domingo, 10 de abril de 2011

Crónicas del fuego: el caballo

  Un corcel prendido fuego. Una masa de músculos avanzando furiosamente, sin pensar ninguna acción, motivada y enceguecida por el dolor, por la furia, por ese fuego que la envuelve y le da vida. Todo a su paso se enciende. Todos a su paso se retiran. Es ruidoso, es torpe, es impredecible. Es el dolor en carne viva, la pasión que nunca, nunca se rinde. Golpea obstáculos a su paso, cae, sus huesos se rompen. Pero jamás se detiene. Se arrastra hasta que aprende a cargar ese nuevo dolor, hasta que puede volver a correr.
  Y, sin saber cómo alcanzarlo, persigue algo. Sin ver hacia dónde va, sin saber si avanza o retrocede, si ya es parte de un circuito circular que no podrá quebrar, continúa su carrera. Lo único que sabe, o ni siquiera eso, sino que intuye, es que el fuego se incrementa cada vez que se acerca a su objetivo. Pero tal es su naturaleza, tal es su camino. De alejarse, su cuerpo caería, finalmente, sin vida. ¿Pero qué ocurrirá el día que alcance a su presa? Porque eso persigue, una figura esquiva y al mismo tiempo seductora, que se mantiene a cierta distancia, pero que nunca termina de escapar. ¿Y qué pasará cuando se alcancen? Cuando se fundan, cuando ese fuego envuelva también a esa figura, cuando juntos sean el combustible...
  Está escrito en su sangre, en sus gritos, en su dolor. Sólo cenizas. Ese debe ser su final.