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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Tres maneras de equivocarse en la obsesiva búsqueda de patrones (o "no soy tan boludo")

  Tuve una novia que era muy inteligente. Una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. La segunda más inteligente, seguro. La más inteligente, puede ser. Hace unos siete años, más o menos, me prometió que se iría del país el día que Macri fuera presidente. Para probar que ella era mucho más inteligente que yo, me reí de su miedo, asegurándole que un pelotudo como Macri jamás llegaría a presidente, que se quedara tranquila. En realidad, estaba tratando de tranquilizarme a mí mismo. Yo no me quería ir a vivir a otro país, y no podía pensar en no vivir con ella. Las cosas cambiaron. Y hoy (un hoy que no es hoy, pero que casi), Macri es el presidente. Esa promesa sólo me la hizo a mí. O no, es decir: el día que me lo dijo, no había nadie más escuchándola. Y en las incontables charlas de política que compartimos con otras personas, no la escuché repetirlo. Quizás sea el único al tanto de su promesa. Quisiera saber si la recuerda. Quisiera saber dónde está, quizás ya no esté en el país. ¿Quisiera saber de ella? No lo sé, en momentos de angustiante soledad es difícil darse cuenta de cuánto valen los demás, de si los otros son las personas que se supone que tienen que ser o si son, más que nada, un remedio para esa tremenda angustia. Lo que sí sé, y creo que es lo más triste, es que quisiera saber si tiene planeado irse, porque me gustaría volver a la casa que compartíamos. Quisiera saber si no me la alquila.

  Salí con tres mujeres en toda mi vida. Las tres usaban (usan, calculo, pero el pretérito es el único tiempo del que puedo estar seguro) sus segundos nombres para identificarse. Las iniciales de esos nombres son, en orden cronológico, "A", "L" y "E". ALE. Si hay alguna especie de orden superior, acabo de entender lo que me quiere decir: se llegó a donde se tenía que llegar. Aunque también recuerdo la sentencia de un amigo muy querido, el más sincero y bestial que tengo, que alguna vez, al escucharme describir a una chica que me gustaba (ni "A", ni "L", ni "E", sino la única chica que me gustó que no me dio bola), me espetó un "Kaos, tenés que dejar de enamorarte de vos mismo". Así que puede ser obra de un orden superior, u obra mía, que soy capaz de manejar la realidad que me rodea de manera simbólica para dictar señales oscuras y ambiguas. O puede ser una casualidad, claro. Pero no puedo perder la oportunidad de compararme con Dios, ¿no?

  Casi no estoy leyendo, pero nunca en mi vida compré más libros que ahora. También me compré más instrumentos de los que podré aprender a tocar en mi perra vida, pero bueno, estoy rellenando vacíos con cosas. Lo hacemos todos. Lo que me llama la atención es qué libros estoy comprando (y leyendo). Son libros que me recomendó o que le gustaban a una piba que sé que no voy a volver a ver. Son libros que me quedé con ganas de comentar con ella, para enterarme de su opinión. ¿Para qué elegirlos, entonces? La respuesta real es que son libros buenos, buenísimos. Aunque me asusta pensar que, quizás, sea una manera de fingir que la conversación con esta persona continúa, o que es posible, que me tengo que preparar para cuando finalmente se reanude. Son libros buenos, nada más. No soy tan boludo. No soy tan boludo. No. No soy tan boludo.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Para Ana (y Manuel)

  Muchas veces, paseando por los pasillos de la facultad, haciendo tiempo, te vi. Las primeras veces te encontré de casualidad, y durante un tiempo estuve sin saber si eras vos o no. Cuando me convencí, y quizás antes también, comencé a buscarte. Ya no hacía tiempo y entonces te encontraba, sino que me hacía un tiempo para encontrarte. Está de más acotar que nunca te hablé, que lo pensé muchísimas veces, que me paré para mirarte a través de los enormes ventanales del aula que ocupabas esperando que, quizás, me vieras y reconocieras. Con eso me alcanzaba, con el ínfimo hecho de que supieras que yo existía, que otra vez compartíamos un espacio y que podías llegar a verme paseando por ahí, solo.
  Pero lo interesante, esta vez, es que no me arrepiento. Esta vez, hice bien en quedarme callado y a la sombra. Claro, parecía que esta iba a ser otra de las tantas confesiones lacrimógenas, oh, por qué te dejé ir. No. Por una vez, estoy orgulloso de haberme quedado en el molde. Igualmente, quiero imaginarme que te digo todo esto, que lo leés, y que ni sabés quién te lo dice, porque no te acordás de mí. ¿O te hacías la boluda? ¿Cómo puede ser? Pero me estoy adelantando...
  ¿Cómo podés no acordarte de Manuel? De hecho, si yo me acuerdo de vos, si me vi obligado a perseguirte por los pasillos de la facultad, es por Manuel. Manuel, en quinto grado, nos enseñó a todos los chicos del curso qué era el amor. Eso que él sentía por vos, dejaba a todos nuestros enamoramientos como una cosa pueril e insustancial. La locura que tenía por vos, el brillo en los ojos cuando te nombraba, aún cuando las cosas que decía eran las más chabacanas que habíamos oído hasta ese momento, aún así eso era amor. ¿Cómo no te acordás de él? Era el pibe más gracioso. Y medía un metro. ¿Cómo no te acordás de él, si por él aprendimos qué eran "insuficiencia renal" y "diálisis"? Quinto y sexto grado giraron alrededor de Manuel. Y, por ende, a tu alrededor. Casi todos dejamos de mirar al resto de las chicas para mirarte a vos, celosos de ese amor que Manuel sentía, para tratar de hacerlo nuestro. Yo, el capitán frío, ese pibe que estaba totalmente alejado de todo y todos, yo, me paraba en la vereda de mi casa cinco minutos después de llegar de la escuela porque sabía que vos ibas a pasar por ahí, acompañando a Zaira, y que seguramente te ibas a burlar de mí, me ibas a cargar con Laura, la rubia del grado, cuando yo en ese momento quería que me cargaran con vos. Pocas cosas me avergüenzan más que esa espera en la puerta de mi casa. La humillación que me dedicabas era, para mí, lo mejor del día.
  Entonces, ¿cómo es que no te acordás de Manuel? ¿Cómo es que Pablo y Manuel fueron hasta tu casa unos años después de que te cambiaras de escuela y vos no los recordabas? ¡Manuel medía un metro! ¿Cómo podías olvidarlo? Eso es lo que trato de explicarte y de explicarme. Para nosotros, Manuel y vos nos enseñaron qué era el amor, ese amor de mierda que le caga la vida a tanta gente, ese amor que te obliga a pensar que tenés que querer a otro por más que ese otro no te quiera ni ver, ese amor que te hace pensar que podés medir un metro pero que, si sos gracioso, capaz que salís ganando. Pero vos, si es que aprendiste algo, preferiste olvidarlo.
  Manuel ahora está muerto. Nombrarlo es llamarse al silencio.

miércoles, 27 de marzo de 2013

El instrumento que siente


  - Disculpame, te estuve mirando todo el viaje, y te lo tengo que decir. Sos igual, pero igual, a mi hijo. En todo, la cara, los gestos, cómo te pasás la mano por la cabeza, todo, es increíble.
  - ...
(¿qué puedo contestar? ¿qué está esperando que le diga? Si hablo corro el riesgo de que mi voz sea igual a la del hijo... ¿y por qué es eso un riesgo? ¿estará vivo el hijo?)
  - Te juro que si no fuera que es imposible, creería que eras él. Cuando subí, sentí el impulso de decirte "¿pero qué hacés acá?". Si no fuera que-- mirá, te voy a mostrar una foto.
  - ...
(está muerto. está muerto. cagué. está muerto, soy el hijo muerto. y todavía me falta un montón para bajarme, no me puedo escapar, llegaría tarde al trabajo. que igualmente llego tarde todo el tiempo, soy un desastre. ¿estará muerto? sí, ¿si no, para qué me hablaría? necesita hablar con su hijo muerto, soy el hijo muerto.)
  - Mirá, acá en esta foto no se ve bien, pero sos igual, es increíble. Mirá.
  - ...
(es pelado, sí. y gordo. qué fácil que me es ser parecido a cualquier gordo pelado. pero el chabón estaba con una mina en la foto, ahí hay una gran diferencia. podría decirle eso a la señora. todavía no le dije nada. ¿pero qué le puedo decir? nada, ella quiere que le hable el hijo muerto. ¿y si realmente soy el hijo muerto? quizás mi vida haya empezado ahora, quizás todos mis recuerdos sean falsos, a fin de cuentas, los recuerdos, ¿qué son? no son nada, son una fantasía, tan reales como un sueño. quizás no haya vivido nada de lo que creo haber vivido, quizás no sea Alejandro, todo este Alejandro es un invento, soy en realidad Martín, ¿cómo sé que se llama Martín? que me llamo, lo sé porque soy él, acabo de renacer para que ella me viera en un colectivo, para que ella pueda hablar con el hijo muerto. pero si acabo de aparecer, es porque el hijo no puede llevar muerto tanto tiempo, quizás, entonces, lleve vivo -en este cuerpo- el tiempo que Martín lleva muerto, ¿cuándo habrá muerto?)
  - Perdoná, eh. Pero sos igual, te lo tenía que decir. Es increíble. Si no fuera que está viviendo en Tucumán...
  - ...
(no está muerto. está en Tucumán. pero no, quizás haya muerto ahora, claro, yo tenía razón, empecé a vivir ahora, mi vida en este cuerpo se da a partir de este viaje, soy el último contacto con la madre, ella ahora llegará a su casa y encontrará un mensaje de algún familiar, quizás la mina que está en la foto con Martín, ¿se llamará Martín? y le dirá que Martín murió, ahora, hace unas horas. este viaje en colectivo será para ella un hito en su vida, una experiencia religiosa, y para mí también, aún sin saberlo con seguridad, ¿quién puede asegurarme que llevo vivo más que estos treinta minutos arriba de este colectivo? ¿y cómo seguiría mi vida a partir de ahora? eso no es lo importante, el cuento tendría que hablar de la madre, el viaje es el de la madre. me suena a cuento Cortazariano, alguno así había, sí, ahora lo recuerdo. entonces tendría que escribirlo desde mi perspectiva, desde la vida falsa, desde el instrumento que siente. y ese sería un cuento de Philip Dick, que de hecho ya leí.)
  - Sos igual. Qué cosa...
  - ...
(qué loco si el pibe se murió. sería tremendo. pero no, no pasó nada, la vida suele ser aburrida, por suerte. por algo inventamos la literatura. aunque, ¿quién me saca esta paranoia Dickiana de no ser quien creía? tendría que pensar menos... tendría que haberle dicho algo a la señora, no le contesté nada en ningún momento, sólo le sonreí como un imbécil. tendría que escribir ese cuento. tendría que decirme que una mina me habló en el colectivo, en vez de preguntarme si soy una hormiga eléctrica. y cuando me baje del colectivo, ¿la saludo o no?)

sábado, 12 de enero de 2013

Te veo


  Te veo. Una vez al mes, por lo menos, te cruzo en alguna esquina (¿para qué fingir? siempre es la misma esquina, la que cruzo cerca de veinte veces al día). Y es una bofetada, un segundo en que no entiendo bien qué pasa, siento como si alguien tomara mi cerebro con unos dedos finísimos y helados y lo rotara, apenas algunos grados, pero lo moviera, lo sacara de su eje. Siempre estoy apurado, generalmente cruzando la calle, o vigilando con ansiedad el semáforo, y te veo. El cerebro entonces se mueve, y yo me detengo. Es un segundo, como decía, aun menos, pero todo se trastoca hasta que entiendo que no, que no sos vos. Que no podés ser vos, que vos te fuiste, que ya no estás, que estás muerta. ¿Y si no fuera así? Porque eras vos, pero ya me cruzaste, ya no puedo verte y el semáforo me apura, y quedo pensando, ¿y si era ella? Y vuelvo a la rutina, a la realidad, pero a partir de ahí comienzo a rememorar, a repasar, a intentar entender qué es lo que pasó, quién fuiste, quiénes fuimos. Veo a tu padre tocando el timbre de mi casa (¿seguía siendo mi casa?), preguntando por vos, que no la escondieran. Veo a mi madre confundida, escucho otra vez el relato, y a medida que el relato envejece, va convirtiéndose en leyenda, se van agregando mitos. De repente, mi madre recuerda una llamada de alguien que no contestó al "hola", que cortó, y que cortó porque le respondí desganada, porque estaba acostada, y ella se dio cuenta y no respondió, ¿sabés? Pero no es la única que carga con una culpa como esa. Mi tía también tiene una historia parecida. Una llamada que nunca supo precisar cuándo fue realizada, con un mensaje en el correo de voz descubierto después de sabida la noticia, que sólo decía "flaca, por favor, ayudáme". Mierda, si hasta yo tengo una pieza del rompecabezas: un mensaje de texto, días antes, que no contesté, quizás porque no tenía crédito, quizás porque no sabía qué decirte. Veo después tu cuerpo colgando del techo, oscilante (una visión altamente cinematográfica, ¿por qué se movería el cadáver, por qué no colgaría inerte?), lo veo con los ojos de mi padre, y yo también digo "no me lo voy a olvidar más".
  ¿Y si eras vos? ¿Y si lo que cuentan no es así? ¿Y si, por alguna razón, pudiste escapar de todos nosotros, y ahora caminás tranquila por Corrientes? ¿Y si lo que haga tu hermana por fin te chupa un huevo, si ya te olvidaste de tu ex-marido, si ya dejaste de preocuparte por tu hija? ¿Pero por qué no me ves, por qué no me saludás? ¿O era mentira que yo era la persona que más querías, la mejor persona que llegaste a conocer? Era mentira, sí, pero no porque me mintieras, yo sé que eras completamente sincera, pero estabas confundida. No sé qué esperabas encontrar en mí. Siempre me asustó tu deseo de engancharme con tu hija. Pobre piba, me jurabas y perjurabas que estaba loca por mí, enamoradísima. No me hacía gracia tu fabulación, en ese momento era un insulto, ¿qué mina podía verme con admiración, con deseo? Te burlabas, y yo te perdonaba, porque sabía que eras sincera, pero estabas confundida. Y desesperada, no sé qué buscabas que le diera a tu hija, y quizás por eso no te respondí el mensaje, no porque no tuviera crédito, sino porque, ¿qué podía ofrecerle yo a tu hija, que realmente no me conocía? ¿Por qué me pedías que le hablara, que ella me extrañaba? Sólo era una carnada, ofrecías la carne joven de tu propia prole para conseguir unas palabras, aunque sea unas míseras palabras, pero pronto intentarías convertirlas en palabras de afecto, y eso me costaba tanto...
  Siempre me sorprendió tu efusividad, pero lo peor era tu necesidad de reciprocidad (dad, dad, dad, inconscientemente me reprocho tanto, aún ahora), yo no podía contestar a tus "¿me querés?", no podía hacer lo más fácil, "sí, Raquel, te quiero mucho", no me salía, y podía ver el dolor en tu rostro. Me decía que era tu culpa, que no se le puede preguntar a otro si a uno lo quieren, pero acá estoy, Raquel, preguntándolo como un salame y acordándome cada vez de vos, desconfiando de las respuestas porque tu evocación es también la de tu hija, esa piba que afirmabas que me amaba cuando yo era un gordo gil al que ninguna mina podía soportar cerca.
  Lo cierto es que no estás, pero te veo. Te veo y me obligás a mirar las piezas, el montón de piezas en el suelo y el tablero que pateaste.

jueves, 2 de febrero de 2012

Fantasmas

  - Disculpame... ¿Vos sos Ernesto Franchín?
  - Sí... ¿nos conocemos?
  - No, no. Bah, en realidad, yo creo que te conozco. Es la primera vez que te veo pero... No, además, no te conozco. No. No, no nos conocemos. ¿Me puedo sentar? Gracias.
  - Em, sí. Siéntese. ¿Su nombre es...?
  - No importa. Mirá, voy a intentar ser directo, y robarte poco tiempo. Vos a los 16 años causaste una gran impresión en una chica, ni siquiera sé si la recordás. Lorena. ¿Te suena? Morocha, muy bonita, Lorena Solano.
  - Ssssí... Lorena. Fuimos compañeros en la secundaria, sí. Bonita chica... ¿Está bien? ¿Le pasó algo?
  - No, ella está bien. Y tampoco vengo a reprocharte nada que le hayas hecho o dejado de hacer. No es de mi incumbenc--
  - Momento, señor. No sé quién es ni qué le hace creer que puede venir a--
  - Te estoy diciendo que no me importa nada, dejá de atajarte.
  - No, me parece una falta de respeto. Vuelvo a preguntarle, ¿quién es usted?
  - Digamos que soy el tipo que está con ella. O que estaba. Ella no lo sabe, pero me parece que acabo de dejarla. De eso se trata esta charla. Necesito que vuelvas a su vida. ¿Hace cuánto que no se ven?
  - ¿Qué?
  - Hace cuánto que no se ven.
  - ...
  - Dejá de actuar tanta indignación, por favor. Bueno, está bien. Vos escuchame. Mirame y escuchame, dejá de ojearlo al mozo, no te voy a hacer nada, sacate ese miedo estúpido de la cara y escuchame. Esta piba no te olvidó, por alguna razón te idealizó. Sí, le dije "piba", y nosotros hace tiempo que no somos pibes, pero ella se quedó ahí, o andá a saber dónde, quizás antes. Y vos sos como un ancla. O eso ella cree. Porque, y perdón por la sinceridad, pero no sos la gran cosa. Ahí está, la cara de desprecio te queda mejor, además de que es más acertada. No, no, no amagués a levantarte, quedate y escuchá. Escuchá porque es interesante. La boluda esta persigue fantasmas, quizás todos lo hagamos. Yo fui uno de esos fantasmas, una persona en la que ella no podía dejar de pensar. Una piedra, un obstáculo en su vida. No podía estar con otros tipos, porque quería estar conmigo.
  - Tampoco sos la gran cosa.
  - Y vos sos muy obvio. Pero por lo menos ya me estás tuteando, algo es algo. Claro, yo soy un desastre, ni de cerca soy lo que ella esperaba. Aunque mi impresión es que ella no deseaba más que esto, esta cosa imposible, un desastre de persona, como seguramente podés apreciar. Pero me consiguió, me convenció. Y acá estamos. Vos sos el próximo fantasma. No me preguntes cómo lo sé, no tengo ganas de alimentar tu ego. De hecho, si no fuera una emergencia, me ahorraría el tener que pedirte algo. Porque sos seguramente tan imbécil, y esto lo digo con todo respeto, que debés estar pensando que hay una mina que quiere estar con vos, después de tantos años, una mina qu-- ¿Te tengo que pedir disculpas? Dale, sentate. Te la hago corta, son cinco minutos. ¿Está bien?
  - ...
  - Bueno. Volvamos al tema de los fantasmas. Vos también sos un fantasma. Y estás casado, y no tenés interés, espero, por una mina problemática como Lorena, y lo bien que hacés. Pero yo tengo muchísimo interés, y más que nada por resolverle ese jueguito de los espectros que no la dejan relacionarse con tipos. Entonces: te pago dos lucas por mes. Dos lucas por mes, para que la empieces a ver, una vez por semana. Decile que dejaste a tu mujer, no me importa.
  - Estás loco. Es una locura.
  - Pará, pará. Vos escuchame. La empezás a ver, te la llevás a un hotel. No va a aguantar más de un par de meses. Y ahí va a aparecer otro fantasma, siempre es así. Vamos apareciendo, pero siempre para atrás, ¿entendés? Somos fantasmas de su pasado. Y no hay tipos en su vida antes que vos, la conozco bien. Sólo queda el hermano. Y ahí vemos qué pasa. Porque al hermano lo tiene a mano, ¿entendés? A vos te tuve que venir a buscar, pero en cuanto vea que quiere estar con el hermano, cuando empiece a sentir que siempre quiso estar con el hermano... Va a ser buenísimo.
  - Yo lo conozco al hermano. Sos un imbécil. Y un loco peligroso.
  - Todo lo que quieras. Pero, desgraciadamente para todos nosotros, siempre tengo razón. Así que escuchame. Dos lucas por mes. Por cogerte a una mina que está buena. Ni vos sos tan boludo como para decir que no. Aparte, te digo que ni bien te agarre... Mamita. No lo vas a poder creer. Pero dura poco, ese es el tema. Con nosotros, por lo menos. Capaz que con el hermano dura más. ¿Pero se animará?
  - ¿Estás hablando en serio? ¿Viniste hasta acá para pedirme que salga con tu novia?
  - No es mi novia.
  - ¿Y querés que se coja al hermano?
  - ...
  - Sos un enfermo.
  - No hace falta que te indignes y que te vayas. Conmigo no tenés que actuar. En fin... Llevate el teléfono, tomá. Pensá que la piba está mal y que yo estoy jodiéndole la vida. Llamala para ayudarla, aunque sea.
  - Una mierda. Eso es lo que sos.
  - Blablablá. Hacé la tuya.
  - Imbécil.
  - Chau. Saludos a la familia.
  - ...



  - La vas a llamar. La vas a llamar. Es una mierda, pero siempre tengo razón.

lunes, 9 de enero de 2012

Semáforo #2

  Preguntas para hacerte si querés cerrar tu blog 

  ¿Para qué escribir, cuando hay tanto por leer? ¿Para qué intentar vaciar un recipiente que está lejos de estar lleno, y que sigue pidiendo por contenido? ¿Para qué hablar, cuando es probable que nada de lo que digas se entienda, cuando ninguno de tus discursos adquiere la forma que habías pensado originalmente, cuando te es imposible una comunicación medianamente exitosa, en parte por tu críptico pudor y en parte por tu casi inexistente claridad de pensamiento? ¿Para qué hablar, cuando es siempre lo mismo, siempre diciendo lo mismo, siempre escribiendo lo mismo, y dale con lo mismo? ¿Para qué hablar, la reputísima madre, cuando te asalta el constante pensamiento de que tu interlocutor jamás te presta atención, y que cuando lo hace, está esperando que decidas callarte, que finalmente tengas la epifanía con la orden divina de dejar de mirar el mundo desde tu ombligo? ¿Para qué hablar, cuando como respuesta sólo alcanzás a ver muestras de fastidio, de aburrimiento? Quizás para ver si, por una puta vez, no tengo razón. Cómo se puede estar equivocado todo el tiempo y al mismo tiempo siempre tener la razón, jamás lo sabré.

  Puente 

  Confiar con el cuerpo, desconfiar con la mente. Ese pareciera ser el camino. Confiar ciegamente en cada acción, desconfiar detrás de cada sonrisa, de cada palabra amable. Darle la espalda al que vi que tiene un cuchillo en la mano, y pensar en dónde esconderá el cuchillo a la que se aproxima con una flor.
  Pobre ella. Ella o él, de quien desconfío. Porque no sé si lo escondo o no. Quizás se note, quizás siempre esté recordándoselo. Pero me manejo como si confiara plenamente en la práctica, lo que a mí me parece noble, pero no siempre a ella. O él, sí, también puede ser. Pero siempre es con ella.
  Entonces me creo un puente. No puedo ser un fin en mí mismo, nadie me puede tener como destino. Soy el camino hacia. ¿Hacia qué? No siempre lo sé. Muchas veces lo intuyo. Y duele. Pero acepto lo que me ofrezcan, y me ofrezco con todo el cuerpo, sí. Soy la vaina para tu cuchillo, siempre. O tan solo el puente, sí, el puente que debas pisotear para llegar a un lugar mejor. Aún así, me siento halagado. Todos los caminos conducen a Roma, pero me elegiste a mí.

  Figuras 

  La curva de una espalda (no, no de "una", de "la" espalda, mejor dicho). La cola, las caderas. Tan suave, un camino tan fácil para recorrer con mis manos, o para dejar mis manos allí, no descansando, sino aprendiendo. Aprendiendo a evocarla, a recordarla para siempre, a guardar esas sensaciones en un banco de memorias a prueba de todo, justo al lado de su aroma, del intenso sabor de sus besos. Del hermoso color de su piel, de las hermosas marcas que la distinguen y que ella odia, quizás por eso mismo. Sus hermosas tetas (sus tetitas, sí, no voy a decir ni "pechos", ni "senos", estúpidas y asépticas palabras que, justamente, intentan ser sólo letras y decir lo menos posible). No puedo escribir acerca de sus tetas, pero podría estar todo el día pensando en ellas, cosa que, de hecho, creo que hago. Su voz. Su risa. El enorme placer que significa oír su risa, enorme tesoro que me dedicaría a intentar desenterrar durante toda mi vida, todos los días, a toda hora. Su mano sobre la mía, en un tren. Su hermosa nariz. Ese precioso perfil, con los lentes puestos, mirando atentamente hacia el escenario, sin saber que yo la miro a ella, y que sonrío, río felizmente por dentro, le aprieto la mano y ella me mira, y nos besamos. Verla vistiéndose. Verla partir. El dulce dolor de no tenerla a mi lado, por momentos embriagador. La horrible sensación de que, quizás, todas estas figuras no se repitan. De que, quizás, todo haya terminado. Un nuevo mensaje suyo.

martes, 13 de diciembre de 2011

Elogio de la resignación

"... la vida puede que no se ponga mucho mejor que esto..."

  Hay una distancia insalvable entre lo que quiero y lo que tengo. Ese no es el problema, el presente no importa, lo que importa es el horizonte, la posibilidad del futuro, la esperanza y los sueños. El problema es la distancia insalvable entre lo que quiero y lo que puedo llegar a tener. Enfrentarme con los límites propios (o ajenos, pero de gente que, estúpidamente, intenté apropiarme) es una de las actividades más deprimentes, verme cercenando mis propias fantasías, mis propios planes, para tratar de acercarme, así, a tientas, con sangre en las manos y lágrimas en los ojos, a una idea de "realidad". Oscilando violentamente entre el cielo y el infierno, quizás, algún día, alcance a entender qué es lo que se ve desde el medio.
  ¿Pero cómo? ¿Cómo sacudirme esta furia, esta pena, al verme obligado a devorar a un Alejandro mental que no será posible, no lo fue entonces, no lo es ahora, no lo será nunca (no, nunca, eso me repito, ese es el mantra, "nunca", cada pedazo de felicidad insensata que trago va acompañado con el sonido de esa palabra), un Alejandro fantasmal que es, realmente, una ridiculez, y por suerte la poca gente que me quiere así lo manifiesta, por más doloroso y casi imposible que me resulte aceptarlo? Sigo tragando. Quisiera sonreír, por momentos lo logro. Me queda un consuelo: mi, en circunstancias normales, inexistente orgullo aparece entonces. "Estás haciendo lo correcto". "Estás siendo sincero y honesto con vos mismo". "También despiadado, es cierto, pero tu voluntad se acercará a empresas viables y provechosas".
  Siempre creí que de eso se trataba crecer. "Crecer" siempre fue, para mí, un sinónimo de "rendirse". Aceptar que te vas a morir. Sí. Ser ateo, y aceptar que no vas a vivir por siempre. Si pude hacer eso, si pude vencer el sueño de permanecer, de conservar para siempre la conciencia... ¿por qué no puedo eliminar el resto de esos sueños infantiles, egoístas, imposibles? Hacerme cargo de mis limitaciones. Limitaciones que comparto con el resto de la mediocre humanidad, tristemente. No soy especial. Ni un poquito. No voy a triunfar donde otros fracasaron. No voy a triunfar donde ya fracasé. Tengo que cambiar los conceptos detrás de "fracaso" y "triunfo". Tengo que cambiar el concepto detrás de mi persona, dejar de creermelá tanto (dejar de ponerle tilde ahí a "creermelá", por empezar). Dejar de perseguir cosas que necesito, sí, las necesito, las deseo con todas mis fuerzas, vivir sin ellas no es vivir. Y, bueno, flaco. Vivir es otra cosa. Vivir, vas a vivir igual. Buscar otras metas, otros placeres, otras batallas. Si tanto me gusta jugar a cambiar los puntos de vista, a aceptar todo como cierto y falso a la vez, tendría que poder hacerlo.
  Ya me perdí. Comencé diciendo que tenía que ser más sincero conmigo mismo, y me propongo trastocar la visión de mis ideales hasta poder adaptarla a algo que me sea realizable. En verdad, no hay realidad. No hay verdad alguna. Sólo hay que cambiar una mentira por otra.