miércoles, 7 de diciembre de 2016

III - Soldados

  Lo vi en casi todos los libreros con los que me tocó trabajar, aún en esos que se autodefinen (y bien) como mercenarios, como monstruos que sólo buscan vender. A todos (salvo a uno, debo reconocerlo) los he visto devolviendo material sólo porque no les caía bien el autor, ya sea por una cuestión ideológica o por alguna rencilla personal.
  En el caso de las diferencias ideológicas, el ejemplo que más me sorprendió fue el de un encargado de librería a punto de tener un bebé, en un momento de la empresa donde ninguno de nosotros sabía si íbamos a seguir laburando o si nos echaban a la mierda, donde lo único que importaba era vender, vender y vender, y sobre todo acatar todas las directivas que nos dieran, sin importar lo imbéciles que pudieran ser. Este tipo hacía todo eso: vendía descaradamente lo que se le cruzara, y obedecía hasta las más autodestructivas de las órdenes que le daban. Aún para él, que cuidaba más que nadie su laburo, hubo un libro que mereció ser cajoneado, que retiró de la circulación ni bien llegó, que negó a una cantidad enorme de clientes que lo pedían, porque desgraciadamente era un libro que se vendió mucho (en otras librerías, nosotros vendimos uno solo, un día que él no estaba). Ese minúsculo intento de resistencia, ahogado en un mar de concesiones y obsecuencias, me sonaba extraño, innecesario. Pero él evidentemente lo necesitaba. Esa batalla no la iba a perder. Esos libros eran como soldados del enemigo, y si bien él no los iba a destruir, sí los iba a encarcelar, para que no hicieran más daño en esa guerra que todos estamos luchando. Como este, conozco decenas de ejemplos más, al menos uno por cada librero que conozco.
  El caso de las rencillas personales, es aún más generalizado. Se da más que nada con libros escritos por libreros, corredores, editores, etc, gente que el librero resentido conoció. Nunca terminé de entenderlo, la mayoría de las veces lo condené, y siempre me reí de lo que consideraba una chiquilinada. Pero los puntos de vista cambian. Un buen día, conocés una mina por la cual perdés la cabeza. La mina no puede confiar en ningún hombre, está muy dañana por cosas que le pasaron siendo muy joven y cosas que probablemente no recuerde que le han pasado de muy chica. Pero a vos eso no te importa, la adorás, la acompañás, la ayudás en todo y te bancás ser el fusible contra el cual descarga su odio no sólo por los hombres sino por el mundo entero, que es una mierda, y en eso estás de acuerdo con ella. Llega el glorioso día en que entiende que sí, que evidentemente tiene un problema, que no puede ser que sólo por ser hombre seas un cerdo mentiroso que sólo quiere coger, que ese impulso de ira enceguecedora que ella siente le impide relacionarse de manera sana con cualquier persona, que haría bien en retomar la terapia. Dos meses después, está escapándose del consultorio de su terapeuta (un chamán burgués), a las dos de la mañana, luego de haber estado encerrada por más de cuatro horas, habiendo rechazado el ofrecimiento de alcohol, diversas drogas y de quedarse a dormir, de ser "iniciada" en un ritual de poder milenario y qué sé yo cuántas pelotudeces más. Te enterás de eso y querés matar al tipo, por primera vez querés agarrarte a piñas, sin importar el resultado, pero repartir dolor para que ese momento no pase inadvertido, para que el tipo recuerde para siempre que hay cosas que no se hacen. Alguien te convence de que no, de que no es que la hayan querido violar, que sí, obvio que se la quisieron coger pero eso no es ningún crimen, que bueno, como terapeuta obviamente es lo peor que existe pero que tampoco eso es un crimen, no cuando sos un chamán que hace terapias alternativas. Te calmás, quizás porque sos un cagón y encontraste cómo ahorrarte una pelea, pero seguís pensando que ese tipo fue un hijo de puta irresponsable, que esta pobre mina nunca más va a poder confiar en un tipo y nunca más va a intentar hacer terapia. Te queda un odio perpetuo por ese pelotudo, un forro al que nunca te vas a cruzar porque la ciudad y Allah son grandes. Pasa un año entero, y, para tu sorpresa, el forro este saca un libro. Y llega a la librería en la que trabajás. Y lo devolvés a la editorial, inmediatamente. Y le decís a tus compañeros: "muchachos, el libro de este hijo de puta, acá, no se vende". Y te sentís un poco más librero que antes.
  Y esto lo cuento, por primera vez, porque ayer un tipo con varios libros publicados me bardeó gratuitamente por facebook. Hoy tuve que devolver sus libros a la editorial porque todos estaban fallados, venían con varias hojas rasgadas. Cosas que pasan.

jueves, 13 de octubre de 2016

II - El Nobel

  Pasa algo parecido con la Real Academia. Un buen día, deciden aceptar "la calor", o "setiembre", o "dentrífico". Y el que lo dice así por costumbre o elección estilística, se siente contento, contenido, justificado. Por más que la RAE le parezca un ente arcaico. Y el otro boludo, el que está del otro lado, el que nunca jamás diría "la calor", o "setiembre", o "dentrífico", cae en el infantilismo de creer que su idioma ha muerto un poco más. Por más que la RAE le parezca una farsa.
- El próximo Nobel se lo dan a la Mona Jiménez, acordate lo que te digo.
- Ja, sí. Fuera de joda, si aguanta algunos años más, lo puede llegar a ganar Woody Allen, ¿no?
  ¿Por qué tanta indignación? ¿Qué separa a Bob Dylan de cualquier otro poeta ganador del Nobel? ¿El problema es que no escribió pensando en publicar libros? ¿O que es músico? El problema quizás sea que, por primera vez, hay gente a la cual la noticia la puso contenta. Por fin conozco a lectores de la obra del Nobel actual. No son las típicas viejas de Recoleta, esas faltarán: ningún estirado vendrá a preguntarme "¿qué tenés del que ganó el premio Nobel?". Es gente real, que siente un auténtico aprecio por la obra de Dylan. Dylan, que fue la voz de una generación entera, cuya obra tiene un peso cultural innegable. Poco importa que no nos guste ni un poquito cómo canta.
- Che, ¿leíste algo del nuevo Nobel?
- No, la verdad es que no conozco su poesía: siempre evité su música.
  Igualmente, es muy divertido indignarse. Exhibo un libro de Bob Dylan y lo rodeo de Arlt, Saer, Lautreamont, Borges, Kafka. Le saco una foto, se la mando a E. por uasap. Me contesta que lo de Dylan la puso contentísima, que la alegra ver a tantos libreros seudo-intelectuales indignados. Recuerdo entonces su fijación con León Gieco: una noche con un ex-novio, una anécdota hermosa para pintar una relación y para pintarla a ella, un digno del Nobel "no voy a pasar un viernes a la noche mirando un recital de León Gieco en la tele", un portazo que sólo puedo imaginar, y por el que todos los hombres que ella conozca somos en parte culpables: entre todos, deberemos pagar por esa noche de viernes de mierda que tuvo. Le digo, entonces, que me imagino su cara si el Nobel fuera, en vez de para Dylan, para León Gieco, el Dylan argentino. Acto seguido, la llamo tilinga. Me bloquea. A ella también le divierte indignarse.
- Y decime, ¿este es bueno?
- No sé, no lo leí. Pero el autor es ganador del premio Nobel, debe ser bueno.
  Y no falta el que avista las crisis, los quiebres, el jinete del apocalipsis: "tan mal está la literatura que su mayor exponente es un cantante. Y el año pasado se lo dieron a una periodista". Bueno, subamos un poco más la apuesta de la indignación. Hace añares que le entregan premios Nobel a dramaturgos. Y alguna vez se lo dieron a Churchill. Apurame, y me indigno también por cada vez que le dieron el Nobel a alguien que sólo escribía en verso. Lo bueno de las opiniones y los criterios es que creemos que los elegimos. Tenemos argumentos para defender cada una de las boludeces que creemos, pensamos y decimos. Pero es al revés: nuestro criterio no es el resultado de lo que exponemos con nuestros argumentos, sino que nuestros argumentos están para justificar y explicar de alguna manera por qué nos gustan las cosas que nos gustan. Preguntame y te explico por qué Ursula K. Le Guin tendría que tener su premio Nobel. También tengo argumentos buenísimos para explicar por qué ser hincha de River es la única posición aceptable frente al fútbol.
- ¿Y este? ¿Es bueno?
- Sí. Llevalo porque es buenísimo.

jueves, 29 de septiembre de 2016

I - Mis clientes

  Hay clientes en la librería que son "mis clientes". Si hay algún patrón que pudiera llegar a verse en una inmensa mayoría de ellos, es que son insoportables. De manera involuntaria; no son malos, pero suelen ser muy rompebolas. Los siento mis hermanos, justamente por eso. Vienen rebotando, maltratados o ignorados en todas las librerías que recorren. Llegan a mí y por primera vez en mucho tiempo alguien les sonríe ante cada uno de sus pedidos, alguien los escucha con atención, alguien hace lo posible por ayudarlos a que se sientan bien, sin importar si es que van a comprar algo o no. Insisto: no saben que son insoportables, no tienen malas intenciones ni son maleducados, y algunos incluso me terminan cayendo muy bien. Pero requieren una paciencia y un esfuerzo considerables.
  Podría hacer una especie de catálogo o inventario de estos clientes, pero no hoy, tal vez otro día. Lo que quería decir hoy, es que hay días en que ya no quiero atender a estos clientes. Quizás, como en cualquier relación, llega un momento en que me canso, en que siento que mi esfuerzo no es tenido en cuenta, o tan solo me aburro, o empiezo a detectar actitudes en el cliente que me dan por las bolas. O, también puede pasar, llegan en un mal día, en un día en que ser vendedor me pesa muchísimo, no tengo fuerzas ni para recomendar un libro de Saer, mucho menos para atender a un tipo o una mina que da diez mil vueltas y nunca sabe un puto dato certero del libro que busca.
  En días como esos, como este, la solución es muy simple. Desaparezco unos minutos de la librería. Me tomo la hora del almuerzo, o me voy a acomodar algo. Alguno de mis compañeros, entonces, atiende a "mi cliente". Y mi cliente no vuelve más. Mi compañero, luego, me contará "no sabés qué pelotuda la mina que acabo de atender". Y por alguna serie de retorcidas razones (porque hay más de una, lo sé), yo escucharé la historia con sumo placer.

miércoles, 29 de junio de 2016

Preludio en Do menor (op. 111), "un buen padre"

  Hay cosas que uno dice sin saber cuánto está diciendo realmente, o qué es lo que el otro va a oír. Un amigo una vez me dijo algo así como "yo considero que alguien canta bien cuando canta algo que yo no puedo cantar". Es una frase que me define tan bien, que dudo haber escuchado correctamente, temo haber deformado lo que este amigo me dijo para poder convertirlo en esto, esa descripción tan perfecta de gran parte de mi mundo. Si la acepto como una cita medianamente fiel, es porque creo que mi amigo y yo nos parecemos mucho.

  Estamos en la terraza, Leandro, su pequeño sobrino, y yo. Probablemente estemos fumados, no lo recuerdo, pero en esa época fumábamos mucho. Estamos sentados en el suelo, somos todos niños, definitivamente habíamos fumado. Una araña enorme se acerca al niño real, al único que podría (¿por qué?) percibirlo como una amenaza. Tengo miedo por él, pero no sé cómo reaccionar. Si me levanto a matarla antes de que se acerque, estaría identificando a ese animal con un peligro. No quiero hacerle eso al pibito, no lo merece. Es horrible. Yo le tuve terror a las mariposas durante toda mi niñez por eso mismo: no, no quiero que le pase. La araña se acerca cada vez más, y sigo sin saber qué hacer. Se la señalo a Leandro, le paso el problema o, más bien, sumo a otro adulto para poder solucionar lo más rápido posible esa situación entre los dos.
  - Camilo, ¿te gustan las arañas?
  Camilo ni levanta la vista, sigue en la suya. Pero aún así contesta con un "no" firme, casi inmediato.
  - Bueno, vení para acá.
  Leandro se levanta, lo alza y lo coloca en otro sector de la terraza. Camilo ya no se encuentra en el camino de la araña, y ni se enteró.
  Esa solución simple, ejecutada en apenas unos segundos, me maravilló y me seguirá maravillando. Leandro un día será un gran padre. Que podrá mandarse once mil cagadas que ahora no puedo imaginar, pero así y todo será un gran padre.

  Recordé ese episodio hoy, no sé por qué. Pero me hace pensar en esto que hace tiempo que no puedo dejar de pensar, en esta mujer a la que no llegué a conocer pero que admiro profundamente, que imagino que crió sola a un hijo que jamás alcanzó ni alcanzará una edad intelectual de más de seis años, pero que hoy en día es un adulto autosuficiente. Una proeza que nunca llegaré a ilustrar con palabras, aunque las únicas palabras que tengo ahora mismo son para intentarlo. En algún momento.

domingo, 6 de marzo de 2016

Llovía

  Tendría que haber reaccionado de otra manera. Claro, eso lo pienso ahora, veinte minutos después. Es obvio ahora, pero en ese momento no supe hacer lo correcto. Fue un juego de poder, en cierta forma. El tipo se metió para marcar territorio, me hizo quedar como un boludo a propósito. Se sintió amenazado, y actuó. Si bien reaccioné torpemente, lo positivo es que él me haya considerado un contrincante. Quizás, eso quiera decir que ella también me haya percibido como un hombre heterosexual medianamente interesante e interesado. Quizás nuestra charla haya sido algo más que un intercambio entre una librera y un cliente.
  - ¿Qué tal? ¿Te puedo ayudar en algo?
  Es muy bonita. Y me tutea. Bien.
  - Sí, ¿qué tal es este libro? ¿Lo leíste?
  - Mirá, si te soy sincera, no. Pero hace mucho tiempo que le tengo ganas. Escuché muy buenas cosas de la autora.
  - Sí, es una mina muy piola. Hice un seminario con ella.
  - ¿En serio? Qué copado...
  "Copado". Esa informalidad me hace sentir más cerca, ahí es donde pienso por primera vez que dejamos de ser librera/cliente y que hay una charla un poco más real, que ella se suelta y me habla a mí, no a un cliente, a mí, que en breve le diré mi nombre y esa palabra que escuchó tantas veces antes pasará a llevar mi cara también, aunque sólo sea por unos días. Pienso eso, me pierdo un poco mirándola, me avergüenzo al pensar que quizás lo note, y no veo venir al compañero que me descoloca con su pregunta pelotuda:
  - Che, ¿y está buena?
  No entiendo. Es obvio que me habla a mí pero no entiendo, no lo esperaba, la miro a ella para encontrar alguna pista de qué sucede, ella hace un pequeño gesto de hastío pero es muy actuado, entiendo que así funciona la relación entre ellos dos, que si bien el forro ese me habla a mí lo hace para que ella escuche, me usa como herramienta en una conversación que están teniendo ellos.
  - Lola Arias. La autora. ¿Está buena?
  Me siento un imbécil, la vuelvo a mirar y ella ya no me está prestando atención, mira los libros sobre una de las mesas y los acomoda, sé que tengo que reaccionar rápido porque la pierdo, la conversación se está terminando y es por culpa de ese gil (y mía).
  - Sí. Es... muy atractiva.
  No me importa la reacción de él, le respondo mirándolo pero estoy monitoreando la reacción de ella con mi visión periférica. La veo levantar las cejas. No sé qué significa.
  "Muy atractiva". Camino debajo de la lluvia, pasaron más de veinte minutos pero recién ahora me alejo, estuve dando vueltas pensando en todo lo ocurrido pero sin querer abandonar el recuerdo, imaginando que quizás podía volver para mejorar de alguna manera lo que creo que terminó para la mierda. Llevo el libro de Lola Arias conmigo, lo compré, lo hice envolver para regalo, entré a comprarle un regalo a una mina que me gusta mucho desde hace tiempo y me enredé en un episodio frívolo que involucra a otra chica. ¿Cómo puede ser? ¿Es tan fácil pensar en una u otra mina? ¿Cualquier mina que me preste un mínimo de atención pasa a ser un centro gravitacional sobre el cual orbitarán decenas, cientos, miles de pensamientos estériles? Y mientras me mojo, quizás por estar pensando en esta chica de la librería, se me ocurre que no sé si es buena la idea de ir al cumpleaños de Caru. No sé si llevarle un libro de regalo, tampoco. ¿No será mucho? ¿Cuánto me deja en evidencia el hecho de regalarle algo? Es un cumpleaños, sí, y es la costumbre reinante. ¿Pero acaso no sabe ella que no hay nada que yo haga siguiendo los protocolos socialmente aceptados? No, no sabe. ¿Quién sabe que todo lo que hago está previamente sopesado y analizado durante horas, días? Que las más simples actividades fueron para mí resultado de extensas planificaciones, ¿quién puede saberlo? Escucho la voz de un amigo diciendo "no podés ser tan especulador, debe ser extenuante". Pero después escucho esa misma voz diciendo "sos una persona muy analítica", y eso suena un poco mejor, y me quedo un poco más tranquilo. Mientras tanto sigue lloviendo y todavía no decidí si ir o no al cumpleaños. Aunque ya compré el regalo y me mojé.
  Luego de una hora ya estoy en mi casa, con el libro empaquetado apoyado en la mesa, frente a mí, al lado de una botella de vino tinto. Lo hice envolver y no lo dediqué. Regalar un libro sin dedicarlo es casi lo mismo que no regalarlo. Y aunque todavía no sé si voy a regalárselo a Caru, ya entendí que el envoltorio está al pedo. Lo examino unos minutos y decido que no lograré armarlo nuevamente, y que lo mejor es romperlo. Así que saco el papel de regalo y me encuentro con un libro que bien podría ser para mí. Podría leerlo mañana mismo, o esta noche, para volver mañana a la librería a comentarle a la librera lo que me pareció. Continuar la charla interrumpida. Podría pasar cualquier cosa. Lo más probable es que nada pase, ¿pero es diferente con Caru? La conozco hace años, hemos compartido muchas cosas, ella sabe que me gusta, ¿pero podría cambiar algo el hecho de ir a su cumpleaños? ¿Podría regalarle este libro y que eso me ayude a acercarme a ella? Hace meses que no la veo, ni siquiera sé si está saliendo con alguien, ¿por qué visitarla en su cumpleaños y no ir a la librería a seguir charlando con esa piba que todavía no sé cómo se llama? ¿Me gusta tanto Caru, si hace una hora y veinticinco minutos me crucé con una mina que me hace replant--? No. No busco las respuestas a esas preguntas. ¿Le gusto a Caru? ¿Le gusté alguna vez? ¿Puedo volver a gustarle, sabiendo que si alguna vez le gusté malgasté muchas oportunidades? ¿Y a la piba de la librería? ¿Le parecí lindo, interesante, piola? No tengo respuestas para eso, pero no puedo dejar de darle vueltas al asunto. Caru, Caru, Caru. Hace años que pienso en ella. Ojalá pudiera dejar de pensar.
  Me decido a escribir una dedicatoria, aún sin estar seguro de ir al cumpleaños. Miro la hoja en blanco sin decidirme por nada, no me sale nada. Quiero dejar de pensar. Tomo vino del pico de la botella, no sé cuánto tiempo paso con la birome en la mano, cada tanto pienso "estoy tardando mucho, voy a poner algo de música" pero al instante me digo "no, no, porque si no me voy a quedar toda la noche, escribo algo primero y después pongo música". Sigo tomando y calculo que ya podría haber escuchado dos o tres discos en todo ese tiempo. No quiero pensar más, por favor. "¡Feliz año nuevo! Siempre pensé que los cumpleaños son el verdadero comienzo del año, ojalá empieces el tuyo bárbaro". No. "Cumplís 27, estamos en el 2016, y nos conocemos desde hace 5 años. ¿Siguen siendo esas las cifras correctas, ahora que leés esto?". No. "Feliz cumple a mi persona favorita (del mundo real, excluyendo ídolos de la adolescencia). ¡Te quiero mucho, Carmen!". Ni en pedo. "Inserte dedicatoria sensible pero a la vez sensata, con un toque de humor (si puede ser un chiste interno, mejor) y optimismo no ingenuo". Basta.
  En algún punto de la noche veo que finalmente escribí algo. "Quise comprarte un buen libro no muy caro y te compré esto, nomás, y me mojé bastante porque llovía y te amo". Me río en voz alta. Agrego una postdata: "Conocí a una librera y ahora pienso también en ella". Está decidido. Ni en pedo voy a ir a ese cumpleaños.
  Diez minutos después de masturbarme ya ni pienso en la librera, pero sí en Caru. Ahí está la diferencia, y es muy notoria, muy fácil de detectar. Hay que hacerse la paja y listo.
  Tendría que ir al cumpleaños. En fin. Otra vez será.

martes, 9 de febrero de 2016

¿No te conté?

  No miento. Nunca miento. Todas las historias que cuento, todas las que no sos capaz de creer, son ciertas. Me pasaron. O, en su defecto, me podrían haber pasado. O me van a pasar. ¿Cuál es la diferencia? Hay una infinita cantidad de dimensiones, multiplicándose a cada rato. Pensá en la última vez que hablamos, esa vez que te fastidió eso que dije. Podría haber dicho otra cosa, y de hecho dije otra cosa, dije una infinita cantidad de cosas, dije todas las cosas posibles en todas las maneras posibles, dije cosas en idiomas que nunca antes había hablado y que a partir de ese momento siempre había hablado, dije cosas que nunca nadie había llegado a decir y las dije por enésima vez. Te dije lo que querías escuchar, y lo escuchaste y te encantó, y también te enojó, y te reíste, y me odiaste, y te fuiste, y me volviste a llamar, y me viniste a buscar, y no me atendiste, y me olvidaste, y me recordaste, y te ofendiste, y te equivocaste, y te diste cuenta de que tu miedo se había convertido en realidad. Todo eso pasó, todo eso podría haber pasado. Y así siempre, en cada palabra y cada acción. Todo me ha pasado, porque si no me pasó a mí le pasará a una de las versiones que son exactamente iguales a mí, que se irán repitiendo infinitamente a través del tiempo infinito, y a todas las versiones mías que son casi iguales a mí, pero que tienen apenas una diferencia (una pestaña más en uno de mis párpados, un leve aprecio por las pasas de uva), y a las versiones mías que tienen más diferencias y que terminan siendo exactamente iguales a vos.
  Así que todo es cierto, siempre, para siempre, por siempre, porque existe un siempre que las hará ciertas o que ya lo hizo y que no tendría que haber olvidado. Te cuento cosas olvidadas de otras vidas, sé que creés en las vidas pasadas, y si no lo creés, quizás lo creíste en alguna de tus vidas pasadas o lo vayas a creer en alguna próxima, así que bien puedo contártelo ahora para que lo cargues en tu memoria atemporal y lo recuerdes en algún punto pasado o futuro. Soy todo lo que digo, todo lo que no digo, todo lo que querés y todo lo que no querés, siempre. Soy el que levantó la voz valientemente en esa reunión, el que dejó boquiabierto al más impune de sus terrores, el que murió en todos y cada uno de los pasos que lo depositaron acá, vivo ante vos. Enfrente tuyo, ahora mismo, en compañía de todas las personas que conocimos, completamente solo.
  ¿Cómo es posible desconfiar? Es la única cosa imposible en el mar infinito de las posibilidades, que no me quieras creer, que la palabra no sea la realidad, cuando es obvio que la realidad no existe, no hay más realidad que las palabras, esas palabras que rebotan en tu cabeza y te van diciendo "eso es un gato, eso es una silla, eso pasó hace mucho tiempo, eso es algo que querés que pase en algún momento, eso es rojo, eso es una palabra". Eso que te dije es exactamente lo que pasó. ¿Por qué diría otra cosa?

viernes, 29 de enero de 2016

Las fauces del león, 4ta parte

  Todo se fue a la mierda muy rápido. Javier le robó plata a mi vieja, eventualmente mis viejos se enteraron, y mi viejo tuvo una charla larguísima con él a solas. Nunca supe de qué hablaron, ni cómo. En esa época todavía le tenía miedo a mi viejo, pero no miedo a una posible reacción violenta, ya que lo vi perder la paciencia sólo una vez, sino miedo a su juicio, a no poder ser lo que él esperaba de mí. Así que ese episodio, de Javier y mi viejo hablando en el patio (y en mi recuerdo fueron horas), es algo aterrador.
  Al otro día despertamos y Javier se había ido. Había dejado escrita en un cuaderno una especie de confesión y de disculpa. No me animé a leerla, toda la situación me excedía (varios años más tarde encontré el cuaderno y, al identificarlo como la confesión de Javier, lo cerré y tampoco lo leí en esa ocasión). Fue un día tristísimo, una mierda. Y no sé si fue justo ese día, o algún día posterior, que mi viejo me contó su historia. La historia que lleva encima, la historia que lo define, que lo marcó y que volvió a vivir con la llegada de Javier. La historia de otro niño, al que volvió a ver en los ojos de Javier.
  Fue en su época de residencia. Todavía era un médico inexperto: mi viejo suele decir que recién después de recibirse, ahí comienza la formación de un médico, ahí es cuando realmente empieza a aprender. Su paciente es un niño, con un problema grave de salud. Nunca se le dio bien lo de atender pibes chiquitos: ni en ese momento, ni al final de su carrera. Mi viejo recuerda la conversación, estando el nene en cama. Tratando de animarlo, de quitar su mente de la gravedad de su condición, le dice "no te preocupes, en poco tiempo vas a estar otra vez jugando con tu papá". El pibe guarda silencio unos segundos, lo mira a los ojos y le contesta: "yo no tengo papá". Mi viejo siente el golpe, queda sin habla. Totalmente desarticulado, siente pánico. Siente que ahí, frente a él, un león abre sus fauces. Y sabe que no tiene que hacerlo, que es lo último que tendría que hacer, pero igual lo hace: decide poner su cabeza en la boca del león. No puede decírselo al niño, pero se lo dice a sí mismo: "bueno, a partir de ahora, yo voy a ser tu papá". Es probable que ese pibe, en ese momento, necesitara más un padre que un médico. Y mi viejo creyó que podía ser las dos cosas al mismo tiempo. Imposible: esa profesión requiere muchísimas cosas, pero la más difícil de conseguir, es la de establecer una distancia emocional absoluta. El médico está enfermo, su profesión lo ha vuelto locom ya no es "uno de nosotros". Toda mi vida he escuchado a mucha gente quejarse de la insensibilidad del médico. Pero esa insensibilidad es el primer requisito del oficio: está obligado a ser un demente que camina tomando con una mano a la vida y con la otra a la muerte. Y eso todos los días de su vida. ¿Cómo caminar de la mano de la muerte de tu hijo? Es imposible de aceptar. Y eso le pasó a mi viejo. El pibe se moría, día a día empeoraba, y él era incapaz de verlo. Genuinamente creía que iba a sobrevivir. En las interconsultas entre todos los médicos residentes, exponía el caso del nene de manera optimista, y fue la cara de sorpresa de todos sus compañeros lo que lo obligó a volver a tomar contacto con la realidad. A entender que ese pibe se iba a morir, y que no había manera de salvarlo. Que, por lo menos, moriría con un padre cerca, que antes no tenía. Aunque el precio de eso, fuera que el león cerrara sus fauces, dejando a un hombre con el enorme dolor de haber perdido a un hijo para siempre.

viernes, 15 de enero de 2016

Las fauces del león, anexo

  - ¿Sabías que papá lo vio a Carlitos manejando el colectivo? ¿Te acordás de Carlitos?
  No lo puedo creer. Y no sé cómo hacer para mostrarle a mi vieja mi asombro, cómo explicarle en ese colectivo ruidoso en el que viajamos que hace más de un mes que le doy vueltas al asunto de Javier sin saber por qué, que no puedo creer la casualidad enorme de que me lo nombre ahora, que estoy tratando de ordenar mis recuerdos y dejarlos por escrito, para que dos o tres personas que ella nunca conocerá lo lean y se pregunten si es verdad o si estoy inventando todo. Escribo esto todavía shockeado, encantado una vez más por un momento de magia mundana, y otra vez en un colectivo. Es simbólico (para alguien que se maneja buscando patrones y símbolos) que se dé en un viaje, en un colectivo. Para un ermitaño como yo, acostumbrado a ser su único interlocutor, es el único lugar desde donde alguien más puede intentar decirme algo. Dentro de mi cueva (sea mi casa, o la librería), nada ni nadie me alcanza. No hay posibilidad de comunicación. Cada vez que estoy obligado a salir, por otra parte, pueden pasar cosas como esta. Que Javier esté manejando un colectivo que tomo todos los putos días. ¿Lo habré visto? ¿Será eso lo que lo empujó desde el más vergonzoso de los olvidos para colocarlo en el centro de mis desvaríos?
  Debe ser eso. La vida es simple y aburrida. Hacemos literatura de ella para tratar de darle algo de significado y dramatismo, y nos imaginamos entonces que yo escribo esto, y que lo conjuro, y que mis viejos, que jamás leerán esto, están escribiendo en sus cabezas esta misma historia, desde sus propios puntos de vista. Y que todo esto que cuento es cierto. Porque lo es.

martes, 29 de diciembre de 2015

Las fauces del león, 3ra parte

  A mi viejo le encanta ir al cine. O le encantaba, al menos, hace mucho que no sale de casa más que para cuidar a sus nietas. Ahora le sería imposible, pero hace años que dejó de ir al cine, y en esa época podía hacerlo. Recuerdo un episodio que me pareció clave: mi padre con muchas ganas de ir al cine, invitando a mi madre, mi vieja diciéndole que no, metiéndose en la pieza, siempre a la pieza a ver tele, mi viejo quedándose en casa, porque mi viejo no sale si mi vieja no lo acompaña. Andá al cine, papá. ¿Por qué no vas al cine? Te encanta ir al cine y no vas nunca. Recuerdo haberme jurado no cometer ese tipo de errores en el futuro. Era un chico que creía que podría llegar a tener una relación normal, después crecí un poco y entendí que jamás iba a tocar a ninguna mujer, después crecí otro poco y descubrí que siempre hay alguna mujer que te toca aún cuando te empeñás en decir que no es eso lo que querés, después crecí un poco más y me mandé cagadas mucho peores que las de mi viejo.
  También recuerdo el mes que mi vieja se fue de vacaciones a Italia, a visitar a su familia, dejándonos a mi viejo y a mí solos. Era un época en la que casi ni nos hablábamos, no porque existiera algún rencor, sino porque no había puntos de contacto. Y porque había muchísima culpa de mi parte, no podía mirar a los ojos a mi viejo sin sentirme un desperdicio de tiempo, recursos y posibilidades. No sé qué le pasaría a él, pero sí sé que el cine nos salvó. Ir una vez por semana a llorar al cine juntos, nos salvó.
  Pero mi recuerdo clave es este: un domingo, almorzábamos mi viejo, mi primo Ezequiel, Javier y yo. Hablábamos sobre películas y calculo que estaríamos intercambiando anécdotas sobre salidas al cine. Puedo dar por sentado que yo conté sobre esa vez que fui a ver "el rey león" con Ezequiel y uno de sus amiguitos. Me encanta contar esa anécdota. Mi tía nos deja en un cine a los tres. Los tres somos niños, pero automáticamente paso a ocupar el rol de adulto. Tengo que cuidar a los dos pequeños, tengo que soportar la película de Disney (siendo lo más probable que yo la quisiera ver también), los pibitos en un punto se paran y se ponen a bailar una de las canciones de la película, yo me muero de vergüenza e intento hacer que se sienten. Ellos se cagan de la risa, la pasan bárbaro. Yo, como siempre, me siento fuera de lugar y observado. No es una anécdota graciosa, pero sirve para ilustrar la relación que tengo con mi primo, la de ese momento y la actual. Y la cuento siempre y cuando él esté presente, porque hay amor en esa anécdota, debajo del disfraz que llevan todos mis discursos, escondido detrás del desapego, la sorna, el ridículo, el desprecio. Es la única manera que encuentro de decirle a mi primo que lo quiero.
  En fin, estamos en esa mesa, ese domingo, contando historias de ese estilo, y Javier en un momento dice "yo nunca fui al cine". Recuerdo el silencio, la cara de Javier, y la expresión de mi viejo, porque automáticamente fui a buscar su reacción, él tenía que dictarme qué cara poner, cómo seguir hablando después de esa confesión. Vi el dolor dibujarse en su cara, pero duró poco. Unos segundos después rompía el silencio pronunciando la única palabra que la situación ameritaba.
  "Vamos".

domingo, 20 de diciembre de 2015

Las fauces del león, 2da parte

  Trato de escribir sobre Javier, y encuentro muy difícil poder precisar los tiempos. No recuerdo cuánto tiempo vivió con nosotros. Eso me hace pensar que habrá sido poco. Le preguntaría a mi familia pero el tema de Javier es algo que no se habla, para nada. Nos duele a todos, supongo. La única mención posterior se dio hace unos años, cuando mi vieja, a solas y en voz baja, me comentó "Javier volvió al barrio, ¿sabías?". Le contesté que no y ya olvidé qué me dijo después. No sé si me comentó que vivía con una mina, o si es algo que estoy inventando ahora. Me cuesta mucho recordar, me cuesta mucho escribir. No sé bien por qué lo hago, a quién trato de contárselo. No sé a quiénes se lo he contado cara a cara. Sólo a una persona, me temo. Pero trato de reconstruir, y no sé por dónde empezar. Intento esto:

  Javier se meaba en la cama, prácticamente todas las noches. Gritaba en medio de sus pesadillas, también, usando palabras que no existían, y sólo ahora puedo intentar describirlo como "hablando en lenguas". Yo me cagaba en las patas cuando lo escuchaba. Todas las noches me iba a acostar con miedo, sin saber bien miedo a qué. Miedo a su miedo, quizás, si quisiera creerme buen tipo. Y así, a unos días de que Javier comenzara a vivir en mi casa, toda nuestra relación había cambiado. Antes era ese amigo que venía a jugar a mi patio, sin saber muy bien por qué. Ahora era un pibe torturado que dormía en la habitación siguiente a la mía, un pibe al que seguro le habían hecho muchísimo daño. Ya no podía tratarlo igual, no sabía cómo tratarlo. Todo en él me parecía frágil: su aguda vocecita, su terror nocturno del que no sabíamos cómo hablar, su actitud de sumisión constante. Sus ojos claros.

  Me detengo. ¿Tenía ojos claros? Lo evoco en mi cabeza con ojos claros, pero debe ser una de las trampas de mi memoria. Lo recuerdo frágil, y lo armo acorde a eso: los ojos claros son, en mi aparato simbólico, un indicio de vulnerabilidad. Por eso desconfío. 
  También desconfío de mi capacidad para observar esos detalles. Tengo muy presente un momento vergonzoso pero edificante, de otra etapa de mi vida. Chateando, una hermosísima mujer con la cual ya había salido un par de veces, me convenció de que no tenía ojos claros, cuando en realidad ese era uno de sus rasgos más llamativos. Pasado el chiste, creo que se entristeció pensando que yo no la registraba, o que no le prestaba atención. Y algo parecido me pasó en otra ocasión, con otra hermosa mujer, cuando después de años de amistad tuve que parar una conversación para mirarla bien de cerca y constatar que sí, que tenía ojos claros y que uno era más claro que el otro, pero me estoy corriendo definitivamente del eje de lo que quería contar. Tengo que volver a Javier, hay algo ahí que quiero contarme, y no sé qué es. Y estoy solo en esto. Como dije al principio, en mi familia no hablamos de Javier. No tengo a quién preguntarle si tenía ojos claros o no.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Las fauces del león, 1ra parte

  Soy una persona con una muy baja autoestima. Enfermizamente insegura, de manera exagerada. Haciendo tratamiento psicológico me topé con la tranquilizadora frase "la duda es un indicador de sanidad mental", y la abracé con toda mi fuerza. Era una explicación amable: soy sensato y centrado, nunca un cobarde sin registro de la realidad.
  Esta inseguridad me hace una persona celosa. Estar seguro de no valer nada pone en peligro cualquier posición que haya sido ganada. Siempre hay alguien que puede pasar a ocupar ese lugar que, ridículamente, ocupo. Me pasó con mi primo menor. A los tres años, vivía un enamoramiento con mi tía. Pasaba en su casa varios días, no quería volver con mis padres, era feliz con mis tíos jóvenes donde no había hermanos mayores, no había competencia de ningún tipo y todas las atenciones eran para mí. Hasta la llegada de Ezequiel. Cuenta la leyenda que prometí no olvidar nunca "eso" que me hacía mi tía; la llegada de otro niño. Y esa boludez infantil me volvió a ocurrir unos años después, con la llegada de Carlitos.
  Carlitos era un pibe del barrio; un barrio en el cual yo no era uno de los pibes del barrio, porque básicamente no salía de mi casa más que para ir y volver de la escuela, a una cuadra y media. Carlitos comenzó a venir a mi casa, en una época en que yo casi no tenía amigos, o quizás los tuviera pero no se molestaban en venir a visitarme. Repito: por esos años, yo no salía para encontrarme con nadie. Así que Carlitos venía. Mis padres, mi madre, creo, le abrió la puerta. Me lo presentó. "Él es Carlitos". Y comenzamos a jugar. Al menos uno de mis dos hermanos a veces estaba presente y hacía todo un poco más fácil: organizaba algún juego, o al menos servía de intérprete, ya que podía hablar con los dos niños que no podían hablarse entre ellos (toda la culpa era mía, no hay ninguna sorpresa). Y Carlitos se convirtió en mi amigo.
  No recuerdo cuánto tiempo fuimos amigos, y tampoco puedo recordar qué edad tenía cuando lo conocí. No recuerdo mucho de la primera etapa de nuestra amistad. Recuerdo que él tenía pelo largo y que desapareció por un tiempo prolongado, y que después volvió a aparecer con el pelo cortísimo y llamándose Javier, que en realidad "Carlitos" era un apodo, que ese era el nombre de su padre pero que él era Javier. Y en esa segunda etapa comenzó a ser Javier. Creo recordar que esa segunda etapa me encontró más sociable, con otros amigos. Sé que uno, al menos, conoció a Javier. Creo recordarnos a los tres jugando a la pelota, aunque no puedo entender cómo yo podía estar jugando a la pelota al aire libre. Calculo que eran mis intentos por ser un niño normal, o por no estar tan solo todo el tiempo, al menos. Quizás hasta lo disfrutara. Sí, el recuerdo es placentero.
  No sé bien qué pasó entre esa segunda etapa y la tercera. No sé si Javier volvió a desaparecer o si de un día para el otro, comenzó a vivir con nosotros. Ahí entendí un poco más por qué había llegado a mi vida, cómo es que mi vieja me lo había presentado. Carlitos pasaba a pedir comida, y mis viejos le daban. Ahora que escribo esto, pienso que el hecho de que me consiguieran un amigo también fue un acto de caridad, mis viejos debían estar preocupados por mí. En fin, en algún momento mis viejos decidieron que Javier viviera en nuestra casa. Sé que hablaron con su madre, no sé más que eso, pero Javier pasó a ser uno más de nosotros. Y yo no lo pude aceptar. Era mi amigo, lo quería, pero el hecho de que mis viejos adoptaran un chico de mi edad me pareció dolorosamente insultante. Lo acepté y apoyé la decisión desde el plano racional, pero emocionalmente me sentía devastado. Estaba indignado. Recuerdo una fantasía: soplaba las velas de mi cumpleaños número dieciocho, y me iba de casa. Interrumpía el festejo revelando un bolso preparado de antemano, y me iba, haciéndole saber a mis padres que era por Javier, por el hecho de que lo adoptaran, que me iba para siempre. Qué hijo de puta. Ahora entiendo por qué no recuerdo mucho de todo este episodio: era un pendejito de mierda y no lo quiero aceptar.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Tres maneras de equivocarse en la obsesiva búsqueda de patrones (o "no soy tan boludo")

  Tuve una novia que era muy inteligente. Una de las personas más inteligentes que conocí en mi vida. La segunda más inteligente, seguro. La más inteligente, puede ser. Hace unos siete años, más o menos, me prometió que se iría del país el día que Macri fuera presidente. Para probar que ella era mucho más inteligente que yo, me reí de su miedo, asegurándole que un pelotudo como Macri jamás llegaría a presidente, que se quedara tranquila. En realidad, estaba tratando de tranquilizarme a mí mismo. Yo no me quería ir a vivir a otro país, y no podía pensar en no vivir con ella. Las cosas cambiaron. Y hoy (un hoy que no es hoy, pero que casi), Macri es el presidente. Esa promesa sólo me la hizo a mí. O no, es decir: el día que me lo dijo, no había nadie más escuchándola. Y en las incontables charlas de política que compartimos con otras personas, no la escuché repetirlo. Quizás sea el único al tanto de su promesa. Quisiera saber si la recuerda. Quisiera saber dónde está, quizás ya no esté en el país. ¿Quisiera saber de ella? No lo sé, en momentos de angustiante soledad es difícil darse cuenta de cuánto valen los demás, de si los otros son las personas que se supone que tienen que ser o si son, más que nada, un remedio para esa tremenda angustia. Lo que sí sé, y creo que es lo más triste, es que quisiera saber si tiene planeado irse, porque me gustaría volver a la casa que compartíamos. Quisiera saber si no me la alquila.

  Salí con tres mujeres en toda mi vida. Las tres usaban (usan, calculo, pero el pretérito es el único tiempo del que puedo estar seguro) sus segundos nombres para identificarse. Las iniciales de esos nombres son, en orden cronológico, "A", "L" y "E". ALE. Si hay alguna especie de orden superior, acabo de entender lo que me quiere decir: se llegó a donde se tenía que llegar. Aunque también recuerdo la sentencia de un amigo muy querido, el más sincero y bestial que tengo, que alguna vez, al escucharme describir a una chica que me gustaba (ni "A", ni "L", ni "E", sino la única chica que me gustó que no me dio bola), me espetó un "Kaos, tenés que dejar de enamorarte de vos mismo". Así que puede ser obra de un orden superior, u obra mía, que soy capaz de manejar la realidad que me rodea de manera simbólica para dictar señales oscuras y ambiguas. O puede ser una casualidad, claro. Pero no puedo perder la oportunidad de compararme con Dios, ¿no?

  Casi no estoy leyendo, pero nunca en mi vida compré más libros que ahora. También me compré más instrumentos de los que podré aprender a tocar en mi perra vida, pero bueno, estoy rellenando vacíos con cosas. Lo hacemos todos. Lo que me llama la atención es qué libros estoy comprando (y leyendo). Son libros que me recomendó o que le gustaban a una piba que sé que no voy a volver a ver. Son libros que me quedé con ganas de comentar con ella, para enterarme de su opinión. ¿Para qué elegirlos, entonces? La respuesta real es que son libros buenos, buenísimos. Aunque me asusta pensar que, quizás, sea una manera de fingir que la conversación con esta persona continúa, o que es posible, que me tengo que preparar para cuando finalmente se reanude. Son libros buenos, nada más. No soy tan boludo. No soy tan boludo. No. No soy tan boludo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Fumo

  Fumo para envenenarme. Estamos ahí para que ella se desintoxique, y me parece lo más adecuado. Así siento que se mantiene cierto tipo de equilibrio, así hay alguna interacción, aunque ella duerma. Aunque ella se haya acostado a dormir vestida, apenas dejando caer sus sandalias, un minuto después de que entráramos a la habitación, su siesta y mi cigarrillo funcionan como acción y reacción. La veo dormir, vigilo su sueño. Y fumo.
  Fumo uno de sus cigarrillos, fumo un cigarrillo completo por primera vez en mi vida. Lucho contra la tos, hago lo imposible por no despertarla. Siento que una columna de humo me desgarra la garganta, me arde la nariz como nunca antes, me siento respirando fuego y recuerdo los momentos de mi niñez en que, torpemente, respiraba agua en una pileta o en el mar. Es un ardor parecido. Pienso en la similitud entre el agua y el fuego. Opuestos que se tocan, opuestos como nosotros, pero ahí está ella, durmiendo, y yo no la toco.
  Fumo buscando el sabor de sus besos. Chupo el cigarrillo imaginando su propia expresión al hacerlo. Soy una marioneta, uso mi cuerpo en la oscuridad de la habitación para darle vida al otro cuerpo, al inanimado, al cuerpo hermoso que descansa, por fin, en la cama de este hotel. Imito gestos suyos que nunca he visto pero que intuyo. La dejo dormir pero la mantengo despierta, en mi propio cuerpo.
  Fumo para darle vida a la llama que la ilumina. Doy pitadas suaves, contengo la tos, lloro del dolor. Todo para poder verle el pie desnudo, colgando de la cama. Me apuro a recomponerme para poder pitar otra vez, y veo su pelo. Algunas lágrimas después, alumbro las curvas del cuerpo que se dibujan por debajo de las sábanas.
  Fumo hasta que empiezo a toser, me levanto y rápido voy hacia el baño. Sigo con todas las luces apagadas, mis ojos se acostumbraron y desde lejos vigilo que no se haya despertado. Me insulto por lo bajo cuando la veo cambiar de posición. Sé que la desperté, pero por suerte no del todo. Se vuelve a dormir, sigue en su limbo, no recuerda que afuera de este hotel está por perder su trabajo, y que la esperan un noviazgo en crisis, un proyecto de amante que no prosperará y un insomnio insoportable.
  Fumo, sigo fumando desde el baño, retrasando el final. Doy la última pitada, totalmente asqueado. Nunca más volveré a fumar. Me encuentro con un cigarrillo encendido en un lugar extraño, y dejo de pensar en ella. Ya han vuelto a mi cabeza las mismas limitaciones de siempre. El hecho de no saber cómo apagar el cigarrillo se convierte en un problema insoportable, y olvido que comparto una habitación de hotel con una mujer hermosa. Cuando finalmente, imitando lo visto en alguna película, lo apago usando el agua de la canilla del baño, exactamente en ese momento, ella despierta. Está en su cama. Mira hacia su biblioteca, nota la ausencia de un libro. Se da vuelta y ve, al otro lado del marco de la puerta, a su novio sentado en el sillón, leyendo. Recuerda vagamente el sueño que la acompañó durante la siesta. Soñó que yo la veía dormir, mientras fumaba. Le parece un lindo sueño, aunque algo triste. Pasadas algunas horas, mientras cocina y ve el noticiero, recuerda por última vez el olor de un cigarrillo en una habitación de hotel y olvida su sueño para siempre.

martes, 22 de septiembre de 2015

Otra voz

  Van diez minutos de recital y me estoy preguntando qué mierda hago ahí. ¿Qué buena razón tengo para estar en un recital? No escucho nada, es todo una pelota de ruido, no salto, no canto, odio a la piba que me roza. Veo a la banda en el escenario y me cago a pedos, me digo cholulo, es eso, no hay más que eso, si quisiera escuchar la música escucharía un disco, acá no escucho nada, estoy ahí para ver a Mike Patton haciendo morisquetas. Me doy asco.
  Una hora y media después estoy saliendo, afónico y riéndome, riéndome de lo contento que estoy, pensando que hacía un montón que no estaba contento, palmeando a mis amigos con los cuales no compartía algo desde hacía mucho, pensando en cuánto los quiero y en que en algún momento temí haberlos perdido. Pienso también en la mina que me rozaba, qué copada que parecía, cuánto me gustó. Y sigo cantando, canto sin voz, sin mi voz, al menos. Tengo una voz rara, no me quedé sin voz, sino que tengo otra voz. Y me gusta. No es como la voz de mierda que tengo siempre, la que mañana voy a volver a tener. Es otra voz. Y canto, emocionado, uno de los temas más lindos que conozco.
  Una hora después estoy viajando en un auto, con un remisero que me cae para el orto, un forro inexplicable. Escuchamos cumbia villera, y de la mala (porque hay cumbia villera buena, cerrá el culo). La cosa empeora: aparece Rod Stewart. El tipo me empieza a hablar, como hace siempre. No me importa en absoluto lo que me dice, pero contesto. Y escucho mi otra voz. Y soy otro. Y le hablo. Le digo que no es tanto problema que llueva el día de la primavera, que los mejores días de la primavera los pasé con días de mierda. Como la vez que tomamos el ácido entre todos y la flasheé como una semana entera pensando que me había vuelto loco, porque sentía el cerebro, ¿entendés?, lo "sentía", tenía peso, forma, sabor, color, y se me movía todo el tiempo. O la vez que me cogí a Estefania, llovía y estábamos en la plaza, fue medio rápido pero estuvo buenísimo, después me fui y al llegar a mi casa vi que no tenía las llaves, tuve que volver y me puse a buscar en el barro y las encontré y me las llevé, y en la puerta de mi casa vi que no, que en realidad eran las llaves de Estefanía, que había vuelto también pero se había llevado las mías. O la vez del brownie loco que comió el Tomi, que jamás había tomado cerveza, siquiera, que se terminó cagando encima cuando estaba transando con la piba que le gustaba. Armo un pastiche de todas las historias que me contaron y que jamás podría haber protagonizado, y las exagero, y las cuento con mi nueva voz y me importa una mierda. Lo mejor de todo es que al remisero también le importa una mierda. Él me sigue contando que tiene una tele en el baño.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Un mal mes, nada más

  La mentira es el mejor invento de la humanidad, mucho más importante que la rueda. O quizás sea un descubrimiento, quizás la mentira como concepto pueda existir aún sin humanidad. En ese caso, sería un descubrimiento más importante que el fuego. Es el verdadero motor de la especie. Con todo lo bueno y lo malo, por supuesto. Pero donde miremos, está. Y cuanto más importante es el problema, más grande es la mentira que lo soluciona. ¿Cómo vivir sin entender que vivir es morir algún día, si no fuera por la religión y su bálsamo incapaz de rechazar? Pero no, no voy hacia allá ahora (no voy hacia ningún lado, escribir esto y eventualmente publicarlo no es un paso hacia ningún lado).
  La mentira más útil suele ser la propia. La que nos decimos para poder construírnos ante nuestros propios ojos y ante la mirada de los demás. Potentísima, generosa, infaltable. En la gran mayoría de los casos, ninguno de nosotros tiene ni puta idea de quién es realmente. Y si bien este es un tema filosófico inacabable, yo me detengo en una cuestión más superficial: la autodefinición. Más allá de las etiquetas que nos pusieron los demás, esas que tampoco son tan fáciles de sacar, están las que nos encanta vestir y que nos pusimos solitos. A mí me encanta decir que soy bueno, por ejemplo. También digo (y ya nos vamos acercando) que nunca miento. Me parece buenísima porque se explica a sí misma. ¿Cómo no me vas a creer? ¿No escuchaste que nunca miento?
  Una variación del "nunca miento" es, justamente, la etiqueta que me empuja a escribir esto. La de "no tengo filtro". "Yo voy de frente, no me importa nada". "¿Sabés lo que pasa? La gente no me banca porque digo las cosas como son". No, tesoro. La gente no te banca porque sos imbancable, justamente. No decís grandes verdades, lo que decís son estupideces, generalmente agresivas. Hay una confusión impresionante entre la agresividad y la sinceridad. Decirle a alguien "vos te creés que silbás bien y por eso silbás todo el tiempo, ¿no?" es de mal bicho, no de "sincericida".
  Entiendo la necesidad de atención. Todos la entendemos. Y la encantadora ilusión de que tenemos algo interesante para decir. Pero hay que aprender a distinguir qué vale la pena decir y qué no. En Educación Cívica, por ejemplo, tendrían que enseñarnos a detectar en los interlocutores la total falta de interés. No podemos seguir hablando solos, todo el tiempo, sin importar quién está delante. Es increíble la cantidad de gente que habla completamente sola, y no hay manera de hacerles entender que vos también sos una persona, que no sos el espejo del baño con el cual practican las caras y los tonos, que tu función en este universo no es ni será jamás festejarles nada.
  Pero no. Es mucho más fácil mentirse a uno mismo. Decirnos que todo lo que pensamos es interesantísimo, que tendremos nuestras limitaciones pero que tampoco es que me chupo el dedo, imaginate, a mí me hiciste eso una vez y ya está, agarrate porque no paro, yo boludo no soy, aparte a la gente así habría que encerrarla y reeducarla, no piensan, no entienden nada, ¿y te conté lo de Martín?, el otro día me llamó porque necesitaba un y bla bla bla.

  Hacenos un favor. No le expliques más a nadie cómo sos. Se nota. Y no tiene nada que ver con lo que decís. Nada.

(borrador para la campaña de "dejá de hablar huevadas", este es un proyecto que empecé hace unos años, porque tengo varios proyectos, yo soy así, inquieto, y otra cosa es que soy como muy consciente, ¿no?, a veces me juega en cont-- che, ¿adónde vas? ¡te estoy hablando! ¡CHE!)

domingo, 16 de agosto de 2015

Un mal día, nada más

  No aguanto más. No aguanto más a la gente. No me aguanto más, la autorreferencia constante me obliga a odiarlos, a verme en cada uno de sus fracasos y vergüenzas.
  Hoy pasó por la librería una piba acompañada por su madre. Resultó ser una "cuentacuentos". Sí, eso hace. A eso se quiere dedicar. "Ya contó cuentos en la feria del libro", me dice la madre. Y yo ya no siento ternura por estos personajes, no me pareció simpática ni soñadora, me pareció una pobre piba, inmersa en una nube de pedos. La ayudé a elegir varias antologías de cuentos, pero siempre desde la distancia, me cansaba escuchar su optimismo mientras hablaba con la madre. Y tenía tantos modismos que me habrían caído bien en otra época: olía los libros, era amable, se expresaba con palabras un tanto peculiares (me llamaba "muchacho"). Además de que era linda, muy linda. ¿Qué pasó? ¿Qué me pasó en el camino? Porque si bien la literatura oral siempre me pareció una paja con público, esta piba me tendría que haber caído bien. Pero no. Quería que se fuera, que se llevara su sueño imbécil con ella. Que se llevara a la madre a otro lado, a pagarle otras cosas. Probablemente, porque no podía dejar de verme en ella. Un forro, que quería ser escritor, quizás sólo por el hecho de poder definirse con alguna palabra. Hola, soy escritor. Uh, qué bueno, yo soy cuentacuentos. No, basta. Andate. En el medio atendí mal a otra piba linda más, y me sentí culpable. Intenté arreglarlo con la cuentacuentos tratando de averiguar, antes de que se fuera, dónde solía contar sus cuentos. Y eso me llevó a un canal de youtube, que no puedo mirar más que de costado por la vergüenza ajena que me hace sentir. Mirá, tengo un canal de youtube. Ah, buenísimo: yo tengo un blog.
  Poco tiempo después llegó un chabón con la madre. Otro aparato (digo "otro" siendo el primer aparato yo) acompañado por la madre. Otro huevón que le hizo gastar a la vieja como una luca en libros pelotudísimos sobre la segunda guerra mundial. ¿En serio, gordo? ¿Eso hacés? ¿Sacar a tu vieja de paseo para que te compre libros boludos? Y otra vez lo mismo: me veo llegando a mi casa (no, a mi casa no, a la casa de mis viejos) dejando ropa en un cesto para que mi vieja la lave mientras me pongo a jugar al GTA V. ¿En serio, gordo? ¿Eso hacés?
  Y siento que mi vida es un poco eso: encontrarme con la misma situación, en todos lados. Escuchar cosas que no me interesan, verme obligado a contar aquello que no le interesa a nadie. No sé en qué momento pensé que podía llegar a ser otra cosa.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Sin título, número 1

  El primer día no me enteré de nada. No noté nada extraño. Las desapariciones eran sólo eso, no las integré a una visión general. Raro en mí. Siempre me creí algo así como un cazador de patrones. Lo que confirma que la opinión que tenemos de nosotros mismos es siempre desacertada. Até cabos recién al segundo día. Ese primer día, sólo noté que Guillermo había faltado al trabajo. Le pregunté a Julia si necesitaba que me quedara hasta más tarde, para cubrir su turno. Su única respuesta fue una mirada fría, difícil de precisar si era de desprecio o de indiferencia. Me volví a mi casa a la hora de siempre. Julia no contestó a mi saludo.

  El segundo día, sí. Lo noté. En el colectivo sólo viajaban mujeres. Y yo. La chofer era una de las pocas mujeres que trabajaban en esa línea, la misma que me había llevado y traído de vuelta el día anterior. ¿Dónde estaban los hombres? Yo estaba ahí, ¿dónde estaba el resto? Julia no me dice nada, pero sé que Guillermo hoy tampoco viene. Hoy sí me quedo hasta tarde.

  Les mando mensajes a mis amigos, pero ninguno me contesta. Llamarlos, así, de la nada, me parece demasiado invasivo. Aún en una situación como esta. Espero a que respondan. Hace tanto que no hablo con ellos. Su silencio no significa nada. Nada nuevo, al menos.

  Las mujeres en el colectivo me miran mucho. Demasiado. Es la misma mirada fría de Julia, no sé qué significa. ¿Dónde están los hombres? ¿Me culpan por su desaparición? ¿O me culpan por no haber desaparecido?

  En el trabajo contratan a una chica para ocupar el lugar de Guillermo. Ya no me quedo hasta tarde. También contratan a una chica que hace mi horario, y trabaja en mi escritorio. Me mudo de escritorio pero no le pido explicaciones a Julia. He olvidado el sonido de su voz, pero creo recordar que me aterraba.

  Los hombres existieron. Hay fotos, hay miles de pruebas. Pero ya no queda ninguno más que yo. Todas ellas me miran, algunas sorprendidas. Me acostumbré a vivir en esta extrañeza. No fue tan complicado: sólo hay mujeres. Pero para ellas es más complicado. Sólo hay mujeres, hasta que yo paso caminando. Entrar y salir de esa realidad debe ser incómodo, puedo entender el odio detrás de algunas miradas.

  A la noche me cuesta dormir. Recuerdo que antes podía temer la intrusión de algún agente externo violento. En todas esas fantasmagorías pesadillescas, el intruso era un hombre. Ahora que ese temor es obsoleto, ¿qué es lo que me aterra? Lo que sea que haya hecho desaparecer a los hombres ha decidido ignorarme, no es eso. Me cuesta tratar de detectar a qué temo. Mis pensamientos son interrumpidos por el terror que produce cualquier mínimo ruido. Y cuando es de día, ya no tengo necesidad de pensar en el miedo nocturno.

  La colectivera pasó de largo. Van dos días seguidos. Camino hasta paradas en donde haya mujeres esperando. Ahí sí, entonces para.

  Este mes no me depositaron el sueldo. Quizás sea mejor así. Voy hasta el estudio de una abogada conocida, tengo el número de teléfono pero prefiero presentarme en el estudio y aguardar. En la sala de espera hay dos mujeres. Menos de un minuto después de sentarme, una de ellas se retira. La otra se me acerca, ofuscada, y me espeta un "¿No le da vergüenza?". La verdad es que sí.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Asco

  ¿Cuál es el peor insulto que un hombre le puede decir a otro hombre? Puto. ¿Cuál es el peor insulto que un hombre le puede decir a una mujer? Puta. La misma palabra, con diferente género, y he escuchado muchas veces decir que significan algo diferente en cada caso, que a nadie se le ocurriría usar "lesbiana" como insulto. Pero no. Esa visión es errada. Al decir "puto" o "puta", se dice lo mismo. Puto es aquel al que le gusta coger con hombres. Puta es aquella a la que le gusta coger con hombres (poco importa el tema del intercambio monetario, en el insulto sólo se hace referencia al gozo y a la elección). Así que pareciera que, para el hombre genérico, no hay nada peor que alguien que pueda querer coger con él. Nada en el mundo da más asco que él.

  Se siente bien saber que no estoy solo, y que lo que siento es sólo lo que me han enseñado que debo sentir.

martes, 17 de junio de 2014

El pelado

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. En la fila ocupo el quinto lugar. En los primeros cuatro lugares hay, respectivamente: un pibe joven, flaco y morocho, con pelo corto y peinado con gel; una chica joven, bonita, pelirroja y con anteojos; un tipo alto, pelado, vestido con ambo azul; un señor petiso y de cara arrugada, con anteojos.

Estoy cruzando las vías de la estación de Lomas, llegando a la parada del colectivo. Hay sólo un tipo esperando (mala señal, porque implica que el tiempo de espera será prolongado, ya que no ha pasado mucho tiempo desde que el último vehículo se retiró). Me coloco detrás de él. Es un tipo alto, con cara de malo. Es pelado, lleva una campera sobre su ambo y tiene un maletín en la mano.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. Un pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me suena, lo vi en algún lado. Pasan dos cuadras, y no se baja. Voy hacia la puerta trasera, toco el timbre: es mi parada. El pelado baja por adelante, en la misma esquina. Cruza por delante del colectivo antes de que este doble, camina hacia la misma dirección que yo emprenderé, una vez que el colectivo termine de doblar. Lo veo caminar mientras llego hasta mi casa. Me sacó más de media cuadra de distancia.

Llego a la parada del colectivo, estoy en la estación de Lomas. Adelante mío está el pelado del ambo. Prácticamente, viajo con él todos los días. Siempre se sienta adelante, suele ser uno de los primeros en subirse al colectivo y elige uno de los asientos más cercanos al chofer. También se baja por adelante, creo recordar. Siempre en la esquina de mi casa.

Estoy llegando a la estación de Banfield, en el tren. Generalmente viajo leyendo, pero contando las estaciones, siempre. A veces, cuando la lectura es muy atrapante, puede que me saltee alguna. No estoy seguro de que haya pasado, quizás sí, pero lo que importa es que tengo la sensación de que me pasa, o de que me puede pasar: es por eso que, además de contar las estaciones, miro por la ventanilla cada vez que el tren se detiene, para reconocer en qué estación estoy (siempre y cuando la lectura no esté demandándome tanta atención como para hacérmelo olvidar, cosa que no sé si alguna vez ocurrió, repito). Son seis estaciones hasta Lomas, siendo la de destino, la séptima. Yrigoyen y Avellaneda son las estaciones elevadas, son las más fáciles de distinguir de las demás, pero las más fáciles de confundir entre ellas. Por suerte, después viene Gerli, que es la más fácil de todas: las puertas se abren del lado derecho, cuando todas las demás (hasta Lomas, al menos) abren del lado izquierdo. Después viene Lanús, con el Bingo del lado derecho. Escalada, con los viejos talleres del lado izquierdo. Y Banfield, a la cual estoy llegando. Es la que más me cuesta, porque si no presté atención antes de que entráramos a los andenes (a la plaza del lado izquierdo), me veo obligado a contorsionarme para ver el cartel con el nombre de la estación, que está, al igual que la plaza, del lado izquierdo. Veo el cartel, me quedo tranquilo. Las puertas se abren, hay gente que baja, gente que sube. Las puertas se cierran y el tren reanuda su marcha. Instantáneamente, un pelado se pone delante de la puerta. Qué gracia me da esa gente tan apurada por ser la primera en bajar, que se prepara con tanta anticipación. Cuando el tren finalmente llega a Lomas, el pelado baja y sube las escaleras de la terminal corriendo. Es el pelado que compartirá luego el colectivo conmigo, y que se bajará a media cuadra de mi casa.

Estoy en un colectivo, a pocas cuadras de mi casa. El pelado se levanta y va hacia la puerta delantera. Me pregunto por qué siempre se baja por adelante, y también me pregunto por qué eso me molesta tanto.

Bajo del colectivo, el pelado no pudo cruzar antes de que el colectivo doblase. Me le paro al lado, los dos sobre el cordón, expectantes. Hace meses que lo veo todos los días. Pienso en la posibilidad de saludarlo. Quizás no sepa que tomamos el mismo tren y el mismo colectivo todos los días, quizás no me reconozca. Somos vecinos, viajamos todos los días juntos y ni nos saludamos. No creo que esté bien, me hace sentir incómodo.

Estoy en la estación de Lomas. No hay colectivos, hubo un paro sorpresivo. Veo al pelado de todos los días putear, se va. Sé que vivimos muy cerca. Podríamos compartir un remís, sería lógico y provechoso. Lo veo irse.

Estoy sentado en el colectivo, en la terminal. Veo al pelado subir. No es algo común, siempre llega antes que yo a la parada. Alguien sentado atrás mío lo reconoce. Lo saluda, lo invita a sentarse a su lado. Charlan todo el viaje. Por fin escucho su voz. Hablan de una iglesia evangélica a la que iban. Me invade la desilusión.

Hace días que cortan la luz en mi barrio a la noche. El colectivo cambia constantemente de recorrido, para colmo, y nunca estoy seguro de dónde me terminaré bajando. Esas cuadras a oscuras, nunca las mismas, antes de llegar a mi casa, son una pequeña preocupación. Llego a la estación de Lomas. Veo al pelado del ambo en la parada. Me tranquiliza.

Estoy en la estación de Lomas, esperando el colectivo. La espera es larga, ya van 25 minutos. Comienzo a estudiar a la gente de la fila, para combatir el aburrimiento. Caigo en la cuenta de que falta el pelado grandote con cara de malo, el del ambo. Poco tiempo después recuerdo que es sábado: nunca lo he visto un día sábado.

Estoy llegando a Lomas. La puerta del tren se abre y el pelado del ambo baja trotando. Esta vez apuro el paso, trato de no perderlo de vista, quizás su prisa constante tenga que ver con un mejor conocimiento del horario de los transportes. Cruzamos las vías por las escaleras, me aventaja por treinta metros, lo veo correr con vehemencia, ahora sí, para llegar a la parada. Ese pique repentino sólo puede deberse a que el colectivo está en la parada, a que puede estar por irse en cualquier momento. Corro también, veo que, efectivamente, el colectivo está por irse, el colectivo arranca, el pelado está a diez metros, yo sigo atrás, el colectivo frena en un semáforo, seguimos corriendo, llegamos a la puerta al mismo tiempo, el pelado le golpea la puerta al colectivero, el chofer lo ignora, el pelado le grita "¡cornudo!", nos comenzamos a retirar hacia la parada, el colectivo sigue frenado en el semáforo, el pelado continúa puteando. Sé que me habla a mí, es la primera vez que lo hace. Me hace cómplice de su furia, va alistando diversos insultos, así, en fila, hijo de puta, sorete, pedazo de puto. Lo único que se me ocurre responderle es un incómodo "nunca entendí esa tendencia de los choferes por no abrir la puerta fuera de la parada, estando frenados en un semáforo". Su respuesta es determinante. Es la respuesta que pone fin a este catálogo de encuentros, a estos pequeños intentos por conocer al pelado, por develar quién es. A partir de ahora, lo veré todos los días, pero ya no le prestaré atención, no intentaré descubrir nuevos datos sobre su persona. "¿Y qué querés, si era un negro de mierda? A esos negros hay que prenderlos fuego ni bien nacen".

lunes, 19 de mayo de 2014

Veneno puro

  No sé si soy un visitante, o un prisionero. Quizás sea uno de los tantos involucrados, pero de seguro soy uno que quiere escapar, que no siente que este sea su lugar. Estoy en un inmenso complejo universitario, una ciudad en sí misma, pero sus cimientos no pertenecen al mundo físico. Es un gran campo virtual, una grilla hexagonal de proporciones épicas, de la que es imposible alcanzar a ver los límites. Mi consciencia navega por este campo gris y se me cruzan las caras de todos los que hicieron de este su lugar: son todos estudiantes, jóvenes promesas, que usan las instalaciones para llevar a cabo investigaciones y experimentos subvencionados por el estado. Sus rostros se dibujan en la grilla, con destellos verdes y magentas, y se escuchan sus voces superpuestas tratando de explicar de qué trata cada uno de sus proyectos. Avanzo desesperado atravesando la inmensa grilla, cruzándome con esas caras sonrientes de spot publicitario que hablan una encima de las otras, con dicciones perfectas pero formando un coro cacofónico del cual no distingo palabra alguna. Aun así, sé que sus proyectos son triviales, inútiles. Esta grilla enorme, este campo del saber es un desperdicio de espacio, tiempo y recursos. O quizás no, quizás sea eso que pensé al principio: una prisión. Una cárcel para mantenernos a todos juntos, creyéndonos útiles y especiales. Pero me equivoco al hablar como si fuera uno de ellos. Yo no tengo proyectos, no tengo talentos, no tengo potencial alguno. Sólo tengo la necesidad urgente de escapar, de abandonar a todos estos muchachos (y muchachas, muchas muchachas hermosas, perfectas, felices), de desaparecer.
  El único descanso de las voces de las jóvenes promesas me lo proporcionan unas pantallas gigantes, que acaparan todo el campo visual con un mensaje de los organizadores. Muestran escenas de archivo envejecidas, con personal médico atendiendo a mutilados, a personas con todos sus miembros sin desarrollar, a seres humanos tan deformes que cuesta reconocerlos como tales. Las imágenes son impactantes, aterradoras. Los médicos y enfermeras les proporcionan alguna sustancia por vía oral, a la fuerza, o les aplican inyecciones, habiéndolos inmovilizado previamente. Sigo escapando, pero las pantallas se multiplican. Siempre me topo con alguna. Cada una muestra las mismas imágenes, pero el mensaje sonoro va cambiando de pantalla en pantalla. "El gobierno ha desarrollado una droga especial para ayudar a potenciar la capacidad intelectual de sus elegidos, aquí reunidos...". "Esta es una oportunidad única, esta droga es un secreto de estado, desarrollada en los años...". "Esta droga que les proporcionamos es veneno puro, pero con la dosis correcta los convierte en... ". Cada vez tengo más miedo, cada vez me muevo a una mayor velocidad, cada vez me oprimen más las caras y voces de las jóvenes promesas, y de los doloridos conejillos de indias que sirvieron para desarrollar esa droga.

  Despierto. Siento contra mi cuerpo la piel de una mujer que no me quiere a su lado, una vez más. Cierro los ojos y busco con todas mis fuerzas el camino de vuelta hacia los mutilados y su veneno puro.