jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónicas del fuego: Alejando


  Un volcán. Era la mejor manera de describirlo. Un volcán inactivo gracias a un esfuerzo sobrehumano, fruto de toda una vida de privaciones. Pero quizás también por eso, el fuego que llevaba dentro era tanto y tan difícil de esconder. Lo quemaba por dentro de tal forma... Era curioso, pero quizás por eso fuera que, sin importar la temperatura, anduviera con apenas una camisa arremangada o una chomba. Y siempre colorado: sus mejillas, sus orejas. Y siempre muerto de sed. No podía ser casual...
  Tomó la decisión de pequeño. Había sido fácil, y su lógica infantil, inapelable. Nadie puede hacerte daño si no te toca. Así de simple, así de cierto. Así de literal, así de metafórico. Se alejó de la gente, aunque más justo sería decir que dejó que la gente se alejara de él. Soñó, como siempre hacía, con un futuro más cómodo, una sociedad en la cual pudiera ser uno más, y no un extraño. Inocentemente, fantaseaba con lo que él creía (y cree) que sería uno de los próximos pasos en el campo de la cirugía estética: la plastificación total de la superficie epidérmica. Más aún: como la belleza tiene que costar su cuota de dolor*, antes de la plastificación, sería necesaria la remoción total de la piel. Así sería, primero lo harían las viejas, pero luego todas las personas se someterían a ese tratamiento. Pasado cierto tiempo, el tratamiento de plastificación se haría al momento del nacimiento, tal como ocurre ahora con las perforaciones para los aros. Pensaba eso y, de esa extraña manera, lograba tranquilizarse. Sí, ese era un mundo en el que valdría la pena vivir. Evocando esa plastificación fue que logró apaciguar cualquier necesidad de contacto humano. El poder de su mente le concedió la película protectora que tanto necesitaba para separarlo del resto de la gente. Ahora nadie le haría daño.
  Así había vivido, y nunca había encontrado razones para cambiar. Más bien, todo lo contrario. Las veces en que creyó que podía colgar su armadura, los hechos terminaron demostrándole cuán equivocado estaba, haciéndole pagar con noches de insomnio sus errores. Pero una vez llorado lo suficiente, sus lágrimas volvían a formar esa barrera finísima, casi imperceptible, que lo protegería en el futuro.
  Pero, ¿de quién debía protegerlo? Su fuego era su peor enemigo. Ese fuego, que algunas mujeres alcanzan a ver, y que escuchan que las llama, y que les dice "sí, estoy aquí por ti**". Como un trofeo, detrás de tanta barrera invisible y estupidez ineludible. Pobre de él, diciendo que no con la boca pero que sí con sus ojos. Y si sólo fueran sus ojos... Pero no, todo su cuerpo se le pone en contra. Y desde la boca, desde donde pronuncia todas sus sentencias, desde donde plantea su resistencia, es justamente ahí donde pierde la guerra. Porque un día llega otra boca. Así es, un día llega otra boca, y no es una boca cualquiera, es una boca con la que él soñó durante años, a veces sin esperanzas, a veces con culpa, a veces con confianza, y otras veces con resignación, pero siempre con ese fuego latente, esperando el momento justo para envolverlo. Y esa boca llega, y llega para tocar la suya... y ahí todo ha terminado. El fuego le atraviesa todo el cuerpo, empujado por una presión que estuvo gestándose desde hace años, y desde la boca recorre toda la superficie de su cuerpo, quemando esa inútil coraza y devolviéndole la piel original, la que está hecha para sentir, la que tanto tiempo estuvo dormida, aislada del mundo, recibiendo sólo caricias plastificadas.


** es un fuego latinoamericano, pero no argentino, y es por eso que no dice "estoy acá por vos".

No hay comentarios:

Publicar un comentario