar de la mentira.

  Pero entonces, si las palabras no valen nada, ¿de qué sirve esto? ¿Qué valor puede llegar a tener? He mentido una vez más. Hoy será igual que ayer y que mañana, y yo seguiré siendo igual a mí.

domingo, 20 de mayo de 2012

Trilogía de Temperley

  Atravesó el umbral del bar ansioso, tratando de ocultar su excitación. Ese hecho, el hecho de que se preocupara en tratar de ocultar algo, era un indicador de su buen humor: en circunstancias normales, no se sentía digno de la más mínima atención. Se sabía invisible, despreciado pero rápidamente olvidado. Definitivamente, no era esta una situación normal, ya que dirigía furtivas miradas a cada rincón del local, buscando esos ojos atentos, que sabía que, aún sin buscarlo, se alegrarían al verlo. Una sonrisa se asomaba acompañando el brillo de su mirada. Sus ojos tristes hoy eran irreconocibles.
  La buscó pero sin detener nunca su marcha, fingiendo que sólo buscaba una mesa. Fingiendo, siempre fingiendo. Horas después criticaría todo su accionar, y sentiría asco, como siempre siente al ver a los demás, con sus sonrisas, sus ilusiones, sus ficciones diarias. Pero en ese momento estaba feliz. Sí. Se podría decir que estaba feliz.
  Se sentó y todavía no la había encontrado. Una voz en su cabeza le sugirió que quizás ella no estuviese allí. El resto de las voces (incluyendo la propia, si es que una y sólo una de ellas lo era) lo consideró probable. Pero no. Casi al mismo tiempo que el mozo alcanzándole un menú, sus ojos se cruzaron. Allí estaba ella. Hermosa, como siempre. Sus cortos rulos rubios enmarcando la preciosa carita. Él sonrió y levantó sus cejas, casi el único gesto que sabía utilizar (aunque mal). Ella no reaccionó, y siguió charlando con los tipos que la acompañaban. Él la desnudó con sus ojos hambrientos, pudo imaginar el ruido del corto vestido negro cayendo al lado de la cama.
  - Un café doble, por favor.
  Se dedicó a mirarla. Estaba hipnotizado, ya había olvidado todo su plan de esconder su impericia social, su locura por ese cuerpo, por esa voz. Y ella no lo miraba. Se preguntó si lo habría visto, quizás no lo reconociera. "Te vio", le dijo la voz. "Que siga charlando con esos tipos y que ya no mire para acá ni de casualidad es la prueba".
  El café llegó, y lo tomó. Ya no estaba feliz. Para nada. Ella se levantó, se puso su abrigo y se despidió de sus acompañantes. Antes de atravesar el local y alcanzar la puerta, lo volvió a mirar. Él, apurado, acompañó su arqueo de cejas con un ademán. La voz en su cabeza reía. Ella salió sin prestarle atención. La vio pasar por los ventanales caminando a paso vivo. Dejó cincuenta pesos sobre la mesa y se apresuró a salir, quizás ella hubiera aflojado el paso, quizás lo esperara en la esquina.
  Luego de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde la esquina, decidió que podía volver a su casa.
  "Ya está bien, eh".

***

  Entendió que por fin había ocurrido. Ella se había ido, y no volvería. Siempre y cuando dependiera de él, no se volverían a ver tampoco. Se sentó frente al televisor, y cambió de canales sin prestar atención. Sólo pensaba en su soledad, en la casa, en las compras, en los libros que se había llevado, en las gatas que también se habían ido, en la plata; hacía cuentas que involucraban su sueldo, el alquiler, el precio de la Coca-cola, el precio del jugo Clight, el precio de las empanadas. De vez en cuando pensaba también en ella, pero sólo para descargar su bronca, aún sabiendo que no era justo. Pero el reino de sus pensamientos era un mundo que no conocía la justicia, sino que estaba para saciar sus caprichos. Así que la odió sin culpa.
  Apagó la tele y agarró su campera, vio la hora y decidió pasar por el bar. Comería algo, llevaría su libreta, por si se le ocurría algo para escribir. Sí, le haría bien. Cualquier cosa antes que pensar en todo lo que ahora no tendría que tener en su heladera.
  Ya en el camino pensaba en Germán. Qué bueno sería poder hablar con Germán. A eso iba al bar, en realidad. Qué bueno poder ser amigo de Germán. Sería genial...
  Cuando entró al bar, no tardó en localizar a Germán. Ahí estaba, como siempre, en su mesa. Las risas lo acompañaban. Qué bueno poder ser amigo de Germán... Pero no conocía a los otros ocupantes de la mesa, así que sólo los miraba de lejos.
  - Un café doble, por favor.
  Promediando su café, vio cómo Germán despidió a sus compañeros, que se alejaron entre risas. Buscó su mirada hasta encontrarla, y arqueó sus cejas, haciendo además un ademán. Tomó su café y fue hasta la mesa que ahora ocupaba sólo Germán.
  - ¡Qué hacés, Germán! No sabés cómo estoy... Viviana finalmente se fue. Y, ¿sabés qué? Mejor que ni vuelva, mirá... Per--
  - Perdoná, ¿Joaquín eras, no?. Pero me tengo que ir. Hablamos otro día, ¿sí?
  Dos horas después miraba la tele, y pensaba en su sueldo, en el precio de la pizza, en el precio de las medialunas, en el precio del café, y en Germán, Germán y la re-putísima madre que te re-mil parió, Germán sorete hijo de re-mil putas, Germán y quién mierda te creés que sos, petiso mal hecho, Germán morite.

***

  - Lo bueno es que ya no vas a tener a nadie intentando que no hagas dieta, vas a poder comer todas las ensaladas que quieras. Que tengas una vida sana.
  Imbécil. Haciéndose el superado, como siempre. Riéndose de todo, aún con lágrimas en sus ojos. ¿Quién le habría enseñado eso? En la familia eran igual, eran imbancables. Pobre gente, creyendo en la ironía como en la máxima expresión de inteligencia. Pobre Martín. Él no tiene la culpa.
  Y se había ido. Finalmente. ¿Cuánto tiempo había esperado ese momento? Le parecía imposible, dolorosamente impensable. Pero era lo que debía ocurrir. Dolía, dolía enormemente. Aunque era lo mejor, ya no podían seguir mintiéndose. Ojalá pudieran ser amigos. Sí, podrían pasar unos meses, y entonces podrían volver a hablarse. ¿Podrían? Él era tan rencoroso. Imbécil. No, no. Pobre Martín.
  ¿Y ahora? Encendió su computadora. Abrió el msn, inició sesión. Gonzalo estaba conectado. Hablame, Gonzalo. No me obligues a hablarte. Voy a cambiar mi foto, voy a cambiar mi nick. Voy a poner "Amar, temer, partir" como mensaje personal. Me vas a hablar.
  Gonzalo le habló. Entre otras cosas, le dijo que mañana no trabajaba. Ella se preparó un café (doble). La noche prometía ser larga.
  Bonzo dice no estés triste, ya sabías que iba a pasar, y sabés que es lo mejor para los dos. E1000C dice sí, pero duele, ¿sabés lo que duele? ¿qué hago acá ahora? encima estoy sin trabajo y Laura se fue de vacaciones, no me puede hacer el aguante. Bonzo dice bueno, ya vas a ver cómo todo pasa, concentrate en el estudio. E1000C dice ya no sé si quiero seguir estudiando, la verdad es que la carrera me desilusionó un poco. Bonzo no dice nada. E1000C dice tengo ganas de salir, no quiero estar acá encerrada, con él nunca podía salir, nunca quería ir a ningún lado. Bonzo dice y bueno, aprovechá. E1000C dice ¿no querés ir al cine? dale, veamos la de Marvel. Bonzo no dice nada. E1000C dice o mañana, no sé, ahora ya es medio tarde, mañana podés?. Bonzo dice che, Emilce, me tengo que ir a dormir, después arreglamos lo del cine. E1000C dice pensé que mañana no te levantabas temprano. me vas adejarso lita? eso noes ta bien!. Bonzo dice jaja, no, mañana a la mañana voy a ver a mi sobrinito, pero vos salí, no te quedes ahí, eh. E1000C dice bueno, seguro termino saliendo con alguno de los boludos de mis exnovios ;-p. Bonzo dice jaja, bueno, me voy adormir. E1000C no dice nada.
  Emilce apaga la máquina y llora, por primera vez en la noche.