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martes, 18 de febrero de 2014

¿Qué estás esperando?

(el fondo siempre es blanco. el sujeto habla a la cámara, sentado, en un plano que deja ver el torso completo. los sujetos visten, casi invariablemente, de blanco y celeste. se los ve confiados, seguros, incluso felices. toma única. hay subtítulos para los que no puedan oír)

(muchacha jovencita, no más de 17 años, morocha, delgada, menuda)
  Es el amor de mi vida. ¿Viste cuando lo sentís acá, en la panza? Así fue desde el primer día. Yo salía de una relación que me había dejado muy mal, pensaba que nunca me iba a recuperar. Cosas de pendeja, todos me decían que dejara de llorar, que se me iba a pasar. Se me pasó porque llegó él: cuando lo vi, el resto de las personas y cosas en mi vida cambiaron de color, pasaron a un segundo plano.
  Hace siete meses que estamos juntos, y ya sé que nunca voy a amar a nadie tanto como a él. La semana que viene se va a París por un año a perfeccionar su francés (habla cuatro idiomas, ¿no lo dije?). Y ya sé qué regalo de despedida hacerle. Voy a sellar para siempre nuestro amor. Ninguno de los dos va a tener que vivir el deterioro de nuestra relación. Ni él ni yo va a perder el sueño pensando si el otro está con alguien más, si encontró a alguien mejor, si ya nos olvidamos. Me voy a ir pensando en él, y cuando él vuelva conmigo va a hacerlo sabiendo que nadie, nadie lo amó tanto como yo en este momento.

(señor de más de 65 años, pelo canoso a los costados, enjuto, de brazos fornidos)
  Como bombero salvé miles de vidas. Recuerdo que durante un tiempo intenté llevar la cuenta, fui un joven vanidoso. Pero después entendí que era parte del trabajo, poco importaba el número. Lo que importaba era que cuando se me necesitaba, ahí estaba. Uno siempre tiene que ayudar al prójimo, esa fue mi filosofía de vida. Ahora estoy viejo. Hace mucho que me jubilé. Mis historias divierten a mis nietos, es cierto. Pero hay que enseñar con el ejemplo, hay que actuar, dejar de aferrarse a glorias lejanas en el tiempo y hacer cosas ahora, con lo que tenemos a mano. Así que me toca irme. Dejarles la pensión del programa estatal "menos, somos más", y que sean ellos los que cuenten cómo, el abuelo, hasta el último día, hizo lo correcto.

(muchacho treintañero, buen mozo, pelo corto y rubio, lentes)
  Nunca conocí a mis padres. No sé dónde nací, no sé dónde pasé los primeros dos años de mi vida. Aunque eso lo compartimos todos, ¿no? Porque uno puede saber quiénes fueron sus padres, pero no elegirlos. Puede saber, por lo que le contaron, qué vivió mientras no era consciente, ¿pero de qué sirve? Siempre me pareció injusto. En fin: así es la vida. No elegimos ni cómo ni cuándo nacemos. Por suerte, podemos elegir el momento y el modo en que morimos.
  Cada cosa que hicimos, que dijimos, que buscamos y encontramos, cada experiencia vivida es una ficha de dominó que vamos acumulando, paradita una al lado de la otra. Una vida responsable formará un dibujo hermoso cuando esas fichas finalmente caigan, cuando el mapa de nuestras vidas esté terminado. Es tan fácil arruinar lo acumulado tomando pasos equivocados. Cada uno de nosotros ha visto caer en desgracia a personas que podrían haber sido intachables. Por eso repito: es imposible elegir la posición de la primera ficha. Pero la última, que es quizás mucho más importante... ¿cómo la voy a dejar librada al azar?

(después de terminado su discurso, el sujeto toma la pastilla. la pantalla funde a blanco y se lee una placa que dice "menos, somos más. ¿qué estás esperando?")

martes, 12 de noviembre de 2013

Ojos azules

  Si bien era mi primera vez en el calabozo, sentía familiar la vista de los barrotes desde este lado. Mi vocación era la del prisionero. Tenía sentido mi aislamiento, mi privación de libertad. Yo la había buscado, había intentado escaparme cuando no había todavía de dónde escapar.
  - ¿Cuándo me van a dejar salir, Gómez? ¿No te das cuenta de que no soy como los demás?
  - Claro que no sos como los demás. Y es la mejor razón para no soltarte.
  Fui un imbécil, ¿cómo no anticipé su respuesta? Había sufrido lo mismo que el resto de los cautivos, es cierto. Pero yo me había recuperado. O, mejor dicho, había recuperado parte de mi conciencia, de mi antigua vida. Pero no estaba recuperado, y eso me hacía peligroso. Imbécil.
  - Dale, Gómez. Sabés que me necesitan. Aunque sea, péguenme un tiro. No malgasten la poca comida y agua que nos queda para alimentar un prisionero peligroso.
  - Mirá, Floro. Nunca me caíste demasiado bien. No tires de la cuerda. ¿Estamos?
  "Floro". Así me bautizaron. Me gustó desde el primer momento. Podrían haber asociado las flores que me gusta recolectar y clasificar con algo femenino. Pero no, por suerte eligieron "floro". Es un apodo claramente masculino, esa "o" final y grotesca lo prueba. Siguen queriendo decirme "puto", pero es más sutil, y quizás ese sentido pueda perderse con el tiempo.
  - A mí, en cambio, siempre me caíste bien, Gómez. Por eso pensaba que esta noche, en que te toca ser mi carcelero, pudiera ser la de mi liberación. Pero bueno, ya veo que no. Por lo menos comunicale al comandante mi petición de cambiar comida y agua por algunas balas para mí y para el resto de los "traidores dormidos".
  - Vos bien despertito estás. Ojalá fueras como el resto.
  La carta de diferenciarme del resto de los prisioneros ya no me iba a servir. La había jugado mal, quizás ni siquiera tuviera la oportunidad de jugarla otra noche. Qué imbécil. Me olvidé de Gómez por un momento, y los ojos de afuera volvieron a llamarme. Los ojos que habían empezado todo. Hacía meses que estábamos encerrados, todos, en una pequeña base de campaña improvisada en ese bosque que parecía cubrirlo todo. Varados ahí, cagados en las patas porque no sabíamos por qué habíamos ido a parar ahí, por qué de repente los vehículos dejaron de funcionar, por qué ese bosque parecía ser habitado sólo por lobos, o criaturas que se les parecían tanto, al menos. Eran definitivamente más peligrosos que los lobos.
  - ¿Les viste los ojos, Gómez?
  - ¿Vos estás en pedo? ¿Querés que termine como vos?
  - Tsk, no, no de los lobos. Los ojos de los traidores. Ya no son los mismos. Están como vacíos. ¿Los viste?
  En los primeros días, los de exploración y esperanzas de reanudar la marcha, los lobos probaron ser más veloces, más crueles y mucho más inteligentes que cualquier mamífero, exceptuando al hombre. Pero parecían lobos, eso era cierto. Una vez que nos decidimos a sólo intentar sobrevivir, esperando un rescate que, ahora yo lo sabía, nunca llegaría, la batalla con los lobos cesó. Dejaron de atacarnos, y se sentaron a esperar. Mirándonos. Detrás de cada ventana, había un lobo. Siempre. Cada vez que alguien miraba hacia el exterior, un par de ojos azules respondía a esa mirada. Y emitía un llamado. Débil, pero constante.
  - ¿A vos también te llamaron, Gómez? ¿Te llaman?
  - Callate, por favor.
  Lo llaman. Seguro que lo llaman. Pero no como a mí. Conmigo es diferente, lo sé. Por eso estoy despierto, por eso no soy un "traidor dormido". Todos los que escucharon (o, mejor dicho, obedecieron) el llamado de los lobos, la orden que esos ojos azules impartían, cayeron en un estado catatónico. Una vez detenidos, claro. La llamada es simple. Sólo piden que les abramos las puertas. Que los dejemos entrar. Nos matarían a todos, seguro. Es por eso que los traidores dormidos están encerrados, es por eso que Gómez se rehúsa a dejarme caminar libre por la base. Yo abatí al primero de los traidores, quitándole el sueño que el resto disfruta. Se llamaba Bocchio. Miento: se llamó Bocchio. Porque los ojos de los lobos quitan la voluntad, roban la identidad de los cuerpos. El que se acercó por primera vez intentando abrir las puertas del complejo no fue Bocchio. Fue el cuerpo de Bocchio, pero ya vacío de su esencia, un mero instrumento para intenciones ajenas a su perdida naturaleza. Un traidor, bah. Le di dos tiros por la espalda, y derribé también a un lobo que casi alcanzó a atravesar el umbral de la puerta que el cascarón de Bocchio había dejado abierta. Fui un héroe. El primer héroe. El primer héroe, y ahora el último traidor.
  - Gómez, ¿vos te acordás de la primera vez que se manifestó esta especie de síndrome de Estocolmo? ¿Te acordás?
  - No.
  Miente.
  - El primero fue Bocchio. ¿Te acordás de Bocchio?
  - Hm.
  - Yo lo frené. Si no fuera por mí, todos estaríamos muertos. Todos. Y ahora me tienen acá encerrado.
  - Te tenemos encerrado porque después hiciste lo mismo que él. Les quisiste abrir la puerta.
  - Pero ahora estoy bien. No me va a volver a pasar. De hecho, creo que es más probable que te pase a vos antes que a mí. ¡Soy el único que sobrevivió al llamado de los lobos! Vos sos más peligroso que yo. Tendrías que estar de este lado de la jaula.
  Finalmente lo había hecho enojar. Se levantó de su silla y se acercó, con la cara transformada por la furia. Me acerqué a la reja, y lo miré a los ojos. Y pasó. Fue tan simple. Lo miré, y toda su furia desapareció. Toda expresión en su cara se disipó. Era un cascarón vacío. Y me abría la puerta. Salí de mi jaula y me coloqué detrás de él. Saqué de la funda el cuchillo que llevaba atado a su pierna, y lo apoyé en su cuello. Ni siquiera cuando le corté la garganta pude atisbar expresión alguna en su rostro. Lo dejé caer sobre el charco de su propia sangre y me dirigí hacia la entrada principal. Era tarde, casi todos dormían. Pero la puerta estaría protegida, por dos guardias. Después de tantos episodios como el mío (ninguno como el mío, en realidad, todos estaban catatónicos), habían redoblado la vigilancia. Pero no me importaba, sabía que mi deber era abrir esa puerta. Era curioso, pero no guardaba recuerdo alguno de mi primera "traición". La primera vez que intenté abrir la puerta, había perdido la conciencia: yo también era un cascarón vacío. Pero ahora no. Ahora me impulsaba el regocijo de estar enmendando un error, de estar encaminándome hacia la gloria. Me veía representado como Jesús en "la última cena", con doce lobos alrededor.
  Los ojos de los cadáveres de los guardias me miran, ya sin vida, pero también me hablan. Me llaman Judas, pero la imagen de la última cena permanece inmutable. Abro las puertas al frío de la noche, y veo varios pares de ojos azules esperando. Me divertiría pensar que son doce, pero no tengo tiempo de contarlos. Recién en ese momento se me da por preguntarme: ¿me perdonarán la vida, o será mi cuerpo también parte del festín?

sábado, 6 de abril de 2013

Thelonious


  - Che, Juan, ahora a la salida vamos a ir a un barcito de acá a la vuelta. Hay happy hour, así que... Vamos algunos de la oficina, y vienen también algunas chicas del edificio de al lado, las de las oficinas esas que mudaron para acá, para conocernos un poco entre todos. ¿Venís?
  - Em... Ssssssí, no, en realidad no puedo, tengo cosas que hacer. Otros planes, ya había arreglad--
  - Dale, Juan. Vení. ¿Viste a las pibas nuevas?
  - Sí, no, lo que pasa es que ya arreglé. Ya arreglé con otras personas.
  No era mentira. Era un arreglo tácito. Todos los lunes, miércoles y viernes a la noche en Thelonious. Él con su guitarra, quizás el o la del piano, esperaba que la del clarinete (tenía que ser mujer, estaba seguro), el o la flauta (no faltaba nunca), probablemente el pesado del saxofón (clavado que era un tipo). Sí. Podía decirse que había arreglado con otras personas, no era necesariamente una mentira.

... el piano estaba ahí, planchaba acordes graves que se difuminaban para volver a nacer, graves, graves, cada vez más graves, la flauta jugaba con soplidos más que con notas, todavía no había forma, el clarinete también estaba ahí, mimetizándose con el piano, jugando a agregar notas disonantes, Juan se sentó en la oscuridad y escuchó por unos minutos, hasta que sintió el deseo urgente de participar, y entonces, nunca antes, enchufó su guitarra y compartió sus primeras notas...

  - ¿Y? ¿Cómo anduvo el finde? No sabés la que te perdiste. Paulita preguntó por vos toda la noche, una pesada. Igual Gerardo se la besó, dormiste otra vez.
  "Se la besó". Juan no pudo ocultar su cara de asco. ¿Se podía usar esa expresión sin tener menos de 17 años?
  - Todo bien, todo bien. Me alegro. Te dejo porque justo teng--
  - No, esperá. No sabés la que te perdiste, te estoy diciendo. Te cuento, mirá: las chicas de la oficina de al lad--
  - Después me contás, Ramiro. Después.
  Después. Después, después se iría, después podría pensar en lo importante. Por qué siempre ese puto saxo, y por qué él siempre el único sin poder seguirlo. ¿Celos? Tenían que ser. Por algo les ponía géneros. LA flauta, LA clarinete, LA piano (ese viernes se había decidido), pero EL saxo. EL saxo que irrumpe, que llama, y ellas que contestan. Casi siempre se tenía que desenchufar cuando pasaba. No era justo. Ni ahí se podía soltar, ni ahí podía ser normal. 

... él marcaba el ritmo, el piano se había callado quizás se hubiera ido, la flauta que ahora había reaparecido lo acompañaba, la clarinete que lo abrazaba, le respondía, y él la contenía, ella entonces se abría y la melodía llenaba la oscuridad, él se vestía de escalofríos para ella, comenzaba a tocar sin pensar, se dejaba llevar, y el saxo. otra vez el saxo. otra vez.

  - Esta vez sí, vas a ver. ¡Juan! ¡Vení! Hoy. Nueve de la noche. Los putos de al lado dicen que nos pasan el trapo, sale partido. Están re-calientes porque pegué onda con la gordita. Un balazo, la gordita. No nos podés fallar. ¡NO! No podés. Hoy no. Hoy venís. HOY. No hay excusas. No me importa, no le importa a nadie. Juan, ¿sabés lo que dicen que hacés? Te vieron saliendo de Thelonious. Tenés que salir un poco más, viejo. No podés pasarte encerrado ahí toooodas las noches, flaco. Dale, jugá para nosotros. Si querés te vendamos los ojos, va a ser casi lo mismo.

... el saxo haciendo lo que quiere, la flauta enloquecida, la piano, o el piano, ahora volvía a dudar, pero seguro la piano, seguro ahí, alrededor del saxo, falo ciego, violento, torpe, creído, la clarinete encantada, dando vueltas, o en silencio escuchando, y después se esperaban a la salida, él con su saxo a cuestas, no le avergüenza nada, no esconde su instrumento como el resto, lo lleva encima, seguro que ni siquiera va en auto, va con el saxo colgado caminando por la calle, todo le chupa un huevo, tiene barbita y es tirando a hippie, pero es todo postura, es un machista de mierda, machista sos vos, salame, machista sos vos que no podés tocar sin pensar en cosas que nada tienen que ver, ¿cómo que no tienen que ver, iluso? el lugar se llama "thelonious", cada sesión es una orgía, eso lo sabe todo el mundo, gol, de repente les hicieron un gol y todos lo putean...

  - Sinectek, buenas tardes, habla Ramiro. ¡Ah, Juan! A que adivino: no venís a trabajar porque te duele el orto. A todos nos duele el orto, a todos nos lo rompieron, eh. Y buena parte de la culpa es tuy-- ¿en serio? ¿Qué tenés? Bueno, dale. Tomate la semana. Chanta. Pero sabés qué significa esto, ¿no? Que a la revancha venís. Y vas al arco, patadura.

... todas las noches, a pernoctar, cuando antes se preguntaba qué sentido podía tener eso, a escuchar, toda la noche, el desfile, la flauta estaba ahí, intermitente como siempre, no siempre había armonía, no siempre había cohesión, y eso lo sorprendió, sus sesiones, las de los lunes, miércoles y viernes eran realmente una suerte, viendo qué mal podía salir todo, y la flauta siempre ahí, ¿pero qué le pasaba a esa piba? ¿no tenía otra cosa que hacer? ¿no tenía trabajo? de vez en cuando tocaba algo, pero no podía dejarse en evidencia, no podían saber que estaba ahí toda la noche, ¿quién hacía eso? era una locura, la flauta estaba loca, loca...

  - Un turno, habitación especial: son 185 pesos. Me pagás cuando salís, ¿dale?
  - Bueno. ¿Te puedo hacer una pregunta?
  - Sí, decíme.
  - Em... vos sos la flauta, ¿no?
  Ella sonrió, Juan no paraba de temblar.
  - Sí. ¿Vos sos el saxo?
  - No. No, no soy el saxo. Chau.

... se ponía colorado cada vez que escuchaba la flauta, colorado de rabia "vos sos el saxo", no, la puta madre, no, y tocaba más fuerte, trataba de taparla, machacaba rítmicamente hasta que se calmaba, la piano parecía de buen humor, eso era una suerte, "vos sos el saxo" y otra vez la bronca, otra vez los machaques, y hablando de Roma, el saxo que acometía violentamente, le respondía, él no lo pudo aguantar, se desbocó, en menos de medio minuto sólo quedaban ellos dos y eran una nube de ruido, dos falos gritones, la flauta se sumaba y se podía adivinar la risa detrás de cada nota atropellada, Juan se desenchufó abochornado...

  - ¿Por qué te vas? Sos la guitarra.
  - Eran 185 pesos. Acá tenés. Chau.
  - No te vayas, están tocand--
  Se fue, furioso, sin tapar la guitarra que llevaba en el asiento de atrás de su auto, ya sin importarle si alguien podía vincularlo con el instrumento. Manejaba llorando, sin saber que en Thelonious, el piano, el saxo, y la desorientada y recién llegada clarinete tocaban una y otra vez uno de los motivos característicos de Juan, conjurándolo, en un intento de reconciliación. La flauta los dejó hacer, respetó en silencio el ritual, sabiendo sólo ella que eso no era más que un réquiem.

lunes, 29 de octubre de 2012

Confesiones de un porotero

  Casi ni podía prestarle atención al monitor. Los números se presentaban en rápidas sucesiones, pero su atención estaba en otro lado. No podía dejar de pensar en la textura y el peso de todos los aromas que lo rodeaban. Estaba perdido en ensoñaciones que diez minutos antes, le estaban vedadas. La droga ya había comenzado a alterarlo. No lo inducía a un estado sinestésico, para eso era necesario que usara también los guantes especiales. Pero le permitía anticipar las sensaciones que los guantes le revelarían. Y no podía dejar de relamerse ante el espectáculo que prometía el culo de Sandra. Qué hermoso culo... Sólo quería acariciar sus pedos, moldearlos, estrujarlos y abrazarlos. Poco le interesaban los números en su estúpido monitor.
  - Ramírez, se me está quedando. ¿Le pasa algo?
  Imbécil. Le estaba pasando algo, sí. Estaba imaginando la sutil aspereza del aroma a sudor de su interlocutor, la inexplicable sensación verde que sentiría si pudiera calzarse los guantes para tocar ese ácido olor. Le perdonaría ese gesto siempre tan idiota, siempre tan sobrador, si tan solo pudiera sentir entre sus dedos ese aliento a café que su jefe siempre despedía. Se lo imaginaba blando, casi líquido, cubriendo todo su brazo.
  - Ramírez... ¿Qué le pasa?
  - Nada, señor. Está todo bien. Quizás me haya bajado un poco la presión, ¿podría almorzar ahora?
  "Perfecto", pensó. Estaba orgulloso de su salida. Comenzó a imaginar la consistencia del olor a lentejas que despediría su plato. Sabía que no podría tocarlo, no sin los guantes, pero podía imaginarlo, gracias a la pastilla. Podría comer y sentir sin sentir esa especie de algodón inundando su cerebro al tragar el primer bocado. Intentaría que nadie lo viera calentando sus lentejas. Algunos compañeros, medio en broma, medio en serio, ya lo acusaban de "porotero". Acusación acertada, pero que no podía abrazar abiertamente. Nadie malgasta sus noches acariciando sus pedos con un par de guantes sinestésicos para proclamarlo con orgullo. Aunque estaba el caso de esa extraña estrella de rock... De todas maneras, sería demasiado sospechoso, ya que había comenzado a ingerir la pastilla en horarios laborales y emitía inequívocas señales. Como esa pausa antes de llegar al comedor, extasiado ante la puerta abierta del baño con su olor a desinfectante, con esas incontables pelotitas que estallarían como burbujas al intentar atraparlas con sus guantes. Sí, estaba siendo muy obvio. Decidió saltearse el almuerzo y guardar las lentejas para más tarde. Quizás las comiera frías, escondido en el baño. Comer rodeado del burbujeante aroma a desinfectante parecía un plan prometedor.
  Se escapó a la terraza. Fumaría un cigarrillo, cualquier cosa antes que volver a su inodoro monitor. Y el humo le recordaría una textura nunca antes probada, ya que no se le permitía fumar dentro de su departamento. Esa era una de las asignaturas pendientes con sus guantes. Pero ese tipo de excentricidades eran lujos, placeres sutiles que sólo podían permitirse los más experimentados poroteros, aquellos que ya habían acariciado sus gases por tanto tiempo que veían aplacada su voracidad inicial, y necesitaban entonces nuevas sensaciones táctiles. También indicaba un estado de soledad avanzado. Bien sabía él que nunca se cansaría de acariciar los pedos de Sandra, o de cualquier otra mujer, sólo quería poder compartir eso con alguna chica. Se sentía tan solo. Y entonces deseaba probar la superficie evocada por el humo de su cigarrillo, que, aún siendo imposible, le parecía más probable.
  - ¿Me das fuego?
  Sandra estaba a su lado, acercaba su boca fruncida mientras pitaba un cigarrillo todavía apagado. Él le acercó el encendedor y se perdió entre tantos aromas excitantes, el shampoo de coco, el perfume de vainilla, el aliento a menta, y agradeció que no llevara su morral encima, donde escondía sus guantes, ya que no sabría cómo aguantar la necesidad de tomarla allí mismo, de tocar todos sus olores, de desvestirla y acariciar el aroma de sus genitales, de rogarle que se cagara para él. Inclusive imaginaba el momento en que la policía aterrizaba en la terraza y lo reducía, mientras él gritaba "¡tus pedos son lilas, Sandra! ¡Esponjosos pero a la vez firmes! ¡TE AMO, SANDRA!".
  - ¿Querías estar solo?
  Recibió las palabras mientras le daba la espalda y se alejaba, totalmente atontado. Sabía que se arrepentiría, que esa era la primera vez que ella le dirigía la palabra, que ese culo estaba ahí, a tan corta distancia.
  Se obligó a retomar el contacto con su monitor. Con los números de siempre. Intentó trabajar por algunos minutos, pero se le hizo imposible. Deslizó su mano dentro del morral, vigiló que nadie lo observará y buscó el doble fondo donde escondía su más vergonzoso secreto. Sin sacar la mano del morral, se puso uno de los guantes. Las sensaciones lo impactaron de inmediato: guardaba sus guantes junto con varios desperdicios olorosos. Siempre tenía una dosis fuerte ahí, a su alcance. Vio a Sandra volver de la terraza, cruzar los diversos pasillos y dedicarle una breve mirada. Él le sonrió, perdido entre los placeres sinestésicos. Esa noche compraría un perfume de vainilla antes de volver a su departamento. Y sería el punto alto del año.

sábado, 8 de octubre de 2011

Saturnino Alemán: el genio oculto (primera entrega)

  Saturnino Alemán fue un visionario. Ensayista torpe y autor de modestas novelas de ciencia ficción, permanece en un anonimato injusto, a causa de su mediocridad como escritor, y de su terquedad a la hora de titular sus obras. Con otros ojos se habría recibido la que, para los pocos críticos que la han leído, es su obra maestra, "Cómo me cuesta costearme hasta el vericueto", si Saturnino la hubiera llamado, como le aconsejaba su esposa, "El tercer mañana". "La novela es una pieza clave de un rompecabezas que ha sabido existir sin su participación", nos dice Leonard Finkelstein, catedrático de la Universidad de Salamanca. "Está a la altura, conceptualmente, de 'A Brave new world' y '1984', si nos permitimos perdonarle la descuidada prosa. La visión del futuro que Alemán plasmó en esa novela es absolutamente acertada: fue el único en predecir, simultáneamente y de manera muy detallista el fenómeno de Internet, los celulares, el chat, los reproductores de mp3, el facebook. Y su tono de denuncia, al pintar este mundo actual donde la privacidad es un concepto anacrónico y 'pasado de moda', y la sobre-exposición de los aspectos íntimos de la vida son un síntoma de un órden político y social enfermo que está condenado a la auto-destrucción, es un claro indicador de su lucidez".
  Dicha novela narra las peripecias de Sal Goodrich, un "telembaucador", como Alemán llama a lo que, hoy en día, conocemos como asesor de imagen. Sal teje, a lo largo de su vida, las redes detrás del ascenso y la caída de los más importantes emperadores galácticos, culminando su carrera cuando el imperio se fagocita a sí mismo para dar lugar a un retorno a las fuentes de la humanidad. "No comprendes, Sally. No lo hago por el dinero. No lo hago por la fama. Ni siquiera lo hago por amor a la humanidad. Hago lo que hago para manejar mi futuro, que es el de toda la raza. No me importa qué nos depare el mañana, siempre y cuando sea yo el que lo vio antes, el que, a partir de las cosas que tuvo enfrente, lo organizó y lo encaminó. Poco me importa si este tercer mañana es mejor que los dos anteriores. Sólo me importa ser el primero que sepa hacia dónde mirar para ver salir el sol... Uy, alguien me señalizó en una foto en su registro público personal, a ver... Jaja, ¡Ricardo Petorutti! A este no lo veo desde nuestra educación superior conjunta. Lo voy a agregar a mi lista de amigos", dice Sal en uno de sus más conmovedores monólogos y, en efecto, "El tercer mañana" pareciera ser un título adecuado para la obra. Pero Alemán quiso que se llamara "Cómo me cuesta costearme hasta el vericueto", y no permitió que nadie cuestionase esa decisión. Y así se explica, en parte, lo poco conocida y traducida que ha sido su obra.
  Su mujer, Gertrude Fillipon de Alemán, publicó en 1978, dos años después de la muerte de Saturnino, el libro "El genio oculto (o 'A la mancha de salsa, tirale con soda', como lo habría titulado el infradotado de mi marido, que en paz descanse)", donde cuenta las memorias de su vida compartida. Allí relata las intensas peleas que suscitaban los desafortunados títulos de las obras de Alemán, para las cuales Gertrude siempre tenía una mejor opción. "Infame equilibrio", para "Los cisnes tienen feo olor". "Elección y reacción", en vez de "Desde acá se ve bastante poco, pará que me acerco". O el simple "Dique", en vez del engañoso "Treinta chistes de negros". Actualmente, Gertrude sigue intentando que le permitan cambiar los títulos de la obra de su fallecido esposo, para así poder reeditar una porción de nuestra historia literaria cuya lectura nos debemos desde hace tiempo.