Empiezo mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones. Recuerdo el tiempo en que siempre hacía eso, era el que cuidaba las casas de los que se iban, siempre dispuesto con mi guitarra y una caja de 20 patis, no necesitaba nada más. Recuerdo mis relaciones en esa época, quiénes estaban en mi vida y qué significaban. Todas esas relaciones cambiaron, algunas radicalmente, algunas dejaron de existir. Me siento solo, siento que algo hice mal, instantáneamente pienso (porque pensar y sentir son cosas bien diferentes) que nunca hice nada, que todo lo que llegó así de fácil se fue, que lo que queda está pero no por mí, no por lo que yo haga. Quizás sí por lo que deje de hacer, quizás todas las omisiones que (creo que) me definen son las que permitieron que ciertas personas se acercaran, aprendieran a compartir cosas conmigo, y que eventualmente se fueran. Algunas para volver, otras para intentarlo, algunas de esas últimas consiguiéndolo, otras no (la elección de la palabra "persona" en esta parte del texto le debe todo a su género). Pienso eso mientras frío unas milanesas, las milanesas más ricas que comí en mi vida (por suerte mi madre no leerá nunca esto, pero mejor no pensar en quién puede llegar a hacerlo), y recuerdo otra época, más cercana en el tiempo pero casi tan remota en el sentimiento (horrible, buscar otra palabra después, seguir escribiendo por ahora, pero hacer ALGO con esta oración después), me recuerdo cocinando con alguien, cagándonos de la risa secando el aceite de las milanesas con papel higiénico porque SIEMPRE nos olvidábamos de comprar rollo de cocina. Era feliz, ese momento era la felicidad, esa risa compartida. ¿O sólo yo me reía? ¿A ella le molestaba? Ya no sé, luego de tanto tiempo siento (que no es lo mismo que "pienso", claro está) que eso le molestaba, que eso era todo lo que le molestaba, que esa podía ser la célula del bendito fractal del fracaso, del desamor, del hastío. Ojalá, prefiero hacerme el boludo, prefiero no pensar en cosas más importantes, en cosas que explicarían por qué estoy en mis vacaciones cuidando la casa de alguien que se fue de vacaciones, otra vez.
domingo, 27 de enero de 2013
Crónicas del cuidacasas: Lanús
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Cuidacasas se nace,
De esa vez en que casi pierdo a mi amigo,
Egocentrismo en su estado más puro,
Exceso de comas,
Fractales (o "explicación matemática de la vida"),
Ideas circulares y/u opuestos que se tocan,
La nada misma,
Por qué soy un pelotudo,
Pruebas de mi paso por la Tierra
viernes, 18 de enero de 2013
Ventanas
Nunca te vi más que unos segundos, y siempre a través de la ventana. Supongo que estabas en tu casa, que ese era tu living, que esa era tu mesa, que servías la comida para tu familia, aun sin saber tu lugar ahí. Por momentos me parecías la hermana mayor, por otros te veía como la madre, pero no, no podía ser, eras tan joven. El evidente patriarca, tan gordo, tan viejo, tan desagradable. Debía ser tu padre, tu tío. Aunque una tensión sazonaba la relación entre ustedes, lo intuía.
La primera vez sólo lo vi a él. De hecho, así fue por semanas. Pero algo en él me llamaba la atención, con sólo verlo sabía de tu existencia, no podría precisar por qué. Me divierte pensar que era un asunto de composición, de contrapeso pictórico, o vaya a saber qué. Lo cierto es que, la primera vez que te vi, ya te conocía. Y cada nuevo paso por esa ventana, por esa casa a dos cuadras de la mía, me revelaba un nuevo detalle que yo ya conocía. Tu piel morena, tu sonrisa tímida, tu pelo oscuro, tan bello en esa trenza, tan bello cuando suelto. Aprendí que suelto lo llevabas estando sola. Y también aprendí que comenzaste a usarlo en trenza aun estando sola, porque me esperabas, porque sabías que pasaría y te miraría. Y allí, a través de la ventana, y por solo una trenza, comprendí que eras mía de alguna manera, y que yo era tuyo, que mis pasos en tu vereda ya te pertenecían.
Aprendimos a hacer de cada ventana (porque así bauticé cada uno de nuestros encuentros) algo especial. Un día, me dabas una risa. Al otro, me ofrecías tus ojos cerrados, descansando en tu silla de mimbre. Alguna vez acariciaste a alguno de los niños, y ahí dudé, esa caricia podía ser de madre. Pero la única caricia que me interesaba era la de amante, y cuánto me dolió el día que me la ofreciste, el día que acariciaste ese torso peludo y descuidado que se sentaba al lado tuyo (y no, no era tu padre, quizás un tío, cada cual hace lo que quiere), qué dolor placentero.
Al poco tiempo comencé a ofrecer algo de espectáculo, también. La ventana tenía dos lados, yo bien lo sabía. Me viste detenerme oportunamente frente a tu familia para encender uno de mis cigarrillos. Me oíste cantar, caminando tranquilo bajo la llovizna. Me viste al resguardo de tu balconcito, en días de tormenta. Me viste guiñarte un ojo, insinuarte un beso, pensarte desnuda.
Quizás me hayas soñado, como yo. El universo tiende a la simetría, tengo eso de mi parte. Quizás nos encontráramos allí, en esos sueños que invadían también la vigilia, desnudos y felices. Quizás también soñaras que mataba a tu padre (quizás lo fuera, finalmente), que comía sus ojos frente a tus hijos/hermanos, que me sentaba yo a la mesa con el torso desnudo, que cerraba la ventana. Quizás soñaras con mi voz.
Pero hoy el espectáculo iba a ser diferente, casi cruel. Pensé en tomar otra calle, caminar algunas cuadras más para desviarme de una ventana que no sería justa, pero volví a pensar en la simetría, y quizás pudiera devolverte la caricia de amante que me habías ofrecido. Marina venía finalmente a mi casa, caminaría con ella esas cuadras, tomándola tímidamente de la cintura, sin saber si me correspondía. El destino (es decir, Marina) quiso que nos besáramos justo frente a tu ventana, nuestro primer beso, el primero de muchos que finalmente olvidaré, porque yo pensaba en vos, en la ventana, en cómo no estabas ahí para verme porque adivinaste todo de antemano y sabés que ya no te necesito.
sábado, 12 de enero de 2013
Te veo
Te veo. Una vez al mes, por lo menos, te cruzo en alguna esquina (¿para qué fingir? siempre es la misma esquina, la que cruzo cerca de veinte veces al día). Y es una bofetada, un segundo en que no entiendo bien qué pasa, siento como si alguien tomara mi cerebro con unos dedos finísimos y helados y lo rotara, apenas algunos grados, pero lo moviera, lo sacara de su eje. Siempre estoy apurado, generalmente cruzando la calle, o vigilando con ansiedad el semáforo, y te veo. El cerebro entonces se mueve, y yo me detengo. Es un segundo, como decía, aun menos, pero todo se trastoca hasta que entiendo que no, que no sos vos. Que no podés ser vos, que vos te fuiste, que ya no estás, que estás muerta. ¿Y si no fuera así? Porque eras vos, pero ya me cruzaste, ya no puedo verte y el semáforo me apura, y quedo pensando, ¿y si era ella? Y vuelvo a la rutina, a la realidad, pero a partir de ahí comienzo a rememorar, a repasar, a intentar entender qué es lo que pasó, quién fuiste, quiénes fuimos. Veo a tu padre tocando el timbre de mi casa (¿seguía siendo mi casa?), preguntando por vos, que no la escondieran. Veo a mi madre confundida, escucho otra vez el relato, y a medida que el relato envejece, va convirtiéndose en leyenda, se van agregando mitos. De repente, mi madre recuerda una llamada de alguien que no contestó al "hola", que cortó, y que cortó porque le respondí desganada, porque estaba acostada, y ella se dio cuenta y no respondió, ¿sabés? Pero no es la única que carga con una culpa como esa. Mi tía también tiene una historia parecida. Una llamada que nunca supo precisar cuándo fue realizada, con un mensaje en el correo de voz descubierto después de sabida la noticia, que sólo decía "flaca, por favor, ayudáme". Mierda, si hasta yo tengo una pieza del rompecabezas: un mensaje de texto, días antes, que no contesté, quizás porque no tenía crédito, quizás porque no sabía qué decirte. Veo después tu cuerpo colgando del techo, oscilante (una visión altamente cinematográfica, ¿por qué se movería el cadáver, por qué no colgaría inerte?), lo veo con los ojos de mi padre, y yo también digo "no me lo voy a olvidar más".
¿Y si eras vos? ¿Y si lo que cuentan no es así? ¿Y si, por alguna razón, pudiste escapar de todos nosotros, y ahora caminás tranquila por Corrientes? ¿Y si lo que haga tu hermana por fin te chupa un huevo, si ya te olvidaste de tu ex-marido, si ya dejaste de preocuparte por tu hija? ¿Pero por qué no me ves, por qué no me saludás? ¿O era mentira que yo era la persona que más querías, la mejor persona que llegaste a conocer? Era mentira, sí, pero no porque me mintieras, yo sé que eras completamente sincera, pero estabas confundida. No sé qué esperabas encontrar en mí. Siempre me asustó tu deseo de engancharme con tu hija. Pobre piba, me jurabas y perjurabas que estaba loca por mí, enamoradísima. No me hacía gracia tu fabulación, en ese momento era un insulto, ¿qué mina podía verme con admiración, con deseo? Te burlabas, y yo te perdonaba, porque sabía que eras sincera, pero estabas confundida. Y desesperada, no sé qué buscabas que le diera a tu hija, y quizás por eso no te respondí el mensaje, no porque no tuviera crédito, sino porque, ¿qué podía ofrecerle yo a tu hija, que realmente no me conocía? ¿Por qué me pedías que le hablara, que ella me extrañaba? Sólo era una carnada, ofrecías la carne joven de tu propia prole para conseguir unas palabras, aunque sea unas míseras palabras, pero pronto intentarías convertirlas en palabras de afecto, y eso me costaba tanto...
Siempre me sorprendió tu efusividad, pero lo peor era tu necesidad de reciprocidad (dad, dad, dad, inconscientemente me reprocho tanto, aún ahora), yo no podía contestar a tus "¿me querés?", no podía hacer lo más fácil, "sí, Raquel, te quiero mucho", no me salía, y podía ver el dolor en tu rostro. Me decía que era tu culpa, que no se le puede preguntar a otro si a uno lo quieren, pero acá estoy, Raquel, preguntándolo como un salame y acordándome cada vez de vos, desconfiando de las respuestas porque tu evocación es también la de tu hija, esa piba que afirmabas que me amaba cuando yo era un gordo gil al que ninguna mina podía soportar cerca.
Lo cierto es que no estás, pero te veo. Te veo y me obligás a mirar las piezas, el montón de piezas en el suelo y el tablero que pateaste.
viernes, 14 de diciembre de 2012
Pose
No era un suicidio. Más bien era un juego, tenía sus riesgos y ponía mucho en manos del azar, pero no se suponía que fuera un suicidio. Hasta que perdiera, claro. Pero aún así, ¿quién podría separarlo de un accidente de tránsito cualquiera? Quizás le arruinara la vida al conductor que eventualmente se convirtiera en su verdugo, pero así es la vida. Esa idea, quizás, era una de las que más lo divertía: poder trasladar el sufrimiento, hacer de la vida de otro un calvario, y acabar con la suya. Aunque no era seguro que muriera tampoco, por lo que su propia vida se transformaría en un peor calvario ("en uno real", decía una de las voces de su cabeza, la que estaba en contra del juego), pero, una vez más, así es la vida, macho.
Las reglas eran simples. Se pararía en la esquina, en esa esquina, la de tantos hermosos recuerdos que ahora no eran nada, sólo el recordatorio de que nada tiene valor, de que todos te mienten ("ay, pobrecito", decía la voz), de que es muy fácil malinterpretar todo y vivir en una nebulosa. ¿En una nebulosa? En una nube de pedos, las cosas por su nombre, basta de tanto dramatismo poético y cruzá la calle, dale.
Se pararía en la esquina, entonces. Serían las tres de la mañana (ahora eran las dos y cincuenta y dos), habría poco tránsito. Miraría a los costados, esperaría a no ver autos a la distancia. Cerraría los ojos. Se taparía los oídos. Esperaría quince segundos, contando en voz baja. Y ahí, recién, cruzaría. Caminaría a paso tranquilo pero sostenido. Llegaría al otro lado (¿llegaría?). Y seguiría con su vida, para citarse allí la próxima semana ("o no, porque existe la posibilidad de que dejes de actuar como un idiota, no hay que perder las esperanzas", decía).
Por dentro reía, estaba contento. Le parecía un gran juego, creía (una parte de él, nunca él entero) que estaba iniciando algo importante, le contaría a sus amigos y lo imitarían, era tanto más divertido e impresionante que quemarse o cortarse o todas esas cosas que ya lo aburrían, nunca pasaban de una pose. Él estaba dando un paso más allá. Se imaginaba la reacción de sus padres, de sus profesores. Era una genialidad.
Dos y cincuenta y siete. Se veían algunos taxis, mejor era no apurarse. ¿Y si ella estuviera volviendo de algún boliche? Cabía la posibilidad, era la noche en que ellos salían, podía estar ahora volviendo con otro pibe. Pero no, seguro que el pibe nuevo tiene auto ("ay, pobrecito"), la deja en la casa, no pasa por acá. ¿Y si pasa? ¿Y si me ve? Mejor aún: ¿y si lo pisaba?
La voz arremetió una última vez. Lo mismo de siempre: dejá de hacer teatro, dejá de crear rituales, dejá de pensar en esa piba, dejá de ser tan pendejo. Pero ya no pensaba en esa piba. Estaba haciendo teatro, sí. Pero su espectadora era otra. Él pensaba en Jessica, y en cómo la impresionaría su sufrimimento, su despecho, su desapego por la vida, su temeridad. Esto no era escribir poemas o hacer temas con su banda: esto era algo más, esto era el próximo paso, sí ("siempre y cuando no te pisen, ¿no?").
Cerró los ojos, se tapó los oídos con mucha fuerza, hasta comenzar a escuchar los latidos de su corazón, y los sonidos que imaginaba que pertenecían a una noche como esa. Uno, dos, tres, cuatro, ¿era eso un motor?, seis, un ojo se le abrió pero lo cerró al instante, ocho, nueve, diez, no se escucha nada, doce, esos bocinazos son sólo en tu cabeza, catorce, quince, y adelante. Comenzó a caminar bastante más rápido de lo planeado, por lo que se obligó a bajar el ritmo hasta hacerlo realmente lento, para compensar, y luego de unos pasos lo aceleró. "Debo parecer un borracho", pensó, pero con la voz que aprobaba su plan, la voz que pensaba mucho en cómo lo podían ver los demás. Caminó y la avenida parecía no terminar, podía imaginar los paragolpes que se encargarían de triturar sus huesos y sonreía, su cabeza estaba plagada de bocinazos ficticios, de frenadas inexistentes, el miedo lo estimulaba, pensaba en Jessica, pensaba en las tetas de Jessica, estaba excitadísimo, Jessica desnuda, Jessica jadeando, apuró el paso, Jessica mordiéndose los labios, Jessica comiendo un helado con él, Jessica empapada de helado, desnuda, Jess--
Comenzó a llorar aún antes de abrir los ojos, y ni siquiera intentó levantarse. Estaba a salvo ("¿a salvo de qué?"), en la vereda. Todo le daba vueltas, el sabor de la sangre era tan intenso que tuvo que reprimir un vómito. Ahora ya podía ver, las lágrimas fluían pero ya no estaba tan mareado. La calle estaba desierta, por suerte, y comprendió que había tropezado con el cordón, que no había previsto que caería justo contra el poste de luz, que se había roto los dientes, veía dos ahí mismo, en el suelo, y la sangre le manchaba la ropa. Lloraba, se sentía un imbécil ("se sabía un imbécil", me corrige la voz), y ahora ya no tenía chances con Jessica, porque está bien hacer un culto del dolor pero a nadie le gusta un pibe sin dientes.
miércoles, 28 de noviembre de 2012
El ermitaño
"- Tenés que pensar menos y actuar más. No sirve de nada ser tan cerebral. Acordate de que tenés un cuerpo.
- Para lo que me sirve..."
- ¿Me vas a dejar acá, pedazo de hija de puta?
Su grito fue apenas audible, él sabía bien que ella intuiría la puteada sin estar segura de que existiera. Varios metros los separaban, y el viento de la playa ayudaba a enmascarar su exabrupto. Pero contaba con eso, contaba con la incertidumbre como aliada, apelaba a su enfermiza curiosidad, a su inseguridad. Si ella se iba, se iría con la duda de si él realmente la despedía con una puteada (y con una francamente agresiva). Podría estar enojada, pero esa duda más que avivar su ira, la acercaría a una reconciliación, a una relectura de los hechos. La haría volver. Y entonces, él tendría el poder.
Porque de eso se trataba. Era una eterna lucha de poder. Y él siempre ganaba. O eso creía, en realidad también era manipulado y pagaba tributos estúpidos adecuándose a sus caprichos (los de ella, se entiende). Allí, enterrado en la arena, intentó pensar qué método utilizaba ella, qué cosas hacía entonces él para aplacar sus malhumores, qué le ofrecía para volver entre sus brazos. Al revés era más simple, ni había que pensar demasiado. Era casi un acuerdo tácito. Él lo había bautizado "el pete culposo". Una deliciosa victoria, casi la única meta a perseguir dentro de la relación. Lo que decía: una eterna lucha de poder.
Después de unos minutos ya no alcanzaba a verla. Sabía que seguía alejándose, no podía estar volviendo, no tan pronto, pero ya volvería. Debía planear sus próximos pasos. Se le presentó un plan obvio, simple: la completa inacción. Permanecería allí, enterrado en la arena, sólo con la cabeza por fuera, esperando. No saldría a buscarla, no volvería al departamento, ni siquiera se mandaría a mudar para volver, indiferente, días más tarde. No. Se quedaría allí. Otorgaría su cabeza en sacrificio. Se quemaría (aunque no tanto, ya eran las cuatro y media, el sol no lo maltrataría demasiado), portaría una piel violácea como recordatorio de su desplante, alegaría calambres, una imposibilidad para desenterrarse hasta pasada la noche, cuando una pareja casualmente lo encontró casi inconsciente. Podría ser verdad, podría hacerlo verdad. Podría terminar en el hospital, era bueno actuando malestares, y, finalmente, ¿qué le importaba si del hospital lo terminaban echando? Lo importante era haber pasado por ahí, haber obligado a que alguien la llamara comunicando la noticia.
- ¿Podemos jugar con usted, señor?
Pendejitos. Nunca faltan.
- No, nene. Andá con tu mamá, o con la forra que sea que te cuida, y no me rompas las pelotas. Y ni se te ocurra tocar mis cosas. A vos te digo, pendejo. Rajen de acá.
Quiso levantar el brazo, haciéndolo surgir violentamente desde debajo de la arena, pero no fue capaz. Su plan ya había comenzado a funcionar. Sintió algo de miedo, supo que otra vez ocurriría así, la autosugestión era una herramienta poderosa; sabía que ahora no podía mover ninguna de sus extremidades, así como cuando adolescente, al querer faltar a las clases de educación física, su cuerpo le regalaba tremendas migrañas. Para eso le servía su cuerpo. Para responder a los enfermizos caprichos de su cerebro, y para poco más que eso. Así que resolvió esperar. Quizás dormir. Aprovecharía las últimas horas de sol para quemarse, y luego podría (¿podría?) marcharse. Dependería de su cuerpo, claro. Pero también contaba con la pareja salvadora. Su plan era perfecto, tan simple. Sí, tanto mejor era que no pudiera moverse realmente. Tanto mejor si comenzaba a llorar, tanto mejor si se desmayaba, si comenzaba a deshidratarse. Así aprendería ella.
Soñó con hierros ardientes, se soñó vaca, le marcaban la frente, marchaba al matadero. Luego mutaba, se incorporaba sobre sus patas traseras, los hierros le quemaban los ojos, lo dejaban ciego, lo obligaban a volver a sus cuatro patas, lo sometían, quería gritar, no tenía boca, luego sí la tenía, pero era un orificio pastoso y lleno de pus, nada podía hacer, marchaba al matadero. El enorme estruendo de una sirena llenaba la sala (estaba en una sala, él era la única vaca, había personas desnudas, casi muertas, eran enormes, deformes, marchaba al matadero). Los oídos le comenzaban a sangrar, no tenía ojos, no tenía boca, no tenía oídos, cruzaba la puerta hacia el matadero, iba solo, la sirena lo despertaba. Era el sonido de su celular, alguien lo llamaba. Debía de ser ella, ya era de noche. La cabeza se le partía de dolor, todavía estaba confundido por el sueño, no sabía qué sensaciones le correspondían a su cuerpo real. Sentía la sangre en sus oídos, la cabeza le latía, caliente, por lo menos veía, sus ojos estaban en su lugar. Su boca era un orificio pastoso. Y el celular sonaba. Dejó de sonar cuando logró despertarse del todo, habiendo terminado el recuento de sensaciones reales. Ya no aguantaba más, se le había ido de las manos: ella no había vuelto y él se sentía al borde de la muerte. O quizás, ella había vuelto para luego marcharse. Pero no, no podía ser tan cruel... Qué hija de puta, seguro había vuelto. No, no podía ser. "¿Y quién es el que duda ahora, pelotudo?". Todo le había salido mal. No, no, él todavía estaba en control de la situación, sólo estaba aturdido, todavía no se recuperaba del sueño, y la cabeza le daba vueltas.
Tenía que salir de ahí, terminar con la charada, ya era suficiente. Su cuerpo debía evidenciar el deterioro, podía hacerla sentir culpable, ahora lo importante era salir de ahí. Vivir. Estaba convencido de estar deslizándose hacia la muerte. Pero no podía ser, era ese sueño de mierda, no terminaba de recuperarse del susto. Intentó calmarse. Se concentró en su cuerpo, en el tremendo dolor de cabeza. Intentó moverse. Su fracaso lo desesperó.
El teléfono volvió a sonar. Se esforzó tratando de alcanzarlo, pero era imposible. Su cuerpo no respondía. ¿En qué momento lo había abandonado? Aturdido, no pudo evitar pensar que su cuerpo se había rebelado, emancipado. Que al irse ella, su único vínculo físico con el mundo, perdió todo control sobre su cuerpo. Quiso llorar, pero no pudo. Su cuerpo no se lo permitió. Y esa era la prueba de que no era ella quien llamaba, y de que ella no volvería, jamás. Su cuerpo ya no existía, no tenía una razón de ser. ¿Qué mejor prueba que esa? ¿De qué le serviría el cuerpo, ahora que Raquel se había ido?
Nada tenía sentido. Lo que pensaba era una locura, y ese dolor de cabeza de mierda que no lo dejaba tranquilo. Le dolía, el cuerpo le dolía. Todavía estaba ahí para él. Raquel no importaba, había que salir de ahí. ¿Qué hora sería?
El teléfono volvía a sonar. ¿Por qué nadie se acercaba? ¿Dónde estaba la parejita que se suponía que debía rescatarlo? Intentó gritar, pero tampoco pudo, su garganta estaba seca. Ahí se dio cuenta de la sed que tenía, de todos esos otros dolores que no había alcanzado a detectar, y que ahora pasaban a abrumarlo. Quiso llorar, otra vez sin éxito.
Se volvió a dormir, o a desmayar, ¿qué diferencia había? Despertó, ni siquiera podía mover el cuello. Por el rabillo del ojo, vio algo que se acercaba. Una mancha metálica, un juego de luces que devolvía el brillo de la luna. Se arrastraba, cada vez estaba más cerca. Alcanzó a pedir ayuda, o eso creyó, no sabe si pudo gritar o no. La mancha metálica se convirtió en un objeto reconocible: una caja de chapa, una de esas viejas cajas en las que se guardaban las galletitas. Llevaba años sin ver una de esas. Se olvidó del terror por un momento, y recordó el almacén de su barrio, allá en su infancia, y todas las cajas con galletitas dulces. Una especie de crustáceo salió de la caja, y el terror volvió. Mezcla de caracol y cangrejo, se le subió a la cara. Le clavó dos de sus patas en los ojos. Finalmente logró llorar, y gritar. Otro par de patas se le metió en las fosas nasales, y el resto del cuerpo de la criatura se le metió por la boca, tapando el aullido y asfixiándolo, dándole una muerte lenta y dolorosa. Una vez aferrado a la cara, el cangrejo ermitaño siguió su camino, desenterrando el cuerpo de Martín, ahora convertido en su nuevo caparazón.
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lunes, 29 de octubre de 2012
Confesiones de un porotero
Casi ni podía prestarle atención al monitor. Los números se presentaban en rápidas sucesiones, pero su atención estaba en otro lado. No podía dejar de pensar en la textura y el peso de todos los aromas que lo rodeaban. Estaba perdido en ensoñaciones que diez minutos antes, le estaban vedadas. La droga ya había comenzado a alterarlo. No lo inducía a un estado sinestésico, para eso era necesario que usara también los guantes especiales. Pero le permitía anticipar las sensaciones que los guantes le revelarían. Y no podía dejar de relamerse ante el espectáculo que prometía el culo de Sandra. Qué hermoso culo... Sólo quería acariciar sus pedos, moldearlos, estrujarlos y abrazarlos. Poco le interesaban los números en su estúpido monitor.
- Ramírez, se me está quedando. ¿Le pasa algo?
Imbécil. Le estaba pasando algo, sí. Estaba imaginando la sutil aspereza del aroma a sudor de su interlocutor, la inexplicable sensación verde que sentiría si pudiera calzarse los guantes para tocar ese ácido olor. Le perdonaría ese gesto siempre tan idiota, siempre tan sobrador, si tan solo pudiera sentir entre sus dedos ese aliento a café que su jefe siempre despedía. Se lo imaginaba blando, casi líquido, cubriendo todo su brazo.
- Ramírez... ¿Qué le pasa?
- Nada, señor. Está todo bien. Quizás me haya bajado un poco la presión, ¿podría almorzar ahora?
"Perfecto", pensó. Estaba orgulloso de su salida. Comenzó a imaginar la consistencia del olor a lentejas que despediría su plato. Sabía que no podría tocarlo, no sin los guantes, pero podía imaginarlo, gracias a la pastilla. Podría comer y sentir sin sentir esa especie de algodón inundando su cerebro al tragar el primer bocado. Intentaría que nadie lo viera calentando sus lentejas. Algunos compañeros, medio en broma, medio en serio, ya lo acusaban de "porotero". Acusación acertada, pero que no podía abrazar abiertamente. Nadie malgasta sus noches acariciando sus pedos con un par de guantes sinestésicos para proclamarlo con orgullo. Aunque estaba el caso de esa extraña estrella de rock... De todas maneras, sería demasiado sospechoso, ya que había comenzado a ingerir la pastilla en horarios laborales y emitía inequívocas señales. Como esa pausa antes de llegar al comedor, extasiado ante la puerta abierta del baño con su olor a desinfectante, con esas incontables pelotitas que estallarían como burbujas al intentar atraparlas con sus guantes. Sí, estaba siendo muy obvio. Decidió saltearse el almuerzo y guardar las lentejas para más tarde. Quizás las comiera frías, escondido en el baño. Comer rodeado del burbujeante aroma a desinfectante parecía un plan prometedor.
Se escapó a la terraza. Fumaría un cigarrillo, cualquier cosa antes que volver a su inodoro monitor. Y el humo le recordaría una textura nunca antes probada, ya que no se le permitía fumar dentro de su departamento. Esa era una de las asignaturas pendientes con sus guantes. Pero ese tipo de excentricidades eran lujos, placeres sutiles que sólo podían permitirse los más experimentados poroteros, aquellos que ya habían acariciado sus gases por tanto tiempo que veían aplacada su voracidad inicial, y necesitaban entonces nuevas sensaciones táctiles. También indicaba un estado de soledad avanzado. Bien sabía él que nunca se cansaría de acariciar los pedos de Sandra, o de cualquier otra mujer, sólo quería poder compartir eso con alguna chica. Se sentía tan solo. Y entonces deseaba probar la superficie evocada por el humo de su cigarrillo, que, aún siendo imposible, le parecía más probable.
- ¿Me das fuego?
Sandra estaba a su lado, acercaba su boca fruncida mientras pitaba un cigarrillo todavía apagado. Él le acercó el encendedor y se perdió entre tantos aromas excitantes, el shampoo de coco, el perfume de vainilla, el aliento a menta, y agradeció que no llevara su morral encima, donde escondía sus guantes, ya que no sabría cómo aguantar la necesidad de tomarla allí mismo, de tocar todos sus olores, de desvestirla y acariciar el aroma de sus genitales, de rogarle que se cagara para él. Inclusive imaginaba el momento en que la policía aterrizaba en la terraza y lo reducía, mientras él gritaba "¡tus pedos son lilas, Sandra! ¡Esponjosos pero a la vez firmes! ¡TE AMO, SANDRA!".
- ¿Querías estar solo?
Recibió las palabras mientras le daba la espalda y se alejaba, totalmente atontado. Sabía que se arrepentiría, que esa era la primera vez que ella le dirigía la palabra, que ese culo estaba ahí, a tan corta distancia.
Se obligó a retomar el contacto con su monitor. Con los números de siempre. Intentó trabajar por algunos minutos, pero se le hizo imposible. Deslizó su mano dentro del morral, vigiló que nadie lo observará y buscó el doble fondo donde escondía su más vergonzoso secreto. Sin sacar la mano del morral, se puso uno de los guantes. Las sensaciones lo impactaron de inmediato: guardaba sus guantes junto con varios desperdicios olorosos. Siempre tenía una dosis fuerte ahí, a su alcance. Vio a Sandra volver de la terraza, cruzar los diversos pasillos y dedicarle una breve mirada. Él le sonrió, perdido entre los placeres sinestésicos. Esa noche compraría un perfume de vainilla antes de volver a su departamento. Y sería el punto alto del año.
sábado, 27 de octubre de 2012
Anestesia retroactiva
Sueño con anestésicos anacrónicos. O no, mejor sería llamarlos anestésicos retroactivos. Algún tratamiento, algún proceso, alguna pastilla que quite el dolor del pasado. No el de ahora, por ese no se puede hacer nada, lo que duele ahora duele y no hay nada que hacerle, o sí, quizás podés usar las anestesias más conocidas. Por eso, el tema del dolor de ahora quizás pueda cubrirlo: podría fumar y llorar y reír y ese dolor sería otra cosa. Pero me preocupa el dolor del pasado, el dolor que sentiré en el futuro al pensar en el día de hoy.
Y así es que sueño. Me propongo esa fantasía: entrar a un consultorio, que te enchufen algunos electrodos en la cabeza y comiencen a enviar una anestesia hacia atrás en el tiempo. Imagino que podría escribir un cuento. Imagino que sería muy obvio que es apenas una variación de "Eternal sunshine of the spotless mind", pero la idea me sigue pareciendo atractiva, más que nada por su utilidad. Yo voy a necesitar eso, ya mismo lo estoy necesitando. No quiero eliminar recuerdos, eso es poco práctico. Sólo quiero quitarle el contenido emocional. Quisiera poder conservar todos esos momentos tremendamente vergonzosos de mi vida (yo perdiendo el control de mi modulación al hablar delante de una clase, yo en una pileta viendo por primera vez una concha, yo equivocándome frente un grupo de snobs odiosos pero amables, yo queriendo deshacer 1.500 kilómetros en un segundo, yo preguntando por un bebé muerto, no, no era yo, era otra persona, pero en ese momento era una confusión normal, yo escuchando que nunca me quisieron realmente, yo imaginando que nunca me quisiste realmente), la "película de mi vida" (qué expresión de mierda) no tendría sentido quitándole esos pedacitos. Yo sólo quiero rememorarlos y que me chupe un huevo. Quiero ver esas caras y no sentir nada. Ni dolor, ni nostalgia, ni odio, ni tristeza. Nada de nada. Ya lo sentí en su momento. Ahora (mañana), que me dejen en paz.
Imagino el cuento. El paciente soy yo. Siempre estoy yo en mis cuentos. ¿Cuentos? En fin... E imagino todas esas situaciones vergonzosas, y apenas las modifico un poco, y las cuento, y me exorcizo un poco. Quizás alguien lo lea y se ría. O yo lo lea después y me ría. Suelo reírme después de leer lo que escribo. Cuando ya olvidé que lo había escrito. Pienso eso y me duele un poco menos.
Pero aún me duele demasiado, y no quiero sentarme a escribir un cuento. Porque no quiero escribir nunca más. Y no quiero sentarme a hacer nada nunca más. Quiero re-cagar a trompadas al colectivero que está frenado en un semáforo y no me abre la puerta, me acerco, le golpeo, me dice brevemente que no, le hago con gestos un patético "por favor" y ni me mira. Me quedo ahí, y el tipo sigue mirando para adelante. Lo quiero matar. O quiero que él me mate. Eso quiero, quiero escribir ese cuento, el del colectivero que no le abre al chabón, y el chabón lo empieza a insultar y le patea el bondi, y ahí sí el colectivero abre, y cuando yo (porque siempre soy yo) le empiezo a decir "ah, ahora sí me abrís, infeliz, si te pido por favor ni me mirás, pero si te empiezo a insult--" y ahí nomás (porque en mis cuentos siempre la gente se interrumpe) me surte, me pega con algún fierro o algo y termino en un hospital. Y la primera cara que veo al despertar no es la de ella, y pregunto si ella llamó o si sabe algo, porque me olvidé que ella ya no me va a llamar ni le importa lo que me pase. Me encanta ese final.
Quería escribir eso también, sí. Pero no tengo fuerzas para escribir. Me duele mucho.
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viernes, 31 de agosto de 2012
Para el orto
"Todavía me querés?"
Su corazón se aceleró y dentro de su cerebro se arremolinaron cientos de pensamientos, amenazando con hacerle perder la razón allí mismo, en ese instante. Como el universo necesita del equilibrio constante para subsistir, el tiempo fuera de su conciencia se hizo lento, lentísimo, ofreciendo un contrapeso a esa vorágine de sentimientos dormidos.
¿Cómo que si "todavía la quería"? ¿Qué pregunta era esa? Una muy buena pregunta, pensó. Una pregunta que él, todavía, no se había animado a hacerse. "Es que la respuesta es obvia". No. No lo era. No sabía la respuesta.
Pero antes de empezar a intentar desentrañar la respuesta, se encontró con el misterio que proponía la pregunta. ¿Qué significaba ese mensaje de texto? ¿Por qué ahora? ¿Acaso ella lo quería? La pregunta parecía estar diciendo eso, justamente. Preguntarle a alguien si te quiere es decirle que lo querés. ¿Entonces ella lo quería? De hecho, jamás debiera haber dudado de ello. La última vez que se vieron, cuando ella lo dejó, intentó dejarle en claro que siempre lo querría, y que, a pesar de irse con otro hombre, la separación le dolía enormemente.
Entonces, revivió la bronca. "Todavía me querés?". Te fuiste con otro. Se había ido con otro, ¿cómo quererla? Le había roto el corazón, ¿cómo quererla? Le había dicho a la cara que no, que pretendía no volver a verlo, que prefería priorizar una relación con un tipo superficial al que casi ni conocía. ¿Cómo quererla, entonces? ¿Cómo quererla, cuando tuvo que odiarla para poder dejarla ir?
"Todavía me querés?". Pero eso cambiaba todo. Se sintió insultado, es cierto, pero al mismo tiempo transportado hacia un pasado feliz, un pasado cuya felicidad él mismo había enterrado y olvidado. La quiso. La quiso, la quería. La quiso, la quería y la iba a querer.
Pero no, el dolor, el orgullo herido, eso también volvió. Ya la había olvidado, pero no sólo había olvidado que la quería, sino que la odiaba. Que le deseó desgracias por un tiempo. Que habló pestes de ella a los amigos en común, intentando contaminar su mundo con ese veneno que, a fin de cuentas, era de su autoría. "Todavía me querés?". ¿Qué era, un chiste? ¿Una venganza, quizás? ¿Pero por qué? ¿Qué había hecho él? Bueno, además de hablar pestes de ella, claro. Pero estaba en todo su derecho, existe tal cosa, ¿verdad? "El derecho del abandonado". Derecho de odiar y actuar de manera irracional, infantil, casi perversa. ¿Qué hacer, si no? Ella con otro tipo, lo más tranquila, ¿y él? Que por lo menos lo dejaran hablar mal de ella. Era lo menos que podían hacer. ¿Quiénes? En fin...
"Aunque todavía la quiero", pensó. Sí, el odio estaba ahí. Pero también estaba ahí todo lo demás. Y sólo necesitó imaginarla una vez más acomodándose el pelo detrás de la oreja. Ahí mismo supo lo que tenía que contestar.
Siete segundos pasaron, y eso es todo lo que él pensó luego de haber leído el "Todavía me querés?" de la pantalla de su celular. Siete segundos, para que esa misma pantalla volviera a iluminarse con un mensaje nuevo, de la misma persona.
"ay no me equivoque no era para vos perdonperdonperdon"
Pasaron siete segundos más. En esos siete segundos él no pensó demasiado. Sólo se vio invadido por una inmensa tristeza, una tristeza familiar a la que le había perdido el rastro. Pasaron siete veces siete segundos, y se escuchó decir en voz alta "¿Por qué?" varias veces, luego de sentarse en el suelo. Siete segundos después lloraba y reía al mismo tiempo.
"Perdoname! La psicóloga se va a reír cuando le cuente. Aprovechemos que me equivoqué, hace mil que no hablamos. Cómo andás?"
Su corazón se aceleró y dentro de su cerebro se arremolinaron cientos de pensamientos, amenazando con hacerle perder la razón allí mismo, en ese instante. Como el universo necesita del equilibrio constante para subsistir, el tiempo fuera de su conciencia se hizo lento, lentísimo, ofreciendo un contrapeso a esa vorágine de sentimientos dormidos.
¿Cómo que si "todavía la quería"? ¿Qué pregunta era esa? Una muy buena pregunta, pensó. Una pregunta que él, todavía, no se había animado a hacerse. "Es que la respuesta es obvia". No. No lo era. No sabía la respuesta.
Pero antes de empezar a intentar desentrañar la respuesta, se encontró con el misterio que proponía la pregunta. ¿Qué significaba ese mensaje de texto? ¿Por qué ahora? ¿Acaso ella lo quería? La pregunta parecía estar diciendo eso, justamente. Preguntarle a alguien si te quiere es decirle que lo querés. ¿Entonces ella lo quería? De hecho, jamás debiera haber dudado de ello. La última vez que se vieron, cuando ella lo dejó, intentó dejarle en claro que siempre lo querría, y que, a pesar de irse con otro hombre, la separación le dolía enormemente.
Entonces, revivió la bronca. "Todavía me querés?". Te fuiste con otro. Se había ido con otro, ¿cómo quererla? Le había roto el corazón, ¿cómo quererla? Le había dicho a la cara que no, que pretendía no volver a verlo, que prefería priorizar una relación con un tipo superficial al que casi ni conocía. ¿Cómo quererla, entonces? ¿Cómo quererla, cuando tuvo que odiarla para poder dejarla ir?
"Todavía me querés?". Pero eso cambiaba todo. Se sintió insultado, es cierto, pero al mismo tiempo transportado hacia un pasado feliz, un pasado cuya felicidad él mismo había enterrado y olvidado. La quiso. La quiso, la quería. La quiso, la quería y la iba a querer.
Pero no, el dolor, el orgullo herido, eso también volvió. Ya la había olvidado, pero no sólo había olvidado que la quería, sino que la odiaba. Que le deseó desgracias por un tiempo. Que habló pestes de ella a los amigos en común, intentando contaminar su mundo con ese veneno que, a fin de cuentas, era de su autoría. "Todavía me querés?". ¿Qué era, un chiste? ¿Una venganza, quizás? ¿Pero por qué? ¿Qué había hecho él? Bueno, además de hablar pestes de ella, claro. Pero estaba en todo su derecho, existe tal cosa, ¿verdad? "El derecho del abandonado". Derecho de odiar y actuar de manera irracional, infantil, casi perversa. ¿Qué hacer, si no? Ella con otro tipo, lo más tranquila, ¿y él? Que por lo menos lo dejaran hablar mal de ella. Era lo menos que podían hacer. ¿Quiénes? En fin...
"Aunque todavía la quiero", pensó. Sí, el odio estaba ahí. Pero también estaba ahí todo lo demás. Y sólo necesitó imaginarla una vez más acomodándose el pelo detrás de la oreja. Ahí mismo supo lo que tenía que contestar.
Siete segundos pasaron, y eso es todo lo que él pensó luego de haber leído el "Todavía me querés?" de la pantalla de su celular. Siete segundos, para que esa misma pantalla volviera a iluminarse con un mensaje nuevo, de la misma persona.
"ay no me equivoque no era para vos perdonperdonperdon"
Pasaron siete segundos más. En esos siete segundos él no pensó demasiado. Sólo se vio invadido por una inmensa tristeza, una tristeza familiar a la que le había perdido el rastro. Pasaron siete veces siete segundos, y se escuchó decir en voz alta "¿Por qué?" varias veces, luego de sentarse en el suelo. Siete segundos después lloraba y reía al mismo tiempo.
"Perdoname! La psicóloga se va a reír cuando le cuente. Aprovechemos que me equivoqué, hace mil que no hablamos. Cómo andás?"
jueves, 2 de agosto de 2012
El gordo
Cada vez que su celular sonaba, la habitación se llenaba de miradas cómplices. Según los ojos que uno decidiera escrutar, se podía descubrir burla, preocupación, lástima, desconfianza, y hasta envidia. Todos, en mayor o menor medida, tomábamos esos episodios como una invitación a algo prohibido. Yo, por mi parte, los interpretaba como un triste pedido de auxilio. No creía en Marcela. Marcela no existía, no podía existir.
- ¿Y, qué dice tu chica?
- Nada, que me extraña, que me quiere ver... Es tan dulce
Así, de manera inocente y eficaz, respondía el gordo a las chicanas, interpretando a la perfección ese papel inverosímil, sin dar crédito a la ironía con que lo azotábamos. "Pobre gordo. Tan boludo, ni se da cuenta de que lo gastamos, ¿no?". Nunca terminé de creerme eso tampoco. ¿Pero qué es lo que creía? ¿Qué es lo que creo hoy, habiéndole dado tantas vueltas al asunto?
Aún recuerdo las discusiones una vez que se iba. Todo un concilio para hablar sobre el gordo y la novia misteriosa, la novia inexistente, la novia que en realidad era un tipo, la novia que se avergonzaba de él y no dejaba que nadie los viera juntos, la novia que había cambiado radicalmente la vida de nuestro amigo desde un plano de existencia totalmente ajeno al nuestro... Nunca lográbamos ponernos de acuerdo, nada cerraba, pero nos divertíamos. Él estaba feliz, y nosotros teníamos un manantial secreto, una eterna fuente de chistes y conversación alrededor de los dos o tres temas que importan para el hombre. Todos ganamos con la aparición de Marcela. En eso era lo único en que podíamos ponernos de acuerdo.
Dos años estuvo con Marcela. Ninguno de nosotros jamás pudo verla. Yo soy el único totalmente convencido de que ella nunca existió. Y hoy, estamos todos reunidos en el departamento del gordo, o en el que era, mejor dicho, su departamento, ya que el gordo se mató y nada de lo que hay acá es suyo ya. Tristes, diciéndonos "algún día iba a pasar", dejamos que nuestra obsesión (o quizás sólo sea mía, quizás el resto del grupo sepa ser más convencional) le gane al horror, que la curiosidad atropelle el buen gusto, y buscamos aquí, en el último bastión del gordo, en su santuario más preciado las huellas de Marcela. Su muerte y ella están relacionadas, eso nadie lo duda. El gordo se mató por ella. Aún si es que Marcela era sólo un invento, el gordo entonces se habrá matado por no tenerla. Y buscamos entonces fotos, libros con dedicatoria, revisamos la computadora, el celular, todo, sin encontrar nada.
Hasta que el celular suena. El gordo, de haber estado vivo, tendría un mensaje nuevo por leer.
- ¿Y, qué dice tu chica?
- Nada, que me extraña, que me quiere ver... Es tan dulce
Así, de manera inocente y eficaz, respondía el gordo a las chicanas, interpretando a la perfección ese papel inverosímil, sin dar crédito a la ironía con que lo azotábamos. "Pobre gordo. Tan boludo, ni se da cuenta de que lo gastamos, ¿no?". Nunca terminé de creerme eso tampoco. ¿Pero qué es lo que creía? ¿Qué es lo que creo hoy, habiéndole dado tantas vueltas al asunto?
Aún recuerdo las discusiones una vez que se iba. Todo un concilio para hablar sobre el gordo y la novia misteriosa, la novia inexistente, la novia que en realidad era un tipo, la novia que se avergonzaba de él y no dejaba que nadie los viera juntos, la novia que había cambiado radicalmente la vida de nuestro amigo desde un plano de existencia totalmente ajeno al nuestro... Nunca lográbamos ponernos de acuerdo, nada cerraba, pero nos divertíamos. Él estaba feliz, y nosotros teníamos un manantial secreto, una eterna fuente de chistes y conversación alrededor de los dos o tres temas que importan para el hombre. Todos ganamos con la aparición de Marcela. En eso era lo único en que podíamos ponernos de acuerdo.
Dos años estuvo con Marcela. Ninguno de nosotros jamás pudo verla. Yo soy el único totalmente convencido de que ella nunca existió. Y hoy, estamos todos reunidos en el departamento del gordo, o en el que era, mejor dicho, su departamento, ya que el gordo se mató y nada de lo que hay acá es suyo ya. Tristes, diciéndonos "algún día iba a pasar", dejamos que nuestra obsesión (o quizás sólo sea mía, quizás el resto del grupo sepa ser más convencional) le gane al horror, que la curiosidad atropelle el buen gusto, y buscamos aquí, en el último bastión del gordo, en su santuario más preciado las huellas de Marcela. Su muerte y ella están relacionadas, eso nadie lo duda. El gordo se mató por ella. Aún si es que Marcela era sólo un invento, el gordo entonces se habrá matado por no tenerla. Y buscamos entonces fotos, libros con dedicatoria, revisamos la computadora, el celular, todo, sin encontrar nada.
Hasta que el celular suena. El gordo, de haber estado vivo, tendría un mensaje nuevo por leer.
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viernes, 6 de julio de 2012
S (o "espiral excrementicia")
¡Oh!
¿De vuelta en la espiral,
no tan querido amigo?
Perdiste todas tus fichas,
no, no las perdiste, sino que las has perdido
(porque en verso los tiempos no son los mismos)
(y el tiempo no es el mismo nunca, para nadie, en ningún lugar),
has perdido entonces, hemos convenido,
la poca paz mental y la felicidad que venías ahorrando,
por jugarte la plenitud a un pleno
(los retruécanos no ayudan, no, nunca lo harán).
¡ah! ¿quién la viera sin sentir lo mismo? ¿cómo no pensar en ella todo el tiempo, sin importar si es un tiempo lento y tedioso o feliz y trepidante?
¿cómo no querer quererla,
cómo no sentirla tuya,
cómo no saberla única?
A ella. La única. Ella que es todas, y ninguna.
A ella que constantemente evocas, y que constantemente pierdes.
Este es tu castigo. El castigo para mí que te toca sufrir, oh, lector
ya que eres la misma persona, eres el escrito y la lectura,
eres el asco,
el asco, asco, asco, con esa "ese" sonando a jota,
esa suave "ese"
(la cacofonía tampoco aporta, por favor),
esa "ese", esa puta "ese", y pareciera (¿o pareciese?)
que esa "ese" es la culpable, en esa "ese", ahí nomás está todo,
todo lo demás parte de ahí, o ahí llega.
Porque sos una maraña.
Imbécil.
Todo este palabrerío, es una gran "ese" mal pronunciada.
Una "ese" elevada al cuadrado, a la décima potencia,
a la "ese" misma,
un laberinto infinito, un hermoso y ajqueroso
(sí)
fractal.
Todo lo que aquí ejcribes, es esa "ese" serpenteante.
Pero seguirá creciendo
como lluvia que no puede evitar caer
porque no hay más que eso: esa "ese".
No. Basta. Esto de acá no pasa. La poesía nunca te movió ni un pelo. Y, por suerte, vos nunca le moviste ni un pelo a la poesía. Porque la poesía es una "ella". Ella que es todas, y que es ninguna.
(ay, qué risa)
¿De vuelta en la espiral,
no tan querido amigo?
Perdiste todas tus fichas,
no, no las perdiste, sino que las has perdido
(porque en verso los tiempos no son los mismos)
(y el tiempo no es el mismo nunca, para nadie, en ningún lugar),
has perdido entonces, hemos convenido,
la poca paz mental y la felicidad que venías ahorrando,
por jugarte la plenitud a un pleno
(los retruécanos no ayudan, no, nunca lo harán).
¡ah! ¿quién la viera sin sentir lo mismo? ¿cómo no pensar en ella todo el tiempo, sin importar si es un tiempo lento y tedioso o feliz y trepidante?
¿cómo no querer quererla,
cómo no sentirla tuya,
cómo no saberla única?
A ella. La única. Ella que es todas, y ninguna.
A ella que constantemente evocas, y que constantemente pierdes.
Este es tu castigo. El castigo para mí que te toca sufrir, oh, lector
ya que eres la misma persona, eres el escrito y la lectura,
eres el asco,
el asco, asco, asco, con esa "ese" sonando a jota,
esa suave "ese"
(la cacofonía tampoco aporta, por favor),
esa "ese", esa puta "ese", y pareciera (¿o pareciese?)
que esa "ese" es la culpable, en esa "ese", ahí nomás está todo,
todo lo demás parte de ahí, o ahí llega.
Porque sos una maraña.
Imbécil.
Todo este palabrerío, es una gran "ese" mal pronunciada.
Una "ese" elevada al cuadrado, a la décima potencia,
a la "ese" misma,
un laberinto infinito, un hermoso y ajqueroso
(sí)
fractal.
Todo lo que aquí ejcribes, es esa "ese" serpenteante.
Pero seguirá creciendo
como lluvia que no puede evitar caer
porque no hay más que eso: esa "ese".
No. Basta. Esto de acá no pasa. La poesía nunca te movió ni un pelo. Y, por suerte, vos nunca le moviste ni un pelo a la poesía. Porque la poesía es una "ella". Ella que es todas, y que es ninguna.
(ay, qué risa)
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