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miércoles, 20 de noviembre de 2013

El sorteo

  - Escúcheme, Don Carlos. ¿Sabe ya cuándo van a hacer el sorteo?
  - ¿Cómo dice?
  No se escuchaban, de fondo sonaba el teléfono del local, un teléfono de disco ancestral, con una campana capaz de hacerse escuchar a dos cuadras. García volvió a repetir su pregunta, pero esta vez gritando.
  - Ah, el sorteo. No, García. No se sabe todavía. Pregúnteme mañana. O pasado. Pero no deje pasar más de dos días, eh, recuer--
  - Sí, ya sé, que pasados dos días de no reclamado el premio se vuelve a sortear. Me lo dice siempre, Don Carlos.
  - ¿Cómo dice?
  - ¡Que ya sé!
  García se retiró, desganado, olvidando saludar a Don Carlos. "No es para tanto", pensó. "Mañana lo vuelvo a ver. Lo veo todos los días".
  Habían pasado cuatro meses desde que había comprado el boleto de lotería. Tendría que haberse sorteado a la otra semana, pero, por alguna razón, lo habían pospuesto de manera "indefinida". Así decía el comunicado del Ente Organizador de Juegos de Azar (EOJA). Y así lo repetía su vocero lunes a lunes, en su conferencia de prensa. García había escuchado ya a varios de sus compañeros contando, risueños, cómo habían perdido y olvidado ya sus boletos. La resignación había ya eliminado a varios de sus competidores (calculaba, extrapolaba), y eso sólo ayudaba a García a seguir pendiente del eventual sorteo, de no perder el boleto, de no dejarse vencer por la desidia y la apatía. Así es que, todos los lunes, acudía a la conferencia de prensa del vocero del EOJA, donde era, casi siempre, el único asistente. Y día a día visitaba a Don Carlos, claro, su quinielero de confianza.

  El teléfono lo recibía sonando otra vez.
  - Buen día, Don Carlos.
  - ¿Eh?
  - ¡Buen día!
  - Ah, sí, todo bien. ¿Qué necesita?
  - ¿No se imagina?
  - Hable más fuerte, no alc--
  Don Carlos acercaba su oreja derecha por encima del mostrador. García ya estaba acostumbrado, pero no podía creer que la conversación fuera igual todos los días.
  - Atienda, Don Carlos, por favor. Atienda el teléfono. Después hablamos.
  - No, el cliente cara a cara tiene prioridad, siempre. Sería una falta de respeto.
  El quinielero ya gritaba también.
  - ¿Sabe, Don Carlos? Si usted atendiera alguna vez el puto teléfono, yo no vendría todos los días. De hecho, antes de salir, siempre lo llamo. ¿Por qué no atiende?
  - Siempre tengo gente, García. ¿Qué necesita? Dígame o deje pasar a Martita, que está detrás suyo esperando.
  Martita había dejado de ser Martita hacía, mínimo, cuarenta años. Era una vieja con todas las letras. Sus bufidos y mohínes de impaciencia lo comprobaban.
  - El sorteo, Don Carlos. ¿Para cuándo?
  - Todavía nada, García. No se sabe. Pase mañana.
  - No. Mañana atienda el teléfono.
  - Siempre y cuando no tenga gente...
  Saludó a Don Carlos y a Martita, que no le devolvió el saludo, y fue hasta la oficina. Sentado en su cubículo, miraba su boleto y se preguntaba en qué momento ese pequeño papelito, esa promesa de ponerle un fin a la rutina si la suerte lo elegía, se había hecho parte del tedio que debía ayudar a destruir. "Tenés que aguantar, macho" se decía. "Ya lo van a sortear".

  El teléfono sonaba. La persiana estaba baja, pero el teléfono sonaba. Esperó y, a los cinco minutos, salía Don Carlos.
  - Buenas noches, Don Carlos.
  - ¿Eh? ¿Qué hace acá, García? Ya cerré.
  - No me atendió. Llamé todo el día y no me atendió.
  - Mucha gente, García. Pero le tengo una buena noticia: el sorteo todavía no se sabe cuándo se hace, pero hoy se vendió el último número. Ya no hay más boletos, eso tendría que acelerar las cosas, ¿no cree? Póngale la firma, antes de fin de mes se sortea.
  - Le tomo la palabra, Don Carlos.
  - No, ojo, no es oficial, es mi... mi corazonada. Mi apuesta. Y yo de apuestas sé, ¿eh?
  Don Carlos reía, evidentemente tenía mucho mejor humor luego de cerrar su modesto local. Se despidieron, pero antes de alejarse demasiado, García se volvió.
  - Dígame, Don Carlos: ¿por qué mierda no desconecta el teléfono?
  - No, García. Eso sería una falta de respeto. No, no. Jamás.
  García se volvió a su casa, convencido de que el quinielero definitivamente lo gastaba. En el camino, sacó el boleto de la billetera y lo miró, como hacía todos los días, a todas las horas. Algún día lo tenían que sortear. Había pasado un día más. Quedaba un día menos.

  Terminó de anudar su corbata, y volvió a intentar convencerla.
  - ¿No venís, Claudia?
  - No. Y, francamente, me parece ridículo que vos vayas.
  - ¿Desde cuándo es ridículo ir a un funeral? Despedir a alguien que veías todos los días, rendirle tributo. ¿Qué hay de ridículo en eso?
  - Era tu quinielero, negro. No tenés nada que hacer ahí. Es una falta de respeto a la familia. No me metas en eso. Yo no voy.
  - Bueno. Igual les mando tus respetos.
  García se fue, solo. Llevaba su boleto encima, como siempre.

  Luego de la muerte de Don Carlos, García tuvo que depender de los informes del EOJA, exclusivamente. No le gustaba el muchacho que lo reemplazaba. No confiaba en él, en sus pearcings, en su pelo violeta, en sus anteojos de marco celeste. La rutina se le hizo más engorrosa, porque el edificio del EOJA le quedaba mucho más lejos, pero no veía otra salida. Eso sí: había que reconocer que el pibe nuevo atendía el teléfono. Lástima que fuera tan poco confiable.

  - Negro. Negro. Negrito, ¿dormís?
  Que Claudia lo despertara en medio de la noche era una mala señal. Lo primero que pensó es que, en algún momento, hacía añares, ella podía despertarlo para coger. Pero esa ya no era una posibilidad.
  - ¿Qué, Claudia? ¿Qué pasa?
 - ¿Vamos a ir con mi hermana al glaciar? Son dos semanas. Hace un montón que no salimos de campamento.
  García se lo veía venir. Y Claudia sabía la respuesta. Era una conversación cerrada de antemano. ¿Para qué volver a tenerla? ¿Y para qué a las tres de la mañana?
  - No, chola. No. No puedo irme. Tengo que estar acá, ya sabés.
  Claudia se incorporó, hecha una furia. La ternura con la que había iniciado el diálogo desapareció en menos de un segundo.
  - ¡Dejá de romper las pelotas con esa lotería! Hace años que esperás el sorteo, no podés dejar que tu vida esté alrededor de eso, ¿no te das cuenta de que sos el único boludo pendiente de ese sorteo de mierda, cuando todo el mundo sabe que no se va a hacer nunca?
  García respondió, calmo.
  - Se va a hacer, se va a hacer. No pueden no hacerlo. La gente pagó por los boletos, lo van a hacer.
  - Pedí que te devuelvan la plata, como hizo todo el mundo. O mejor, olvidate del asunto. Diez pesos roñosos te salió el boleto. Venite conmigo, vamos al glaciar. No seas tarado, por favor. Hacelo por mí.
  La ternura había vuelto.
  - No puedo, cholita. No puedo.
  Al despertar, García vio las lágrimas del otro lado de la almohada. Pensó que estaba obrando mal, que todo se le estaba yendo de las manos. Más tarde vio el boleto, y olvidó por completo las lágrimas y la almohada.

  "Claudia, soy yo. No veo por qué no volviste a casa. Entiendo que fuiste de campamento con tu hermana, entiendo que fuiste sola porque yo no fui capaz de acompañarte, entiendo que no me avisaras porque estabas enojada conmigo, pero no entiendo por qué no volviste."
  No le atendía el teléfono, su cuñada tampoco, así que el e-mail era su única vía posible de comunicación.
  "Acá estamos bien, el gato te extraña. Llamame, o atendeme. O volvé, directamente. No tiene sentido todo esto, exageraste. Yo te quiero."
  No alcanzaba. Hacía falta decir algo más. Dudó bastante, pero finalmente lo escribió.
  "P.D.: si gano el sorteo, ¿volvés?"

viernes, 14 de diciembre de 2012

Pose


  No era un suicidio. Más bien era un juego, tenía sus riesgos y ponía mucho en manos del azar, pero no se suponía que fuera un suicidio. Hasta que perdiera, claro. Pero aún así, ¿quién podría separarlo de un accidente de tránsito cualquiera? Quizás le arruinara la vida al conductor que eventualmente se convirtiera en su verdugo, pero así es la vida. Esa idea, quizás, era una de las que más lo divertía: poder trasladar el sufrimiento, hacer de la vida de otro un calvario, y acabar con la suya. Aunque no era seguro que muriera tampoco, por lo que su propia vida se transformaría en un peor calvario ("en uno real", decía una de las voces de su cabeza, la que estaba en contra del juego), pero, una vez más, así es la vida, macho.
  Las reglas eran simples. Se pararía en la esquina, en esa esquina, la de tantos hermosos recuerdos que ahora no eran nada, sólo el recordatorio de que nada tiene valor, de que todos te mienten ("ay, pobrecito", decía la voz), de que es muy fácil malinterpretar todo y vivir en una nebulosa. ¿En una nebulosa? En una nube de pedos, las cosas por su nombre, basta de tanto dramatismo poético y cruzá la calle, dale.
  Se pararía en la esquina, entonces. Serían las tres de la mañana (ahora eran las dos y cincuenta y dos), habría poco tránsito. Miraría a los costados, esperaría a no ver autos a la distancia. Cerraría los ojos. Se taparía los oídos. Esperaría quince segundos, contando en voz baja. Y ahí, recién, cruzaría. Caminaría a paso tranquilo pero sostenido. Llegaría al otro lado (¿llegaría?). Y seguiría con su vida, para citarse allí la próxima semana ("o no, porque existe la posibilidad de que dejes de actuar como un idiota, no hay que perder las esperanzas", decía).
  Por dentro reía, estaba contento. Le parecía un gran juego, creía (una parte de él, nunca él entero) que estaba iniciando algo importante, le contaría a sus amigos y lo imitarían, era tanto más divertido e impresionante que quemarse o cortarse o todas esas cosas que ya lo aburrían, nunca pasaban de una pose. Él estaba dando un paso más allá. Se imaginaba la reacción de sus padres, de sus profesores. Era una genialidad.
  Dos y cincuenta y siete. Se veían algunos taxis, mejor era no apurarse. ¿Y si ella estuviera volviendo de algún boliche? Cabía la posibilidad, era la noche en que ellos salían, podía estar ahora volviendo con otro pibe. Pero no, seguro que el pibe nuevo tiene auto ("ay, pobrecito"), la deja en la casa, no pasa por acá. ¿Y si pasa? ¿Y si me ve? Mejor aún: ¿y si lo pisaba?
  La voz arremetió una última vez. Lo mismo de siempre: dejá de hacer teatro, dejá de crear rituales, dejá de pensar en esa piba, dejá de ser tan pendejo. Pero ya no pensaba en esa piba. Estaba haciendo teatro, sí. Pero su espectadora era otra. Él pensaba en Jessica, y en cómo la impresionaría su sufrimimento, su despecho, su desapego por la vida, su temeridad. Esto no era escribir poemas o hacer temas con su banda: esto era algo más, esto era el próximo paso, sí ("siempre y cuando no te pisen, ¿no?").
  Cerró los ojos, se tapó los oídos con mucha fuerza, hasta comenzar a escuchar los latidos de su corazón, y los sonidos que imaginaba que pertenecían a una noche como esa. Uno, dos, tres, cuatro, ¿era eso un motor?, seis, un ojo se le abrió pero lo cerró al instante, ocho, nueve, diez, no se escucha nada, doce, esos bocinazos son sólo en tu cabeza, catorce, quince, y adelante. Comenzó a caminar bastante más rápido de lo planeado, por lo que se obligó a bajar el ritmo hasta hacerlo realmente lento, para compensar, y luego de unos pasos lo aceleró. "Debo parecer un borracho", pensó, pero con la voz que aprobaba su plan, la voz que pensaba mucho en cómo lo podían ver los demás. Caminó y la avenida parecía no terminar, podía imaginar los paragolpes que se encargarían de triturar sus huesos y sonreía, su cabeza estaba plagada de bocinazos ficticios, de frenadas inexistentes, el miedo lo estimulaba, pensaba en Jessica, pensaba en las tetas de Jessica, estaba excitadísimo, Jessica desnuda, Jessica jadeando, apuró el paso, Jessica mordiéndose los labios, Jessica comiendo un helado con él, Jessica empapada de helado, desnuda, Jess--

  Comenzó a llorar aún antes de abrir los ojos, y ni siquiera intentó levantarse. Estaba a salvo ("¿a salvo de qué?"), en la vereda. Todo le daba vueltas, el sabor de la sangre era tan intenso que tuvo que reprimir un vómito. Ahora ya podía ver, las lágrimas fluían pero ya no estaba tan mareado. La calle estaba desierta, por suerte, y comprendió que había tropezado con el cordón, que no había previsto que caería justo contra el poste de luz, que se había roto los dientes, veía dos ahí mismo, en el suelo, y la sangre le manchaba la ropa. Lloraba, se sentía un imbécil ("se sabía un imbécil", me corrige la voz), y ahora ya no tenía chances con Jessica, porque está bien hacer un culto del dolor pero a nadie le gusta un pibe sin dientes.

sábado, 27 de octubre de 2012

Anestesia retroactiva

  Sueño con anestésicos anacrónicos. O no, mejor sería llamarlos anestésicos retroactivos. Algún tratamiento, algún proceso, alguna pastilla que quite el dolor del pasado. No el de ahora, por ese no se puede hacer nada, lo que duele ahora duele y no hay nada que hacerle, o sí, quizás podés usar las anestesias más conocidas. Por eso, el tema del dolor de ahora quizás pueda cubrirlo: podría fumar y llorar y reír y ese dolor sería otra cosa. Pero me preocupa el dolor del pasado, el dolor que sentiré en el futuro al pensar en el día de hoy.
  Y así es que sueño. Me propongo esa fantasía: entrar a un consultorio, que te enchufen algunos electrodos en la cabeza y comiencen a enviar una anestesia hacia atrás en el tiempo. Imagino que podría escribir un cuento. Imagino que sería muy obvio que es apenas una variación de "Eternal sunshine of the spotless mind", pero la idea me sigue pareciendo atractiva, más que nada por su utilidad. Yo voy a necesitar eso, ya mismo lo estoy necesitando. No quiero eliminar recuerdos, eso es poco práctico. Sólo quiero quitarle el contenido emocional. Quisiera poder conservar todos esos momentos tremendamente vergonzosos de mi vida (yo perdiendo el control de mi modulación al hablar delante de una clase, yo en una pileta viendo por primera vez una concha, yo equivocándome frente un grupo de snobs odiosos pero amables, yo queriendo deshacer 1.500 kilómetros en un segundo, yo preguntando por un bebé muerto, no, no era yo, era otra persona, pero en ese momento era una confusión normal, yo escuchando que nunca me quisieron realmente, yo imaginando que nunca me quisiste realmente), la "película de mi vida" (qué expresión de mierda) no tendría sentido quitándole esos pedacitos. Yo sólo quiero rememorarlos y que me chupe un huevo. Quiero ver esas caras y no sentir nada. Ni dolor, ni nostalgia, ni odio, ni tristeza. Nada de nada. Ya lo sentí en su momento. Ahora (mañana), que me dejen en paz.
  Imagino el cuento. El paciente soy yo. Siempre estoy yo en mis cuentos. ¿Cuentos? En fin... E imagino todas esas situaciones vergonzosas, y apenas las modifico un poco, y las cuento, y me exorcizo un poco. Quizás alguien lo lea y se ría. O yo lo lea después y me ría. Suelo reírme después de leer lo que escribo. Cuando ya olvidé que lo había escrito. Pienso eso y me duele un poco menos.
  Pero aún me duele demasiado, y no quiero sentarme a escribir un cuento. Porque no quiero escribir nunca más. Y no quiero sentarme a hacer nada nunca más. Quiero re-cagar a trompadas al colectivero que está frenado en un semáforo y no me abre la puerta, me acerco, le golpeo, me dice brevemente que no, le hago con gestos un patético "por favor" y ni me mira. Me quedo ahí, y el tipo sigue mirando para adelante. Lo quiero matar. O quiero que él me mate. Eso quiero, quiero escribir ese cuento, el del colectivero que no le abre al chabón, y el chabón lo empieza a insultar y le patea el bondi, y ahí sí el colectivero abre, y cuando yo (porque siempre soy yo) le empiezo a decir "ah, ahora sí me abrís, infeliz, si te pido por favor ni me mirás, pero si te empiezo a insult--" y ahí nomás (porque en mis cuentos siempre la gente se interrumpe) me surte, me pega con algún fierro o algo y termino en un hospital. Y la primera cara que veo al despertar no es la de ella, y pregunto si ella llamó o si sabe algo, porque me olvidé que ella ya no me va a llamar ni le importa lo que me pase. Me encanta ese final.
  Quería escribir eso también, sí. Pero no tengo fuerzas para escribir. Me duele mucho.

viernes, 31 de agosto de 2012

Para el orto

  "Todavía me querés?"
  Su corazón se aceleró y dentro de su cerebro se arremolinaron cientos de pensamientos, amenazando con hacerle perder la razón allí mismo, en ese instante. Como el universo necesita del equilibrio constante para subsistir, el tiempo fuera de su conciencia se hizo lento, lentísimo, ofreciendo un contrapeso a esa vorágine de sentimientos dormidos.
  ¿Cómo que si "todavía la quería"? ¿Qué pregunta era esa? Una muy buena pregunta, pensó. Una pregunta que él, todavía, no se había animado a hacerse. "Es que la respuesta es obvia". No. No lo era. No sabía la respuesta.
  Pero antes de empezar a intentar desentrañar la respuesta, se encontró con el misterio que proponía la pregunta. ¿Qué significaba ese mensaje de texto? ¿Por qué ahora? ¿Acaso ella lo quería? La pregunta parecía estar diciendo eso, justamente. Preguntarle a alguien si te quiere es decirle que lo querés. ¿Entonces ella lo quería? De hecho, jamás debiera haber dudado de ello. La última vez que se vieron, cuando ella lo dejó, intentó dejarle en claro que siempre lo querría, y que, a pesar de irse con otro hombre, la separación le dolía enormemente.
  Entonces, revivió la bronca. "Todavía me querés?". Te fuiste con otro. Se había ido con otro, ¿cómo quererla? Le había roto el corazón, ¿cómo quererla? Le había dicho a la cara que no, que pretendía no volver a verlo, que prefería priorizar una relación con un tipo superficial al que casi ni conocía. ¿Cómo quererla, entonces? ¿Cómo quererla, cuando tuvo que odiarla para poder dejarla ir?
  "Todavía me querés?". Pero eso cambiaba todo. Se sintió insultado, es cierto, pero al mismo tiempo transportado hacia un pasado feliz, un pasado cuya felicidad él mismo había enterrado y olvidado. La quiso. La quiso, la quería. La quiso, la quería y la iba a querer.
  Pero no, el dolor, el orgullo herido, eso también volvió. Ya la había olvidado, pero no sólo había olvidado que la quería, sino que la odiaba. Que le deseó desgracias por un tiempo. Que habló pestes de ella a los amigos en común, intentando contaminar su mundo con ese veneno que, a fin de cuentas, era de su autoría. "Todavía me querés?". ¿Qué era, un chiste? ¿Una venganza, quizás? ¿Pero por qué? ¿Qué había hecho él? Bueno, además de hablar pestes de ella, claro. Pero estaba en todo su derecho, existe tal cosa, ¿verdad? "El derecho del abandonado". Derecho de odiar y actuar de manera irracional, infantil, casi perversa. ¿Qué hacer, si no? Ella con otro tipo, lo más tranquila, ¿y él? Que por lo menos lo dejaran hablar mal de ella. Era lo menos que podían hacer. ¿Quiénes? En fin...
  "Aunque todavía la quiero", pensó. Sí, el odio estaba ahí. Pero también estaba ahí todo lo demás. Y sólo necesitó imaginarla una vez más acomodándose el pelo detrás de la oreja. Ahí mismo supo lo que tenía que contestar.
  Siete segundos pasaron, y eso es todo lo que él pensó luego de haber leído el "Todavía me querés?" de la pantalla de su celular. Siete segundos, para que esa misma pantalla volviera a iluminarse con un mensaje nuevo, de la misma persona.
  "ay no me equivoque no era para vos perdonperdonperdon"
  Pasaron siete segundos más. En esos siete segundos él no pensó demasiado. Sólo se vio invadido por una inmensa tristeza, una tristeza familiar a la que le había perdido el rastro. Pasaron siete veces siete segundos, y se escuchó decir en voz alta "¿Por qué?" varias veces, luego de sentarse en el suelo. Siete segundos después lloraba y reía al mismo tiempo.
  "Perdoname! La psicóloga se va a reír cuando le cuente. Aprovechemos que me equivoqué, hace mil que no hablamos. Cómo andás?"

jueves, 2 de agosto de 2012

El gordo

  Cada vez que su celular sonaba, la habitación se llenaba de miradas cómplices. Según los ojos que uno decidiera escrutar, se podía descubrir burla, preocupación, lástima, desconfianza, y hasta envidia. Todos, en mayor o menor medida, tomábamos esos episodios como una invitación a algo prohibido. Yo, por mi parte, los interpretaba como un triste pedido de auxilio. No creía en Marcela. Marcela no existía, no podía existir.
  - ¿Y, qué dice tu chica?
  - Nada, que me extraña, que me quiere ver... Es tan dulce
  Así, de manera inocente y eficaz, respondía el gordo a las chicanas, interpretando a la perfección ese papel inverosímil, sin dar crédito a la ironía con que lo azotábamos. "Pobre gordo. Tan boludo, ni se da cuenta de que lo gastamos, ¿no?". Nunca terminé de creerme eso tampoco. ¿Pero qué es lo que creía? ¿Qué es lo que creo hoy, habiéndole dado tantas vueltas al asunto?
  Aún recuerdo las discusiones una vez que se iba. Todo un concilio para hablar sobre el gordo y la novia misteriosa, la novia inexistente, la novia que en realidad era un tipo, la novia que se avergonzaba de él y no dejaba que nadie los viera juntos, la novia que había cambiado radicalmente la vida de nuestro amigo desde un plano de existencia totalmente ajeno al nuestro... Nunca lográbamos ponernos de acuerdo, nada cerraba, pero nos divertíamos. Él estaba feliz, y nosotros teníamos un manantial secreto, una eterna fuente de chistes y conversación alrededor de los dos o tres temas que importan para el hombre. Todos ganamos con la aparición de Marcela. En eso era lo único en que podíamos ponernos de acuerdo.
  Dos años estuvo con Marcela. Ninguno de nosotros jamás pudo verla. Yo soy el único totalmente convencido de que ella nunca existió. Y hoy, estamos todos reunidos en el departamento del gordo, o en el que era, mejor dicho, su departamento, ya que el gordo se mató y nada de lo que hay acá es suyo ya. Tristes, diciéndonos "algún día iba a pasar", dejamos que nuestra obsesión (o quizás sólo sea mía, quizás el resto del grupo sepa ser más convencional) le gane al horror, que la curiosidad atropelle el buen gusto, y buscamos aquí, en el último bastión del gordo, en su santuario más preciado las huellas de Marcela. Su muerte y ella están relacionadas, eso nadie lo duda. El gordo se mató por ella. Aún si es que Marcela era sólo un invento, el gordo entonces se habrá matado por no tenerla. Y buscamos entonces fotos, libros con dedicatoria, revisamos la computadora, el celular, todo, sin encontrar nada.
  Hasta que el celular suena. El gordo, de haber estado vivo, tendría un mensaje nuevo por leer.

domingo, 20 de mayo de 2012

Trilogía de Temperley

  Atravesó el umbral del bar ansioso, tratando de ocultar su excitación. Ese hecho, el hecho de que se preocupara en tratar de ocultar algo, era un indicador de su buen humor: en circunstancias normales, no se sentía digno de la más mínima atención. Se sabía invisible, despreciado pero rápidamente olvidado. Definitivamente, no era esta una situación normal, ya que dirigía furtivas miradas a cada rincón del local, buscando esos ojos atentos, que sabía que, aún sin buscarlo, se alegrarían al verlo. Una sonrisa se asomaba acompañando el brillo de su mirada. Sus ojos tristes hoy eran irreconocibles.
  La buscó pero sin detener nunca su marcha, fingiendo que sólo buscaba una mesa. Fingiendo, siempre fingiendo. Horas después criticaría todo su accionar, y sentiría asco, como siempre siente al ver a los demás, con sus sonrisas, sus ilusiones, sus ficciones diarias. Pero en ese momento estaba feliz. Sí. Se podría decir que estaba feliz.
  Se sentó y todavía no la había encontrado. Una voz en su cabeza le sugirió que quizás ella no estuviese allí. El resto de las voces (incluyendo la propia, si es que una y sólo una de ellas lo era) lo consideró probable. Pero no. Casi al mismo tiempo que el mozo alcanzándole un menú, sus ojos se cruzaron. Allí estaba ella. Hermosa, como siempre. Sus cortos rulos rubios enmarcando la preciosa carita. Él sonrió y levantó sus cejas, casi el único gesto que sabía utilizar (aunque mal). Ella no reaccionó, y siguió charlando con los tipos que la acompañaban. Él la desnudó con sus ojos hambrientos, pudo imaginar el ruido del corto vestido negro cayendo al lado de la cama.
  - Un café doble, por favor.
  Se dedicó a mirarla. Estaba hipnotizado, ya había olvidado todo su plan de esconder su impericia social, su locura por ese cuerpo, por esa voz. Y ella no lo miraba. Se preguntó si lo habría visto, quizás no lo reconociera. "Te vio", le dijo la voz. "Que siga charlando con esos tipos y que ya no mire para acá ni de casualidad es la prueba".
  El café llegó, y lo tomó. Ya no estaba feliz. Para nada. Ella se levantó, se puso su abrigo y se despidió de sus acompañantes. Antes de atravesar el local y alcanzar la puerta, lo volvió a mirar. Él, apurado, acompañó su arqueo de cejas con un ademán. La voz en su cabeza reía. Ella salió sin prestarle atención. La vio pasar por los ventanales caminando a paso vivo. Dejó cincuenta pesos sobre la mesa y se apresuró a salir, quizás ella hubiera aflojado el paso, quizás lo esperara en la esquina.
  Luego de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde la esquina, decidió que podía volver a su casa.
  "Ya está bien, eh".

***

  Entendió que por fin había ocurrido. Ella se había ido, y no volvería. Siempre y cuando dependiera de él, no se volverían a ver tampoco. Se sentó frente al televisor, y cambió de canales sin prestar atención. Sólo pensaba en su soledad, en la casa, en las compras, en los libros que se había llevado, en las gatas que también se habían ido, en la plata; hacía cuentas que involucraban su sueldo, el alquiler, el precio de la Coca-cola, el precio del jugo Clight, el precio de las empanadas. De vez en cuando pensaba también en ella, pero sólo para descargar su bronca, aún sabiendo que no era justo. Pero el reino de sus pensamientos era un mundo que no conocía la justicia, sino que estaba para saciar sus caprichos. Así que la odió sin culpa.
  Apagó la tele y agarró su campera, vio la hora y decidió pasar por el bar. Comería algo, llevaría su libreta, por si se le ocurría algo para escribir. Sí, le haría bien. Cualquier cosa antes que pensar en todo lo que ahora no tendría que tener en su heladera.
  Ya en el camino pensaba en Germán. Qué bueno sería poder hablar con Germán. A eso iba al bar, en realidad. Qué bueno poder ser amigo de Germán. Sería genial...
  Cuando entró al bar, no tardó en localizar a Germán. Ahí estaba, como siempre, en su mesa. Las risas lo acompañaban. Qué bueno poder ser amigo de Germán... Pero no conocía a los otros ocupantes de la mesa, así que sólo los miraba de lejos.
  - Un café doble, por favor.
  Promediando su café, vio cómo Germán despidió a sus compañeros, que se alejaron entre risas. Buscó su mirada hasta encontrarla, y arqueó sus cejas, haciendo además un ademán. Tomó su café y fue hasta la mesa que ahora ocupaba sólo Germán.
  - ¡Qué hacés, Germán! No sabés cómo estoy... Viviana finalmente se fue. Y, ¿sabés qué? Mejor que ni vuelva, mirá... Per--
  - Perdoná, ¿Joaquín eras, no?. Pero me tengo que ir. Hablamos otro día, ¿sí?
  Dos horas después miraba la tele, y pensaba en su sueldo, en el precio de la pizza, en el precio de las medialunas, en el precio del café, y en Germán, Germán y la re-putísima madre que te re-mil parió, Germán sorete hijo de re-mil putas, Germán y quién mierda te creés que sos, petiso mal hecho, Germán morite.

***

  - Lo bueno es que ya no vas a tener a nadie intentando que no hagas dieta, vas a poder comer todas las ensaladas que quieras. Que tengas una vida sana.
  Imbécil. Haciéndose el superado, como siempre. Riéndose de todo, aún con lágrimas en sus ojos. ¿Quién le habría enseñado eso? En la familia eran igual, eran imbancables. Pobre gente, creyendo en la ironía como en la máxima expresión de inteligencia. Pobre Martín. Él no tiene la culpa.
  Y se había ido. Finalmente. ¿Cuánto tiempo había esperado ese momento? Le parecía imposible, dolorosamente impensable. Pero era lo que debía ocurrir. Dolía, dolía enormemente. Aunque era lo mejor, ya no podían seguir mintiéndose. Ojalá pudieran ser amigos. Sí, podrían pasar unos meses, y entonces podrían volver a hablarse. ¿Podrían? Él era tan rencoroso. Imbécil. No, no. Pobre Martín.
  ¿Y ahora? Encendió su computadora. Abrió el msn, inició sesión. Gonzalo estaba conectado. Hablame, Gonzalo. No me obligues a hablarte. Voy a cambiar mi foto, voy a cambiar mi nick. Voy a poner "Amar, temer, partir" como mensaje personal. Me vas a hablar.
  Gonzalo le habló. Entre otras cosas, le dijo que mañana no trabajaba. Ella se preparó un café (doble). La noche prometía ser larga.
  Bonzo dice no estés triste, ya sabías que iba a pasar, y sabés que es lo mejor para los dos. E1000C dice sí, pero duele, ¿sabés lo que duele? ¿qué hago acá ahora? encima estoy sin trabajo y Laura se fue de vacaciones, no me puede hacer el aguante. Bonzo dice bueno, ya vas a ver cómo todo pasa, concentrate en el estudio. E1000C dice ya no sé si quiero seguir estudiando, la verdad es que la carrera me desilusionó un poco. Bonzo no dice nada. E1000C dice tengo ganas de salir, no quiero estar acá encerrada, con él nunca podía salir, nunca quería ir a ningún lado. Bonzo dice y bueno, aprovechá. E1000C dice ¿no querés ir al cine? dale, veamos la de Marvel. Bonzo no dice nada. E1000C dice o mañana, no sé, ahora ya es medio tarde, mañana podés?. Bonzo dice che, Emilce, me tengo que ir a dormir, después arreglamos lo del cine. E1000C dice pensé que mañana no te levantabas temprano. me vas adejarso lita? eso noes ta bien!. Bonzo dice jaja, no, mañana a la mañana voy a ver a mi sobrinito, pero vos salí, no te quedes ahí, eh. E1000C dice bueno, seguro termino saliendo con alguno de los boludos de mis exnovios ;-p. Bonzo dice jaja, bueno, me voy adormir. E1000C no dice nada.
  Emilce apaga la máquina y llora, por primera vez en la noche.