miércoles, 9 de octubre de 2013

Treinta años

  Las manos le temblaban. Lavaba su piedra afilada en la orilla, y no conseguía afirmarla entre sus manos. Había perdido también la fuerza. Y todas esas arrugas, por primera vez en años se detuvo a estudiar sus manos, tratando de recordar cómo habían sido la primera vez que puso un pie en la isla. Ahora que ya no era una persona, ahora que era un naúfrago, ahora que no tenía cara porque nadie estaba allí para mirarla, ¿cómo se veía?
  Pensó que el agua quizás pudiera ayudarlo a verse la cara. Buscó su reflejo pero de nada sirvió. El agua turbia era un pésimo espejo. Siguió luchando con su piedra, olvidó la curiosidad por su apariencia, por el significado y la importancia de la apariencia, y siguió con lo suyo. Trató de contar cuánto tiempo había pasado ya. Más de treinta años, seguramente. Más de la mitad de su vida.
  Se acostó de cara al horizonte oriental de la isla, su prisión de sangre y arena. La misma rutina desde hacía más de treinta años. Ver las diferentes embarcaciones pasar a lo lejos. Ya no se esforzaba tratando de comunicarse, de que lo vieran para rescatarlo. Era mucho mejor ahorrar las energías para las cosas importantes.
  Pero el barco de ese día se mantuvo allí donde él lo veía por un tiempo prolongado. Se vio obligado a estudiarlo. Estaba lejos, pero le pareció que un bote pequeño se desprendía de la embarcación y comenzaba a acercarse. ¿Sería una alucinación? ¿Habría enloquecido finalmente? No tenía sentido hacerse ese tipo de preguntas. Todo lo que lo rodeaba era su única realidad. No hay posibilidad de relecturas en una isla desierta.
  A la media hora estaba seguro de que el bote efectivamente se acercaba y pronto tocaría tierra. Abandonó su cómoda posición horizontal y se acercó hasta derrumbarse de rodillas en el agua, esperando con el corazón enloquecido el arribo de la primera persona que veía en, seguramente, más de treinta años.
  - ¿Qué me cuenta, don? ¿Todo en orden?
  - Sí, muchacho. Hace un lindo día, ¿no?
  - Lindo, sí. Lindo. Un poco ventoso, pero lindo.
  - Sí.
  Era mucho más joven que él. Parecía tranquilo, mientras que él vivía toda la situación con muchísimos nervios.
  - Em, joven. ¿No quiere comer algo? Seguramente tenga alguna cosa por acá...
  - No, abuelo. Deje. Ya me vuelvo para el barco. Pasaba a saludar.
  - Ah. Ah, bueno, vaya nomás.
  - Cuídese, viejo.
  El bote dio media vuelta y comenzó a alejarse. Habían pasado más de treinta años para eso. Treinta años. La espera había valido la pena.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Todavía duele

  La escena es simple. Simple y corta.
  Se encuentran. Él lleva libros envueltos para regalo en su morral. Son para ella. En un punto estratégico de la noche, los revela. Ella se sorprende, se sonroja y sonríe. Se besan. Lo reta por regalarle cosas todo el tiempo. "Son libros, nada más", dice él. "Ya sabés que no me cuestan nada". Ella lee las dedicatorias de los libros, vuelven a besarse. Él la acompaña a la casa, y se va. Sola y en su habitación, ella cuidadosamente corta la página de la dedicatoria con una trincheta. La deja sobre el escritorio, y guarda el libro en su biblioteca, donde otros libros a los cuales les falta la primera página en blanco descansan. Se va a dormir con una sonrisa en los labios.
  En algún punto durante las siguientes dos semanas, la hoja con la dedicatoria pasa del escritorio al tacho de basura.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Para Ana (y Manuel)

  Muchas veces, paseando por los pasillos de la facultad, haciendo tiempo, te vi. Las primeras veces te encontré de casualidad, y durante un tiempo estuve sin saber si eras vos o no. Cuando me convencí, y quizás antes también, comencé a buscarte. Ya no hacía tiempo y entonces te encontraba, sino que me hacía un tiempo para encontrarte. Está de más acotar que nunca te hablé, que lo pensé muchísimas veces, que me paré para mirarte a través de los enormes ventanales del aula que ocupabas esperando que, quizás, me vieras y reconocieras. Con eso me alcanzaba, con el ínfimo hecho de que supieras que yo existía, que otra vez compartíamos un espacio y que podías llegar a verme paseando por ahí, solo.
  Pero lo interesante, esta vez, es que no me arrepiento. Esta vez, hice bien en quedarme callado y a la sombra. Claro, parecía que esta iba a ser otra de las tantas confesiones lacrimógenas, oh, por qué te dejé ir. No. Por una vez, estoy orgulloso de haberme quedado en el molde. Igualmente, quiero imaginarme que te digo todo esto, que lo leés, y que ni sabés quién te lo dice, porque no te acordás de mí. ¿O te hacías la boluda? ¿Cómo puede ser? Pero me estoy adelantando...
  ¿Cómo podés no acordarte de Manuel? De hecho, si yo me acuerdo de vos, si me vi obligado a perseguirte por los pasillos de la facultad, es por Manuel. Manuel, en quinto grado, nos enseñó a todos los chicos del curso qué era el amor. Eso que él sentía por vos, dejaba a todos nuestros enamoramientos como una cosa pueril e insustancial. La locura que tenía por vos, el brillo en los ojos cuando te nombraba, aún cuando las cosas que decía eran las más chabacanas que habíamos oído hasta ese momento, aún así eso era amor. ¿Cómo no te acordás de él? Era el pibe más gracioso. Y medía un metro. ¿Cómo no te acordás de él, si por él aprendimos qué eran "insuficiencia renal" y "diálisis"? Quinto y sexto grado giraron alrededor de Manuel. Y, por ende, a tu alrededor. Casi todos dejamos de mirar al resto de las chicas para mirarte a vos, celosos de ese amor que Manuel sentía, para tratar de hacerlo nuestro. Yo, el capitán frío, ese pibe que estaba totalmente alejado de todo y todos, yo, me paraba en la vereda de mi casa cinco minutos después de llegar de la escuela porque sabía que vos ibas a pasar por ahí, acompañando a Zaira, y que seguramente te ibas a burlar de mí, me ibas a cargar con Laura, la rubia del grado, cuando yo en ese momento quería que me cargaran con vos. Pocas cosas me avergüenzan más que esa espera en la puerta de mi casa. La humillación que me dedicabas era, para mí, lo mejor del día.
  Entonces, ¿cómo es que no te acordás de Manuel? ¿Cómo es que Pablo y Manuel fueron hasta tu casa unos años después de que te cambiaras de escuela y vos no los recordabas? ¡Manuel medía un metro! ¿Cómo podías olvidarlo? Eso es lo que trato de explicarte y de explicarme. Para nosotros, Manuel y vos nos enseñaron qué era el amor, ese amor de mierda que le caga la vida a tanta gente, ese amor que te obliga a pensar que tenés que querer a otro por más que ese otro no te quiera ni ver, ese amor que te hace pensar que podés medir un metro pero que, si sos gracioso, capaz que salís ganando. Pero vos, si es que aprendiste algo, preferiste olvidarlo.
  Manuel ahora está muerto. Nombrarlo es llamarse al silencio.

martes, 30 de julio de 2013

Diez pesitos lo que le cobro, nada más

  Buenas noches, dama y caballero, ante todo le pido disculpa por la molestia que pueda ocasionarle, pero lo que hoy le traigo bien vale los cinco minutitos de atención que le voy a pedir. Fijesé: el kit de cortar al medio a la bella asistente. Invento argentino, le permite cortar a la mitad a cualquier bella dama que lo esté asistiendo, en cualquier momento y lugar. Todos estuvimos en una situación como esta, es frustrante y nos hace perder muchísimo tiempo intentar cortar al medio a, por qué no, una secretaria, una prima, o una bailarina que esté compartiendo el escenario con nosotros. Que se resiste a los golpes, que es un enchastre, que ni bien comenzamos a atravesar la carne con el serrucho comienza a gritar y muchas veces pierde el conocimiento o muere mucho antes de que la podamos separar en dos mitades. Pero con este invento eso es cosa del pasado, repito, es un invento ar-gen-ti-no, de los mismos fabricantes del enhebrador de aguja, fijesé usté, aquí tengo mi bella asistente, la coloco cómodamente dentro de la caja, cuidado que quede la cabeza saliendo por este agujero, los pies por este otro y por acá sale una mano, cierro la caja, vea cómo la señorita nunca deja de sonreír, por esta ranura se pasa el serrucho, es un serrucho especial que viene con el kit, vea usté, atravieso la caja entera con el serrucho, no hay sangre, no hay gritos, la manito y los pieses se mueven, la chica sigue sonriendo y separo ambas mitades de la caja. En menos de un minuto ya está la chica cortada a la mitad y usté puede seguir con lo que tenga que hacer, mire lo que le vengo a ofrecer. El kit de cortar al medio a la bella asistente, en menos de un minuto la tiene en dos mitades, diez pesitos lo que le pido, un billete, cinco monedas, menos de lo que le sale un serrucho ordinario, mire lo que le digo. Ni hablar si tiene que pensar en consultas al médico por heridas graves, o a un abogado porque se lo acusa de intento de asesinato o si tiene que contratar una casa de sepelio. Diez pesitos, el kit de cortar al medio a la bella asistente, diez pesitos le cobro. Muchas gracias, y que tenga un buen retorno a sus hogares.

(eso es más o menos lo que escucho cuando ofrecen el "enhebrador de aguja". hay ciertos misterios con los que no se debe jugar. seguiré enhebrando mis agujas a ojo, con saliva y pulso firme)

sábado, 20 de julio de 2013

Escribo

  Escribo con la urgencia del suicida, como único y último cronista. Escribo porque hay que hacerlo, alguien tiene que hacerlo, necesita hacerse, necesito hacerlo. Estas líneas son un testimonio, un grito en el desierto. Quizás el último vestigio de una poderosa raza, quizás el principio de una nueva y diferente etapa, quizás el único primer escalón de un camino lleno de peligros pero necesario.
  Escribo con sangre, ahora que ya no sirve más que para dejar todo esto asentado. Escribo arañando los tablones de madera que forman el suelo de mi habitación, escribo con mi propia mierda en las paredes, escribo vociferando ante una ventana empañada por mi propio aliento, creyendo que algo de mi grito debiera impregnarse. Escribo desesperado, tajeando en mi cuerpo palabras con los restos de esa ventana ahora rota.
  Escribo ya sin palabras, habiendo olvidado cómo se escribe. Escribo recortando palabras de otros libros, destruyendo mi biblioteca, mutilando el último de mis santuarios. Escribo al ritmo de mi acelerado corazón, perseguido por el fin, sé que no hay tiempo suficiente, esta obra también quedará incompleta, todo esfuerzo habrá sido en vano, pero nada más podría haber hecho con mi urgencia, con mi grito, con mi sangre, con mi mierda, con mi ventana, con mi cuerpo, con mi biblioteca.
  O no.
  Quizás no escribo. Aun.

sábado, 6 de abril de 2013

Thelonious


  - Che, Juan, ahora a la salida vamos a ir a un barcito de acá a la vuelta. Hay happy hour, así que... Vamos algunos de la oficina, y vienen también algunas chicas del edificio de al lado, las de las oficinas esas que mudaron para acá, para conocernos un poco entre todos. ¿Venís?
  - Em... Ssssssí, no, en realidad no puedo, tengo cosas que hacer. Otros planes, ya había arreglad--
  - Dale, Juan. Vení. ¿Viste a las pibas nuevas?
  - Sí, no, lo que pasa es que ya arreglé. Ya arreglé con otras personas.
  No era mentira. Era un arreglo tácito. Todos los lunes, miércoles y viernes a la noche en Thelonious. Él con su guitarra, quizás el o la del piano, esperaba que la del clarinete (tenía que ser mujer, estaba seguro), el o la flauta (no faltaba nunca), probablemente el pesado del saxofón (clavado que era un tipo). Sí. Podía decirse que había arreglado con otras personas, no era necesariamente una mentira.

... el piano estaba ahí, planchaba acordes graves que se difuminaban para volver a nacer, graves, graves, cada vez más graves, la flauta jugaba con soplidos más que con notas, todavía no había forma, el clarinete también estaba ahí, mimetizándose con el piano, jugando a agregar notas disonantes, Juan se sentó en la oscuridad y escuchó por unos minutos, hasta que sintió el deseo urgente de participar, y entonces, nunca antes, enchufó su guitarra y compartió sus primeras notas...

  - ¿Y? ¿Cómo anduvo el finde? No sabés la que te perdiste. Paulita preguntó por vos toda la noche, una pesada. Igual Gerardo se la besó, dormiste otra vez.
  "Se la besó". Juan no pudo ocultar su cara de asco. ¿Se podía usar esa expresión sin tener menos de 17 años?
  - Todo bien, todo bien. Me alegro. Te dejo porque justo teng--
  - No, esperá. No sabés la que te perdiste, te estoy diciendo. Te cuento, mirá: las chicas de la oficina de al lad--
  - Después me contás, Ramiro. Después.
  Después. Después, después se iría, después podría pensar en lo importante. Por qué siempre ese puto saxo, y por qué él siempre el único sin poder seguirlo. ¿Celos? Tenían que ser. Por algo les ponía géneros. LA flauta, LA clarinete, LA piano (ese viernes se había decidido), pero EL saxo. EL saxo que irrumpe, que llama, y ellas que contestan. Casi siempre se tenía que desenchufar cuando pasaba. No era justo. Ni ahí se podía soltar, ni ahí podía ser normal. 

... él marcaba el ritmo, el piano se había callado quizás se hubiera ido, la flauta que ahora había reaparecido lo acompañaba, la clarinete que lo abrazaba, le respondía, y él la contenía, ella entonces se abría y la melodía llenaba la oscuridad, él se vestía de escalofríos para ella, comenzaba a tocar sin pensar, se dejaba llevar, y el saxo. otra vez el saxo. otra vez.

  - Esta vez sí, vas a ver. ¡Juan! ¡Vení! Hoy. Nueve de la noche. Los putos de al lado dicen que nos pasan el trapo, sale partido. Están re-calientes porque pegué onda con la gordita. Un balazo, la gordita. No nos podés fallar. ¡NO! No podés. Hoy no. Hoy venís. HOY. No hay excusas. No me importa, no le importa a nadie. Juan, ¿sabés lo que dicen que hacés? Te vieron saliendo de Thelonious. Tenés que salir un poco más, viejo. No podés pasarte encerrado ahí toooodas las noches, flaco. Dale, jugá para nosotros. Si querés te vendamos los ojos, va a ser casi lo mismo.

... el saxo haciendo lo que quiere, la flauta enloquecida, la piano, o el piano, ahora volvía a dudar, pero seguro la piano, seguro ahí, alrededor del saxo, falo ciego, violento, torpe, creído, la clarinete encantada, dando vueltas, o en silencio escuchando, y después se esperaban a la salida, él con su saxo a cuestas, no le avergüenza nada, no esconde su instrumento como el resto, lo lleva encima, seguro que ni siquiera va en auto, va con el saxo colgado caminando por la calle, todo le chupa un huevo, tiene barbita y es tirando a hippie, pero es todo postura, es un machista de mierda, machista sos vos, salame, machista sos vos que no podés tocar sin pensar en cosas que nada tienen que ver, ¿cómo que no tienen que ver, iluso? el lugar se llama "thelonious", cada sesión es una orgía, eso lo sabe todo el mundo, gol, de repente les hicieron un gol y todos lo putean...

  - Sinectek, buenas tardes, habla Ramiro. ¡Ah, Juan! A que adivino: no venís a trabajar porque te duele el orto. A todos nos duele el orto, a todos nos lo rompieron, eh. Y buena parte de la culpa es tuy-- ¿en serio? ¿Qué tenés? Bueno, dale. Tomate la semana. Chanta. Pero sabés qué significa esto, ¿no? Que a la revancha venís. Y vas al arco, patadura.

... todas las noches, a pernoctar, cuando antes se preguntaba qué sentido podía tener eso, a escuchar, toda la noche, el desfile, la flauta estaba ahí, intermitente como siempre, no siempre había armonía, no siempre había cohesión, y eso lo sorprendió, sus sesiones, las de los lunes, miércoles y viernes eran realmente una suerte, viendo qué mal podía salir todo, y la flauta siempre ahí, ¿pero qué le pasaba a esa piba? ¿no tenía otra cosa que hacer? ¿no tenía trabajo? de vez en cuando tocaba algo, pero no podía dejarse en evidencia, no podían saber que estaba ahí toda la noche, ¿quién hacía eso? era una locura, la flauta estaba loca, loca...

  - Un turno, habitación especial: son 185 pesos. Me pagás cuando salís, ¿dale?
  - Bueno. ¿Te puedo hacer una pregunta?
  - Sí, decíme.
  - Em... vos sos la flauta, ¿no?
  Ella sonrió, Juan no paraba de temblar.
  - Sí. ¿Vos sos el saxo?
  - No. No, no soy el saxo. Chau.

... se ponía colorado cada vez que escuchaba la flauta, colorado de rabia "vos sos el saxo", no, la puta madre, no, y tocaba más fuerte, trataba de taparla, machacaba rítmicamente hasta que se calmaba, la piano parecía de buen humor, eso era una suerte, "vos sos el saxo" y otra vez la bronca, otra vez los machaques, y hablando de Roma, el saxo que acometía violentamente, le respondía, él no lo pudo aguantar, se desbocó, en menos de medio minuto sólo quedaban ellos dos y eran una nube de ruido, dos falos gritones, la flauta se sumaba y se podía adivinar la risa detrás de cada nota atropellada, Juan se desenchufó abochornado...

  - ¿Por qué te vas? Sos la guitarra.
  - Eran 185 pesos. Acá tenés. Chau.
  - No te vayas, están tocand--
  Se fue, furioso, sin tapar la guitarra que llevaba en el asiento de atrás de su auto, ya sin importarle si alguien podía vincularlo con el instrumento. Manejaba llorando, sin saber que en Thelonious, el piano, el saxo, y la desorientada y recién llegada clarinete tocaban una y otra vez uno de los motivos característicos de Juan, conjurándolo, en un intento de reconciliación. La flauta los dejó hacer, respetó en silencio el ritual, sabiendo sólo ella que eso no era más que un réquiem.

miércoles, 27 de marzo de 2013

El instrumento que siente


  - Disculpame, te estuve mirando todo el viaje, y te lo tengo que decir. Sos igual, pero igual, a mi hijo. En todo, la cara, los gestos, cómo te pasás la mano por la cabeza, todo, es increíble.
  - ...
(¿qué puedo contestar? ¿qué está esperando que le diga? Si hablo corro el riesgo de que mi voz sea igual a la del hijo... ¿y por qué es eso un riesgo? ¿estará vivo el hijo?)
  - Te juro que si no fuera que es imposible, creería que eras él. Cuando subí, sentí el impulso de decirte "¿pero qué hacés acá?". Si no fuera que-- mirá, te voy a mostrar una foto.
  - ...
(está muerto. está muerto. cagué. está muerto, soy el hijo muerto. y todavía me falta un montón para bajarme, no me puedo escapar, llegaría tarde al trabajo. que igualmente llego tarde todo el tiempo, soy un desastre. ¿estará muerto? sí, ¿si no, para qué me hablaría? necesita hablar con su hijo muerto, soy el hijo muerto.)
  - Mirá, acá en esta foto no se ve bien, pero sos igual, es increíble. Mirá.
  - ...
(es pelado, sí. y gordo. qué fácil que me es ser parecido a cualquier gordo pelado. pero el chabón estaba con una mina en la foto, ahí hay una gran diferencia. podría decirle eso a la señora. todavía no le dije nada. ¿pero qué le puedo decir? nada, ella quiere que le hable el hijo muerto. ¿y si realmente soy el hijo muerto? quizás mi vida haya empezado ahora, quizás todos mis recuerdos sean falsos, a fin de cuentas, los recuerdos, ¿qué son? no son nada, son una fantasía, tan reales como un sueño. quizás no haya vivido nada de lo que creo haber vivido, quizás no sea Alejandro, todo este Alejandro es un invento, soy en realidad Martín, ¿cómo sé que se llama Martín? que me llamo, lo sé porque soy él, acabo de renacer para que ella me viera en un colectivo, para que ella pueda hablar con el hijo muerto. pero si acabo de aparecer, es porque el hijo no puede llevar muerto tanto tiempo, quizás, entonces, lleve vivo -en este cuerpo- el tiempo que Martín lleva muerto, ¿cuándo habrá muerto?)
  - Perdoná, eh. Pero sos igual, te lo tenía que decir. Es increíble. Si no fuera que está viviendo en Tucumán...
  - ...
(no está muerto. está en Tucumán. pero no, quizás haya muerto ahora, claro, yo tenía razón, empecé a vivir ahora, mi vida en este cuerpo se da a partir de este viaje, soy el último contacto con la madre, ella ahora llegará a su casa y encontrará un mensaje de algún familiar, quizás la mina que está en la foto con Martín, ¿se llamará Martín? y le dirá que Martín murió, ahora, hace unas horas. este viaje en colectivo será para ella un hito en su vida, una experiencia religiosa, y para mí también, aún sin saberlo con seguridad, ¿quién puede asegurarme que llevo vivo más que estos treinta minutos arriba de este colectivo? ¿y cómo seguiría mi vida a partir de ahora? eso no es lo importante, el cuento tendría que hablar de la madre, el viaje es el de la madre. me suena a cuento Cortazariano, alguno así había, sí, ahora lo recuerdo. entonces tendría que escribirlo desde mi perspectiva, desde la vida falsa, desde el instrumento que siente. y ese sería un cuento de Philip Dick, que de hecho ya leí.)
  - Sos igual. Qué cosa...
  - ...
(qué loco si el pibe se murió. sería tremendo. pero no, no pasó nada, la vida suele ser aburrida, por suerte. por algo inventamos la literatura. aunque, ¿quién me saca esta paranoia Dickiana de no ser quien creía? tendría que pensar menos... tendría que haberle dicho algo a la señora, no le contesté nada en ningún momento, sólo le sonreí como un imbécil. tendría que escribir ese cuento. tendría que decirme que una mina me habló en el colectivo, en vez de preguntarme si soy una hormiga eléctrica. y cuando me baje del colectivo, ¿la saludo o no?)

jueves, 7 de febrero de 2013

La máquina de resentimiento


  No me parece que esta página tenga sentido. Digo "página" como todo, hablando de estas líneas pero también de las que conforman todo el blog. Es sólo un momento, claro, en que prefiero la más estricta soledad (salvo escasas excepciones) y el nunca mentiroso silencio. En que todo me parece francamente inútil o, en el mejor de los casos, prescindible. No sé si esto es estar "deprimido", no creo. Creo, más bien, que estoy cansado. Un poco agobiado, y creo, a riesgo de sonar exageradamente pelotudo, que facebook tiene gran parte de la culpa.
  Mantuve mi facebook totalmente libre de pelotudos durante mucho tiempo, casi como mi vida. Hice también allí un culto del silencio y del ostracismo, del "menos es más", y cuando hablo de eso también me refiero a la cantidad de contactos. Puedo todavía contar con los dedos de una mano la cantidad de solicitudes de amistad que mandé. Y sí, hay algo de orgullo en eso que digo. Es el orgullo de la soledad. Es la contradicción del que se odia a sí mismo (otra exageración, más bien una "simplificación estilística", o quizás subestime enormemente a mis interlocutores, vaya uno a saber) pero que se ofrece como un premio, un pequeño lujo.
  Pero entonces, ¿qué estoy queriendo decir? Porque ya me estoy dando asco con todo esto que digo (eso es cierto, ahí no exagero), cuando lo que quiero decir es más simple, y divertido: tengo ganas de abrirme una página de facebook, una de esas en las cuáles se puede poner "me gusta", llena de fotos tiernas con frases pelotudas. Perdón, no "pelotudas", solamente ingenuas, extremadamente positivas, poco inspiradas, simplistas, pseudo-espirituales, en fin, inútiles y prescindibles. Porque estoy cansado, agobiado de leer esos discursos prefabricados sobre fondos coloridos que tan de moda se pusieron. Y porque me parece gracioso, siempre me divirtió mucho esto que a veces me gusta hacer, emular un discurso pero vaciándolo de su... ¿funcionalidad? Sí, sería eso: diré lo mismo, intentaré decir lo mismo, pero sólo por decirlo. Y eso que es gracioso, puede ser hiriente, hasta pedante para otras personas. Entonces me pregunto: ¿por qué tengo que hacerlo? ¿Por qué cuando decir cualquier otra cosa es inútil, esto no lo es, habiendo además probado que me puede traer problemas? Quizás porque es divertido, sí. Quiero jugar a que hablo otro idioma, a ver si alguien piensa que lo hablo realmente, y no que es una charada.
  Pero no, realmente, es una mierda. Es una forrada. Aunque tengo aceptado que soy bastante mierda y forro (y no digo que esté mal), pero es para problema. ¿Por qué el resentimiento pareciera ser mi único combustible? Complicado. Quizás viva equivocado, quizás necesite cambiar de rumbo, ayudado por la lectura de frases como esta:

"El viento sopla para todos, pero está en cada uno pescar la melodía que al espíritu regocija"

o

"De nada sirve enojarse. Ante aquel que no te entiende, ofrécele tu amor sazonado con la distancia, pues todos somos hermanos"

o

"Si te molesta lo que pongo en facebook, simplemente configurá tu cuenta para que no te aparezca como noticia cada huevada que publico. Ahora, si estás esperando ver las eventuales fotos en bikini de mis vacaciones en cuanto las suba, bancatelá, flaco"



  He respirado profundamente cinco veces, y ya estoy mejor. Son mis hermanos y hermanas, y los amo.




Disclaimer: 

Ningún animalito ha sido lastimado durante la redacción de este artículo.

Todos los hechos aquí relatados son estrictamente ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. Cualquier mención referente a otras personas (como cuando dice "pelotudos", ponele) debe ser tomada como parte de un discurso ficticio, sujeto a criterios estéticos y no reales.

domingo, 27 de enero de 2013

Crónicas del cuidacasas: Lanús

  Empiezo mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones. Recuerdo el tiempo en que siempre hacía eso, era el que cuidaba las casas de los que se iban, siempre dispuesto con mi guitarra y una caja de 20 patis, no necesitaba nada más. Recuerdo mis relaciones en esa época, quiénes estaban en mi vida y qué significaban. Todas esas relaciones cambiaron, algunas radicalmente, algunas dejaron de existir. Me siento solo, siento que algo hice mal, instantáneamente pienso (porque pensar y sentir son cosas bien diferentes) que nunca hice nada, que todo lo que llegó así de fácil se fue, que lo que queda está pero no por mí, no por lo que yo haga. Quizás sí por lo que deje de hacer, quizás todas las omisiones que (creo que) me definen son las que permitieron que ciertas personas se acercaran, aprendieran a compartir cosas conmigo, y que eventualmente se fueran. Algunas para volver, otras para intentarlo, algunas de esas últimas consiguiéndolo, otras no (la elección de la palabra "persona" en esta parte del texto le debe todo a su género). Pienso eso mientras frío unas milanesas, las milanesas más ricas que comí en mi vida (por suerte mi madre no leerá nunca esto, pero mejor no pensar en quién puede llegar a hacerlo), y recuerdo otra época, más cercana en el tiempo pero casi tan remota en el sentimiento (horrible, buscar otra palabra después, seguir escribiendo por ahora, pero hacer ALGO con esta oración después), me recuerdo cocinando con alguien, cagándonos de la risa secando el aceite de las milanesas con papel higiénico porque SIEMPRE nos olvidábamos de comprar rollo de cocina. Era feliz, ese momento era la felicidad, esa risa compartida. ¿O sólo yo me reía? ¿A ella le molestaba? Ya no sé, luego de tanto tiempo siento (que no es lo mismo que "pienso", claro está) que eso le molestaba, que eso era todo lo que le molestaba, que esa podía ser la célula del bendito fractal del fracaso, del desamor, del hastío. Ojalá, prefiero hacerme el boludo, prefiero no pensar en cosas más importantes, en cosas que explicarían por qué estoy en mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones, otra vez.

viernes, 18 de enero de 2013

Ventanas


  Nunca te vi más que unos segundos, y siempre a través de la ventana. Supongo que estabas en tu casa, que ese era tu living, que esa era tu mesa, que servías la comida para tu familia, aun sin saber tu lugar ahí. Por momentos me parecías la hermana mayor, por otros te veía como la madre, pero no, no podía ser, eras tan joven. El evidente patriarca, tan gordo, tan viejo, tan desagradable. Debía ser tu padre, tu tío. Aunque una tensión sazonaba la relación entre ustedes, lo intuía.
  La primera vez sólo lo vi a él. De hecho, así fue por semanas. Pero algo en él me llamaba la atención, con sólo verlo sabía de tu existencia, no podría precisar por qué. Me divierte pensar que era un asunto de composición, de contrapeso pictórico, o vaya a saber qué. Lo cierto es que, la primera vez que te vi, ya te conocía. Y cada nuevo paso por esa ventana, por esa casa a dos cuadras de la mía, me revelaba un nuevo detalle que yo ya conocía. Tu piel morena, tu sonrisa tímida, tu pelo oscuro, tan bello en esa trenza, tan bello cuando suelto. Aprendí que suelto lo llevabas estando sola. Y también aprendí que comenzaste a usarlo en trenza aun estando sola, porque me esperabas, porque sabías que pasaría y te miraría. Y allí, a través de la ventana, y por solo una trenza, comprendí que eras mía de alguna manera, y que yo era tuyo, que mis pasos en tu vereda ya te pertenecían.
  Aprendimos a hacer de cada ventana (porque así bauticé cada uno de nuestros encuentros) algo especial. Un día, me dabas una risa. Al otro, me ofrecías tus ojos cerrados, descansando en tu silla de mimbre. Alguna vez acariciaste a alguno de los niños, y ahí dudé, esa caricia podía ser de madre. Pero la única caricia que me interesaba era la de amante, y cuánto me dolió el día que me la ofreciste, el día que acariciaste ese torso peludo y descuidado que se sentaba al lado tuyo (y no, no era tu padre, quizás un tío, cada cual hace lo que quiere), qué dolor placentero.
  Al poco tiempo comencé a ofrecer algo de espectáculo, también. La ventana tenía dos lados, yo bien lo sabía. Me viste detenerme oportunamente frente a tu familia para encender uno de mis cigarrillos. Me oíste cantar, caminando tranquilo bajo la llovizna. Me viste al resguardo de tu balconcito, en días de tormenta. Me viste guiñarte un ojo, insinuarte un beso, pensarte desnuda.
  Quizás me hayas soñado, como yo. El universo tiende a la simetría, tengo eso de mi parte. Quizás nos encontráramos allí, en esos sueños que invadían también la vigilia, desnudos y felices. Quizás también soñaras que mataba a tu padre (quizás lo fuera, finalmente), que comía sus ojos frente a tus hijos/hermanos, que me sentaba yo a la mesa con el torso desnudo, que cerraba la ventana. Quizás soñaras con mi voz.
  Pero hoy el espectáculo iba a ser diferente, casi cruel. Pensé en tomar otra calle, caminar algunas cuadras más para desviarme de una ventana que no sería justa, pero volví a pensar en la simetría, y quizás pudiera devolverte la caricia de amante que me habías ofrecido. Marina venía finalmente a mi casa, caminaría con ella esas cuadras, tomándola tímidamente de la cintura, sin saber si me correspondía. El destino (es decir, Marina) quiso que nos besáramos justo frente a tu ventana, nuestro primer beso, el primero de muchos que finalmente olvidaré, porque yo pensaba en vos, en la ventana, en cómo no estabas ahí para verme porque adivinaste todo de antemano y sabés que ya no te necesito.