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miércoles, 7 de diciembre de 2016

III - Soldados

  Lo vi en casi todos los libreros con los que me tocó trabajar, aún en esos que se autodefinen (y bien) como mercenarios, como monstruos que sólo buscan vender. A todos (salvo a uno, debo reconocerlo) los he visto devolviendo material sólo porque no les caía bien el autor, ya sea por una cuestión ideológica o por alguna rencilla personal.
  En el caso de las diferencias ideológicas, el ejemplo que más me sorprendió fue el de un encargado de librería a punto de tener un bebé, en un momento de la empresa donde ninguno de nosotros sabía si íbamos a seguir laburando o si nos echaban a la mierda, donde lo único que importaba era vender, vender y vender, y sobre todo acatar todas las directivas que nos dieran, sin importar lo imbéciles que pudieran ser. Este tipo hacía todo eso: vendía descaradamente lo que se le cruzara, y obedecía hasta las más autodestructivas de las órdenes que le daban. Aún para él, que cuidaba más que nadie su laburo, hubo un libro que mereció ser cajoneado, que retiró de la circulación ni bien llegó, que negó a una cantidad enorme de clientes que lo pedían, porque desgraciadamente era un libro que se vendió mucho (en otras librerías, nosotros vendimos uno solo, un día que él no estaba). Ese minúsculo intento de resistencia, ahogado en un mar de concesiones y obsecuencias, me sonaba extraño, innecesario. Pero él evidentemente lo necesitaba. Esa batalla no la iba a perder. Esos libros eran como soldados del enemigo, y si bien él no los iba a destruir, sí los iba a encarcelar, para que no hicieran más daño en esa guerra que todos estamos luchando. Como este, conozco decenas de ejemplos más, al menos uno por cada librero que conozco.
  El caso de las rencillas personales, es aún más generalizado. Se da más que nada con libros escritos por libreros, corredores, editores, etc, gente que el librero resentido conoció. Nunca terminé de entenderlo, la mayoría de las veces lo condené, y siempre me reí de lo que consideraba una chiquilinada. Pero los puntos de vista cambian. Un buen día, conocés una mina por la cual perdés la cabeza. La mina no puede confiar en ningún hombre, está muy dañana por cosas que le pasaron siendo muy joven y cosas que probablemente no recuerde que le han pasado de muy chica. Pero a vos eso no te importa, la adorás, la acompañás, la ayudás en todo y te bancás ser el fusible contra el cual descarga su odio no sólo por los hombres sino por el mundo entero, que es una mierda, y en eso estás de acuerdo con ella. Llega el glorioso día en que entiende que sí, que evidentemente tiene un problema, que no puede ser que sólo por ser hombre seas un cerdo mentiroso que sólo quiere coger, que ese impulso de ira enceguecedora que ella siente le impide relacionarse de manera sana con cualquier persona, que haría bien en retomar la terapia. Dos meses después, está escapándose del consultorio de su terapeuta (un chamán burgués), a las dos de la mañana, luego de haber estado encerrada por más de cuatro horas, habiendo rechazado el ofrecimiento de alcohol, diversas drogas y de quedarse a dormir, de ser "iniciada" en un ritual de poder milenario y qué sé yo cuántas pelotudeces más. Te enterás de eso y querés matar al tipo, por primera vez querés agarrarte a piñas, sin importar el resultado, pero repartir dolor para que ese momento no pase inadvertido, para que el tipo recuerde para siempre que hay cosas que no se hacen. Alguien te convence de que no, de que no es que la hayan querido violar, que sí, obvio que se la quisieron coger pero eso no es ningún crimen, que bueno, como terapeuta obviamente es lo peor que existe pero que tampoco eso es un crimen, no cuando sos un chamán que hace terapias alternativas. Te calmás, quizás porque sos un cagón y encontraste cómo ahorrarte una pelea, pero seguís pensando que ese tipo fue un hijo de puta irresponsable, que esta pobre mina nunca más va a poder confiar en un tipo y nunca más va a intentar hacer terapia. Te queda un odio perpetuo por ese pelotudo, un forro al que nunca te vas a cruzar porque la ciudad y Allah son grandes. Pasa un año entero, y, para tu sorpresa, el forro este saca un libro. Y llega a la librería en la que trabajás. Y lo devolvés a la editorial, inmediatamente. Y le decís a tus compañeros: "muchachos, el libro de este hijo de puta, acá, no se vende". Y te sentís un poco más librero que antes.
  Y esto lo cuento, por primera vez, porque ayer un tipo con varios libros publicados me bardeó gratuitamente por facebook. Hoy tuve que devolver sus libros a la editorial porque todos estaban fallados, venían con varias hojas rasgadas. Cosas que pasan.

jueves, 7 de febrero de 2013

La máquina de resentimiento


  No me parece que esta página tenga sentido. Digo "página" como todo, hablando de estas líneas pero también de las que conforman todo el blog. Es sólo un momento, claro, en que prefiero la más estricta soledad (salvo escasas excepciones) y el nunca mentiroso silencio. En que todo me parece francamente inútil o, en el mejor de los casos, prescindible. No sé si esto es estar "deprimido", no creo. Creo, más bien, que estoy cansado. Un poco agobiado, y creo, a riesgo de sonar exageradamente pelotudo, que facebook tiene gran parte de la culpa.
  Mantuve mi facebook totalmente libre de pelotudos durante mucho tiempo, casi como mi vida. Hice también allí un culto del silencio y del ostracismo, del "menos es más", y cuando hablo de eso también me refiero a la cantidad de contactos. Puedo todavía contar con los dedos de una mano la cantidad de solicitudes de amistad que mandé. Y sí, hay algo de orgullo en eso que digo. Es el orgullo de la soledad. Es la contradicción del que se odia a sí mismo (otra exageración, más bien una "simplificación estilística", o quizás subestime enormemente a mis interlocutores, vaya uno a saber) pero que se ofrece como un premio, un pequeño lujo.
  Pero entonces, ¿qué estoy queriendo decir? Porque ya me estoy dando asco con todo esto que digo (eso es cierto, ahí no exagero), cuando lo que quiero decir es más simple, y divertido: tengo ganas de abrirme una página de facebook, una de esas en las cuáles se puede poner "me gusta", llena de fotos tiernas con frases pelotudas. Perdón, no "pelotudas", solamente ingenuas, extremadamente positivas, poco inspiradas, simplistas, pseudo-espirituales, en fin, inútiles y prescindibles. Porque estoy cansado, agobiado de leer esos discursos prefabricados sobre fondos coloridos que tan de moda se pusieron. Y porque me parece gracioso, siempre me divirtió mucho esto que a veces me gusta hacer, emular un discurso pero vaciándolo de su... ¿funcionalidad? Sí, sería eso: diré lo mismo, intentaré decir lo mismo, pero sólo por decirlo. Y eso que es gracioso, puede ser hiriente, hasta pedante para otras personas. Entonces me pregunto: ¿por qué tengo que hacerlo? ¿Por qué cuando decir cualquier otra cosa es inútil, esto no lo es, habiendo además probado que me puede traer problemas? Quizás porque es divertido, sí. Quiero jugar a que hablo otro idioma, a ver si alguien piensa que lo hablo realmente, y no que es una charada.
  Pero no, realmente, es una mierda. Es una forrada. Aunque tengo aceptado que soy bastante mierda y forro (y no digo que esté mal), pero es para problema. ¿Por qué el resentimiento pareciera ser mi único combustible? Complicado. Quizás viva equivocado, quizás necesite cambiar de rumbo, ayudado por la lectura de frases como esta:

"El viento sopla para todos, pero está en cada uno pescar la melodía que al espíritu regocija"

o

"De nada sirve enojarse. Ante aquel que no te entiende, ofrécele tu amor sazonado con la distancia, pues todos somos hermanos"

o

"Si te molesta lo que pongo en facebook, simplemente configurá tu cuenta para que no te aparezca como noticia cada huevada que publico. Ahora, si estás esperando ver las eventuales fotos en bikini de mis vacaciones en cuanto las suba, bancatelá, flaco"



  He respirado profundamente cinco veces, y ya estoy mejor. Son mis hermanos y hermanas, y los amo.




Disclaimer: 

Ningún animalito ha sido lastimado durante la redacción de este artículo.

Todos los hechos aquí relatados son estrictamente ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Cualquier mención referente a otras personas (como cuando dice "pelotudos", ponele) debe ser tomada como parte de un discurso ficticio, sujeto a criterios estéticos y no reales.