lunes, 29 de octubre de 2012

Confesiones de un porotero

  Casi ni podía prestarle atención al monitor. Los números se presentaban en rápidas sucesiones, pero su atención estaba en otro lado. No podía dejar de pensar en la textura y el peso de todos los aromas que lo rodeaban. Estaba perdido en ensoñaciones que diez minutos antes, le estaban vedadas. La droga ya había comenzado a alterarlo. No lo inducía a un estado sinestésico, para eso era necesario que usara también los guantes especiales. Pero le permitía anticipar las sensaciones que los guantes le revelarían. Y no podía dejar de relamerse ante el espectáculo que prometía el culo de Sandra. Qué hermoso culo... Sólo quería acariciar sus pedos, moldearlos, estrujarlos y abrazarlos. Poco le interesaban los números en su estúpido monitor.
  - Ramírez, se me está quedando. ¿Le pasa algo?
  Imbécil. Le estaba pasando algo, sí. Estaba imaginando la sutil aspereza del aroma a sudor de su interlocutor, la inexplicable sensación verde que sentiría si pudiera calzarse los guantes para tocar ese ácido olor. Le perdonaría ese gesto siempre tan idiota, siempre tan sobrador, si tan solo pudiera sentir entre sus dedos ese aliento a café que su jefe siempre despedía. Se lo imaginaba blando, casi líquido, cubriendo todo su brazo.
  - Ramírez... ¿Qué le pasa?
  - Nada, señor. Está todo bien. Quizás me haya bajado un poco la presión, ¿podría almorzar ahora?
  "Perfecto", pensó. Estaba orgulloso de su salida. Comenzó a imaginar la consistencia del olor a lentejas que despediría su plato. Sabía que no podría tocarlo, no sin los guantes, pero podía imaginarlo, gracias a la pastilla. Podría comer y sentir sin sentir esa especie de algodón inundando su cerebro al tragar el primer bocado. Intentaría que nadie lo viera calentando sus lentejas. Algunos compañeros, medio en broma, medio en serio, ya lo acusaban de "porotero". Acusación acertada, pero que no podía abrazar abiertamente. Nadie malgasta sus noches acariciando sus pedos con un par de guantes sinestésicos para proclamarlo con orgullo. Aunque estaba el caso de esa extraña estrella de rock... De todas maneras, sería demasiado sospechoso, ya que había comenzado a ingerir la pastilla en horarios laborales y emitía inequívocas señales. Como esa pausa antes de llegar al comedor, extasiado ante la puerta abierta del baño con su olor a desinfectante, con esas incontables pelotitas que estallarían como burbujas al intentar atraparlas con sus guantes. Sí, estaba siendo muy obvio. Decidió saltearse el almuerzo y guardar las lentejas para más tarde. Quizás las comiera frías, escondido en el baño. Comer rodeado del burbujeante aroma a desinfectante parecía un plan prometedor.
  Se escapó a la terraza. Fumaría un cigarrillo, cualquier cosa antes que volver a su inodoro monitor. Y el humo le recordaría una textura nunca antes probada, ya que no se le permitía fumar dentro de su departamento. Esa era una de las asignaturas pendientes con sus guantes. Pero ese tipo de excentricidades eran lujos, placeres sutiles que sólo podían permitirse los más experimentados poroteros, aquellos que ya habían acariciado sus gases por tanto tiempo que veían aplacada su voracidad inicial, y necesitaban entonces nuevas sensaciones táctiles. También indicaba un estado de soledad avanzado. Bien sabía él que nunca se cansaría de acariciar los pedos de Sandra, o de cualquier otra mujer, sólo quería poder compartir eso con alguna chica. Se sentía tan solo. Y entonces deseaba probar la superficie evocada por el humo de su cigarrillo, que, aún siendo imposible, le parecía más probable.
  - ¿Me das fuego?
  Sandra estaba a su lado, acercaba su boca fruncida mientras pitaba un cigarrillo todavía apagado. Él le acercó el encendedor y se perdió entre tantos aromas excitantes, el shampoo de coco, el perfume de vainilla, el aliento a menta, y agradeció que no llevara su morral encima, donde escondía sus guantes, ya que no sabría cómo aguantar la necesidad de tomarla allí mismo, de tocar todos sus olores, de desvestirla y acariciar el aroma de sus genitales, de rogarle que se cagara para él. Inclusive imaginaba el momento en que la policía aterrizaba en la terraza y lo reducía, mientras él gritaba "¡tus pedos son lilas, Sandra! ¡Esponjosos pero a la vez firmes! ¡TE AMO, SANDRA!".
  - ¿Querías estar solo?
  Recibió las palabras mientras le daba la espalda y se alejaba, totalmente atontado. Sabía que se arrepentiría, que esa era la primera vez que ella le dirigía la palabra, que ese culo estaba ahí, a tan corta distancia.
  Se obligó a retomar el contacto con su monitor. Con los números de siempre. Intentó trabajar por algunos minutos, pero se le hizo imposible. Deslizó su mano dentro del morral, vigiló que nadie lo observará y buscó el doble fondo donde escondía su más vergonzoso secreto. Sin sacar la mano del morral, se puso uno de los guantes. Las sensaciones lo impactaron de inmediato: guardaba sus guantes junto con varios desperdicios olorosos. Siempre tenía una dosis fuerte ahí, a su alcance. Vio a Sandra volver de la terraza, cruzar los diversos pasillos y dedicarle una breve mirada. Él le sonrió, perdido entre los placeres sinestésicos. Esa noche compraría un perfume de vainilla antes de volver a su departamento. Y sería el punto alto del año.

sábado, 27 de octubre de 2012

Anestesia retroactiva

  Sueño con anestésicos anacrónicos. O no, mejor sería llamarlos anestésicos retroactivos. Algún tratamiento, algún proceso, alguna pastilla que quite el dolor del pasado. No el de ahora, por ese no se puede hacer nada, lo que duele ahora duele y no hay nada que hacerle, o sí, quizás podés usar las anestesias más conocidas. Por eso, el tema del dolor de ahora quizás pueda cubrirlo: podría fumar y llorar y reír y ese dolor sería otra cosa. Pero me preocupa el dolor del pasado, el dolor que sentiré en el futuro al pensar en el día de hoy.
  Y así es que sueño. Me propongo esa fantasía: entrar a un consultorio, que te enchufen algunos electrodos en la cabeza y comiencen a enviar una anestesia hacia atrás en el tiempo. Imagino que podría escribir un cuento. Imagino que sería muy obvio que es apenas una variación de "Eternal sunshine of the spotless mind", pero la idea me sigue pareciendo atractiva, más que nada por su utilidad. Yo voy a necesitar eso, ya mismo lo estoy necesitando. No quiero eliminar recuerdos, eso es poco práctico. Sólo quiero quitarle el contenido emocional. Quisiera poder conservar todos esos momentos tremendamente vergonzosos de mi vida (yo perdiendo el control de mi modulación al hablar delante de una clase, yo en una pileta viendo por primera vez una concha, yo equivocándome frente un grupo de snobs odiosos pero amables, yo queriendo deshacer 1.500 kilómetros en un segundo, yo preguntando por un bebé muerto, no, no era yo, era otra persona, pero en ese momento era una confusión normal, yo escuchando que nunca me quisieron realmente, yo imaginando que nunca me quisiste realmente), la "película de mi vida" (qué expresión de mierda) no tendría sentido quitándole esos pedacitos. Yo sólo quiero rememorarlos y que me chupe un huevo. Quiero ver esas caras y no sentir nada. Ni dolor, ni nostalgia, ni odio, ni tristeza. Nada de nada. Ya lo sentí en su momento. Ahora (mañana), que me dejen en paz.
  Imagino el cuento. El paciente soy yo. Siempre estoy yo en mis cuentos. ¿Cuentos? En fin... E imagino todas esas situaciones vergonzosas, y apenas las modifico un poco, y las cuento, y me exorcizo un poco. Quizás alguien lo lea y se ría. O yo lo lea después y me ría. Suelo reírme después de leer lo que escribo. Cuando ya olvidé que lo había escrito. Pienso eso y me duele un poco menos.
  Pero aún me duele demasiado, y no quiero sentarme a escribir un cuento. Porque no quiero escribir nunca más. Y no quiero sentarme a hacer nada nunca más. Quiero re-cagar a trompadas al colectivero que está frenado en un semáforo y no me abre la puerta, me acerco, le golpeo, me dice brevemente que no, le hago con gestos un patético "por favor" y ni me mira. Me quedo ahí, y el tipo sigue mirando para adelante. Lo quiero matar. O quiero que él me mate. Eso quiero, quiero escribir ese cuento, el del colectivero que no le abre al chabón, y el chabón lo empieza a insultar y le patea el bondi, y ahí sí el colectivero abre, y cuando yo (porque siempre soy yo) le empiezo a decir "ah, ahora sí me abrís, infeliz, si te pido por favor ni me mirás, pero si te empiezo a insult--" y ahí nomás (porque en mis cuentos siempre la gente se interrumpe) me surte, me pega con algún fierro o algo y termino en un hospital. Y la primera cara que veo al despertar no es la de ella, y pregunto si ella llamó o si sabe algo, porque me olvidé que ella ya no me va a llamar ni le importa lo que me pase. Me encanta ese final.
  Quería escribir eso también, sí. Pero no tengo fuerzas para escribir. Me duele mucho.

viernes, 31 de agosto de 2012

Para el orto

  "Todavía me querés?"
  Su corazón se aceleró y dentro de su cerebro se arremolinaron cientos de pensamientos, amenazando con hacerle perder la razón allí mismo, en ese instante. Como el universo necesita del equilibrio constante para subsistir, el tiempo fuera de su conciencia se hizo lento, lentísimo, ofreciendo un contrapeso a esa vorágine de sentimientos dormidos.
  ¿Cómo que si "todavía la quería"? ¿Qué pregunta era esa? Una muy buena pregunta, pensó. Una pregunta que él, todavía, no se había animado a hacerse. "Es que la respuesta es obvia". No. No lo era. No sabía la respuesta.
  Pero antes de empezar a intentar desentrañar la respuesta, se encontró con el misterio que proponía la pregunta. ¿Qué significaba ese mensaje de texto? ¿Por qué ahora? ¿Acaso ella lo quería? La pregunta parecía estar diciendo eso, justamente. Preguntarle a alguien si te quiere es decirle que lo querés. ¿Entonces ella lo quería? De hecho, jamás debiera haber dudado de ello. La última vez que se vieron, cuando ella lo dejó, intentó dejarle en claro que siempre lo querría, y que, a pesar de irse con otro hombre, la separación le dolía enormemente.
  Entonces, revivió la bronca. "Todavía me querés?". Te fuiste con otro. Se había ido con otro, ¿cómo quererla? Le había roto el corazón, ¿cómo quererla? Le había dicho a la cara que no, que pretendía no volver a verlo, que prefería priorizar una relación con un tipo superficial al que casi ni conocía. ¿Cómo quererla, entonces? ¿Cómo quererla, cuando tuvo que odiarla para poder dejarla ir?
  "Todavía me querés?". Pero eso cambiaba todo. Se sintió insultado, es cierto, pero al mismo tiempo transportado hacia un pasado feliz, un pasado cuya felicidad él mismo había enterrado y olvidado. La quiso. La quiso, la quería. La quiso, la quería y la iba a querer.
  Pero no, el dolor, el orgullo herido, eso también volvió. Ya la había olvidado, pero no sólo había olvidado que la quería, sino que la odiaba. Que le deseó desgracias por un tiempo. Que habló pestes de ella a los amigos en común, intentando contaminar su mundo con ese veneno que, a fin de cuentas, era de su autoría. "Todavía me querés?". ¿Qué era, un chiste? ¿Una venganza, quizás? ¿Pero por qué? ¿Qué había hecho él? Bueno, además de hablar pestes de ella, claro. Pero estaba en todo su derecho, existe tal cosa, ¿verdad? "El derecho del abandonado". Derecho de odiar y actuar de manera irracional, infantil, casi perversa. ¿Qué hacer, si no? Ella con otro tipo, lo más tranquila, ¿y él? Que por lo menos lo dejaran hablar mal de ella. Era lo menos que podían hacer. ¿Quiénes? En fin...
  "Aunque todavía la quiero", pensó. Sí, el odio estaba ahí. Pero también estaba ahí todo lo demás. Y sólo necesitó imaginarla una vez más acomodándose el pelo detrás de la oreja. Ahí mismo supo lo que tenía que contestar.
  Siete segundos pasaron, y eso es todo lo que él pensó luego de haber leído el "Todavía me querés?" de la pantalla de su celular. Siete segundos, para que esa misma pantalla volviera a iluminarse con un mensaje nuevo, de la misma persona.
  "ay no me equivoque no era para vos perdonperdonperdon"
  Pasaron siete segundos más. En esos siete segundos él no pensó demasiado. Sólo se vio invadido por una inmensa tristeza, una tristeza familiar a la que le había perdido el rastro. Pasaron siete veces siete segundos, y se escuchó decir en voz alta "¿Por qué?" varias veces, luego de sentarse en el suelo. Siete segundos después lloraba y reía al mismo tiempo.
  "Perdoname! La psicóloga se va a reír cuando le cuente. Aprovechemos que me equivoqué, hace mil que no hablamos. Cómo andás?"

jueves, 2 de agosto de 2012

El gordo

  Cada vez que su celular sonaba, la habitación se llenaba de miradas cómplices. Según los ojos que uno decidiera escrutar, se podía descubrir burla, preocupación, lástima, desconfianza, y hasta envidia. Todos, en mayor o menor medida, tomábamos esos episodios como una invitación a algo prohibido. Yo, por mi parte, los interpretaba como un triste pedido de auxilio. No creía en Marcela. Marcela no existía, no podía existir.
  - ¿Y, qué dice tu chica?
  - Nada, que me extraña, que me quiere ver... Es tan dulce
  Así, de manera inocente y eficaz, respondía el gordo a las chicanas, interpretando a la perfección ese papel inverosímil, sin dar crédito a la ironía con que lo azotábamos. "Pobre gordo. Tan boludo, ni se da cuenta de que lo gastamos, ¿no?". Nunca terminé de creerme eso tampoco. ¿Pero qué es lo que creía? ¿Qué es lo que creo hoy, habiéndole dado tantas vueltas al asunto?
  Aún recuerdo las discusiones una vez que se iba. Todo un concilio para hablar sobre el gordo y la novia misteriosa, la novia inexistente, la novia que en realidad era un tipo, la novia que se avergonzaba de él y no dejaba que nadie los viera juntos, la novia que había cambiado radicalmente la vida de nuestro amigo desde un plano de existencia totalmente ajeno al nuestro... Nunca lográbamos ponernos de acuerdo, nada cerraba, pero nos divertíamos. Él estaba feliz, y nosotros teníamos un manantial secreto, una eterna fuente de chistes y conversación alrededor de los dos o tres temas que importan para el hombre. Todos ganamos con la aparición de Marcela. En eso era lo único en que podíamos ponernos de acuerdo.
  Dos años estuvo con Marcela. Ninguno de nosotros jamás pudo verla. Yo soy el único totalmente convencido de que ella nunca existió. Y hoy, estamos todos reunidos en el departamento del gordo, o en el que era, mejor dicho, su departamento, ya que el gordo se mató y nada de lo que hay acá es suyo ya. Tristes, diciéndonos "algún día iba a pasar", dejamos que nuestra obsesión (o quizás sólo sea mía, quizás el resto del grupo sepa ser más convencional) le gane al horror, que la curiosidad atropelle el buen gusto, y buscamos aquí, en el último bastión del gordo, en su santuario más preciado las huellas de Marcela. Su muerte y ella están relacionadas, eso nadie lo duda. El gordo se mató por ella. Aún si es que Marcela era sólo un invento, el gordo entonces se habrá matado por no tenerla. Y buscamos entonces fotos, libros con dedicatoria, revisamos la computadora, el celular, todo, sin encontrar nada.
  Hasta que el celular suena. El gordo, de haber estado vivo, tendría un mensaje nuevo por leer.

viernes, 6 de julio de 2012

S (o "espiral excrementicia")

¡Oh!
¿De vuelta en la espiral,
no tan querido amigo?
Perdiste todas tus fichas,
no, no las perdiste, sino que las has perdido
(porque en verso los tiempos no son los mismos)
(y el tiempo no es el mismo nunca, para nadie, en ningún lugar),
has perdido entonces, hemos convenido,
la poca paz mental y la felicidad que venías ahorrando,
por jugarte la plenitud a un pleno
(los retruécanos no ayudan, no, nunca lo harán).

¡ah! ¿quién la viera sin sentir lo mismo? ¿cómo no pensar en ella todo el tiempo, sin importar si es un tiempo lento y tedioso o feliz y trepidante?
¿cómo no querer quererla,
cómo no sentirla tuya,
cómo no saberla única?
A ella. La única. Ella que es todas, y ninguna.
A ella que constantemente evocas, y que constantemente pierdes.

Este es tu castigo. El castigo para mí que te toca sufrir, oh, lector
ya que eres la misma persona, eres el escrito y la lectura,
eres el asco,
el asco, asco, asco, con esa "ese" sonando a jota,
esa suave "ese"
(la cacofonía tampoco aporta, por favor),
esa "ese", esa puta "ese", y pareciera (¿o pareciese?)
que esa "ese" es la culpable, en esa "ese", ahí nomás está todo,
todo lo demás parte de ahí, o ahí llega.
Porque sos una maraña.
Imbécil.
Todo este palabrerío, es una gran "ese" mal pronunciada.
Una "ese" elevada al cuadrado, a la décima potencia,
a la "ese" misma,
un laberinto infinito, un hermoso y ajqueroso
(sí)
fractal.
Todo lo que aquí ejcribes, es esa "ese" serpenteante.

Pero seguirá creciendo
como lluvia que no puede evitar caer
porque no hay más que eso: esa "ese".



No. Basta. Esto de acá no pasa. La poesía nunca te movió ni un pelo. Y, por suerte, vos nunca le moviste ni un pelo a la poesía. Porque la poesía es una "ella". Ella que es todas, y que es ninguna.

(ay, qué risa)

domingo, 27 de mayo de 2012

Palabras

"Vos sos un hombre de palabras".

  Hace unos años me dijeron eso, sin tratar de esconder el reproche que, quizás, fuera en realidad lo importante del mensaje. Estoy acostumbrado a los reproches. He sido educado en base a ellos, nunca alcanzar lo que se pretendía o esperaba de mí forma parte de mi identidad. Por eso preferí obviar ese reproche, para concentrarme en esa definición tan acertada, que en momentos como este me parece aún más cierta que entonces. "Vos sos un hombre de palabras". Quizás un acceso de vanidad y autocompasión me esté llevando a esto, a tratar de usar palabras para describir por qué soy un hombre de palabras, pero no sé hacer otra cosa. La vanidad me dice que no sabré hacer otra cosa pero que eso lo hago bien, y que es una forma elevada de entender y vivir la vida. La autocompasión me dice que es triste que no sepa hacer otra cosa. Que es triste que no sepa vivir, que es triste que siempre tenga que estar triste, que es patético que detrás de las palabras sólo haya eso: tristeza.
  "Vos sos un hombre de palabras". Hay muchas cosas que me quisieron decir en ese entonces, pero eso ya no me importa demasiado. Lo que me importa es que, hoy, ya estoy cansado de ser eso. ¿Por qué las palabras son tan importantes? No lo son. Realmente, no lo son. Para el resto, es decir. Siempre es igual, siempre tengo que compararme con el entorno (siempre y cuando sienta que hay una notable separación, un entorno y un yo a una distancia infranqueable), y entonces me digo: las palabras no importan. Las palabras que recibís, las palabras que recogés, las palabras que repartís, las palabras que te roban y que olvidás. No tienen esa importancia que vos le das. A vos te hablo. Sí, a vos. A mí. Al único al que hay que hablarle, y explicarle todo, todo el tiempo, con palabras.
  No se puede, aparentemente, explicar todo con palabras. Ni siquiera eso: no se puede explicar nada con palabras. No alcanzan, para todo falta. Pero no es un problema que tengan las palabras, es un problema que tenemos nosotros, los lectores, los oradores, los escritores, los oyentes. Es todo tan confuso, tan vergonzoso, tan angustiante, tan banal, no sirven las palabras para describirlo, para comunicarlo. Eso creo hoy, ya cansado de ser un esclavo de las palabras. Antes, bueno, era diferente.
  Antes creía firmemente en el poder de las palabras, en su buen uso, en el valor inapelable de la verdad. Eso era, en parte, ser un hombre de palabras. Y no se sentía muy bien, pero por lo menos me dejaba saber dónde estaba parado. Me permitía vivir sacándome ciertas preocupaciones de la cabeza. O no, quizás las preocupaciones estuvieran, pero no había que perder el tiempo sopesando cada palabra que llegaba. Si me dicen azul, es azul. Quizás esa persona esté equivocada, pero jamás me va a decir azul si es rojo. Por esa misma razón, me sorprendía tanto que alguien pudiera poner en duda cualquier palabra que yo dijera. Es conocida en mi minúsculo círculo social mi estúpida frase "Yo nunca miento". Y eso es una mentira, es imposible no mentir, pero puedo jurarlo, puedo someterme al polígrafo y decir "yo nunca miento" y la aguja no me descubrirá en falta. Para mí, ese rojo es azul. Seré daltonico, pero no malintencionado.
  ¿Y ahora? Sigo sin mentir. Me convertí en "vendedor", y cargo este respeto por las palabras y su verdad como una cruz. En realidad, no cambió nada. Estoy cansado, pero no he aprendido nada. Seguiré creyendo instintivamente todo lo que me digan, aún cuando me vea obligado a decirme "tenés que saber que eso es mentira". Siento la necesidad de escaparme, de abandonar este mundo de palabras, pero no puedo. ¿Adónde iría? No entiendo el resto de los lenguajes (lo que no quiere decir que entienda éste, de hecho, creo que lo que intento decir es que no lo entiendo). "El cuerpo nunca miente". Sí que miente. La verdad no existe, y eso me entristece. Pero lo más triste es que la mentira sí existe, y está en todos lados.
  Me espera un limbo. Abandonar el uso de las palabras, escapar del peso al que las palabras me someten, para ir hacia otros mundos, a los que jamás podré ingresar. El silencio irá ganando terreno. ¿Pero cómo será internamente? Tendría que abandonar el hábito de la lectura, quizás volver a amasijarme jugando videojuegos horas y horas. O, puestos a mentir, escuchar a mi cuerpo, jugar con él, por fin dejar que sea libre y que dicte cada uno de mis movimientos. Escapar de las palabras, y dejar de escapar de la mentira.

  Pero entonces, si las palabras no valen nada, ¿de qué sirve esto? ¿Qué valor puede llegar a tener? He mentido una vez más. Hoy será igual que ayer y que mañana, y yo seguiré siendo igual a mí.

domingo, 20 de mayo de 2012

Trilogía de Temperley

  Atravesó el umbral del bar ansioso, tratando de ocultar su excitación. Ese hecho, el hecho de que se preocupara en tratar de ocultar algo, era un indicador de su buen humor: en circunstancias normales, no se sentía digno de la más mínima atención. Se sabía invisible, despreciado pero rápidamente olvidado. Definitivamente, no era esta una situación normal, ya que dirigía furtivas miradas a cada rincón del local, buscando esos ojos atentos, que sabía que, aún sin buscarlo, se alegrarían al verlo. Una sonrisa se asomaba acompañando el brillo de su mirada. Sus ojos tristes hoy eran irreconocibles.
  La buscó pero sin detener nunca su marcha, fingiendo que sólo buscaba una mesa. Fingiendo, siempre fingiendo. Horas después criticaría todo su accionar, y sentiría asco, como siempre siente al ver a los demás, con sus sonrisas, sus ilusiones, sus ficciones diarias. Pero en ese momento estaba feliz. Sí. Se podría decir que estaba feliz.
  Se sentó y todavía no la había encontrado. Una voz en su cabeza le sugirió que quizás ella no estuviese allí. El resto de las voces (incluyendo la propia, si es que una y sólo una de ellas lo era) lo consideró probable. Pero no. Casi al mismo tiempo que el mozo alcanzándole un menú, sus ojos se cruzaron. Allí estaba ella. Hermosa, como siempre. Sus cortos rulos rubios enmarcando la preciosa carita. Él sonrió y levantó sus cejas, casi el único gesto que sabía utilizar (aunque mal). Ella no reaccionó, y siguió charlando con los tipos que la acompañaban. Él la desnudó con sus ojos hambrientos, pudo imaginar el ruido del corto vestido negro cayendo al lado de la cama.
  - Un café doble, por favor.
  Se dedicó a mirarla. Estaba hipnotizado, ya había olvidado todo su plan de esconder su impericia social, su locura por ese cuerpo, por esa voz. Y ella no lo miraba. Se preguntó si lo habría visto, quizás no lo reconociera. "Te vio", le dijo la voz. "Que siga charlando con esos tipos y que ya no mire para acá ni de casualidad es la prueba".
  El café llegó, y lo tomó. Ya no estaba feliz. Para nada. Ella se levantó, se puso su abrigo y se despidió de sus acompañantes. Antes de atravesar el local y alcanzar la puerta, lo volvió a mirar. Él, apurado, acompañó su arqueo de cejas con un ademán. La voz en su cabeza reía. Ella salió sin prestarle atención. La vio pasar por los ventanales caminando a paso vivo. Dejó cincuenta pesos sobre la mesa y se apresuró a salir, quizás ella hubiera aflojado el paso, quizás lo esperara en la esquina.
  Luego de mirar hacia los cuatro puntos cardinales desde la esquina, decidió que podía volver a su casa.
  "Ya está bien, eh".

***

  Entendió que por fin había ocurrido. Ella se había ido, y no volvería. Siempre y cuando dependiera de él, no se volverían a ver tampoco. Se sentó frente al televisor, y cambió de canales sin prestar atención. Sólo pensaba en su soledad, en la casa, en las compras, en los libros que se había llevado, en las gatas que también se habían ido, en la plata; hacía cuentas que involucraban su sueldo, el alquiler, el precio de la Coca-cola, el precio del jugo Clight, el precio de las empanadas. De vez en cuando pensaba también en ella, pero sólo para descargar su bronca, aún sabiendo que no era justo. Pero el reino de sus pensamientos era un mundo que no conocía la justicia, sino que estaba para saciar sus caprichos. Así que la odió sin culpa.
  Apagó la tele y agarró su campera, vio la hora y decidió pasar por el bar. Comería algo, llevaría su libreta, por si se le ocurría algo para escribir. Sí, le haría bien. Cualquier cosa antes que pensar en todo lo que ahora no tendría que tener en su heladera.
  Ya en el camino pensaba en Germán. Qué bueno sería poder hablar con Germán. A eso iba al bar, en realidad. Qué bueno poder ser amigo de Germán. Sería genial...
  Cuando entró al bar, no tardó en localizar a Germán. Ahí estaba, como siempre, en su mesa. Las risas lo acompañaban. Qué bueno poder ser amigo de Germán... Pero no conocía a los otros ocupantes de la mesa, así que sólo los miraba de lejos.
  - Un café doble, por favor.
  Promediando su café, vio cómo Germán despidió a sus compañeros, que se alejaron entre risas. Buscó su mirada hasta encontrarla, y arqueó sus cejas, haciendo además un ademán. Tomó su café y fue hasta la mesa que ahora ocupaba sólo Germán.
  - ¡Qué hacés, Germán! No sabés cómo estoy... Viviana finalmente se fue. Y, ¿sabés qué? Mejor que ni vuelva, mirá... Per--
  - Perdoná, ¿Joaquín eras, no?. Pero me tengo que ir. Hablamos otro día, ¿sí?
  Dos horas después miraba la tele, y pensaba en su sueldo, en el precio de la pizza, en el precio de las medialunas, en el precio del café, y en Germán, Germán y la re-putísima madre que te re-mil parió, Germán sorete hijo de re-mil putas, Germán y quién mierda te creés que sos, petiso mal hecho, Germán morite.

***

  - Lo bueno es que ya no vas a tener a nadie intentando que no hagas dieta, vas a poder comer todas las ensaladas que quieras. Que tengas una vida sana.
  Imbécil. Haciéndose el superado, como siempre. Riéndose de todo, aún con lágrimas en sus ojos. ¿Quién le habría enseñado eso? En la familia eran igual, eran imbancables. Pobre gente, creyendo en la ironía como en la máxima expresión de inteligencia. Pobre Martín. Él no tiene la culpa.
  Y se había ido. Finalmente. ¿Cuánto tiempo había esperado ese momento? Le parecía imposible, dolorosamente impensable. Pero era lo que debía ocurrir. Dolía, dolía enormemente. Aunque era lo mejor, ya no podían seguir mintiéndose. Ojalá pudieran ser amigos. Sí, podrían pasar unos meses, y entonces podrían volver a hablarse. ¿Podrían? Él era tan rencoroso. Imbécil. No, no. Pobre Martín.
  ¿Y ahora? Encendió su computadora. Abrió el msn, inició sesión. Gonzalo estaba conectado. Hablame, Gonzalo. No me obligues a hablarte. Voy a cambiar mi foto, voy a cambiar mi nick. Voy a poner "Amar, temer, partir" como mensaje personal. Me vas a hablar.
  Gonzalo le habló. Entre otras cosas, le dijo que mañana no trabajaba. Ella se preparó un café (doble). La noche prometía ser larga.
  Bonzo dice no estés triste, ya sabías que iba a pasar, y sabés que es lo mejor para los dos. E1000C dice sí, pero duele, ¿sabés lo que duele? ¿qué hago acá ahora? encima estoy sin trabajo y Laura se fue de vacaciones, no me puede hacer el aguante. Bonzo dice bueno, ya vas a ver cómo todo pasa, concentrate en el estudio. E1000C dice ya no sé si quiero seguir estudiando, la verdad es que la carrera me desilusionó un poco. Bonzo no dice nada. E1000C dice tengo ganas de salir, no quiero estar acá encerrada, con él nunca podía salir, nunca quería ir a ningún lado. Bonzo dice y bueno, aprovechá. E1000C dice ¿no querés ir al cine? dale, veamos la de Marvel. Bonzo no dice nada. E1000C dice o mañana, no sé, ahora ya es medio tarde, mañana podés?. Bonzo dice che, Emilce, me tengo que ir a dormir, después arreglamos lo del cine. E1000C dice pensé que mañana no te levantabas temprano. me vas adejarso lita? eso noes ta bien!. Bonzo dice jaja, no, mañana a la mañana voy a ver a mi sobrinito, pero vos salí, no te quedes ahí, eh. E1000C dice bueno, seguro termino saliendo con alguno de los boludos de mis exnovios ;-p. Bonzo dice jaja, bueno, me voy adormir. E1000C no dice nada.
  Emilce apaga la máquina y llora, por primera vez en la noche.

martes, 3 de abril de 2012

Siesta

  Me doy cuenta, tarde, de que el recital es hoy. ¿Cómo no lo pensé antes? Todas las entradas están en mi poder. ¿Por qué ninguno de los que va conmigo me llamó todavía? ¿Nadie se acuerda de que hoy es el recital? Miro la hora, pienso. Ezequiel está acá, conmigo. Estamos con nuestra familia, todos ríen, yo me empiezo a desesperar. Le digo "Hoy era el recital, ¿no?". "Ah, no sé, puede ser. ¿Era hoy, no?", me responde. Abro el aparador donde guardé las entradas, pero no las veo. Están las entradas para Secret Chiefs, pero no las de Radiohead. ¿Dónde las puse? ¿Era hoy? ¿Pero cómo es que nadie me llamó? Ah, ahí están. Debajo de aquel libro. Cinco entradas. Las dejo ahí. Una para mí, otra para Eze, otra para Gona, otra para Leandro, y otra para Laüra. ¿Se acordará ella que era hoy el recital? Más temprano hablamos, y me dijo que se iba a dormir la siesta. Debe estar durmiendo, no se acuerda. Mi familia sigue en su mundo, compartiendo risas y comida. ¿Era hoy? Vuelvo al aparador, a ver la fecha de las entradas. ¿Y hoy qué día es? Miro la fecha en mi celular. Mi celular, que cada vez anda peor. La pantalla está rara, me cuesta leer los números. Sí, es hoy, la puta madre. Dentro de una hora y media. Tengo que llamar a Laüra, tengo que lograr que se despierte, se tiene que preparar, tiene que estar lista, nos tenemos que encontrar. Rápido. La llamo, me voy de la casa para llamarla desde la vereda. Suena, suena, no me atiende. Hasta que siento que el tono se corta, y escucho algo así como un ruido ambiente. Me atendió, pero sólo para que deje de sonar. Dejó el teléfono descolgado (aunque con un celular esa expresión no tiene mucho sentido, pero hizo su equivalente: atendió y lo volvió a poner en su mesita de luz). Escucho con los ojos, veo el techo de su pieza, veo ese silencio poblado de interferencia. No me escucha, no me quiere escuchar. Quiere seguir durmiendo, se peleó con la madre y no quiere saber nada de nada. Pero tiene que atenderme, el recital es hoy. Corto. No tiene sentido volver a llamar, me va a dar ocupado. Tampoco puedo mandarle mensajes. ¿Qué hago? A todo esto, le indico a mi primo que llame a Gona y a Leandro, que les avise que es hoy, que las entradas todavía las tengo yo, que nos encontramos allá, pero rápido, tiene que ser rápido, nos vamos a perder a Radiohead. Llamá a Leandro, Eze. Y pienso. ¿Qué hago con Laüra? Vuelvo a buscar las entradas, las guardo dentro de un libro, vuelvo a salir a la vereda. Tengo el número de su casa. Claro, puedo llamar directamente a su casa, hablar con su madre, por primera vez, contra los deseos de ella, hablarle y decirle "necesito que despierte a su hija, tengo una entrada que es de ella, y el recital está por empezar. Entre a su pieza, dígale que me llame". ¿Podré hacerlo? Sí, es la única solución. ¿Se enojará ella después? Es probable. Entro otra vez a la casa, le digo a Ezequiel que nos tenemos que ir. Salimos, empezamos a caminar, le pregunto si llamó a Leandro, me dice que le mandó un mensaje de texto. ¿Y qué te dijo, qué le dijiste? Es un imbécil, le mandó una especie de cita a una canción que nos gusta, el otro no va a entender que-- ¿Por qué no lo llamaste? Ayudame un poco, no puedo hacer todo yo... ¿Qué hora es? Falta una hora para el recital. Ni siquiera nosotros vamos a llegar, y no sé dónde es. Es decir, tengo la dirección, pero no sé cómo llegar. Y no tengo la guía encima. Pará, esperame, tengo que volver a entrar. Esperame acá, y llamalo a Leandro. Vuelvo, agarro mi bolso, donde está mi guía, vuelvo a salir. Una vez afuera, busco la dirección. Está en las entradas. ¿Y dónde dejé las entradas? Estaban en el libro que tenía en la mano, cuando fui a buscar el bolso lo dejé en la mesa del living. Vuelvo entonces, pensando "no llegamos más, y todavía tengo que llamar a Laüra, ¿y Gona? ¿Alguien le avisó?". Salgo corriendo, tenemos que lleg


Las pesadillas de las siestas son las peores.

lunes, 19 de marzo de 2012

Dominó

  Así como lo veo, tengo dos opciones. Una es dormir en el living. Tirado en uno de los sillones (el sillón en el que siempre está la perra, lleno de sus pelos y parásitos), debajo del aire acondicionado, quizás cubierto con una sábana, para no dejar mucha piel al descubierto, quizás también con la luz encendida, para poder vigilar mis alrededores y usar como aliada la fotofobia. Esto implicaría una noche larga y tortuosa, sin un segundo de tranquilidad. Una jornada laboral marcada por el cansancio y el dolor corporal. Y, quizás, batallas con cucarachas, el enemigo que, justamente estoy queriendo evitar. Existe también la posibilidad de sumar al combo la presencia de lauchas. Sí, es una posibilidad. La otra opción, sería tomarme un remis, llamar a casa de mis padres y decir que voy a dormir allá, sí, a esta hora, no, no pasó nada, quedate tranquila, una cucaracha nada más, sí, que me pasó una cucaracha voladora por enfrente y no la pude matar, no la volví a encontrar pero sé que está en la pieza, y ahora no puedo dormir ahí. Quizás, lo mejor sería evitar tantas explicaciones. No son explicaciones. Son casi una invitación a recibir el trato de "pelotudo" o de "cagón" que siempre parezco aceptar con tanta naturalidad. Sea como sea, la noche se cagó. Por segunda vez consecutiva. Pero, justamente, si sobreviví al estrés (cagón, sos un cagón) de anoche, lo de hoy no es nada. ¿Qué es una cucaracha? Aparte, hoy es domingo. ¿Qué sería un domingo sin que me camine una preciosa cucaracha por encima? Vino ocurriendo las últimas tres semanas, no sé qué es lo que me pone en este estado, ya tendría que estar acostumbrado.
  Entonces: tengo que dormir. No tengo un lugar cómodo para hacerlo, aunque eso viene siendo así desde hace más de un año. Tengo que pasar esta noche sin lograr que esta furia, que esta enorme frustración que me invade se salga, porque, ¿dónde depositarla? ¿Qué romper, si nada acá es mío? Lo único que poseo es mi cuerpo, y ya hace tiempo que vengo haciéndolo mierda, mi cara es un enorme mapa de mi frustración. ¿Por qué, por qué estas ganas de llorar? ¿Por qué me siento como la peor de las mierdas? ¿Por qué no puedo ser menos como yo y más como cualquier otro? Mi ánimo es como una gran construcción de fichas de dominó, esperando que llegue la cucaracha que tire todo a la mierda, y así estoy ahora.
  Estoy cansado. Estoy muy cansado. Estoy cansado de hablar y que nadie escuche lo que intento comunicar. Estoy cansado de que me hablen y de contestar siempre cualquier gansada, porque no entendí. Estoy cansado de mi cuerpo y de sus necesidades. Estoy cansado de estar cansado, y de que me pregunten "¿por qué estás tan cansado?". Estoy cansado de tener que escribir esto, una y otra vez. Estoy cansado de estar, de tener que llevarme encima adonde quiera que vaya, de no poder olvidarme ni un segundo de quién soy (de quién creo que soy, de quién me hicieron creer que soy).
  Mañana será otro día. Tendré que comenzar a construir mi ánimo y mi persona desde cero. Alguien quizás me ayude. Quizás pueda convencerme de que no, de que no soy sólo una gran cantidad de fichas de dominó amontonadas en el suelo, sino que también soy una estructura en constante cambio y crecimiento, no muy majestuosa, pero sí mínimamente especial, con tanto valor como cualquier otra persona (o como la mayoría), una estructura que ella (siempre es ella, siempre) alcanza a apreciar. Si tengo suerte, quizás hasta me diga que me quiere.

domingo, 11 de marzo de 2012

Elogio de la constancia

  "Peluquería canina a domicilio". Hasta tiene el dibujito de un perrito y una especie de secador de pelo apuntándole. Pobre perro... ¿Pobre? Sí, pobre. No: pobre tipo. Sí, pobre el tipo que vive con esa mina, porque es una mina, que llama a la peluquería canina a domicilio para su perrito. Nunca entendí cómo es que los amantes de los animales, esas personas que siempre están hablando bien de las diferentes especies de mascotas que puedan ocurrírsele, que sienten hasta el más pequeño dolor por el animalito de turno, y que generalmente se cagan en sus congéneres, porque además siempre tienen plata, y siempre desprecian a la gente, y siempre a la gente que tiene menos que ellos, entonces, nunca entendí cómo es que estas personas siempre están tratando de humanizar a sus mascotas, en vez de dejarlas salvajes, impolutas. Hay algo ahí contradictorio, ¿por qué te llevás al bicho a dormir con vos? ¿Por qué le pagás un peluquero? ¿Por qué le ponés un pullovercito? ¿Por qué, si todo lo bueno que tiene tu perro es que no es una persona?
  Quizás exagero, siempre lo hago. Estoy tocando de oído, debo estar equivocado, lo importante es que no entiendo. Eso. No entiendo. "Peluquería canina a domicilio". ¿Y quién es el que hace eso? ¿Es un amante de los animales? ¿O un oportunista? ¿O alguien que hace eso por hacer algo, porque siempre hay que hacer algo, en este mundo tenemos que hacer algo, ojalá pudiéramos salir a pasear y acostarnos en la cama de esa señora que nos hace la comida y nos abriga y nos paga el peluquero a domicilio? Quizás haya algo ahí noble, sí, una persona que le corta el pelo a los animales, que va y se mete en las casas a hacer eso que, si no lo hace él, no lo hace nadie más. Quizás el perro esté más feliz con su pelo recién cortado. Quizás Dios, con su diseño inteligente, haya hecho que el pelo de los perritos crezca en detrimento de la comodidad de los mismos, y, para mantener el equilibrio de su perfecto universo, haya creado otra especie, una especie con individuos cuya misión sea la de buscar la comodidad de los primeros, yendo de casa en casa cortándoles el pelo, movidos por una fuerza interior inquebrantable. Tiene métodos misteriosos, ya lo sabemos. Quizás Dios sea un perro. No, Dios es Dios, él es todo, pero los perros son sus criaturas favoritas, hechas a su imagen y semejanza. O los gatos. O los hipopótamos. Quién sabe...
  Pero no es eso lo importante, no. No es eso lo que me llamó la atención del cartel de "Peluquería canina a domicilio". Lo que me llamó la atención es que el cartel es un cartel de chapa, y está clavado al poste. Quizás lleve allí años. Es un señor cartel. No es una fotocopia pegada con voligoma, o con cinta scotch. No. Esta persona, el estilista canino con movilidad propia, quiso asegurarse de que su oficio sea conocido por cada persona que se acerca al poste a intentar averiguar cuáles de todos los colectivos que pasan por la avenida paran acá. Todos esos carteles, los de las líneas de colectivo, eran de papel o plástico. Y de ellos sólo queda algún dígito, alguna parcialidad con cierto color que, el ojo habituado a viajar por Zona Sur sabrá descifrar. Miles de personas se pararán en esta esquina a mirar qué colectivos frenan aquí. Y será difícil que lo descubran. Sin embargo, todos ellos sabrán del famoso peluquero canino a domicilio, porque él se tomó el trabajo de mandar a hacer (¿o quizás él lo hizo?) y enchapar un cartel. A color. Con dibujitos. Y dice "Peluquería canina a domicilio".
  Tamaño esfuerzo es admirable. Esta persona está brindándose, lo suyo es un servicio. Ojalá ese espíritu estuviera presente en la gente que maneja el asunto de los carteles del transporte público. Ojalá todos hiciéramos lo que hacemos con esa convicción, con ese deseo de atrapar la atención de todos.
  Pero... hay algo que no me cierra. Algo que anula todo lo anterior. El teléfono al que hay que llamar para pedir el servicio, está borrado. No se alcanza a leer los dígitos del medio, me sería imposible conseguir un peluquero a domicilio para mi hermoso perro. No es que quiera hacerlo, de hecho, nada está más alejado de la verdad, los pelos de mi perro son increíbles, hermosos, tiene unos bucles sólo comparables a los rulitos de mi sobrina. Pero no me deja tranquilo la idea de que ese cartel de chapa, combado para ajustarse a la anatomía del poste de luz, clavado a éste con toda profesionalidad, presente allí desde quién sabe cuándo... es inservible. ¿Cuántos de estos carteles hay por la ciudad? ¿Los hizo el estilista, o un chapista (no se me ocurre de qué otra manera llamarlo)? ¿Nadie se encarga de vigilar su estado? ¿Nadie hace un mantenimiento de estos cartelitos? ¿Es que el chapista no posee, acaso, la misma pasión que mueve al estilista canino? ¿Es que el estilista canino ya no se preocupa por que la gente sepa a qué número tendrían que llamar para contactarlo? ¿Acaso habrá desistido? ¿Administra ahora un kiosco? ¿No puede hacer las dos cosas? ¿Se murió? ¿Se murió el chapista? ¿Su hijo no sigue el negocio familiar? ¿O lo hace, pero así nomás, mucha bola no le da porque en realidad él quiere ser representante de gente del espectáculo, y tiene unos amigos que tocan en una bandita y ya hicieron unos mangos con unos cumpleaños de quince, que no han sido la gran cosa pero que les permitió encamarse con unas minitas no tan borrachas como ellas luego señalaron? Son muchas preguntas. Hay un número de teléfono completo que sí se puede ver, es uno chiquitito, en la base del cartel. Creo, más bien, que es el número del chapista, no del estilista, porque hay dos, hay un estilista y un chapista, eso ya lo decidí, quizás uno esté muerto y otro tenga un hijo, eso está por verse. En fin, no hay nada en este momento más que ese número de teléfono al que me muero por llamar, pero, ¿cómo explicar para qué llamo? ¿Qué es lo que quiero averiguar?
  Quizás sólo quiera hablar con alguien. Quizás sea este domingo, esta espera por el primero de los colectivos que tendré que tomar, esta soledad. Pero hay todo un mundo detrás de esos tres o cuatro números invisibles, con todos los perros que ya no podrán ser acondicionados y con todas las minitas que los pibes de esa bandita intentarán cogerse.