Mostrando entradas con la etiqueta Cosas que pienso con la mandíbula dormida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cosas que pienso con la mandíbula dormida. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de abril de 2013

Thelonious


  - Che, Juan, ahora a la salida vamos a ir a un barcito de acá a la vuelta. Hay happy hour, así que... Vamos algunos de la oficina, y vienen también algunas chicas del edificio de al lado, las de las oficinas esas que mudaron para acá, para conocernos un poco entre todos. ¿Venís?
  - Em... Ssssssí, no, en realidad no puedo, tengo cosas que hacer. Otros planes, ya había arreglad--
  - Dale, Juan. Vení. ¿Viste a las pibas nuevas?
  - Sí, no, lo que pasa es que ya arreglé. Ya arreglé con otras personas.
  No era mentira. Era un arreglo tácito. Todos los lunes, miércoles y viernes a la noche en Thelonious. Él con su guitarra, quizás el o la del piano, esperaba que la del clarinete (tenía que ser mujer, estaba seguro), el o la flauta (no faltaba nunca), probablemente el pesado del saxofón (clavado que era un tipo). Sí. Podía decirse que había arreglado con otras personas, no era necesariamente una mentira.

... el piano estaba ahí, planchaba acordes graves que se difuminaban para volver a nacer, graves, graves, cada vez más graves, la flauta jugaba con soplidos más que con notas, todavía no había forma, el clarinete también estaba ahí, mimetizándose con el piano, jugando a agregar notas disonantes, Juan se sentó en la oscuridad y escuchó por unos minutos, hasta que sintió el deseo urgente de participar, y entonces, nunca antes, enchufó su guitarra y compartió sus primeras notas...

  - ¿Y? ¿Cómo anduvo el finde? No sabés la que te perdiste. Paulita preguntó por vos toda la noche, una pesada. Igual Gerardo se la besó, dormiste otra vez.
  "Se la besó". Juan no pudo ocultar su cara de asco. ¿Se podía usar esa expresión sin tener menos de 17 años?
  - Todo bien, todo bien. Me alegro. Te dejo porque justo teng--
  - No, esperá. No sabés la que te perdiste, te estoy diciendo. Te cuento, mirá: las chicas de la oficina de al lad--
  - Después me contás, Ramiro. Después.
  Después. Después, después se iría, después podría pensar en lo importante. Por qué siempre ese puto saxo, y por qué él siempre el único sin poder seguirlo. ¿Celos? Tenían que ser. Por algo les ponía géneros. LA flauta, LA clarinete, LA piano (ese viernes se había decidido), pero EL saxo. EL saxo que irrumpe, que llama, y ellas que contestan. Casi siempre se tenía que desenchufar cuando pasaba. No era justo. Ni ahí se podía soltar, ni ahí podía ser normal. 

... él marcaba el ritmo, el piano se había callado quizás se hubiera ido, la flauta que ahora había reaparecido lo acompañaba, la clarinete que lo abrazaba, le respondía, y él la contenía, ella entonces se abría y la melodía llenaba la oscuridad, él se vestía de escalofríos para ella, comenzaba a tocar sin pensar, se dejaba llevar, y el saxo. otra vez el saxo. otra vez.

  - Esta vez sí, vas a ver. ¡Juan! ¡Vení! Hoy. Nueve de la noche. Los putos de al lado dicen que nos pasan el trapo, sale partido. Están re-calientes porque pegué onda con la gordita. Un balazo, la gordita. No nos podés fallar. ¡NO! No podés. Hoy no. Hoy venís. HOY. No hay excusas. No me importa, no le importa a nadie. Juan, ¿sabés lo que dicen que hacés? Te vieron saliendo de Thelonious. Tenés que salir un poco más, viejo. No podés pasarte encerrado ahí toooodas las noches, flaco. Dale, jugá para nosotros. Si querés te vendamos los ojos, va a ser casi lo mismo.

... el saxo haciendo lo que quiere, la flauta enloquecida, la piano, o el piano, ahora volvía a dudar, pero seguro la piano, seguro ahí, alrededor del saxo, falo ciego, violento, torpe, creído, la clarinete encantada, dando vueltas, o en silencio escuchando, y después se esperaban a la salida, él con su saxo a cuestas, no le avergüenza nada, no esconde su instrumento como el resto, lo lleva encima, seguro que ni siquiera va en auto, va con el saxo colgado caminando por la calle, todo le chupa un huevo, tiene barbita y es tirando a hippie, pero es todo postura, es un machista de mierda, machista sos vos, salame, machista sos vos que no podés tocar sin pensar en cosas que nada tienen que ver, ¿cómo que no tienen que ver, iluso? el lugar se llama "thelonious", cada sesión es una orgía, eso lo sabe todo el mundo, gol, de repente les hicieron un gol y todos lo putean...

  - Sinectek, buenas tardes, habla Ramiro. ¡Ah, Juan! A que adivino: no venís a trabajar porque te duele el orto. A todos nos duele el orto, a todos nos lo rompieron, eh. Y buena parte de la culpa es tuy-- ¿en serio? ¿Qué tenés? Bueno, dale. Tomate la semana. Chanta. Pero sabés qué significa esto, ¿no? Que a la revancha venís. Y vas al arco, patadura.

... todas las noches, a pernoctar, cuando antes se preguntaba qué sentido podía tener eso, a escuchar, toda la noche, el desfile, la flauta estaba ahí, intermitente como siempre, no siempre había armonía, no siempre había cohesión, y eso lo sorprendió, sus sesiones, las de los lunes, miércoles y viernes eran realmente una suerte, viendo qué mal podía salir todo, y la flauta siempre ahí, ¿pero qué le pasaba a esa piba? ¿no tenía otra cosa que hacer? ¿no tenía trabajo? de vez en cuando tocaba algo, pero no podía dejarse en evidencia, no podían saber que estaba ahí toda la noche, ¿quién hacía eso? era una locura, la flauta estaba loca, loca...

  - Un turno, habitación especial: son 185 pesos. Me pagás cuando salís, ¿dale?
  - Bueno. ¿Te puedo hacer una pregunta?
  - Sí, decíme.
  - Em... vos sos la flauta, ¿no?
  Ella sonrió, Juan no paraba de temblar.
  - Sí. ¿Vos sos el saxo?
  - No. No, no soy el saxo. Chau.

... se ponía colorado cada vez que escuchaba la flauta, colorado de rabia "vos sos el saxo", no, la puta madre, no, y tocaba más fuerte, trataba de taparla, machacaba rítmicamente hasta que se calmaba, la piano parecía de buen humor, eso era una suerte, "vos sos el saxo" y otra vez la bronca, otra vez los machaques, y hablando de Roma, el saxo que acometía violentamente, le respondía, él no lo pudo aguantar, se desbocó, en menos de medio minuto sólo quedaban ellos dos y eran una nube de ruido, dos falos gritones, la flauta se sumaba y se podía adivinar la risa detrás de cada nota atropellada, Juan se desenchufó abochornado...

  - ¿Por qué te vas? Sos la guitarra.
  - Eran 185 pesos. Acá tenés. Chau.
  - No te vayas, están tocand--
  Se fue, furioso, sin tapar la guitarra que llevaba en el asiento de atrás de su auto, ya sin importarle si alguien podía vincularlo con el instrumento. Manejaba llorando, sin saber que en Thelonious, el piano, el saxo, y la desorientada y recién llegada clarinete tocaban una y otra vez uno de los motivos característicos de Juan, conjurándolo, en un intento de reconciliación. La flauta los dejó hacer, respetó en silencio el ritual, sabiendo sólo ella que eso no era más que un réquiem.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El ermitaño


"- Tenés que pensar menos y actuar más. No sirve de nada ser tan cerebral. Acordate de que tenés un cuerpo.
- Para lo que me sirve..."

  - ¿Me vas a dejar acá, pedazo de hija de puta?
  Su grito fue apenas audible, él sabía bien que ella intuiría la puteada sin estar segura de que existiera. Varios metros los separaban, y el viento de la playa ayudaba a enmascarar su exabrupto. Pero contaba con eso, contaba con la incertidumbre como aliada, apelaba a su enfermiza curiosidad, a su inseguridad. Si ella se iba, se iría con la duda de si él realmente la despedía con una puteada (y con una francamente agresiva). Podría estar enojada, pero esa duda más que avivar su ira, la acercaría a una reconciliación, a una relectura de los hechos. La haría volver. Y entonces, él tendría el poder.
  Porque de eso se trataba. Era una eterna lucha de poder. Y él siempre ganaba. O eso creía, en realidad también era manipulado y pagaba tributos estúpidos adecuándose a sus caprichos (los de ella, se entiende). Allí, enterrado en la arena, intentó pensar qué método utilizaba ella, qué cosas hacía entonces él para aplacar sus malhumores, qué le ofrecía para volver entre sus brazos. Al revés era más simple, ni había que pensar demasiado. Era casi un acuerdo tácito. Él lo había bautizado "el pete culposo". Una deliciosa victoria, casi la única meta a perseguir dentro de la relación. Lo que decía: una eterna lucha de poder.
  Después de unos minutos ya no alcanzaba a verla. Sabía que seguía alejándose, no podía estar volviendo, no tan pronto, pero ya volvería. Debía planear sus próximos pasos. Se le presentó un plan obvio, simple: la completa inacción. Permanecería allí, enterrado en la arena, sólo con la cabeza por fuera, esperando. No saldría a buscarla, no volvería al departamento, ni siquiera se mandaría a mudar para volver, indiferente, días más tarde. No. Se quedaría allí. Otorgaría su cabeza en sacrificio. Se quemaría (aunque no tanto, ya eran las cuatro y media, el sol no lo maltrataría demasiado), portaría una piel violácea como recordatorio de su desplante, alegaría calambres, una imposibilidad para desenterrarse hasta pasada la noche, cuando una pareja casualmente lo encontró casi inconsciente. Podría ser verdad, podría hacerlo verdad. Podría terminar en el hospital, era bueno actuando malestares, y, finalmente, ¿qué le importaba si del hospital lo terminaban echando? Lo importante era haber pasado por ahí, haber obligado a que alguien la llamara comunicando la noticia.
  - ¿Podemos jugar con usted, señor?
  Pendejitos. Nunca faltan.
  - No, nene. Andá con tu mamá, o con la forra que sea que te cuida, y no me rompas las pelotas. Y ni se te ocurra tocar mis cosas. A vos te digo, pendejo. Rajen de acá.
  Quiso levantar el brazo, haciéndolo surgir violentamente desde debajo de la arena, pero no fue capaz. Su plan ya había comenzado a funcionar. Sintió algo de miedo, supo que otra vez ocurriría así, la autosugestión era una herramienta poderosa; sabía que ahora no podía mover ninguna de sus extremidades, así como cuando adolescente, al querer faltar a las clases de educación física, su cuerpo le regalaba tremendas migrañas. Para eso le servía su cuerpo. Para responder a los enfermizos caprichos de su cerebro, y para poco más que eso. Así que resolvió esperar. Quizás dormir. Aprovecharía las últimas horas de sol para quemarse, y luego podría (¿podría?) marcharse. Dependería de su cuerpo, claro. Pero también contaba con la pareja salvadora. Su plan era perfecto, tan simple. Sí, tanto mejor era que no pudiera moverse realmente. Tanto mejor si comenzaba a llorar, tanto mejor si se desmayaba, si comenzaba a deshidratarse. Así aprendería ella.
  Soñó con hierros ardientes, se soñó vaca, le marcaban la frente, marchaba al matadero. Luego mutaba, se incorporaba sobre sus patas traseras, los hierros le quemaban los ojos, lo dejaban ciego, lo obligaban a volver a sus cuatro patas, lo sometían, quería gritar, no tenía boca, luego sí la tenía, pero era un orificio pastoso y lleno de pus, nada podía hacer, marchaba al matadero. El enorme estruendo de una sirena llenaba la sala (estaba en una sala, él era la única vaca, había personas desnudas, casi muertas, eran enormes, deformes, marchaba al matadero). Los oídos le comenzaban a sangrar, no tenía ojos, no tenía boca, no tenía oídos, cruzaba la puerta hacia el matadero, iba solo, la sirena lo despertaba. Era el sonido de su celular, alguien lo llamaba. Debía de ser ella, ya era de noche. La cabeza se le partía de dolor, todavía estaba confundido por el sueño, no sabía qué sensaciones le correspondían a su cuerpo real. Sentía la sangre en sus oídos, la cabeza le latía, caliente, por lo menos veía, sus ojos estaban en su lugar. Su boca era un orificio pastoso. Y el celular sonaba. Dejó de sonar cuando logró despertarse del todo, habiendo terminado el recuento de sensaciones reales. Ya no aguantaba más, se le había ido de las manos: ella no había vuelto y él se sentía al borde de la muerte. O quizás, ella había vuelto para luego marcharse. Pero no, no podía ser tan cruel... Qué hija de puta, seguro había vuelto. No, no podía ser. "¿Y quién es el que duda ahora, pelotudo?". Todo le había salido mal. No, no, él todavía estaba en control de la situación, sólo estaba aturdido, todavía no se recuperaba del sueño, y la cabeza le daba vueltas.
  Tenía que salir de ahí, terminar con la charada, ya era suficiente. Su cuerpo debía evidenciar el deterioro, podía hacerla sentir culpable, ahora lo importante era salir de ahí. Vivir. Estaba convencido de estar deslizándose hacia la muerte. Pero no podía ser, era ese sueño de mierda, no terminaba de recuperarse del susto. Intentó calmarse. Se concentró en su cuerpo, en el tremendo dolor de cabeza. Intentó moverse. Su fracaso lo desesperó.
  El teléfono volvió a sonar. Se esforzó tratando de alcanzarlo, pero era imposible. Su cuerpo no respondía. ¿En qué momento lo había abandonado? Aturdido, no pudo evitar pensar que su cuerpo se había rebelado, emancipado. Que al irse ella, su único vínculo físico con el mundo, perdió todo control sobre su cuerpo. Quiso llorar, pero no pudo. Su cuerpo no se lo permitió. Y esa era la prueba de que no era ella quien llamaba, y de que ella no volvería, jamás. Su cuerpo ya no existía, no tenía una razón de ser. ¿Qué mejor prueba que esa? ¿De qué le serviría el cuerpo, ahora que Raquel se había ido?
  Nada tenía sentido. Lo que pensaba era una locura, y ese dolor de cabeza de mierda que no lo dejaba tranquilo. Le dolía, el cuerpo le dolía. Todavía estaba ahí para él. Raquel no importaba, había que salir de ahí. ¿Qué hora sería?
  El teléfono volvía a sonar. ¿Por qué nadie se acercaba? ¿Dónde estaba la parejita que se suponía que debía rescatarlo? Intentó gritar, pero tampoco pudo, su garganta estaba seca. Ahí se dio cuenta de la sed que tenía, de todos esos otros dolores que no había alcanzado a detectar, y que ahora pasaban a abrumarlo. Quiso llorar, otra vez sin éxito.
  Se volvió a dormir, o a desmayar, ¿qué diferencia había? Despertó, ni siquiera podía mover el cuello. Por el rabillo del ojo, vio algo que se acercaba. Una mancha metálica, un juego de luces que devolvía el brillo de la luna. Se arrastraba, cada vez estaba más cerca. Alcanzó a pedir ayuda, o eso creyó, no sabe si pudo gritar o no. La mancha metálica se convirtió en un objeto reconocible: una caja de chapa, una de esas viejas cajas en las que se guardaban las galletitas. Llevaba años sin ver una de esas. Se olvidó del terror por un momento, y recordó el almacén de su barrio, allá en su infancia, y todas las cajas con galletitas dulces. Una especie de crustáceo salió de la caja, y el terror volvió. Mezcla de caracol y cangrejo, se le subió a la cara. Le clavó dos de sus patas en los ojos. Finalmente logró llorar, y gritar. Otro par de patas se le metió en las fosas nasales, y el resto del cuerpo de la criatura se le metió por la boca, tapando el aullido y asfixiándolo, dándole una muerte lenta y dolorosa. Una vez aferrado a la cara, el cangrejo ermitaño siguió su camino, desenterrando el cuerpo de Martín, ahora convertido en su nuevo caparazón.

lunes, 29 de octubre de 2012

Confesiones de un porotero

  Casi ni podía prestarle atención al monitor. Los números se presentaban en rápidas sucesiones, pero su atención estaba en otro lado. No podía dejar de pensar en la textura y el peso de todos los aromas que lo rodeaban. Estaba perdido en ensoñaciones que diez minutos antes, le estaban vedadas. La droga ya había comenzado a alterarlo. No lo inducía a un estado sinestésico, para eso era necesario que usara también los guantes especiales. Pero le permitía anticipar las sensaciones que los guantes le revelarían. Y no podía dejar de relamerse ante el espectáculo que prometía el culo de Sandra. Qué hermoso culo... Sólo quería acariciar sus pedos, moldearlos, estrujarlos y abrazarlos. Poco le interesaban los números en su estúpido monitor.
  - Ramírez, se me está quedando. ¿Le pasa algo?
  Imbécil. Le estaba pasando algo, sí. Estaba imaginando la sutil aspereza del aroma a sudor de su interlocutor, la inexplicable sensación verde que sentiría si pudiera calzarse los guantes para tocar ese ácido olor. Le perdonaría ese gesto siempre tan idiota, siempre tan sobrador, si tan solo pudiera sentir entre sus dedos ese aliento a café que su jefe siempre despedía. Se lo imaginaba blando, casi líquido, cubriendo todo su brazo.
  - Ramírez... ¿Qué le pasa?
  - Nada, señor. Está todo bien. Quizás me haya bajado un poco la presión, ¿podría almorzar ahora?
  "Perfecto", pensó. Estaba orgulloso de su salida. Comenzó a imaginar la consistencia del olor a lentejas que despediría su plato. Sabía que no podría tocarlo, no sin los guantes, pero podía imaginarlo, gracias a la pastilla. Podría comer y sentir sin sentir esa especie de algodón inundando su cerebro al tragar el primer bocado. Intentaría que nadie lo viera calentando sus lentejas. Algunos compañeros, medio en broma, medio en serio, ya lo acusaban de "porotero". Acusación acertada, pero que no podía abrazar abiertamente. Nadie malgasta sus noches acariciando sus pedos con un par de guantes sinestésicos para proclamarlo con orgullo. Aunque estaba el caso de esa extraña estrella de rock... De todas maneras, sería demasiado sospechoso, ya que había comenzado a ingerir la pastilla en horarios laborales y emitía inequívocas señales. Como esa pausa antes de llegar al comedor, extasiado ante la puerta abierta del baño con su olor a desinfectante, con esas incontables pelotitas que estallarían como burbujas al intentar atraparlas con sus guantes. Sí, estaba siendo muy obvio. Decidió saltearse el almuerzo y guardar las lentejas para más tarde. Quizás las comiera frías, escondido en el baño. Comer rodeado del burbujeante aroma a desinfectante parecía un plan prometedor.
  Se escapó a la terraza. Fumaría un cigarrillo, cualquier cosa antes que volver a su inodoro monitor. Y el humo le recordaría una textura nunca antes probada, ya que no se le permitía fumar dentro de su departamento. Esa era una de las asignaturas pendientes con sus guantes. Pero ese tipo de excentricidades eran lujos, placeres sutiles que sólo podían permitirse los más experimentados poroteros, aquellos que ya habían acariciado sus gases por tanto tiempo que veían aplacada su voracidad inicial, y necesitaban entonces nuevas sensaciones táctiles. También indicaba un estado de soledad avanzado. Bien sabía él que nunca se cansaría de acariciar los pedos de Sandra, o de cualquier otra mujer, sólo quería poder compartir eso con alguna chica. Se sentía tan solo. Y entonces deseaba probar la superficie evocada por el humo de su cigarrillo, que, aún siendo imposible, le parecía más probable.
  - ¿Me das fuego?
  Sandra estaba a su lado, acercaba su boca fruncida mientras pitaba un cigarrillo todavía apagado. Él le acercó el encendedor y se perdió entre tantos aromas excitantes, el shampoo de coco, el perfume de vainilla, el aliento a menta, y agradeció que no llevara su morral encima, donde escondía sus guantes, ya que no sabría cómo aguantar la necesidad de tomarla allí mismo, de tocar todos sus olores, de desvestirla y acariciar el aroma de sus genitales, de rogarle que se cagara para él. Inclusive imaginaba el momento en que la policía aterrizaba en la terraza y lo reducía, mientras él gritaba "¡tus pedos son lilas, Sandra! ¡Esponjosos pero a la vez firmes! ¡TE AMO, SANDRA!".
  - ¿Querías estar solo?
  Recibió las palabras mientras le daba la espalda y se alejaba, totalmente atontado. Sabía que se arrepentiría, que esa era la primera vez que ella le dirigía la palabra, que ese culo estaba ahí, a tan corta distancia.
  Se obligó a retomar el contacto con su monitor. Con los números de siempre. Intentó trabajar por algunos minutos, pero se le hizo imposible. Deslizó su mano dentro del morral, vigiló que nadie lo observará y buscó el doble fondo donde escondía su más vergonzoso secreto. Sin sacar la mano del morral, se puso uno de los guantes. Las sensaciones lo impactaron de inmediato: guardaba sus guantes junto con varios desperdicios olorosos. Siempre tenía una dosis fuerte ahí, a su alcance. Vio a Sandra volver de la terraza, cruzar los diversos pasillos y dedicarle una breve mirada. Él le sonrió, perdido entre los placeres sinestésicos. Esa noche compraría un perfume de vainilla antes de volver a su departamento. Y sería el punto alto del año.

lunes, 13 de febrero de 2012

Comando de chirlos

06/06/2012 - Ricardo Hernández (en adelante RH) intenta dar de baja su servicio de internet móvil de una compañía de telefonía celular. No sólo no tiene necesidad de ese servicio, sino que no tiene oportunidad para usarlo: ya no tiene computadora. El operador telefónico le dice que tiene que seguir pagando el servicio durante los meses que le restan de contrato (7). RH señala que, al momento de contratar el servicio, preguntó si podía darlo de baja en cualquier momento, y que la respuesta que le habían dado era un sí. Lo ponen en espera.

04/07/2012 - RH sigue llamando para dar de baja el servicio, con resultados similares al del primer intento. Mantiene conversaciones burocráticas con varios operadores, pero todo sigue igual. Se cuida de desatar su ira con los telefonistas, ya que considera que no son los culpables, y que son también víctimas.

07/07/2012 - El operador que atiende esta vez a RH, se apiada del estado de desesperación del mismo y le da un consejo: que reporte el módem portátil como robado, así su tarifa mensual se reduce en un 75%. Es lo más cercano a lo que RH pretende, que es dejar de pagar.

01/08/2012 - RH va hasta las oficinas centrales de la compañía de telefonía celular. Recibe las mismas evasivas, y monta un escándalo. Lo escoltan a la salida, pero lo dan de baja. No pagará los meses que faltan.

08/08/2012 - RH cuenta todo su periplo burocrático en una cena de amigos. Uno de ellos, que había trabajado como empleado de un call center para una compañía de televisión satelital, le explica que sí, que todo eso está regulado, que la única manera de conseguir que a uno lo den de baja en casos como esos es recurriendo a la violencia. Que la solución está allí, que es tan simple para la compañía como presionar un botón, pero que sólo lo hacen cuando los clientes pierden el control o llevan a cabo acciones legales. RH se indigna.

10/08/2012 - RH vuelve a convocar a sus amigos para comentarles un plan que acaba de idear. Ya que no hay manera de, legalmente, hacerle pagar esas molestias y abusos a los directivos de las compañías de servicios, y que estas situaciones generalmente evolucionan en episodios violentos que afectan sólo a los empleados de menor nivel, es necesario implementar alguna clase de escarmiento. Él propone lo que popularmente se conocería, más tarde, como "comando de chirlos". Cada uno de los comensales se compraría una pequeña palmeta plástica o de madera, en venta en cualquier sex-shop, y entre todos investigarían y estudiarían las caras y las rutinas de las cabecillas de las compañías de servicio, para golpearlos con sus palmetas, en cualquier lugar, en cualquier momento, de ser posible en lugares muy concurridos, para luego desaparecer. La mayoría de sus amigos lo considera una estupidez, pero algunos, tomándolo más como un juego de corta vida, deciden pertenecer a dicho comando.

19/08/2012 - Augusto Conte (en adelante AC), vicepresidente regional de un proveedor de conexión a internet, es golpeado con palmetas tres veces en el camino a su casa. El último golpe, recibido de RH, le deja una visible marca en la cara.

30/09/2012 - RH dicta una declaración de reglas y principios para su comando de chirlos. Lo difunde en varias redes sociales y, en pocos días, aunque de manera desprolija y sin organización central, la práctica se populariza.

15/10/2012 - AC contrata guardaespaldas y comienza a portar un arma.

17/10/2012 - Alejandro Díaz Herrera, gerente de ventas de la compañía de telefonía móvil cuyo accidente generó todo el movimiento, es el blanco preferido de RH, que lo golpea siempre sin dejarse ver cinco veces por semana durante esos dos meses. Esa misma noche se suicida, sin dejar ninguna carta a la familia, pero no es sorpresa: todo su entorno comenta que no era el mismo desde hacía semanas, que estaba paranoico e inestable.

28/10/2012 - Se dicta una ley inexplicable para más de la mitad de la población, que no estaba al tanto de las operaciones del comando: se prohibe la venta y tenencia de palmetas, con penas de hasta 25 años de cárcel. A partir de ese momento, los medios comienzan a hablar de la "actividad terrorista".

11/11/2012 - Tres conocidos miembros del comando de chirlos son apresados. Uno de ellos es acribillado a tiros en el lugar de la captura, por resistirse. Las fotos de las palmetas confiscadas aparece en las portadas de todos los diarios. Otros cuatro miembros perecen en episodios poco claros, que los medios relacionan con el "fenómeno de la inseguridad".

13/11/2012 - El comando de chirlos abandona el uso de las palmetas, y comienza a escupir y sopapear a sus blancos.

16/11/2012 - Los guardaespaldas de AC matan a RH de una golpiza, luego de que éste escupiera a su jefe. No son juzgados, y no pasan ni siquiera una noche bajo custodia policial. La opinión pública está dividida.

17/11/2012 - Hay escraches multitudinarios en la casa de AC y en sus oficinas. La compañía para la que trabaja lo despide. La fuerza policial reprime, y hay 27 muertos, dos de ellos, policías.

21/12/2012 - Se declara estado de sitio. Los policías tienen derecho a apresar a cualquier persona que les parezca sospechosa, sin rendir cuentas a nadie. Salivar se convierte en delito federal. Las cámaras instaladas por toda la ciudad le permiten a la policía detener a gran parte del comando de chirlos. La mayoría no vuelve a aparecer.

23/12/2012 - Agustina Zaldivar va a las oficinas centrales de un proveedor de televisión por cable a pedir la baja del servicio y el reintegro de la última cuota, puesto que el servicio no está en condiciones desde hace dos meses, y jamás fueron a repararlo. La hacen pasar amablemente a una sala de espera, donde no hay nadie más. Le dan un tiro en la nuca y la tiran al río.

domingo, 15 de enero de 2012

Diario de Dios y sus contemporáneos: Dios como evolución del hombre

  Hubo un tiempo en el que el tiempo no existió. Así como cada uno de nosotros emergió de la inconciencia, y nos sumergiremos en ella eventualmente, también lo hizo y hará el universo entero. La materia y el tiempo.

  Hace tiempo que olvidé lo que es sentir. Hace tiempo que olvidé qué es "ser feliz", o "sufrir". Reconozco sus efectos, veo seres que conocen la diferencia, que viven esos matices. Pero hace tiempo que he dejado de vivir. Hace tiempo que la palabra "tiempo" ha perdido su anterior significado. Nada y todo es lo mismo. Nada y todo me atraviesa, y estoy hecho de la misma fibra que el universo entero.

  En este universo, en esta versión de las infinitas posibles, se dio el fenómeno que nos gusta clasificar como "vida". Casi por azar, se fue desarrollando hasta engendrar esto, esto que se evidencia acá mismo, un lenguaje, una conciencia no plena pero sí abarcativa, una curiosidad constante. El hombre. El hombre y sus millones de etiquetas, de saberes, de conceptos, de inquietudes. ¿De dónde despertamos, qué había antes, qué habrá después?  Preguntas y más preguntas. Respuestas que, con la voracidad característica, destrozamos para reemplazar por otras que luego serían devoradas y que darían lugar a otras respuestas que a su vez encontrarían un reemplazo, así en un ciclo interminable, que se interrumpirá sólo Dios sabe cuándo.

  J. ha desaparecido. Se ha esfumado. Es el único de todos nosotros que ya no se presenta a las reuniones, ha dejado de informarnos de sus actividades, y nadie, ni siquiera aquellos más cercanos, saben qué le ha ocurrido. Él era el más dotado, y es por eso que nos entristece su desaparición.

  Dios fue una respuesta, la respuesta a todas las preguntas. Pero pronto, pasados algunos milenios, se abandonó casi por completo, dejando que apenas grupos reducidísimos de personas hablaran todavía en su nombre. El hombre controlaba finalmente su entorno, y su inquieto mundo interior. Ya no necesitaba la idea de un protector magnánimo. El hombre era su propio protector. El hombre, la especie entera, por fin funcionando como un solo organismo. En equilibrio.

  El dolor no existe. El dolor existe sólo en mi mente, yo lo conjuro. Y el dolor existe ahora en sus cuerpos, ellos me enseñan lo que olvidé, lo que fui. Ante mi orden brota la sangre. Yo doy y quito la vida. He quedado solo, ya que nadie habla mi nuevo idioma, que es el idioma de la creación.

  Y Dios reapareció. Y ya no hubo un pasado en que el tiempo no fue tiempo. Ya no hubo un comienzo. No hubo rincón de existencia que no fuera inundado por su presencia. Con su potencia creadora y arrogante, arrasó con toda la historia, con toda la humanidad, con todo. Y nos dijo que nos creó a su imagen y semejanza. Y nos dijo que siempre existió, y que siempre existiría. Y es la pura verdad, porque así lo quiso.

lunes, 12 de diciembre de 2011

"An instant classic"

  Pac-man, la película

  Ha llegado a nuestros cines la esperadísima última película de Robert Zemeckis, que no es otra que la brillante adaptación del clásico videojuego de los 80 "pac-man", llamada, atinadamente, "Pac-man, la película". Tan solo dos semanas después de su estreno en los Estados Unidos, y con el antecedente de ser ya, en estos catorce días, record mundial de recaudación, el film entrega todo lo que promete y aún más.
  Firme candidata para los Oscar, la película nos cuenta la historia de Paco, un mexicano radicado en Nueva York (interpretado brillantemente por Ryan Reynolds), viudo y padre de Andrew (el ya un poco crecidito Freddie Highmore), un taciturno niño de 8 años con el cual mantiene una difícil relación. Paco lucha en la gran ciudad por criar a su hijo con amor y bondad, dos cosas que en su propia infancia escasearon, pero al mismo tiempo se ve obligado a dejar a su hijo en soledad para llevar la comida a la mesa ("No confío en las niñeras. Son, antes que nada, mujeres", dice Paco en uno de sus monólogos más emotivos), ejerciendo el único oficio que conoce: el de recolector de hojas en los parques.
  Estamos comenzando a comprender y a querer a los personajes, a los que se suman Richard, el portero del edificio en el que viven (el eterno Tommy Lee Jones); Kathy, la joven que se muda al departamento de al lado (una muy sutil Drew Barrymore); y el Capitán Bustamante, el mendigo de la cuadra (el desopilante Robin Williams); cuando la noticia de un ascenso para Paco devela la trama que nos tendrá en la punta de la butaca hasta que culminen los 156 minutos de duración de la placa. Por orden del alcalde de Nueva York (cameo de Giuliani mediante), Paco será el recolector de hojas del mítico Central Park, en el turno noche. Si bien la responsabilidad es enorme ("Es el Central Park, ¡con un demonio!"), la paga también lo es, y Paco debe entonces elegir si vale la pena ausentarse durante la noche ("No conoces el miedo a la oscuridad hasta que pasas una noche en Nueva York", le susurra sabiamente Richard) para poder asegurar el bienestar económico del pequeño Andrew. El viejo (pero jamás desactualizado) dilema del padre ausente y único sostén de la familia funciona aquí de maravillas, con duelos actorales memorables entre Reynolds y el ya establecido Highmore, cuya candidatura al Oscar es cantada.
  Así las cosas, Paco acepta el trabajo en el Central Park, y ahí es cuando la película alcanza todo su potencial. Porque junto con Paco descubriremos que las cosas no son como parecen. Que detrás de esas hileras de hojas tan prolijas que él recoge con su pincho (¿cómo pueden caer para posarse de una manera tan ordenada?), algo se esconde. Que esas hojas, marcan un camino (brillante la musicalización de Danny Elfman, con esos sutiles coros femeninos que al grito de "¡Gretel! ¡Gretel y Hansel! ¡Hansel! ¡Hansel y Gretel!" resignifican totalmente la escena, otorgándole una complejidad intertextual pocas veces explorada en Hollywood). Que el Central Park, de noche, es un laberinto. Mención especial aquí para Zemeckis, que elige, atinadamente, filmar cada una de las escenas del parque con una cámara cenital que nos permite ver el dibujo del parque en su totalidad, y adivinar, allí abajo, la presencia de Paco en su uniforme amarillo de recoge-hojas.
  No es conveniente adelantar mucho de lo que sigue después, pero vale la pena mencionar la presencia de cuatro espectros en el parque (uno de ellos interpretado por la revelación del año: Adam Levine, el vocalista de la banda de rock Maroon 5), y un complot que esconde al mejor villano que nos otorga la pantalla grande desde el temible Tony Montana: el ex-científico ruso Vladimir Ihorovitch Ponyatovski, un brillante Gary Oldman.
  ¿Podrá Paco descubrir qué es lo que esconde el Doctor Ponyatovski? ¿Podrá darle una segunda oportunidad al amor, en las tímidas manos de Kathy? ¿Podrá reconciliarse con Andrew, que mediando la película cae en las drogas y funda una pandilla de malhechores que quema indigentes (atentos al enfrentamiento entre Andrew y el Capitán Bustamante, y a las casi imperceptibles citas a cierto clásico cinematográfico de Stanley Kubrick)? ¿Encontrarán los espectros del parque finalmente la paz? Todas estas preguntas tienen sus respuestas, y están ahí, esperando a que el público las recoja, alineadas una detrás de la otra, como las hojas con las que Paco llena su bolsa de residuos...

domingo, 20 de noviembre de 2011

El pastor de la muerte

  Se había llamado Antonio, en algún remoto pasado, pero ya nadie lo conocía por ese nombre. Ni siquiera él se reconocía como tal, perdido entre tantos años de soledad y miseria. "El pastor de la muerte", así se llamaba a sí mismo, y era uno de los tantos apelativos con que se lo nombraba, aunque nunca en voz alta, siempre en un susurro, y únicamente los viejos sabios que ya no le temen a nada eran los que se animaban a invocarlo con esas palabras.
  El pastor siempre había sido viejo, pero Antonio alguna vez fue joven. Joven y arrogante, enamorando chicas de pueblo en pueblo, sembrando bastardos que luego cubría con el polvo que levantaba en su huída. Cuenta la leyenda, o, mejor dicho, una de las leyendas, que en Tupungato embarazó a la hija de Don Nicanor, y que la mancillada doncella intentó detenerlo antes de que huyera hacia su próximo pueblo, hacia su próximo vientre, y que Antonio lanzó su caballo sobre la pobre quinceañera, para luego escupirla al tiempo que le dedicaba estas últimas palabras: "Esa hinchazón no es mi problema, y escapa a mis soluciones. Que tu padre brujo te lave los pecados". Cuesta creer que Antonio fuera no sólo tan malvado, sino también tan poco juicioso, porque llamar brujo a un brujo y humillar a su hija al mismo tiempo es más peligroso que dormirse desnudo flotando en un río. Así firmó su condena. Nicanor lavó de pecados a su pequeña, y drenó de su barriga aquella semilla perniciosa, para luego aparecérsele a Antonio en medio de la llanura, mientras dormía, dos noches después de su huída de Tupungato. "Usted juega con cosas que no comprende, compadre. Tiene mucho que aprender antes de pagar por lo que ha hecho. Pero pagará". Así le habló Nicanor en sueños, así se selló su triste destino. Otras versiones cuentan que Antonio se convirtió en el pastor tras perder una apuesta con el mismísimo Mandinga, pero es algo inverosímil creer que el Maligno tenga tanto tiempo libre como para andar jugando apuestas y poblando la Pampa de apariciones como el pastor.
  Sea de la forma que fuere, al llegar Antonio al próximo pueblo, ya era otro. Sus ardores egoístas y juveniles fueron reemplazados por un amor colosal e inmediato por Lucrecia, una muchachita humilde de enormes ojos y expresión tímida. Antonio, porque todavía era Antonio, la enamoró de inmediato, como siempre hacía, pero se comportó de manera noble: se instaló en el pueblo, se casó con Lucrecia, y se convirtió en un hombre de bien. Quizás la brutalidad de su último asalto, o el susto de la aparición en medio de la llanura lo hubieran cambiado, pero yo soy más de pensar, si se me permite el atrevimiento, que era parte de la maldición, que la maldición sólo funciona por el hombre que Antonio pasó a ser, y que no funcionaría si siguiera siendo un villano despreciable.
  Antonio amó a su mujer, con todo su corazón, y a la que luego fue su familia. Tres hijas, dos hijos, tres nietas y dos nietos. Envejeció allí, en Sarabia, y tuvo una vida feliz. Vida que se terminó al llegar a los 63 años, cuando se convirtió, sin saberlo, en el pastor de la muerte. Fue un dos de Junio, mientras se cebaba unos mates en el patiecito, cuando volvió a aparecérsele la figura de Don Nicanor. Alto, vestido de negro, apoyado con ambas manos sobre su bastón de roble, con un sombrero desvencijado y una mirada penetrante, en una cara curtida por los años pero que conservaba todos los rasgos que Antonio no había podido olvidar. El terror se apoderó de él, y sólo pudo escapar. Recogió sus cosas, y sin explicarle nada a nadie, escapó hacia el monte, llevando como compañía sólo a su mula. Marchó por dos días totalmente alucinado, sin comprender qué pasaba, ni por qué huía. Al ir pasando las horas, el terror lo abandonó, y Antonio decidió que su huída había sido un pecado de imberbe. Volvió sobre sus pasos, entonces, mas no fue Antonio el que volvió sobre la vieja mula a Sarabia. Fue el pastor de la muerte, que ingresó en un pueblo fantasma, donde los cadáveres de todos los habitantes permanecían allí donde él los había visto vivos por última vez. Todos. Del primero al último, muertos. El pastor lloró como nunca antes en su vida, y Don Nicanor, o Mandinga, manipuló sus pensamientos para que entendiera que había sido él, Antonio, el que había llevado la muerte al pueblo. El que había amado tanto a ese lugar y a esa gente, para luego abandonarlos a la muerte. Pero el pastor no entendió. Tampoco entendió por qué no pudo colgarse esa misma noche. O por qué la sangre no brotó de su cuerpo a la noche siguiente, cuando atravesó su pecho con su facón, o por qué siguió vivo aún cuando ya no comía ni bebía. Enloquecido por el dolor, huyó por segunda vez de Sarabia.
  Cuatro días después llegó, en mula, a San Aquilino. Entro a la posada, y buscó pelea entre los bravucones del lugar. Se ganó una paliza terrible y un puntazo en el estómago, que habría sido mortal si hubiera tenido alguna vida dentro que se pudiera aniquilar. Pero no, tan solo quedó tendido sobre la tierra, sin entender por qué no podía morir, todavía sin saber por qué había muerto todo su pueblo, y sin saber qué papel jugaba Don Nicanor en toda esta historia.
  Huyó de San Aquilino. Al día siguiente, toda la población de San Aquilino pereció. De esto se enteró en Valle del moro, tres días después. No alcanzó a comprenderlo, pero lo intuyó. Supo que debía quedarse en Valle del moro, que debía olvidar todo ese dolor, toda esa locura que lo incapacitaba, porque la vida de esa gente, ahora dependía de él. Durmió en la calle, como un pordiosero. Y Don Nicanor, o Mandinga, lo despertó. "Tarde o temprano va a tener que irse, hermanito. Miresé: es un viejo loco y sucio. Esta gente lo va a echar de una patada en el culo. Yo le aconsejaría partir antes de encariñarse con alguien. Escuché que hay una chinita hermosa. Se llama Lucila. Ella lo va a querer, a pesar del olor que tiene. ¿Quiere conocerla? Se va a enamorar. Mire, allá viene...".
  - Tómese algo, abuelo.
  Lucila le alcanzó un mate, y un balde con agua para que se limpiara. Y el pastor se enamoró, porque eso formaba también parte de su maldición. Vivió allí cinco años, sin envejecer, sin encontrar placer en nada, sólo amando locamente a Lucila, pero con un amor angustiante, que nada bueno le otorgaba, ya que se sabía el causante de su muerte. No importaba cuándo, un día ella moriría, todos morirían, menos él. "Quizás pudiera burlar la maldición, quizás pudiera quedarme aquí por siempre", pensaba. Pero si hay algo común en las maldiciones, es que son eternas e inapelables. Un 11 de Agosto unos bandoleros pasaron por Valle del moro y se llevaron a Lucila. El pastor alcanzó a verlos cuando abandonaban el pueblo, y no lo dudó: tomó un caballo y corrió tras ellos. Ni bien abandonó la carretera para adentrarse en la llanura salvaje y comenzar la persecución, vio cómo los bandoleros, uno a uno, fueron cayendo sin vida de sus monturas. Todos menos uno, el que parecía el líder, el que cargaba el cuerpo de Lucila, ahora también sin vida. El jinete indemne volvió su caballo y desanduvo su camino para encontrarse con el pastor, que permanecía azorado. Era Don Nicanor, que sonreía de oreja a oreja.
  - Ánimo, compadre. En Valle del moro ya no queda quien respire, pero a sólo dos días al norte tenemos Arredondo, un hermoso pueblo con casi 600 habitantes...
  El pastor, desesperado, decidió dejarse morir. De alguna manera eso tenía que ser posible. Y en caso de no lograrlo, lo mejor sería permanecer tendido allí, en el pueblo muerto, donde ya nadie pudiera ser afectado por su triste destino. Así que se ató a un mástil de la plaza de Valle del moro, y observó la putrefacción de los cadáveres con la esperanza de que fuera contagiosa.
  Pasó allí dos meses, hasta que perdió el conocimiento, y una caravana, quizás guiada por Don Nicanor, lo encontró con vida y lo llevó a Arredondo. El pastor de la muerte despertó, entonces, en una cama, en una habitación, bajo el cuidado de una hermosa enfermera, de la cual se enamoró instantáneamente. Pasado el inicial momento de fascinación, entendió que una vez más había sido vencido, y que ya nunca encontraría la paz. Condenado a emigrar de pueblo en pueblo, enamorándose siempre, para luego ver cómo todo aquello que había amado se marchitaba por su culpa.
  - Tiene usted la fuerza de un toro- le dijo la enfermera, a modo de bienvenida.
  - ¿Cómo se llama?
  - Estela.
  "Qué irónico", pensó. "Ese debiera ser mi nombre, puesto que adonde quiera que vaya, me persigue una estela de muerte. La muerte es mi sombra, y yo soy su avanzada, su vanguardia, su más traicionero mensajero."
  - Estela. Usted será, a partir de ahora, mi esposa. Y cuidará que nunca, pero nunca, me vaya de Arredondo.
  Se casaron. No tuvieron hijos, porque ya no había vida para perpetuar dentro del pastor, pero se amaron. Ella, con total entrega, y él, con la oprimente pena de saberse su verdugo. La convenció de que estaba loco y enfermo, y se amarró al catre. Así vivieron todo su matrimonio. 30 años. Los dos sufriendo por ese amor enfermo, fruto de una venganza legendaria.
  Para ese entonces, la leyenda del pastor de la muerte ya era algo conocido en todos los pueblos. Las palabras del joven Antonio, la condena proferida por Don Nicanor en esa noche a la intemperie, la muerte de las poblaciones enteras de Sarabia, San Aquilino y Valle del moro. El viejo sin nombre, amarrado al catre, encontrado con vida entre cadáveres putrefactos. Y 30 años sin fallecimientos en Arredondo, desde el día en que el extraño llegó. Por alguna razón, la gente ya no moría. Los más viejos ya llegaban a la centuria, cansados, fatigados por una vida sin vida, como la del pastor. La gente se enfermaba, pero no pasaba de la agonía. Los accidentes sólo generaban lisiados, atados de por vida al catre. Un pueblo entero de agonizantes, todos a imagen y semejanza del pastor. Él escuchaba lo que se hablaba, se enteraba de las extrañas cosas que ocurrían, y sabía que ya nadie dudaba que él fuera el culpable. La gente comenzó a congregarse en la puerta de Estela, pidiéndole que por favor desatara a su marido, que lo dejara irse, que ya estaba bien, que no se podía seguir así. Estela lloraba y también iba muriéndose por dentro, presa de una enfermedad que, sin la influencia de la venganza de Don Nicanor, la habría liquidado pronto y con escaso dolor. Pero, en vez de eso, permanecía en pie, soportando un sufrimiento que ningún ser humano en circunstancias normales debiera conocer.
  Desde el primer día, el espectro de Don Nicanor se encontraba parado a los pies de la cama del pastor, mirándolo con su siniestra sonrisa, torturándolo con su presencia. Pero la voluntad del pastor era inquebrantable. Allí se quedaría, sin importar qué pasara.
  - Viejito- le dijo un día Estela-. ¿No le parece que ya está bien?
  Don Nicanor comenzó a reír, y desatar las ataduras del pastor.
  - ¡No, no!- gritaba el viejo, aterrado por la posibilidad de marcharse, de acabar con la agonía del pueblo entero, exceptuando la suya.
  - Vaya, viejito... Vaya...
  La voz de Estela se transformó en un silbido casi imperceptible, y la expresión de su rostro se perdió para siempre, sus ojos muertos mirando hacia ningún lado, hinchándose y deshinchándose al ritmo de una ruidosa y fluctuante respiración.
  El pastor salió a ver las calles del pueblo suyo, del pueblo que amaba, pero que jamás había recorrido. Aquí y allá, sólo había gente agonizando. Apenas algunos niños se mantenían en pie, pero lloraban desconsoladamente, por el hambre, o por la desgarradora imagen de una madre o un padre tendido en la calle y sacudido por una respiración tenebrosa. Un adolescente le cortó el paso, y lo golpeó.
  - ¡Váyase de acá, viejo infeliz! ¡Y nunca más vuelva!
  El pastor recorrió las calles, con una inmensa tristeza, hasta llegar a la entrada del pueblo. Allí lo esperaba Don Nicanor.
  - Compadre... No sabe la que le espera. Se llama Zaira, y es la dulzura misma. Y con ella sí tendrá un hijo. Y se llamará Antonio.